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martes, 3 de marzo de 2020

Valiente fragilidad



Hemos dado la bienvenida a marzo y con él llega el periodo de exámenes. Hay cierto tufillo de nerviosismo en el aire y se palpa la tensión entre los estudiantes. Ojeras, caras pálidas y salidas de tono son el pan de cada día. Sí, no es muy agradable estar embebido en una atmósfera tan recalcitrante, que el humor es una cosa muy seria y hay que cuidarlo. A menos que venga algún gilipollas a darte el día, lo mejor que podemos hacer es sonreír, que para llorar por un cerapio siempre hay tiempo.
Como en botica, estudiantes hay de todas clases. Los hay muy trabajadores, como laboriosas hormiguitas que al final salen del paso. Otros son más espabilados y prefieren echar mano de sus capacidades antes que de hincar los codos (¡Y cómo les jode a los demás…!). Están los que se esperan a última hora para invertir todas sus horas de sueño en el aprobado raspado. También los nerviosos que la cagan en el último momento por un exponente, un paréntesis o la idea feliz de turno. Los alegres y los despreocupados también tienen su hueco en este catálogo de alumnos. Y así, uno tras otro, van pasando los cursos escolares.


De entre todos ellos mis favoritos son los alumnos de cristal. Esos de apariencia frágil, que de un soplo se desbaratan. Son los que más me sorprenden teniendo en cuenta el ecosistema en el que viven. Cuatro paredes atestadas de niñatos entre los que priman las leyes más básicas y animales. ¿Por qué? Parece que se caen pero que al final se tienen, como si se fueran a rendir de súbito aunque al final opten por la supervivencia. Deberíamos llamarlos alumnos Duralex®, o quizá alumnos Pyrex®, porque a pesar de su apariencia, son irrompibles, resistentes al tiempo y los varapalos, a imagen y semejanza de la Gisela de cristal de Betrice Alemagna.


Recién publicado en nuestro país por Libros del Zorro Rojo, este álbum que fue elegido el mejor libro infantil del 2002 en Francia, nos cuenta la historia de Gisela, una niña hecha de cristal. Luminosa, frágil y sobre todo transparente, todo el mundo quiere conocerla. Largas colas delante de su casa para poder verla y tocarla, hasta que se dan cuenta que, como es de cristal, pueden leer sus pensamientos…


Como ya han apuntado otros compañeros de la LIJ, el argumento es similar al Jaime de cristal de Rodari, lo que me hace pensar que Alemagna ya conocía esta historia del genio italiano y quería darle una vuelta de tuerca más contemporánea. Mientras que en Jaime de cristal la transparencia resulta ser una virtud para luchar contra la tiranía y la opresión quedando el mensaje más supeditado a la moraleja redonda del cuento tradicional, en Gisela de cristal se ensalza como un grave defecto en el que el público en general no ve nada positivo e incluso es motivo de rechazo social. Aunque en los dos libros el protagonista sale victorioso, Alemagna ensalza la debacle interior de Gisela. Ella es una verdadera heroína y lucha por alcanzar su propia felicidad, mientras que Jaime es un héroe indirecto.


En lo que a los recursos de formato y estéticos se refiere llaman poderosamente la atención dos. La primera es el tono azulado del libro, uno que inspira calma, también frialdad e incluso tiene que ver con las lágrimas de Gisela. La segunda son las páginas de papel vegetal que la autora inserta en el libro, un recurso que también utiliza en Cosas que vienen y van, pero que en este caso se traducen con otro significado, concretamente el del símil con la transparencia del cristal y de la anticipación en la secuenciación.
Un libro sin pretensiones, hermoso y algo agridulce, que los niños de cristal necesitamos de vez en cuando.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Llenos de esperanza


Nunca he sido muy llorón. Tampoco les voy a decir que no he sufrido, pues lo he hecho. Pero lo que sí puedo afirmar es que casi siempre me he tomado la vida con mucho optimismo. 
No soy de los que se arrepienten, tampoco de los que se rinden (alguna vez, pero por puro egoísmo y comodidad) ni tampoco de los que ven en los demás una vida mejor (esa gente que se pasa el día comparándose con otros nunca será feliz). Intento ver el lado positivo de las cosas (si es que lo tienen..., si no, apaga y vámonos porque no hay solución) e insistir (lo justo y necesario, que si no, el tiempo pesa y cansa).



