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jueves, 5 de marzo de 2020

La extinción de la belleza



Para Chus, mi librera de San Juan, que siempre descubrimos libros juntos.

Hasta las narices me hallo de tanto discursito bifaz. Feminazis y machistorros, comunistas y capitalistas, podemitas y fachitas, madridistas y culés… La caterva no cambia. ¿Acaso no saben hacer otra cosa que limitar toda su existencia a un puñado de consignas repetidas hasta la extenuación? ¡Qué discurso tan empobrecido, por dios! Estaría bien que no fuesen tan reduccionistas y se dedicaran a leer, a buscar lugares comunes y, sobre todo, a no soltar sapos y culebras por la boca, que ya empieza a ser muy evidente eso de “por el interés te quiero Andrés”.
Lo que yo me pregunto (con mucho fervor y devoción) es si todos los que pasan el día despotricando de unas cosas u otras en las redes, tienen también tiempo para detenerse a contemplar la belleza que les/nos rodea, o si, por el contrario, son incapaces de apreciarla por muy delante de las narices que se la coloquen. Lo digo porque tengo la ligera sensación de que están tan ensimismados en su parcela de rumiantes que no viven para otra cosa, algo demasiado peligroso, más todavía cuando los ánimos se empiezan a caldear.
Es evidente que cuando más te relames las comisuras, más difícil es distanciarte de la película y mirar hacia otro lado. Absortos. Así nos va... Con el coronavirus (Que extraño es todo, ¿verdad? Se me antoja (in)verosímil).,, Con lo del día de la mujer y las discrepancias de los ismos (¡Más madera! ¡Más madera!)... Con la nueva ley de educación y el nuevo código penal (todo es tan nuevo que suena a vintage)....



Me pongo a pensar en todo esto mientras recuerdo la puesta de sol desde el muelle de Brighton. Apoyados sobre la barandilla mirábamos el mar en calma y unos cuantos estorninos volaban cerca. A cada movimiento de la brisa marina, otros tantos se unían a la bandada. Danzaban cada vez más cerca. Bajaban y subían en su vuelo, viraban de repente su rumbo, como si de un dulce quiebro entre amantes se tratase. Por un instante me fijé alrededor: ya no éramos los únicos espectadores boquiabiertos. 
La multitud sonreía, nosotros mismos nos mirábamos dichosos. El día se detuvo en ese instante y sólo teníamos ojos para los que algunos llamaban en inglés “starling murmuration”. Dejamos la mente en blanco y vimos como cientos de aves dibujaban formas caprichosas sobre el cielo, líneas fluidas que se expandían sobre el nublado horizonte. No pensábamos nada más, sólo volábamos con ellos.


Y entonces llega a mi mesa El día de las ballenas. Y siento como la historia sin palabras ideada por Cornelius, el colectivo de escritores formado por Davide Cali, Guido Sgardoli, Tommaso Perchivale, Pierdomenico Baccalaro y Davide Morosinotto, e ilustrada por Tommaso Carozzi tiene mucho que ver con esa destrucción de la belleza que un día tras otro llevamos a cabo en las redes sociales, en las aulas, en la barra del bar, o en el banco del parque. No hace falta cortarles las alas a los pájaros, envenenar los océanos o liarse a tiros. También extinguimos la belleza con nuestra palabras.


Un día cualquiera en una metrópolis cualquiera, los cuerpos de enormes cetáceos tapan la luz del sol, flotan entre los rascacielos. Se desata el caos, la muchedumbre ve una amenaza en sus lentos movimientos y los poderosos deciden acabar con ellos.
En pocas páginas, los autores se adentran en nuestro subconsciente con una fábula que algunos pueden traducir en ecologismo, con una narración que oscila entre lo inverosímil de Chris Van Allsburg y lo surrealista de Shaun Tan. Todo ello sin perder de vista un estilo figurativo que siempre permite descubrir detalles literarios (fíjense en el nombre que aparece en el parte meteorológico), cinematográficos (¿Acaso no ven en esos planos generales y contrapicados la magia del cine?) e incluso museísticos (Si alguna vez van al Museo de Historia Natural de Londres, acuérdense de este libro) que tienen que ver con el pasado y con el futuro en el que nos podemos ver reflejados.


