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lunes, 2 de marzo de 2020

Primavera, caos y orden



Después de la resaca de mi doceavo cumpleaños bloguero, empiezo marzo con bastante alegría (Hasta que algún cretino venga a tirarme de las orejas… Siempre la misma historia…). A pesar del viento y otros meteoros poco agradables a los que hay que poner nombre (me parece tal la gilipollez, que no le voy a dar ningún bombo), la primavera se va abriendo paso. Empiezan a florecer los primeros nazarenos y las calles se entusiasman del bullicio reinante.
A pesar de ser una época con bastante esplendor, los humanos nos empeñamos en sacarle brillo (¿No tendrá bastante?), pues muchos empiezan con las limpiezas de temporada. También con las obras. Que si pintores, albañiles, fontaneros y alicatadores. Todo se llena de cubetas de escombros, de camiones de mudanzas y las cajas de cartón se cotizan tanto como las mascarillas asépticas (¡Trescientos euros que piden por una de estas, tú!).


Retira muebles, guarda los libros, busca plásticos grandes… Toda una odisea para ponerlo todo patas arriba. Esa es la manera que tenemos los seres humanos de celebrar la llegada de la diosa Primavera y, por supuesto, de hincharnos a trabajar. Saca la cubertería que te regaló tu tía Josefina y la vajilla de La Cartuja, métele un buen friegue a todos los “tupper” y echa las rayas del baño (¿Quién se inventaría esa costumbre?).
Si a todo esto unimos que el regreso a la normalidad atraviesa por una gran pérdida de utensilios de diferente importancia (¿Dónde pondría las pinzas de depilarme el entrecejo? ¿Y el microondas? ¿Y el carné de la biblioteca? ¿Y a mis hijos?), la cosa se pone fina y un poquito revuelta.


Con tanto orden y desorden llego a La casa donde todo se pierde, un álbum de Brian B. Cronin que da comienzo a una serie de la que sólo ha visto la luz en España este título (editorial Jaguar) y que no deja indiferente a nadie.
En este libro interactivo (si es que alguno no lo es) el autor nos propone un juego de búsqueda en una casa que está llena de trastos. El argumento es sencillo: un par de nietos tienen que buscar una serie de objetos para que su abuelo se acicale y el lector-espectador puede echarles un cable.
Cada doble página nos presenta una estancia de la casa abarrotada de objetos y chiches (En la Mancha nos referimos a este vocablo cuando nos referimos a cosas delicadas, bonitas y, por lo común, pequeñas e inútiles, que abarrotan y engalanan un hogar).


Lámparas, libros, cuadros, juguetes, ropa… todo cabe en estas habitaciones con una característica en común: en cada una prima un color. Todo (y cuando digo todo es todo) es amarillo, magenta o verde en la misma doble página. Aunque visualmente es muy extraño (hay veces que el contraste chirria y sorprende a partes iguales), esto del monocromatismo tiene una doble lectura. Por un lado dificulta la identificación de los objetos perdidos, lo que hace más difícil la búsqueda (N.B.: Les puedo asegurar que un servidor no ha dado con muchos de estos). Por otro lado busca el sentido a una última escena multicolor donde se conjugan todos los colores de las páginas anteriores.


Ya saben, busquen y rebusquen es este libro con cierto aire japonés (¿Verdad que tiene un puntito muy oriental? Sobre todo en la caracterización de los personajes) aunque por las venas del autor corra sangre irlandesa. Y si no dan con todo lo que ha perdido el abuelo, siempre pueden acercarse a esta página web y buscar ayuda.
Por último, una sugerencia. No salgan locos con el orden-desorden primaveral, hay veces que hay que disfrutar del caos y la incertidumbre reinantes.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Instrucciones para leer un libro



Este verano, aparte de viajar, comer, dormir y disfrutar, he leído bastante. Mi objetivo era ponerme al día con algunos clásicos de la literatura universal (que la llaman) pero al final fui a la biblioteca y me perdí entre otro tipo de lecturas. El caso era entretenerse en los tiempos muertos, pues entre juergas y otros menesteres, no tenía yo la cabeza para mucho decoro intelectual.
Hay libros que necesitan calma chicha, otros, bicarbonato. Hay libros que no necesitan nada (sólo cerrarlos). Algunos necesitan mucha resignación (Ya saben ustedes de mi crisis con El tambor de hojalata), otros de un buen trago (¿Han leído alguna vez borrachos? Me encantaría conocer algo de esas lecturas ebrias, ¡anímense en los comentarios!). También tenemos libros que son un tedio o un paseo (¿Sobre la llanura, a la orilla de la playa, o cuesta arriba? Especifiquemos).
Lecturas de silencio, de bullicio o de bolsillo, todas necesitan de los mismos gestos. A saber… Coja usted el libro con las dos manos, apóyelo sobre su lomo y deslice la tapa delantera hacia la izquierda (si es manga hacia la derecha) y, tras descodificar los signos que ante usted se desvelan, pase la página en el mismo sentido que la tapa. Así hasta el final. ¿Lo pilla? Espero que sí. Y no se preocupe si tiene dudas, hoy le traigo un libro que se lo dejará muy claro.