Aunque algunos dicen que la vida tiene más cosas malas que buenas, prefiero pensar que la diferencia es mínima, que detrás de una mala, siempre llega una buena (al menos para mí, porque hay personas que llevan la negra…) y tiene su aquel el contar con los dedos de la mano lo que falta para que acontezca. Y si no llegan, ya vendrán…
Seguramente más de uno/a me mandará a la mierda si les consuelo con esa de que después de un mal día siempre llega una mañana espléndida, que después de una ruptura sentimental siempre llega alguien que te hace vibrar, o que después de una pelea siempre llega la reconciliación. Y como sé que no me van a hacer ni caso, también añado “¿Vas a vivir amargado el resto de tus días?” Yo lo tengo clarinete (como dice el Pacote): "Que no, que yo no."



La sonrisa de mi sobrino, sombrillas con estampado de sandía, las locuras de mi padre, los campos de girasoles y el vaivén de las olas. El morro torcido del Pit, los tacones imposibles de la Gema, mi madre y sus monsergas, los chistes malos del Alfon, la explosividad de mis alumnos, las impertinencias de mi hermana, y el recuerdo de tus ojos azules. Me quedan muchas cosas hermosas que ver, oír, tocar y sentir todos los días. Otras se quedaron para siempre. Decidido: yo todavía no tiro la toalla.
Es por eso que hoy les traigo Cosas que vienen y van de Beatrice Alemagna (editorial Combel), una exaltación poética de todos estos ritmos y momentos bellos de los que nos provee la naturaleza, los quehaceres diarios o nuestros sentimientos. De esta manera la siempre exquisita Beatrice Alemagna rinde un pequeño tributo a las pequeñas cosas de la vida que, a pesar de su insignificancia, nos llenan esperanzados, y rebosan en uno de los mejores libros de este otoño.



Mención aparte merece el recurso del que se ha servido para presentarnos esta secuencia de escenas, en la que haciendo uso de una hoja de papel vegetal entre cada doble escena, establece un juego para el espectador (el lector disfruta descubriendo las sorpresas que guardan las páginas anterior y posterior), al mismo tiempo que evoca al antes y el después.
Esta técnica no es nueva, pues ya la utilizó Bruno Munari en Sulla nebbia di Milano hace más de 60 años (1968) para desdibujar las escenas y darles un aspecto tridimensional, aunque en este caso ofrece una nueva funcionalidad que nos arranca una sonrisa y destaca el aspecto lúdico del objeto libro.




Sin lugar a dudas es un libro para regalar una y otra vez. En un cumpleaños, durante la navidad, a personas que lo pasan mal y a las que ven poco sentido a la vida. Yo ya sé a quién se lo voy a regalar, ¿y ustedes? Si no saben a quién, se lo pueden regalar a ustedes mismos, que ya es bastante regalo.

lunes, 26 de octubre de 2015

Aventuras de barrio


Adoro la vida de barrio, más que nada porque sabe conjugar la cercanía del pueblo con la agilidad de la urbe, un tándem tan peligroso, como encantador... Las grandes superficies coexistiendo con los comercios de toda la vida, vecinos de siempre con otros más pasajeros, pisos de nueva construcción compartiendo acera con otras casitas pequeñas de planta baja y bloques de viviendas sociales. Siempre hay un par de colegios y algún que otro instituto, los afortunados tienen un centro de salud, alguna sucursal bancaria y un centro sociocultural. Panaderías a tutiplén, fruterías desperdigadas, un par de carnicerías, pescaderías, algunas, peluquerías varias y muchos bares (ya saben, esto es España), hacen las delicias del bullicio y las transacciones entre sus habitantes. Si tienen alguna placita o jardín cercano, pueden asomarse a la ventana y escuchar el griterío de los niños al jugar, el parloteo vespertino de los viejos y un sinfín de graznidos humanos que llenan el aire de las calles que cruzan ese mini-universo llamado “barrio”.