Eso le decía yo a la librera Chus el otro día cuando me hablaba de este libro. “¿A que te inspira una pena confusa?" Algo se desgarra por dentro al mismo tiempo que agita nuestra conciencia. En su lectura, no son las ballenas las que mueren, somos nosotros los que nos consumimos poco a poco.




martes, 3 de marzo de 2020

Valiente fragilidad



Hemos dado la bienvenida a marzo y con él llega el periodo de exámenes. Hay cierto tufillo de nerviosismo en el aire y se palpa la tensión entre los estudiantes. Ojeras, caras pálidas y salidas de tono son el pan de cada día. Sí, no es muy agradable estar embebido en una atmósfera tan recalcitrante, que el humor es una cosa muy seria y hay que cuidarlo. A menos que venga algún gilipollas a darte el día, lo mejor que podemos hacer es sonreír, que para llorar por un cerapio siempre hay tiempo.
Como en botica, estudiantes hay de todas clases. Los hay muy trabajadores, como laboriosas hormiguitas que al final salen del paso. Otros son más espabilados y prefieren echar mano de sus capacidades antes que de hincar los codos (¡Y cómo les jode a los demás…!). Están los que se esperan a última hora para invertir todas sus horas de sueño en el aprobado raspado. También los nerviosos que la cagan en el último momento por un exponente, un paréntesis o la idea feliz de turno. Los alegres y los despreocupados también tienen su hueco en este catálogo de alumnos. Y así, uno tras otro, van pasando los cursos escolares.


De entre todos ellos mis favoritos son los alumnos de cristal. Esos de apariencia frágil, que de un soplo se desbaratan. Son los que más me sorprenden teniendo en cuenta el ecosistema en el que viven. Cuatro paredes atestadas de niñatos entre los que priman las leyes más básicas y animales. ¿Por qué? Parece que se caen pero que al final se tienen, como si se fueran a rendir de súbito aunque al final opten por la supervivencia. Deberíamos llamarlos alumnos Duralex®, o quizá alumnos Pyrex®, porque a pesar de su apariencia, son irrompibles, resistentes al tiempo y los varapalos, a imagen y semejanza de la Gisela de cristal de Betrice Alemagna.


Recién publicado en nuestro país por Libros del Zorro Rojo, este álbum que fue elegido el mejor libro infantil del 2002 en Francia, nos cuenta la historia de Gisela, una niña hecha de cristal. Luminosa, frágil y sobre todo transparente, todo el mundo quiere conocerla. Largas colas delante de su casa para poder verla y tocarla, hasta que se dan cuenta que, como es de cristal, pueden leer sus pensamientos…


Como ya han apuntado otros compañeros de la LIJ, el argumento es similar al Jaime de cristal de Rodari, lo que me hace pensar que Alemagna ya conocía esta historia del genio italiano y quería darle una vuelta de tuerca más contemporánea. Mientras que en Jaime de cristal la transparencia resulta ser una virtud para luchar contra la tiranía y la opresión quedando el mensaje más supeditado a la moraleja redonda del cuento tradicional, en Gisela de cristal se ensalza como un grave defecto en el que el público en general no ve nada positivo e incluso es motivo de rechazo social. Aunque en los dos libros el protagonista sale victorioso, Alemagna ensalza la debacle interior de Gisela. Ella es una verdadera heroína y lucha por alcanzar su propia felicidad, mientras que Jaime es un héroe indirecto.


En lo que a los recursos de formato y estéticos se refiere llaman poderosamente la atención dos. La primera es el tono azulado del libro, uno que inspira calma, también frialdad e incluso tiene que ver con las lágrimas de Gisela. La segunda son las páginas de papel vegetal que la autora inserta en el libro, un recurso que también utiliza en Cosas que vienen y van, pero que en este caso se traducen con otro significado, concretamente el del símil con la transparencia del cristal y de la anticipación en la secuenciación.
Un libro sin pretensiones, hermoso y algo agridulce, que los niños de cristal necesitamos de vez en cuando.


miércoles, 26 de febrero de 2020

Coronavirus o el poder de la histeria colectiva



Regreso de un largo fin de semana y me encuentro con que el coronavirus nos acecha cada vez más y mejor, y ya lo estoy viendo… Los medios de comunicación se van a poner las botas, los políticos aprovecharán para hacernos alguna putada (como si no fuera bastante intervenir los servicios secretos y el poder judicial que se van a dedicar a la sanidad... ¡La casta metida a médicos! ¡Socorrooooo!), los fabricantes de mascarillas (inútiles en muchos de los contagios, por cierto) se van a hinchar a vender, y los científicos y sanitarios se cagarán en nuestros muertos por los tembleques infundados. Una situación la mar de halagüeña como ya ven... y la cifra de contagios sigue aumentando...
Por si no fuera poco y dada mi condición de biólogo, se ve que me va a tocar ejercer de maestro en horas no lectivas (para que luego digan que no trabajamos) explicándole a más de uno los riesgos que conllevan estos bichitos para la salud pública (¿Hay de eso en España? Creía que nadie, incluido el Ministerio que lleva su nombre, sabía qué era eso).


