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viernes, 6 de marzo de 2020

¡A la gresca!



Cada vez desconfío más de las predicciones meteorológicas. Nadie se pone de acuerdo. Los hombres del tiempo dicen que vuelve el frío y sus nevadas, los políticos que si el sol nos bendecirá con sus rayos (se acercan las fallas y la semana santa), los agricultores están hasta las narices de las sequía, los comerciantes que si el viento amainará en breve. Da igual que estemos en invierno, primavera, verano u otoño, el caso es que no hay puntos comunes a los que agarrarse (¡Polémico cambio climático…!). Y es que mientras todos tengamos intereses tan dispares, no podremos ponernos de acuerdo ni con el tiempo. Esto parece un diálogo de besugos. No sé muy bien entre quienes, pero lo es…

Jersey de lluvia.
Falda de helecho.
Luz de rocío.
Soplo de viento.
¿Dónde te sientas?
Yo no me siento.
Sobre la lluvia
o sobre el viento.
Sobre el rocío.
Bajo el helecho.

¿Tú no te sientas?
Yo no me siento.
¿Ya no me entiendes?
Ya no te entiendo.
¡Diablo de lluvia!
¡Diablo de helecho!
¡Ay, qué rocío!
¡Mira ese viento!
Siéntate, niña.
No, no me siento.

Antonio García Teijeiro.
Jersey de lluvia.
En: Dijo el ratón a la luna…
Antología de Fran Alonso.
Ilustraciones de Xosé Cobas.
2020. Anaya: Madrid.



miércoles, 19 de febrero de 2020

Maternidad idealizada



Por mucho que los influencer de la crianza se dediquen a ensalzar las bonanzas de la maternidad, un servidor, que vive en el mundo de la perpetua adolescencia no sabe qué pensar al respecto. Se escucha de cada barbaridad en las redes sociales, que dan ganas de liarse a tiros ipso facto. Ves a cada madre, a cada padre, a cada psicólogo, a cada gilipollas en este universo, que lo mejor que puedes hacer es reírte de sus pedos de colores (o incluso fumártelos, a ver si te conviertes en unicornio).


Lo primero es que casi todos se dedican a la infancia y casi ninguno a los quinceañeros (se ve que la cosa les resulta menos llevadera) algo que me da un poco por el cacas ¿Acaso la crianza acaba a los doce años? Pobres y abandonados teenagers...
Lo segundo es el grado de melindre y ñoñería que suelen utilizar en sus disquisiciones sobre pañales, dientes caídos, fiestas de cumpleaños, riñas de parvulario y otros pormenores infantiles. Son tan babosos que dan ganas de regurgitar hasta la primera papilla. ¿Nadie les habrá dicho que el empalague no es directamente proporcional al cariño?
Lo que sigue es el postureo. Los críos son como los gatetes: más o menos fáciles de adiestrar, lucen mucho en cámara (sobre todo con muselina y encajes de bolillos) y a medio mundo se le cae la baba con ellos. Los “likes” fluyen a mansalva y el negocio sigue imparable mientras violamos sus derechos de imagen (mis nenes son míos y los exploto cuando quiero).
Y lo último es el grado de condescendencia que destilan... Llevo casi un tercio de mi vida trabajando con adolescentes. Una media de ciento veinte alumnos por curso durante siete meses al año. Y lo más valioso que he aprendido es que con ellos NO HAY RECETAS. Cada uno es cada uno y hay que andarse con cautela. Prefiero prestar atención a los compañeros que ofrecen recursos de todo tipo (alabo la generosidad en todas sus formas) que escuchar las monsergas de esa caterva de “influmierder” que solo aspiran a falleras mayores (Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!).


Y si no han tenido bastante sorna hoy les traigo un libro con el que me topé el otro día en una de esas librerías fantásticas que visito y que me pareció extraordinario. Mama Bruce de Ryan T. Higgins (editorial Anaya) es uno de esos libros que desde el humor hurga en tu subconsciente desde la primera página y construye una parodia de muchos aspectos de la vida occidental actual.