Cada barrio tiene sus personajes (los hay entrañables, legendarios y muy odiados) y su personalidad, ya saben..., los hay muy familiares y otros más impersonales, los bulliciosos y los silenciosos, los elegantes y los quiméricos... También hay mucho barrio famoso en la geografía española, léanse el de Triana en Sevilla, el madrileño Carabanchel, el del Carmen valenciano, el Gótico de Barcelona, el de la Viña en Cádiz o el Húmedo leonense, pero tengan por seguro que, como el barrio de uno, no hay ninguno, pues constituye una patria chica que controlamos a la perfección por cercanía, costumbre y tradición. Una realidad que sirve y ha servido de excusa para que muchos creadores de libros LIJ contextualicen sus historias en barrios ideales donde una parte del mundo le echa un cable a la otra parte (algo que, lamentablemente, está empezando a cambiar...), y todos los personajes interactúan entre sí formando parte del mismo hilo conductor.


Sin ir más lejos podemos toparnos con esta idea en El maravilloso mini-peli-coso de Beatrice Alemagna y editado por Combel (¿Por qué será que cuando un título es maravilloso me envían el ejemplar demasiado tarde? Snifff, ¡así no hay quien haga fotos decentes!), un libro redondo y colorista. Redondo (ya saben que no suelo abusar de este adjetivo cuando se trata de libros) por su carácter coral, su ritmo de ida y vuelta (del principio hacia la mitad, la historia se desarrolla en un sentido, en el ecuador encontramos el momento cumbre y, a partir de ese punto, la acción gira y regresa sobre sus pasos, ¡una maravilla de simetría narrativa!), su tono infantil, sus dobleces, sus personajes adultos que regresan a la niñez y su cariz de viaje iniciático actual y cotidiano. Y colorista por el desenfado en el tratamiento de las ilustraciones, el buen engranaje entre las técnicas pictóricas y, sobre todo, por las pinceladas de rosa flúor que abundan en todo el recorrido y establecen un juego de búsqueda de similitudes y diferencias entre la realidad y la imaginación de la protagonista.
¡Y que vivan los barrios!


miércoles, 24 de septiembre de 2014

De malhechos y gimnasios


Aunque el culto al cuerpo es un mal mediterráneo, llama bastante la atención que nuestros socios comunitarios se hayan rendido de manera rotunda al gimnasio y sus beneficios para con la musculatura y el mamoneo. Alemanes, holandeses, nórdicos o ingleses se ponen a tope con los entrenadores personales, la zumba, el pilates, el spinning o el boxeo (ahora lo más de lo más, cuando antes era lo menos de lo menos…) y de paso, lucen palmito a lo largo de la costa (cosa buena para nuestra deprimida economía), dando buena muestra de que, no sólo a los/as chulazos/as de playa les sienta bien el ejercicio, sino que la globalización también los prefiere fornidos hasta los tuétanos.
Para los que no invertimos en batidos de proteínas y bancos de abdominales es una lata pasear a orilla de nuestras benditas playas: uno se siente desprotegido ante tanto organismo bien formado y, empequeñecido, intenta disimular las lorzas metiendo barriga -el más antiguo de los remedios- o estirando los brazos al cielo... Lo más evidente de todo es que nos vamos quedando (además de orondos y perimétricos) en clara minoría… Será que aquellos que no invertimos los consabidos treinta euros mensuales en ponernos a tope a golpe de pesa y mancuerna, ¿”semos rarunos”?... No creo… en todo caso ¡somos naturales! Una cosa es mantenerse saludable, poner a rajatabla el sobrepeso, disminuir el colesterol y controlar la hipertensión, y otra muy distinta es convertirse en esclavos del tono muscular y la forma física, pareciendo androides desprovistos de toda personalidad. ¿Quién quiere ser igual que otro, perder los rasgos que le caracterizan y moldear su cuerpo a golpe de movimientos aeróbicos y dietas especializadas?… (Y dijo una abuela sorda… “Cada vez me es más difícil distinguir a la Jenny de la Selena, y al Yoni del Christian, ¡si parecen clones!”).