“Yo que tú, me preocuparía más de procurarme una buena higiene, una dieta rica en legumbres, verduras y frutas, hacer algo de ejercicio, usar condones y evitar las drogas, antes que de buscarme una buena mortaja” le dije ayer a una. Y va se me enfada (otra que quería mentiras). Ni estaba de cachondeo ni le pedí matrimonio (¡Eso sí sería una faena, teniendo en cuenta como está el percal!), pero la cuestión es torcer el morro. Menos mal que deje a un lado las catástrofes naturales, la incidencia de cáncer, los accidentes de tráfico o la gripe, que si me descuido, me fusila.
Señoras, señores, lo mejor que pueden hacer ante esta familia de virus complejos de ARN (ácido ribonucleico, para poco doctos) es quitarle importancia, tomar unas precauciones básicas (lávense las manos, eviten los estornudos y cualquier contacto salival ajenos) y vivir. Pues nadie sabe cómo puede sobrevenirnos la muerte. Lo importarse es no dejarnos llevar por la psicosis colectiva (¡Qué malo es formar parte del rebaño!) y llevar una marcha más o menos sensata (no demasiada, que las locuras también nutren el alma).


Y para aquellos que no me hacen ni caso y prefieren acudir a la farmacia, colapsan urgencias o deciden ponerse en cuarentena (les recuerdo que hace una climatología “espléndida”, tontos serían si optan por esta última), les dejo un álbum del año pasado que pasó un tanto desapercibido (se lo dice uno que está muy puesto y sólo conocía la edición inglesa), pero hiper-necesario para todos aquellos que gustan de poner el grito en el cielo y sacar de quicio el más mínimo problema.


Accidente de Andrea Tsurumi (editorial Océano-Travesía) además de ser uno de esos libros que con una propuesta humorística y estructura de sketch se mofa de nuestra condición histérica, es bastante interesante por alguno de los recursos narrativos que utiliza, como por ejemplo las guardas peritextuales (cuando lean el libro entenderán por qué) o la función narrativa de la portadilla, algo que es cada vez más frecuente en obras de autores contemporáneos -les recomiendo echar el ojo a las de Sergio Ruzzier-.
Así mismo, la autora de este libro echa mano de algunos recursos propios del tebeo, como los bocadillos o la secuenciación de escenas (tiene mucho sentido en una obra de vértigo donde el espacio-tiempo habla por sí sólo), para articular una historia en la que Lola, un pequeño armadillo convierte un pequeño percance en todo un desastre para darse cuenta que ni siquiera su madre está exenta de cometer un fallo.


El zumo derramado, una tarta aplastada, una manguera anudada o incluso una biblioteca desbaratada son parte del lío monumental que se forma en una ciudad que recuerda mucho a las de Richard Scarry (¿No ven mucho de este autor en el interior de las casas o en la caracterización de los personajes?).
Si a todo ello unimos una gran riqueza léxica y lo expresivo de la tipografía (la forma y tamaño de las letras dicen mucho a lo largo de toda la historia), no puedo más que recomendar a manos llenas un librito que seguro les hace repensarse su posición frente a los tan anunciados males del SARS-CoV-2.



martes, 11 de febrero de 2020

¡Cuidado con los hoyos!



El pasado fin de semana, con Madrid de fondo y unos días muy moviditos (¡No sé qué haría sin la (in)sensatez de mis colegas! Seguramente cortarme las venas…), he llegado a la conclusión de que antes de acabar en el hoyo, prefiero dejarme todas las ganas en este mundo, porque nadie sabe lo que nos ocupará en ese lugar oscuro y húmedo llamado subsuelo.
Quizá muchos no vean lo mismo que yo en esto de la vida y prefieran meter todos los cuartos en otra oquedad (o quizá la misma, que muchos gustan de cubrir su cuerpo a base de escrituras y cartillas del banco) para que luego otros se lo gasten a golpe de ostra y carabinero.