Bruce es un oso que siente verdadera pasión por los huevos. Se dedica a recolectarlos de cualquier nido y, como buen morrifino, los prepara según le indican los gurús de la gastronomía (este guiño a la dictadura de la gastronomía me parece muy simpático). Un día encuentra una receta con huevos de ganso y tras hacerse con ellos, rompe el cascarón y ¡voilá!, en un periquete se convierte en la “madre” de cuatro patitos.
Con unas ilustraciones de corte humorístico y bebiendo de algunos recursos del cómic (inclusión de viñetas y serialización de escenas), este álbum (que da comienzo a una serie, por cierto) nos invita a reflexionar sobre la maternidad, sus pros y contras. No precisamente desde una postura edulcorada y suavona, sino desde la relación materno-filial menos deseada en la que también tienen cabida el cariño y la solución de ciertos problemas. 
Lo pueden sugerir, leer y hasta regalar (no tengan miedo a sobrevolar los derroteros del discurso moral erróneo que algunos promueven), seguro que cualquier padre o madre se siente identificado con Bruce (¡Que levanten la mano y se dejen de tanta pantomima!). Que ser padres, digan lo que digan, cuesta, por mucho que queramos idealizarlo.


viernes, 5 de abril de 2019

Mirando (y soñando) por la ventana



Mañana de viernes y cunde el desánimo... 
Parece mentira que, habiendo calificado a los alumnos hace cuatro semanas, sigo enterrado bajo toneladas de exámenes. ¡No hay derecho a esto! Ellos están hasta las narices (tanta evaluación continua vacía almas y calles) y un servidor no les va a confesar hasta donde llega su hartura. Nos quitan septiembre, nos llenan de burocracia (¡Más papeles y reuniones!) y, para más inri, viene la Semana Santa y hay que oír que vivimos de puta madre.
En fin…, no me voy a calentar, que me parece que con esto, una blefaritis, la muela partida y la astenia primaveral, tengo bastante. Así que soñaré mirando por la ventana. Para alejar el frío que se acerca de nuevo a la primavera. Leyendo buenos libros, de esos en los que las palabras bailan, te acunan y uno se adormece a base de caricias...



[…]

Y veo un pez…
con los ojos del revés.
Un flautista.
Una cebra trapecista.

Un castillo.
Un pirata en calzoncillos.
Un mapache… y cachivaches.
Un atleta en bicicleta.

Y un ratón…
con bigotes de cartón.

¡Vaya lío!
¡Tiene gracia!
Lo que veo por mi ventana.

[…]

Antonia Ródenas.
En: ¡Vaya lío de mañana!
Ilustraciones de Paula Alenda.
2019. Madrid: Anaya.



viernes, 14 de diciembre de 2018

Una nota (con versos) sobre libros informativos



El otro día charlaba yo con una librera sobre la gran afluencia de álbumes informativos a las estanterías de su negocio (más en estas fechas de regalos). Me comentaba que la cosa estaba siendo muy desproporcionada y que, según ella, descuidaba los logros que en materia de lectura se habían hecho durante los últimos años en el sector para desvincular la lectura del mundo escolar y poder considerar lo humanístico desde un prisma poético-artístico. Vi su postura y me dio por cavilar en si este tipo de libros consideran la experiencia estética, no solo desde el lado más visual, sino también desde el verbal. Me vinieron a la cabeza muchos libros. Algunos parecían verdaderos tratados académicos, otros aunaban variopintas perspectivas, y los menos, muy enriquecedores. Sonreí y me puse a recitar rimas consonantes, que es viernes y toca una de poesía.
.
Y en el pecho, las costillas,
en perfecta formación,
defienden los pulmones
             y también al corazón.             

María Isabel Fuentes y Sagrario Pinto.
En: El cuerpo humano.
Ilustraciones de Lucía Serrrano.
Colección Curiosidades en verso.
2017. Madrid: Anaya.


miércoles, 14 de marzo de 2018

¡Bendita sea la noche!