¿Cómo se lee un libro? con texto de Daniel Fehr, ilustraciones de Maurizio A. C. Quarello y editado en castellano por Océano Travesía, nos presenta una de esas historias metaliterarias con cierta enjundia, no sólo porque es un libro interactivo (algunos gustan de llamarlo libro-juego, que también puede ser), sino porque ahonda en la necesidad de reconocer el objeto libro, de experimentar con él y familiarizarse con su forma y posición utilizando para ello un sinfín de perspectivas de las imágenes que configuran la narración.


La historia parte de una llamada de atención que un par de niños hacen al lector-espectador. Necesitan de su ayuda para seguir con vida, interpelan su colaboración. Conforme pasamos las páginas aparecen más personajes que nos resultan conocidos (una bruja, una ballena…) que aportan más dinamismo a una narración que no deja de ser un desastre monumental con el que desternillarse.
Como es un libro que deben tener en sus manos (seguro que les roba una sonrisa), no les voy a desvelar el final. Creo que con esta pequeña reseña es suficiente para animarles a participar de la fiesta. ¡Ah! Y si se dedican a esto de la animación a la lectura, no duden en incluirlo a su biblioteca, quizá les sea útil con pequeño y mayores (que hay algunos que todavía no saben cómo se lee un libro).


lunes, 14 de enero de 2019

Calorías navideñas enquistadas en los riñones



A veces sueño con bollos de mosto, más todavía cuando la vocecita del postureo me taladra el oído interno con su sonsonete cojonero. “Cierra el pico o te vas a poner como la Tomata, Romancico”… Una tortura vietnamita teniendo en cuenta que el ser humano ha sido concebido para el engorde y con poco vamos (es lo que tienen los animales homeotermos).


Sí, señoras, señores, la operación bikini se cierne sobre nuestras cabezas. Y sólo hay dos salidas si queremos lucir un físico óptimo (N.B.: Baratas, claro está. Si no quieren sacrificarse siempre les quedará la lipoescultura, las fajas de compresión e incluso las salas de espejos de algún circo). Elijan: o seguir comiendo y menear el papo, o estarse quietecico y tragar mucho menos (y si es tiritando como los pájaros, más calorías gastamos). Como siempre hay tiempo para zamparse medio gorrino y ofrecer nuestros cuerpos al sedentarismo, un servidor, que todavía quiere dar la lata unos cuantos años más y lucirse aceptablemente en Instagram, se queda con  la primera opción, la del ejercicio para seguir cebándose.


No intenten consolarse (que mal de muchos…) y sean conscientes de que esta navidad se han puesto como El Tenazas (a no ser que la hayan celebrado cual Ramadán). Tibios a base de turrón y otras delicias heredadas de los árabes -paradójico tema que siempre me ha entusiasmado-, de asados cárnicos (donde esté un buen cordero manchego…), los menos de pescado (¿Se ha extinguido el besugo?), con buen marisco (¡Viva el ácido úrico!), embutidos ibéricos (a los que los chinos se están aficionando), frutos secos y encurtidos de todo tipo (los altramuces de la infancia que no falten), quesos añejos, buenos vinos (en mi casa, de La Mancha) y sidra (para que empape la pringue).


Ahora que lo pienso, ¡anda que no comemos! ¡Semejante amasao pegado al riñón! ¡Nos parecemos a Finn Hermann!... ¿Qué no saben quién es este señor? Pues uno de los cocodrilos más famosos de la LIJ (escrito por Mats Letén, ilustrado por Hanne Bartholin y editado por Libros del Zorro Rojo), uno al que no se le resiste ningún manjar (entiéndase por ello cualquier otra mascota más pequeña que él), nada oiga, que engulle todo lo que pilla. Lo mejor de todo es que lo hace en un abrir y cerrar de ojos-página (por todos es sabido que los reptiles no mastican como nosotros) y no se entera ni su dueña.
No tomemos su ejemplo (que su estómago no tiene fondo) y comamos con mesura, que es la mejor manera de mantener la línea. Ni por encima ni por debajo, que ningún exceso es bueno.


jueves, 4 de octubre de 2018

¿Jugamos?