Algunos tienen muy claro que todos sus bienes van a ir a parar a sus allegados (como si nos les dieran ya bastante en vida). Yo no sé cómo el personal no acaba harto de tanto parásito, porque hijos, nietos, yernos, nueras y algún que otro novio de la residencia de ancianos, tienen más que ver con un agujero negro que con el amor limpio y claro…
Y qué les voy a decir, pues que con tanto socavón profundo y pozo negro, me ha dado por pensar que no los quiero ver ni en pintura. Así que me toca andar con cautela, que de repente se abre frente a nosotros un precipicio repentino y la cosa termina de golpe y porrazo…


Para ilustrarles sobre este problema de los agujeros les traigo a Kelly Canby y La historia de un hoyo, un éxito en el mundo anglosajón que ha sido recientemente publicado en nuestro país por Tramuntana. El libro en cuestión nos cuenta la historia de Carlos, un chaval que andando por el campo se encuentra con un hoyo y sin pensárselo dos veces se lo echa al bolsillo y empieza a pensar qué puede hacer con él. ¿Dará comienzo así a una serie de aventuras y desventuras o ese hallazgo no será para tanto?


El libro tiene su aquel, sobre todo porque da mucho pie a disfrutar de la imaginación del lector (¿Se imaginan lo que harían un montón de niños con ese hoyo? Les invito a comprobar las respuestas) y puede darles mucho juego (Se me ocurren trampantojos de todo tipo, e incluso juegos con trozos redondos de cartulina negra), pero lo que más me gusta es que es un libro que juega con los diferentes puntos de vista y de paso conecta lo absurdo con nuestra realidad.


Y es que nadie quiere un agujero. Ni la modista ni el dueño de la tienda de mascotas ni el que hace barcos ni tan siquiera un servidor. Todos preferimos que se quede en el bolsillo de Carlos no sea que destroce nuestros respectivos negocios. Bueno, todos no, que ya saben que siempre hay quien le encuentra utilidad a cualquier cosa…

martes, 4 de febrero de 2020

De las consecuencias del Brexit



Reino Unido por fin se ha divorciado de la Unión Europea (que no de Europa, pues ellos siempre han formado parte del Viejo Continente) y no han sido pocas las lágrimas que algunos han echado a tenor de una situación que deja bastante de inquietud teniendo en cuenta lo que se les/nos puede venir encima.
Aunque comparto esos sentimientos de desasosiego, pues como sabrán visito bastante el país vecino, convengo en que su gobierno no podía fallar a una de las consideradas “mejores democracias del mundo”, máxime si la decisión se tomó vía referéndum. El “sí” ganó por mayoría (un poquito ajustado, es cierto) y el desenlace no podía ser otro.
No puedo ocultar que ello me produzca cierta envidia. El constatar que los gobernantes respetan (en parte, que los ingleses también tienen sus títeres y cuitas de poder) la opinión de los ciudadanos, me llena de alegría, pues obviando las reuniones clandestinas con los gobernantes bolivarianos y los acuerdos con partidos terroristas, los nuestros dejan mucho más que desear. Las comparaciones son odiosas, y con razón.


Volviendo al Brexit que de miserias a la española ya hablo bastante, se abre un periodo convulso, ya que ahora es cuando viene lo difícil o lo incómodo, pues los acuerdos en materia de política exterior, comercial y demás cuitas económicas, traerá a muchos de cabeza.
Los primeros que ven peligrar sus derechos son todos aquellos ciudadanos comunitarios que llevan décadas viviendo en Inglaterra (sin ir más lejos, doscientos mil compatriotas, ni más ni menos). Nadie sabe qué pasará. Todo el mundo se ha lanzado a pedir la residencia permanente o la nacionalidad. El personal está bastante acojonado.
Esa incertidumbre, ese salto al vacío que supone pasar de ser inmigrante de primera clase a inmigrante a secas, puede ser muy duro. No es para menos pues coger la maleta y regresar a un punto de partida, pues no olvidemos que esa decisión ya la tomaron otrora, la de dejar a un lado todo lo que has conseguido con mucho esfuerzo, es bastante difícil.


Y con este planteamiento enlazo con uno de esos libros que no ha dejado indiferente a nadie, La maleta de Chris Naylor Ballesteros. Publicado por La Galera durante los últimos meses, este álbum ha sido uno de los más recomendados por gentes de la esfera del libro infantil y he creído necesario abrirle un hueco en este espacio.
En él se cuenta la historia de un extraño que llega a otro lugar con arrastrando una maleta. Sus habitantes se preguntan de dónde viene, que le trae por allí y, sobre todo, qué lleva en esa maleta. Él contesta que una taza, una mesa, una cocina… El resto se quedan perplejos. No dan crédito a que tanto quepa ahí y aprovechan que el extraño se queda dormido para meter abrir la maleta y quedarse boquiabiertos.