El tardeo está de moda y con él son muchos los humanos de mediana edad (como diga “maduritos” alguno me va a sacar las corás...) que se lanzan a la calle para poder lucirse a plena luz del día. Evidentemente todo ello ha tenido sus no pocas consecuencias (clínicas de estética, gimnasios y rayos UVA aparte) y el personal está abandonando poco a poco el mundo de la noche, no sólo por sus hijos -abuelos y niñeras mediante-, sino por su propia integridad física, que también merece ciertas atenciones (y es que las resacas de tres días son bastante recias... no hay de qué extrañarse...).
Yo por el momento sigo prefiriendo la noche, esa en la que todos los gatos son pardos y si te he visto no me acuerdo. Me motiva mucho más el crepúsculo, sentarme en una terraza y ver como poco a poco se apaga el día, palidecen los colores y las lámparas se encienden despacio. La noche alberga mucho misterio, esa penumbra que te envuelve. Me encanta. Lo hace todo más alegre, también más triste. Es más quieta, más sugerente, quizá un poco lúgubre, sobre todo con la neblina del invierno, también alegre y chispeante como la del verano. La noche, la noche, siempre la noche...


Uno de los libros más nocturnos que conozco es El libro de la noche, y como estaría bien diseccionarlo (me encanta y creo que se merece más de una mirada), he aquí la mesa de autopsias. Este libro de Rotraut Susanne Berner publicado por Anaya, es lo que llamamos un boardbook de considerable tamaño (generalmente suelen ser de dimensiones más pequeñas por ser uno de esos libros en los que la búsqueda de detalles interesantes pueden constituir un acicate para los prelectores y porque les permite un acercamiento a su entorno de una manera sencilla).
Contextualizado en una serie inmejorable -les recuerdo que tiene el mismo formato, escenario y personajes que la serie de Las estaciones- hace alusión a un pequeño pueblo que, alejado del ambiente ruralizado tan común en los álbumes infantiles, prefiere ubicar esta historia en un pueblo donde el modus vivendi urbanita convive con el más campestre (¿No les recuerda a esos pequeños pueblos de Europa Central tan bien provistos de servicios? En los nuestros no contamos con estaciones de tren y grandes almacenes...), lo que origina ciertos contrastes muy útiles a la hora de introducir al lector en universos diferentes. Es así como se dan cita en la misma fiesta animales, trenes, plantas, fuegos artificiales, iglesias católicas y ortodoxas, comercios o paisajes.


En segundo lugar hay que mencionar el sinfín de personajes que desfilan ante nosotros y que, a modo de fotogramas de una secuencia cinematográfica se mueven de una a otra doble página continuando su acción. Unos dan un paseo, otros persiguen a un ladrón, otros pasean en bicicleta, otros contemplan los fuegos artificiales... Es decir, la autora recurre al recurso de lo coral para Asimismo también presta atención a lo variopinto de las sociedades occidentales caracterizándolos con diferentes indumentarias, presta atención a las razas, a la condición sexual o las diferencias generacionales. En este punto también hay que hablar de ese juego de búsqueda/seguimiento que introduce Berner sobre varios personajes. La familia de gatos, Oskar y su ganso (una pareja que más tarde, junto con otros personajes, merecerá la atención de su autora en obras monográficas), el sombrero de Susana, el bolso de Gabriela o el mapache son protagonistas que añaden más interacción si cabe a una lectura gráfica tan enriquecedora.


Lo que más me gusta de este libro es la gran cantidad de guiños que la autora hace a personajes y títulos de la Literatura Infantil, apuntes metaficcionales que contribuyen a ampliar y corresponder las lecturas infantiles del espectador. De entre todos destaco el retrato del protagonista de El maravilloso viaje de Nils Holgërson a través de Suecia de Selma Lagerlöff (fíjense en uno de los cuadros que decoran las habitaciones del primer piso de la primera doble página) y los libros que aparecen en toda la obra. Aunque son pequeñitos he podido vislumbrar algunos (¡Si me ayudan a encontrar más títulos les estaré muy agradecido!) como ¡Buenas noches! de su serie Miguel, el Por la noche de Wolf Erlbruch (ambos están sobre las estanterías de la biblioteca), el Buenas noches, gorila de Peggy Rathmann y el que aquí destripamos (en el escaparate de la librería).