Llevo jugando cinco días (podría extrapolarlo a los trescientos sesenta y cinco días del año, pero hay que ser serios, o por lo menos parecerlo) y les puedo decir que me encanta. El juego está más de moda que nunca y se incorpora en los más variopintos ámbitos de la vida con el fin de motivarnos, solucionar problemas, mejorar la productividad o activar el aprendizaje. Es lo que se llama “gamificación” (el término “ludificación” sería más correcto en castellano, pero bueno…), una serie de estrategias que se han venido desarrollando desde principios de milenio en diferentes ámbitos –desde el empresarial hasta el entorno de las redes sociales- y que tiene bastante chicha, incluso en el libro-álbum y su lectura, que es lo que me interesa.


En primer lugar me gustaría plantearles la pregunta: ¿Leer es un juego? Algunos pensarán que sí, otros que no, y yo me quedo en el término medio ya que considero que depende mucho del enfoque que le demos a este verbo. Seguramente la lectura adulta se asemeje más a un procedimiento o a una destreza, pero en la primera infancia el acto de la lectura tiene que ver más con un juego (mecánicas, reglas y dinámicas mediante). Pero, ¿qué tipo de juego es ese?
Seguro que conocen multitud de juegos que pueden clasificarse en función de diversos criterios. Funcionales, simbólicos, reglados, psicomotores, sensoriales, cognitivos… Centrándonos en el criterio más evidente, el del número de jugadores, tenemos juegos colectivos y juegos individuales, categoría en la que podríamos incluir nuestro juego de lectura… ¿o no?


Si consideramos la perspectiva humanista podríamos decir que un libro, al igual que otras producciones culturales, como una canción o un videojuego, es la extensión de las ideas humanas, generalmente de un autor, que recibe otro humano, el lector. Es decir, el libro es un espacio de interacción, en este caso lúdica, el lugar donde convergen dos seres humanos, dos interlocutores, dos jugadores, y en el que se puede establecer un diálogo a pesar de la ausencia física de uno de ellos.
Por otro lado, si a estos pensamientos míos añadimos que existe un sinfín de libros cuyo contenido hace referencia al juego y otros aspectos de la gamificación, no sería cuestión baladí afirmar que LEER ES UN JUEGO, sobre todo cuando en las librerías nos encontramos con títulos como ¿Jugamos? un álbum de Svein Nyhus que invita al pequeño lector a pasárselo pipa junto a Butti, su protagonista.


Butti es claro, no se anda con rodeos. Invita a los críos a coger su mano y dejarse llevar. De una página a otra nos dice qué hacer, qué mirar. Se muestra receptivo y espera que tú te abras a su realidad. Para arriba, para abajo. Mira por aquí, imagina por allá. Esta es la prueba evidente de que un libro te puede hablar. En rojo y en azul, dos colores nada más. Créanme, sólo tienen que girar el pomo, abrir la puerta, leer y, sobre todo, jugar.


lunes, 9 de abril de 2018

Libros para abrir, cerrar, mirar y remirar


Pese a que muchos exhiben una reticencia manifiesta (y justificada a veces) sobre ciertas redes sociales en las que prima la cultura audiovisual, léanse YouTube o Instagram, un servidor quiere romper una lanza por estas plataformas que tanto nos han ayudado a la hora de recomendar ciertos libros, sobre todo aquellos que debido a su misma concepción, necesitamos verlos en acción para comprender totalmente su contenido.



Esto es algo de lo que me di cuenta la primera vez que me topé con los Cuentos infinitos de Ediciones Tralarí, unos objetos que, debido a su naturaleza, necesitan ser vistos para calar entre los mediadores de lectura y promuevan su utilización en los diferentes ámbitos donde desarrollen sus actividades. Algo similar sucedería con los libros móviles o pop-up y la llamada literatura infantil digital, ya que si no observamos su funcionamiento, las diferentes capas de interacción (no sólo cognitiva, sino también manipulativa), nos pueden parecer producciones ilegibles o carentes de sentido (sin fuste, como diríamos por estos lares).
Lo afirmo con rotundidad, más todavía desde que una amiga me comentó que había comprado para la biblioteca en la que trabaja El libro que hace clap de Madalena Matoso (editorial Fulgencio Pimentel) por considerarlo una virguería gráfica. Yo, que hilo fino, le dije con chiste “¿Pero sabes cómo funciona?” Ella un tanto perpleja me confesó que no sabía a qué me refería. Me saqué el móvil de la manga, abrí el Instagram de los monstruos y le mostré el vídeo con el que di vida a este título unos meses atrás. Ella, boquiabierta, exclamó una primera y larga vocal y añadió “¡Ya decía yooo...!”