¡Decidido! Lo mío es ser yo, quererme a pesar de mis kilos de más, sin importarme los cánones definidos por anunciantes de ropa interior. Prefiero estar sano por dentro que divino por fuera. Y reírme… reírme mucho… porque, aunque lo desee con todas mis fuerzas, jamás alcanzaré la perfección absoluta. Una gran verdad de la que toman buena nota Los cinco desastres (yo hubiera traducido el título por Los cinco malhechos, que también existe esa palabra) de Beatrice Alemagna y editado en castellano por A buen paso, gracias a un advenedizo perfecto que, como de costumbre, resulta ser el más imperfecto de todos.


jueves, 24 de enero de 2013

Cuando nace una historia



Cuando los lazos se estrechan, son muchos, conocidos y amigos, que me preguntan sobre cómo parí este blog, un espacio que poco tiene que ver con mis estudios universitarios, algo con mi profesión y mucho con mis aficiones. Llevándoles unos cuantos años hacia atrás, les cuento la historia de aquel joven que, recién terminada la licenciatura en “Biología”, se vio obligado a apuntarse al paro, regresar al hogar paterno y concederse pocos caprichos, mientras quedaba sepultado por horas de estudio que tenían como objetivo llegar a ser profesor algún día… Entre tanto avatar estático y habiendo sido un niño lector, si no ávido, al menos aceptable, se me presentó la oportunidad de impartir algún seminario sobre lectura en los ya extintos Centros de Profesores (no sé cómo… no estaba afiliado a ningún partido político, no había lamido culo alguno y mi experiencia como animador a la lectura se resumía a unos cuantos talleres en la Red de Bibliotecas Municipales de Albacete…). Entre estos cursos hubo de todo...Risas, quejas, historias…, pero sobre todo libros, muchos libros… Iba de pueblo en pueblo cargado de una maleta con álbumes ilustrados desconocidos que pesaba como un muerto (el papel satinado y la tapa dura es lo que tienen…), actividades sencillas (nunca he creído en lo complejo) y el enfoque interdisciplinar (literatura y mundo son sinónimos) que tanto se necesita en escuelas y centros educativos. Leíamos en voz alta, jugábamos a las adivinanzas, presentábamos libros, opinábamos, escribíamos tontas poesías y pasábamos el rato. Cuando todo terminaba, unos marchaban a su casa ofuscados y decepcionados, y otros, entusiasmados y alegres, me pedían más y más. Para los últimos construí este lugar, un espacio que sirviera para compartir, más que experiencias, libros, los que leemos los monstruos, y al que di un nombre homenaje, ya que pocos maestros y profesores sabían que el libro de Sendak era considerado una joya de la Literatura Infantil.
De entre estas actividades y para destacar el valor pedagógico de cualquier libro (cosa que jamás debe ser el fin de la LIJ y en la que muchos docentes se centran…), utilizaba un pasaje del Eclesiastés, uno de los libros que forman el Antiguo Testamento de La Biblia, para explicar el ciclo del agua de una manera sencilla -Todos los ríos van hacia el mar, y el mar no se llena; al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir-, una científica evidencia en la que también parece haberse inspirado Beatrice Alemagna (algo más modernizada y con trasfondo ecologista) para La corta historia de una gota (editorial Tramuntana).
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