Sobre fondo blanco (creo que centrar la atención en la figura de los personajes ha sido un acierto por parte del autor) para las escenas del presente, y con fondo sepia para referirse al pasado (un recurso estético bastante acertado y que bebe del soporte fotográfico), esta pequeña fábula que bebe en cierto modo de la estructura del sketch, también echa mano del humor para internarse en los resquicios de nuestra naturaleza humana.


Aunque con un final agradable muy apto para partidarios del buenismo y los mensajes edulcorados, un servidor prefiere otro tipo de puntos de vista más controvertidos, como ese ligero paréntesis que se abre para la crítica de la estupidez e impertinencia humanas. Ese momento en el que los animales meten las narices donde no les llaman me ha gustado mucho. ¿Quién cojones se creen para violar el espacio íntimo de nadie? En él he visto representados a todos esos enteraos que no se fían ni de su sombra pero que a la postre se las dan de buenos samaritanos.


jueves, 30 de enero de 2020

De adultos y actualidad



Todavía no sé cuándo nos van a dejar tranquilos los mayores. Me tienen hasta las narices. ¡Qué harto me tienen de tanto control! Como si no hubiéramos tenido bastante con la “educación para la ciudadanía” y las dichosas lenguas co-oficiales (¡Y venga propaganda!), ahora van y se inventan el “pin parental”… Menos mal que mi madre sólo es inquisidora para el polvo y las pelusas (No me quiero ni imaginar los estragos que haría si le diera por el currículo escolar, porque ¡ni los maestros saben qué hacer con los estándares de aprendizaje!).


Me voy acordando de lo que charlaba el domingo con Pepa Flores, otra niña como yo. “Mira, Román” me decía la pobre, “estos adultos no aprenden. Ya les dije hace años que me dejarán de fachas, de comunistas y otras mandangas. Que yo me iba a dedicar a la vida, una cosa muy de críos. Que no quería participar en más circos. Menos todavía si los honorarios son caramelos y cabezones. Que le saquen la pringue a otros, que en la tómbola del mundo yo ya he tenido bastante.”


Yo aplaudía con fervor mientras la Marisol (así la llamaban en el cole) se explicaba coherente y salerosa. “Qué contaminado está el mundo, cari. Todo quisqui pensando en engordar la cuenta corriente… La Rosalía metiendo billetes en un tanga y el Évole instando a la violencia,  tira que te va..., ¿pero y la Thunberg? ¿Tan mengaja como nosotros y ya se está registrando como marca comercial para ingresar en el Capital? Que no, que no, Román, que a mí lo que me gusta es Nunca Jamás, hacer el indio, comer, nadar y saltar.


De repente me acordé del libro de Davide Cali y Benjamin Chaud, otro par de nenes que se ve que están hartos de tanta (in)madurez. Cosas que no hacen los mayores ha sido el título elegido (con mucha ironía, por si jode). Se lo ha publicado NubeOcho (¡Me chifla el nombre de la editorial!) y en él hablan de los adultos y las cosas que ¿nunca? hacen.


O al menos, eso parece, porque aunque el texto reza montones de negaciones sobre la gente entrada en años, las ilustraciones parecen hacer gala de lo contrario (disyunción texto-imagen lo llamamos los enteraos del libro-álbum). Cosas como que nunca molestan ni dicen tacos ni pelean ni gritan ni lloran, se recogen en este catálogo de situaciones que da buena cuenta de la mentira que es el universo de quienes perdieron la inocencia. Y nada más.



martes, 28 de enero de 2020

Un libro nuevo para un mundo extraño



Se ve que el pasado lunes algunos celebraron (si ese es el verbo adecuado) el llamado “Blue Monday”, el -supuestamente- día más triste del año. Que si la cuesta de enero, que los fallidos desafíos del año nuevo, que si la última paga se ha desvanecido casi por completo, que si días cortos y grises… Vamos, que según Cliff Arnall, el psicólogo que lo definió tomando como referencia todos estos parámetros, deberíamos acostarnos y no levantarnos hasta el día siguiente…, pero va a ser que no. Al menos conmigo. Voy a mandar el Blue Monday al carajo.
Pero, ¿qué es eso de que las marcas comerciales sean las prescriptoras de nuestros estados de ánimo? ¿Acaso no son nuestras circunstancias las que los definen? Lo que me quedaba…, depender del calendario para esbozar sonrisas o dejar correr las lágrimas. No, no y no. Déjense de chorradas, aquí lo que hace falta es un poco más de es-pe-ran-za.