Por último dar un aplauso a la exposición de ilustraciones de algunas obras LIJ que Berner ha organizado sobre las paredes del último piso del centro cultural donde podemos encontrar imágenes de La hija del Gruffalo de Axel Scheffler, otra de El nuevo Pinocho de Nikolaus Heidelbach, de Donde viven los monstruos y La cocina de noche ambas de Maurice Sendak, y una última de Quint Buccholz de su obra Duerme bien, pequeño oso.
En definitiva, que si no se percatan de que este libro es la bomba, les recomiendo que se vayan a dormir... que es de noche.


viernes, 23 de febrero de 2018

Dos novelas infantiles y un plan perfecto



Ayer, de camino a la consulta médica, me pasé por la biblioteca y, como si de una visión premonitoria se tratara, saqué prestada la novela infantil Prohibido leer a Lewis Carroll de Diego Arboleda e ilustrada por Raúl Sagospe (Anaya). Fíjense por dónde, la cosa me vino de perlas porque me pasé un par de horas en la sala de espera. Se ve que hubo problemas en quirófano y la verdad, que si unos tenemos que leer un rato para que otros sigan viviendo unos cuantos años más, por mí, encantado. Así que, ni corto ni perezoso, me puse a devorar las páginas de tan aclamado libro...


El comienzo me enganchó ipso facto. Tenía un deje hermoso aquello de parpadear, como si de la antesala de lo inverosímil se tratase (y que al final fué...). La historia de esta institutriz , Eugéne Chignon (echen un vistazo y vean el sobrenombre que le propinan en el libro), que se va a hacer las américas para cuidar de una Alicia que está obsesionada con la de Carroll, es más que sugerente, no sólo porque está basada en un hecho real, la visita de Alice P. Liddell a Estados Unidos, sino porque es toda una suerte de disparatadas situaciones que, escritas con esmero, hacen que el lector suelte más de una carcajada.


En este libro también encontramos algo del mundo subversivo que se le presupone a la literatura infantil ya que descansa sobre la rebeldía de una niña ante las imposiciones paternas, algo que puede tomarse como nexo de unión entre este libro y la tradición literaria anglosajona, donde el nonsense y lo increíble toman forma y que tiene su mayor exponente contemporáneo en Roald Dahl. Por otro lado, también encuentro cierto paralelismo con la Mary Poppins de P. L. Travers, al contar con la presencia de una institutriz que prefiere conectar con la figura infantil antes que con los progenitores, es decir, otro comportamiento desafiante ante el mundo adulto que junto con el del tío (¿no ven también en él a la figura del deshollinador de la Poppins?) se perfilan como el tándem perfecto para una Alicia pequeña cuya gran ilusión es hacerle una pregunta a la otra Alicia, la que cumple ochenta años... ¿Cuál será?



El tiempo pasaba veloz y la cosa se iba terminando, una suerte teniendo en cuenta que en casa me esperaba Escarlatina, la cocinera cadáver, de Ledicia Costas e ilustrado por Víctor Rivas (también en Anaya), otro título que cosechó bastante éxito hace un par de años. Así que, tras unas cuantas pruebas, la caminata correspondiente, un buen plato de guisado de costillas, exquisito según mi hermana y sin desmerecer al Román del libro (¡Sí! ¡Por fin alguien ha decidido bautizar con este nombre a un protagonista de ficción!), uno de mis platos estrella, me puse manos a la obra con el segundo libro del día.


La historia también tenía guasa y mucha cercanía al pequeño lector, en parte quizá por el lenguaje (más cercano a la jerga infantil que el del primer título), en parte por lo sugerente de la historia: el protagonista, un apasionado de la cocina, recibe de mano de sus padres un regalo muy especial: el cadáver de un cocinera, Escarlatina (ese era también el nombre de la enfermedad que se la cargó).