Sucede lo mismo con aquellos libros como el de hoy, que si no lo abres, si no lo manipulas y te detienes en los detalles, seguramente pasará desapercibido entre la ingente cantidad de álbumes que se apilan en las secciones de novedades de las librerías. Como ya sucedió con ¡De aquí no pasa nadie! otro titulo ilustrado de Bernardo Carvalho que editara Takatuka hace un año y que muchos consideramos como redondo, La pelota amarilla (esta vez con Daniel Fehr a los textos y con la misma editorial de cabecera) juega de nuevo con el límite entre las páginas derecha e izquierda de cada doble página, un espacio normalmente carente de sentido (incluso muchos lo abominan por dividir preciosas ilustraciones), para darle un vis diferente a un partido de tenis en el que la pelota es el hilo conductor de un álbum donde el espacio real del objeto libro resulta ser el protagonista indiscutible por desbordar sus fronteras en nuestra imaginación.



Si a ello añadimos que la acción incluye toda una serie de propuestas de búsqueda, deportivas y/o sinsentido (hay escenas que me resultan canallas y muy graciosas), este libro publicado por primera vez por Planeta Tangerina (les recomiendo 100% su colección "Round Corners" o "Esquinas redondeadas"), da mucho de sí entre pequeños lectores y no tan pequeños. Así que, ya saben, los libros hay que voltearlos, abrirlos, marearlos, y también, leerlos.


martes, 12 de diciembre de 2017

Nieve, viento, frío y tirabuzones


Gracias a Ana -la última ciclogénesis explosiva, no la de Codorniu- ya se nota el frío. No es que tiritemos mucho, la verdad, pero el viento bien que jode por las noches. Bufa que te bufa no hay quien pegue ojo. Y si uno está baldao de tanto ir de aquí para allá, la cosa empeora con la falta de sueño, necesario no solo para el cutis sino también para cerebro y esqueleto... Ya sé que algunos andan cegados por esa luz chirriante que emite la última campaña publicitaria de Burguer King© (No me imagino a los repartidores de mi barrio soltando disertaciones sobre el nacionalsocialismo alemán o la poesía de Szymborska), pero un servidor prefiere fijarse en la climatología que, aunque insalvable, tiene mucho aquel. Y si no, díganselo a los cientos de españoles que se han quedado atrapados en los aeropuertos ingleses (A eso le llamo yo mala suerte... ¡Si al menos hubiera sido en un país donde no haya que andar con la tarjeta de crédito en la boca!).


No obstante les diré que ya era hora de que arreciase el invierno, que uno andaba lleno de cercos de sudor y harto de lucir chicha. Necesitábamos cubrirnos con bufandas, trencas y jerseys de cuello vuelto y así darle rienda suelta a la imaginación, que a veces mola más que quedarse petrificado ante las vergüenzas personales -o ajenas-.


También estaría bonito que nevase, aunque fuera para proporcionarnos la tan ansiada postal navideña (Instagram no tiene bastante con jerseys horteras de navidad, así que, ¡por favor, atmósfera, proporciónanos más madera con la que prenderles fuego!). Un momento, pensemos... ¡No! Creo que no es muy buena idea... Ya saben que el cuñado español es poco ducho a moverse con un palmo de nieve. Rompernos algún brazo, alguna pierna, la cadera, magullarnos, lo hacemos la mar de bien con un poco de hielo, pero que no nos den un par de patines o un trineo, que los vendemos en un segunda mano.


Y con mucho chiste -que hoy me he levantado con guasa para rato-, arribamos al último título de Suzy Lee publicado en castellano. Línea (Barbara Fiore Editora) es una de esas fantásticas creaciones a las que nos tiene acostumbrados la autora. Tomando en este caso el patinaje sobre hielo, nos introduce en un mundo de trazos y tirabuzones. En este libro sin palabras la ilustradora incluye una nueva forma de interacción en la que el libro sirve de puente entre ella y el lector, es por ello que tenemos dos niveles discursivos, por un lado el ficcional propiamente dicho y por otro el de un plano más real. Aunque el libro gira y gira, termina con un final muy coral, en el que el personaje logra una comunión excelente entre autor y lector. Recomendado de principio a fin.

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