Y sin más dilación (que hoy no tengo mucho tiempo para andarme por las ramas), enlazo con, Non Stop, el último trabajo de Tomi Ungerer publicado en España por Kalandraka. Como sabrán, el genio de Estrasburgo nos dejó el año pasado pero aún siguen resonando en las casas editoriales un montón de títulos inéditos de su prolífica obra. Quizá la de hoy es una de las obras más personales del autor, pues condensa en ella muchas ideas que le anduvieron rondando la cabeza en el último periodo de su vida, como el humanismo, pero sin dejar atrás el antibelicismo de sus primeras obras infantiles.


En esta historia, su protagonista, Vasco, un hombre con gorra al que en ningún momento podemos ver la cara -una figura anónima que podríamos encarnar cualquiera de nosotros-, deambula por una ciudad donde el abandono es patente. No sabemos muy bien cuales han sido las causas para que todo el mundo se haya  de allí (En este caso a la Luna, un sitio más simbólico que físico. Como Babia, ese sitio lleno de atontaos, creo yo). Quizá los desastres naturales, quizá los conflictos bélicos, han sido las razones que los han llevado a este panorama tan triste y desolador.
Fijémonos en las formas cúbicas que rodean al personaje. ¿Acaso no les recuerdan a esos juegos de construcción derrumbados por las manos infantiles? ¿Acaso no trae a su memoria los movimientos vanguardistas? (Permítanme ver a los cubistas o a Escher en algunas escenas de la historia) ¿Acaso no ven el movimiento de los muros y calles? Hay mucho significado en esa  supuesta apariencia sencilla del paisaje.


Deténganse también en la patente oscuridad que todo lo envuelve y que nos deja ver con claridad un foco de luz (¡Teatralidad al poder!) que se centra en Vasco y proyecta una sombra sobre las ruinas de ese universo ficticio. Vemos como le hace señales, como lo dirige en su constante búsqueda. ¿Querrá decirnos que esa misma negrura tan inquietante es la misma que lo guía hacia la salida?


Toda la obra está llena de mucho surrealismo (estético y semántico, of course). Desde una historia que parece no tener ni pies ni cabeza, hasta las perspectivas imposibles de algunas ilustraciones, pasando por detalles y elementos disruptivos y evocadores (¿Ven a Dalí?), que alimentan al espectador, invitan al juego y enriquecen el marco de lectura.
Para terminar, una pequeña comparativa. Y es que tanto en Pedro y Juan en el vertedero de Maurice Sendak, otro genio del álbum ilustrado, como en esta del inolvidable Tomi, se pueden observar ciertas similitudes que los acerca todavía aún más… El homenaje a sus seres queridos (vean la dedicatoria al principio del libro), la denuncia de los males de la sociedad occidental (guerras, pobreza y demás miserias), la salvación de los inocentes (si en Pedro y Juan… se trataba del niño negro, en este caso tenemos el hijo de unos extraterrestes), las referencias bíblicas (fíjense en el nombre de ese barco encallado), y ese canto de esperanza final hacia las generaciones futuras (que en el caso de Ungerer tiene forma de refugio dulce y almibarado), son puntos que acercan su legado y forma de pensar.
Sintetizando: un libro extraño para un mundo nuevo. O mejor dicho: un libro nuevo para un mundo extraño.