Además de hablar mucho del inframundo (N.B.: Me consta que muchos padres se han escandalizado ante la idea de un libro ambientado en el reino de los muertos, las almas y los fantasmas, de los cementerios y los esqueletos, para posteriormente censurarlo a sus criaturas... Una razón más para aupar su lectura), hacer muchos guiños a la fiesta mexicana del Día de difuntos y crear un lenguaje propio (el concepto del “mortibús” me encantó), es una historia donde la amistad y la familia tienen mucho que decir.
Por hacer un apunte de intertextualidad, he de decir que me recordó bastante a la serie El pequeño vampiro de Sommer-Bodenburg, otra en la que los humanos y los habitantes de lo nocturno se aproximan en un baile de aventuras.


Por todas estas razones y muchas más que seguramente encontrarán por otros lugares, les invito a disfrutar de sendos libros durante este fin de semana que se avecina frío y con una oferta cultural bastante pobre en lo que a salas de cine y televisión se refiere (¿Porqué narices en España los estudios de animación no se dejan de rollos y empiezan a producir películas sobre algunos de nuestros libros que creo tendrían mucho éxito en la pantalla?). En definitiva, manta, chocolate y lectura: un plan perfecto.


miércoles, 22 de febrero de 2017

Libros de lectura escolares y una pizca de nostalgia


No hay nada nuevo en afirmar que el mundo de los libros infantiles está lleno de nostálgicos. Como el de los juguetes, el de los cromos o el de los videojuegos, el universo de la Literatura Infantil está lleno de niños grandes, sí de esos hombres y mujeres que a pesar de calzar un cuarenta y tres, disimular las canas con tintes de diferente origen, padecer alopecia o dedicarse a cambiar pañales, recuerdan con añoranza sus años escolares. Lo divertido de todo esto viene cuando idealizamos, no sólo porque nos viene bien (hay mucha gente que vive de espejismos, y a pesar de haberlas pasado putas en el recreo o en los columpios, necesita sonreír unos años más tarde), sino porque siempre encontramos conexiones hermosas con el pasado.


Esa sonrisa que se despliega cuando maduritos como un servidor acudimos al trastero, ese repleto de todo tipo de artilugios, y en vez de dar con una de las múltiples cafeteras que se incluían en el ajuar, nos reencontramos con un par de libros de lectura de la antigua EGB, no tiene precio. Recuerdo que, aunque algunos nos entreteníamos con ellos un día antes de que comenzaran las clases allá por septiembre (en aquella época también había padres que no daban a basto para tanto libro de texto), otros ya tenían más que trilladas las historias de estos libros coloristas y amenos con muy poco que ver con los libros de matemáticas, áridos y llenos de números que decían más bien nada (por lo menos a mí).



Aunque algunos abominen de este tipo de artefactos aduciendo que son textos comerciales, que no dan una visión de conjunto de una obra literaria y que encorsetan al libro en un ambiente educativo y poco propicio para la lectura ociosa, he creído conveniente darles protagonismo en este lugar de monstruos lectores por varias razones...
En primer lugar creo que estos libros, aunque adolecían de cierto regusto pedagógico y no eran nada transgresores, sí pienso que favorecían la diversidad de lecturas, tanto en lo que se refiere al género y a la temática (aunaban poemas clásicos y contemporáneos, cuentos y leyendas de aquí y de allí, canciones y fragmentos de obras más extensas), como en lo que se llama niveles de complejidad lingüística y comprensión lectora, por su carácter de miscelánea.


Sí, muchos de ellos tomaban como hilo conductor una historia cercana en la que se insertaban todo tipo de textos de la literatura española y universal, llevaban al lector a un derrotero próximo, con el que se pudiera identificar, no para que se sintiera un bicho raro en mitad de un mundo cambiante, sino para que hiciera suyas las lecturas que allí coexistían.


También tenían algo de metaliteratura, lo literario dentro del libro. Quizá sea un recurso manido para acercarnos la pasión por la lectura, pero creo que todavía se sigue utilizando en un mundo de relaciones donde casi todo esta inventado. Si a ello añadimos que este libro era una especie de oasis en mitad de un yermo paraje de materias que configuraban la enseñanza primaria de entonces (contenidos y más contenidos), afianzaba mucho más el sentimiento por la lectura de los estudiantes.