jueves, 16 de enero de 2020

Juntos



Me he pasado la vida intentando adivinar cómo es la gente con la que coincido en el metro, en el vestuario de la piscina o en las charlas sobre Literatura Infantil. Actúo como un escáner. Es un juego de observación necesario para mí. Estoy atento a cualquier detalle que me pueda proporcionar algún dato que refleje el origen, los intereses o los puntos débiles de una persona. Empiezo por los zapatos, termino por la forma de las gafas y me detengo en pendientes, tipo de coche o el vocabulario usado.
No se crean que es fácil pues hay que tener en cuenta demasiadas variables. No es lo mismo usar zapatos de plástico que unos de piel… No todo el mundo saber combinar el color de su pañuelo con el del abrigo… Hay hombres que usan bolso y otros que no… Hay mujeres que usan tacones y otras zapatos… ¿Sabían que profesoras, peluqueras y agentes comerciales difieren en marcas de ropa?... Usar un bolígrafo de los de toda la vida no tiene nada que ver con una estilográfica reluciente... ¿Laca o gomina?
Y con todos estos datos y un poquito de tiempo, soy capaz de elaborar un retrato robot de cualquiera que logre acercarse. Les sonará presuntuoso, quizá algo mágico, pero lo que tengo claro es que observa que te observa, a veces das en el clavo. Con ello no quiero decir que siempre acierte, pero al menos me divierto cuando constato las coincidencias con la realidad o si por el contrario me he columpiado.
Les invito a que practiquen este juego, pues unas veces nos ayuda a desarrollar la inteligencia emocional, otras a entrenar nuestra capacidad de imaginar (iba a decir soñar, pero puede que no sea para tanto), también a sopesar nuestros prejuicios (que no son pocos, prueba de ello son las sorpresas que nos llevamos) y sobre todo a poner a punto nuestras dotes como acérrimos observadores (se dediquen a escribir novelas, enfermedades infeccionas o a avistar pájaros).
Mientras me cuentan sus experiencias yo me quedaré aquí sentado disfrutando de uno de esos libros que dan un giro a tu mente, se divierten con ella, y la ponen a trabajar. Porque Unas personas, con texto de Jairo Buitrago e ilustraciones de Manuel Monroy (editorial Océano Travesía), no es para menos.
En primer lugar hay que decir que es un álbum que habla de lo colectivo desde la perspectiva individual de un voyeur que capta pequeños instantes de las vidas de sus vecinos: una niña, un par de amigos en un balcón y unos cuantos personajes más. No obstante, hay algo que no llegamos a comprender. ¿De dónde saca todas esas conjeturas? ¿Acaso está viendo algo que nosotros no discernimos?
Las páginas van pasando hasta que llegamos al final, en el que un plano general nos deja entrever algunos de los detalles que el autor nos ha ido dejando ver a lo largo de la narración. Observamos como esas personas de quienes nos ha estado hablando, en realidad constituyen la biota de un ecosistema antrópico llamado barrio y que todas ellas se encuentran entrelazadas de una u otra manera, algo que me ha hecho recordar obras como La colmena.
Si a ello añadimos unas ilustraciones donde la luz es desbordante, donde la voz de unos actores desdibujados (¿Acaso no podríamos ser tú o yo? Seguro que sí) en escenarios que recuerdan sobremanera a los de Hopper y sus contemporáneos, la historia puede trasladarse a otros contextos, a otros vecindarios en los que se hace más importante sobrevivir con la ayuda de todos que no hacer uso de una única mano.


martes, 17 de diciembre de 2019

Disfrutando del día a pesar del oficio



Comienza la cuenta atrás para las vacaciones de Navidad. Menos mal porque cada día me veo más decrépito y desbaratado. Esto de tanto trajín va a terminar conmigo. Y eso no puede ser, oigan. Hay que cuidarse lo que no está escrito, porque lo más importante es uno mismo. ¡Qué pijo los hijos, los abuelos, los nietos o los alumnos! ¡Yo, yo y yo!
No quiero decir con esto que haya que cultivar el egoísmo o ser el centro del universo, sino más bien el amor propio, uno basado en la autoestima y no en la autodestrucción. Porque les diré que hay gente que se quiere muy poco, y eso no puede ser. Hay que empezar desde bien temprano con los cuidados…


Un buen descanso (de unas 7-8 horitas es más que suficiente), desayunos nutritivos (cuando cuento lo que trago muchos no me creen), algo de ejercicio matutino (unas flexiones, unas abdominales), agua y jabón, cepillo de dientes y ungüentos faciales de calidad (para eso les puedo derivar con ciertas maricremas), ropa elegante (incluido su mejor chándal, que es la última moda), perfume (esto siempre se me olvida aunque siempre piense “Yo sin mi Chanel® no salgo a la calle”) y ¡para adelante!


Dirán que soy esto o lo otro, pero me da igual, creo que no hacen falta ingentes capas de chapa y pintura, tampoco echarse encima montones de billetes, ni siquiera horas y horas de gimnasio, tan sólo preocuparse un poco de lo que se meten en el cuerpo (sólidos, líquidos y gaseosos), de mantener una temperatura corporal constante y un adecuado tono muscular.
Es por ello que hoy quiero detenerme en uno de esos álbumes que da gusto regalarse de buena mañana, pues Profesión: Cocodrilo, un álbum de Giovanna Zoboli y Mariachiara Di Giorgio publicado durante este año por Adriana Hidalgo en su colección Pípala nos habla de eso y mucho más.


En este álbum sin palabras con una estructura narrativa que utiliza elementos del comic, se nos cuenta el día a día de un cocodrilo. Este personaje tiene un modus vivendi envidiable. Su ducha, lo primero. Desayuna bien trajeado con tostada de tomate incluida y periódico en mano. Pasea por la ciudad, observa a un lado, a otro, compra un ramo de flores… Sencillamente, disfruta de la mañana.
En un entorno muy mediterráneo (la luz, las calles, la arquitectura, la gente, me recuerda a Roma o a Sevilla… Es algo que no me extraña teniendo en cuenta la procedencia de las autoras), este cocodrilo da buena cuenta de que la vida es bella. Pero ojo, no es el único, pues sorprendentemente, podemos encontrar a otros animales que se camuflan perfectamente entre la muchedumbre ataviados como personas sin llamar la atención lo más mínimo. ¿Qué juego será este en el que nos internan las autoras?


Todo esto nos lleva a un final ¿inesperado? y con cierta sorpresa que se adentra en el subconsciente del lector y le hace dos preguntas. La primera es si esperaba que el cocodrilo desempeñara otra profesión diferente ¿Quizá detective? ¿Quizá gánster? A veces las apariencias engañan si dejamos volar la imaginación. La segunda tiene que ver con el yo, con lo distorsionadas que son las imágenes de nosotros mismos, también con los anhelos de los demás, cómo nos vemos y cómo nos ven.
Fíjense por ejemplo en mí, muchos dicen que no parezco docente… Será la ropa, será que tengo un coche cani, será que me alejo de la típica pose cultureta… Visitadores médicos, comerciales, peluqueras, dependientes de  supermercado, monitores deportivos, camioneros, cocineros, barrenderos y vendedores ambulantes. Yo sólo sé que cualquier oficio tiene lo suyo y lo mejor es disfrutarlo.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Impacientes pero contentos



En este mundo que vivimos prima la celeridad. Lo queremos todo de manera instantánea, sin espera y con mucha urgencia. Lo peor de todo es que lo mamamos desde bien pequeños. Los niños ansían que llegue Papa Noel, los Reyes Magos, el Black Friday, su cumpleaños, el del compañero, el carnaval, las vacaciones y la feria de Albacete… Vivimos en un estado de expectación eterno.
Estamos todos como unas maracas, incluido mi sobrino, que sólo saber correr (se ve que no le encuentra mucha miga a eso de caminar…). No tenemos ningún sosiego y desesperamos en el cine y en la sala de espera del médico (¿Habrá ido alguna vez rápida la cosa?) y en la cola de la charcutería (¡Madre, la de fiambre que consumimos!).


Es así como surge el movimiento “slow”, uno que trata de la lentitud y el disfrute. De la comida (que se engorda menos comiendo despacio, oigan), de la bebida y de la piscina (si tengo poco tiempo para nadar no crean que disfruto lo mismo).  No obstante también he de apuntar que la gente demasiado tranquila me pone un tanto enfermo, más todavía cuando dependemos de ellos.
Y con impaciencia, ese mal que nos invade, llegamos hasta uno de los libros que está revolucionando las librerías. No nos debe extrañar, pues La oruga impaciente de Ross Burach y la editorial Lata de Sal, es uno de esos espejos en el que podemos vernos reflejados y echarnos a reír, algo que me encanta de un álbum ilustrado. El argumento es sencillo. Una oruga más que atacada quiere convertirse en mariposa y sigue las instrucciones de sus colegas (como sabrán, lo que toca es fabricar el capullo y dejar que transcurra el tiempo), algo que resultará una tarea titánica para ella.


Se imaginarán el juego que da una historia así y yo les confirmo que es genial por muchos más motivos. En primer lugar porque el autor da con la estructura narrativa perfecta, una que es híbrida entre el lenguaje del cómic y el álbum (podríamos hablar de sketch también), ya que imprime mucho dinamismo a la acción (esa especie de atropello que toda persona impaciente sufre ante una situación de estrés). En segundo lugar es muy adecuado el estilo cartoon y unas tintas vivas que se dirigen sobre todo al público infantil, reclaman su atención y le imprimen un carácter de desenfado y diversión (no todo va a ser trágico e intimista…). Por último decir que me encantan ciertos giros que se dan de forma inesperada que buscan, sobre todo, evitar el didactismo tan manifiesto de muchos libros infantiles y que ensalzan su crítico discurso más allá.
¡Ups, se me olvidaba…! ¿Y la protagonista? ¿Se convertirá en mariposa? Eso sólo pueden descubrirlo si leen de cabo a rabo este fantástico libro que recomiendo a manos llenas.



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