Por último cabe decir que gracias a estos libros, muchos de los mejores ilustradores españoles del siglo XX, como Juan Ramón Sánchez o Ulises Wensell pudieron experimentar nuevas formas narrativas en lo que a imágenes se refiere con este tipo de productos, les proveyó de sustento (que la profesión de artista ha estado muy mal pagada toda la vida) y les ayudo a penetrar en el ideario colectivo de los niños de aquel entonces.



Todo tiene su parte buena y su parte mala (Sí, amigos, sí, las preguntas sobre lo leído, los ejercicios, los mapas conceptuales, los análisis textuales y otras metodologías pedagógicas que muchos aborrecemos y que tanto han mermado nuestro amor por las letras, también aparecen en muchos de estos títulos). Muy pocas cosas son extrapolables a la anacronía que nos depara el tiempo (No sé qué pensarán los niños de hoy ante este tipo de libros, habrá que preguntárselo...), ya que todas pertenecen a un lugar y un tiempo, pero sí creo que Mundo Nuevo (Anaya, 1979) y sus personajes Charolín y Mediasuela han hecho mucho por los que hoy somos lectores, también que Borja y Pancete (Antos, Anaya) ayudaron a muchos a resolver su lectura a trompicones, o que los famosos libros Senda de la editorial Santillana nos descubrieran los secretos de la caja de Pandora.


Así que, por todos estos y muchos más (seguramente ustedes recuerden otros provenientes de todas partes del mundo y diferentes épocas aunque yo me ciña a los de mi etapa escolar) me queda despedirme con un “¡Vivan los libros de lectura aunque ya no estén de moda!”

lunes, 11 de enero de 2016

Abecedarios olvidados y un recuerdo a David Bowie


¡Qué mal estoy llevando el comienzo de este año bisiesto! Lo cierto es que no ando muy estresado (hace tiempo que decidí dejar a un lado el histerismo para declararme un completo vividor), pero sí estoy metido en muchos fregaos que no me dan mucho asueto. Que si prepara exámenes de recuperación, corrígelos, viajes, date prisa con el temario, no te olvides de comprar leche, llama al técnico... Vamos, que ando con un poquito de jaleo pero nada que no se pueda llevar, que a estas alturas de la película no es poco (Ufff... ¡Menos mal que no tengo hijos...! Según dicen, es la mar de entretenido...).


Si un servidor lleva con algo de vértigo la cuesta de enero, peor la llevan mis alumnos que, aunque tengan que hacer poco, no se acuerdan de nada. Y cuando digo nada, es nada. No se acuerdan del tema anterior, tampoco de lo del pasado trimestre, ni de lo que estudiaron el año que dejamos atrás, y mucho menos de lo que vieron durante toda la primaria. Vamos que por no acordarse, no se acuerdan ni del número Phi (3,141652...)


Yo quiero pensar que es una mera pose para que no les dé la tabarra, que pase de ellos y siga con lo mío (así se evitan responderme)... En el fondo sé que todos los conocimientos que han ido adquiriendo y gestando dentro de su maleable cerebro, subyacen ahí (¿Soy un pobre iluso?). Otra cosa es que no sepan cómo extraer toda esa información (sobre todo en la adolescencia, que entran en una especie de letargo cognitivo)... No saben escarbar en el disco duro, entre todo lo que saben y lo que se les dice. Quizá sea porque no les interesa (pregúntales algo de la tele, del partido de ayer o de Justin Bieber... ¡Se saben hasta el último detalle!). Quizá también tenga que ver el tipo de relación que uno establece con ellos... Si eres un tirano malhumorado, probablemente vivirán acojonados por si el error llama a la puerta, otra cosa en que les des muchas posibilidades y les eches algún que otro cable, algo a veces más efectivo que echarles una bronca de tres pares de cojones por olvidar lo más obvio.


Entretanto, yo sigo recordándoles lo más básico, que va desde la tabla de multiplicar, pasando por la lista de los reyes godos (ja, ja, ja... es broma, no me la sé ni yo...), los ríos penínsulares, que las palabras agudas que terminan en “-on” llevan tilde en la o, o incluso el abecedario, algo la mar de últi cuando queremos buscar un libro en una biblioteca.... Hablando de alfabetos, aquí les traigo un trío de abecés que bien valen un vistazo. El primero es el Abececuentos al que Daniel Nesquens ha puesto palabras y Noemí Villamuza ilustraciones (publicado por Anaya), y que nos hace un recorrido, tanto por las letras del alfabeto, como por muchos de los personajes clásicos de la literatura infantil; una buena forma de recordar las letras. En segundo lugar tenemos el abecedario que Fermín Solís ha publicado con la editorial Libre Albedrío, y que lleva por título Los niños valientes. Se trata de un catálogo de niños muy atrevidos (y ordenados por orden alfabético) que, acompañando todo tipo de situaciones adversas, consiguen transmitir al lector cierto riesgo y aventura. Por último traigo un abecedario en inglés (últimamente estoy haciendo referencia a muchos títulos en esta lengua por el interés que suscita entre muchos padres y maestros que tienen como objetivo desarrollar una segunda lengua entre el griterío), concretamente los ABC's (son dos) de Charley Harper, un gusto para la vista que, además de presentarse en formato boardbook, tienen un diseño maravilloso.




Y como colofón a este lunes de olvidos, un recuerdo a la figura de David Bowie tras su fallecimiento (los grandes lo son incluso a la hora de morir). Les dejo con su Magic Dance de En el laberinto, una película de culto de Jim Henson basada en el álbum ilustrado de Maurice Sendak (El otro lado), que muchos guardaremos en nuestra retina de niños a pesar del paso del tiempo.

  

martes, 24 de junio de 2014

Del circo escolar...


Recién despedido el curso escolar y habiendo aparcado las ajadas mochilas, cuadernos a medio utilizar (todavía conserva mi madre algunos de los nuestros…), desmembrado los libros de texto, las cajas de lapiceros medio vacías, descosidos estuches, bolígrafos sin virola, ceras carcomidas, rotuladores secos, la regla, la escuadra y el cartabón despuntados, y un sinfín de aperos de escritura más, aquí me encuentro ante mil documentos burocráticos que rellenar durante los próximos días (¡¡Siiii…., créanme, todavía no hemos empezado las vacaciones…!!).
Aparte de corregir exámenes, lo de escribir informes de evaluación, firmar actas, y preparar las pruebas escritas de septiembre es lo que más odio (quien quiera suscribirme, es libre de hacerlo). El mundo de la docencia está atestado de trámites que no tienen ni pies ni cabeza, una sarta de papeleo insulso que sólo sirve para que nefastos políticos den buena fe de su paternalismo hacia las generaciones venideras con el beneplácito de las que van de capa caída. Hemos convertido la escuela en un centro donde la verborrea y las fórmulas retóricas están enterrando al saber y la libertad de cátedra, los dos auténticos pilares sobre los que descansa la enseñanza.
También es cierto que muchos, entre pasillos, algarabías y pizarras, se dedican a los números de circo, es decir, a rascarse el fandango y obviar su trabajo en pro de intereses personales y otros discursos mediático... y más que enseñar, hacen que otros desaprendan (he constatado que esto es posible), por lo que la administración, el Estado o las entidades privadas, se inventan fórmulas para lavar la cara de estos elementos que poniendo serio semblante y cargando con cientos de fotocopias, no hacen ni el huevo escudándose en la poca capacidad cognitiva de sus estudiantes. Más que informes individualizados y otr, pediría resultados, y el que no los presente, que se vaya a segar alfalfa.


Y para despedir un año académico que tampoco ha sido brillante y para no olvidarnos de los que supone la alfabetización en este mundo de la tiza, aquí les dejo ABeCeCirco, una de las novedades de esta primavera que nos viene de la mano de Daniel Nesquens y Alberto Gamón (editorial Anaya) y que a través de contorsionistas, domadores, malabaristas y otros seres circenses recorren el abecedario en busca de un tren que no han de perder… Y si alguno no tiene bastante circo pueden optar por dos cosas: encender la tele o recorrerse las ferias que poblaran de acrobacias inverosímiles la geografía de este verano.


miércoles, 11 de junio de 2014

De "boardbooks"


Si mal no recuerdo hasta hoy no he tratado en ninguna de las entradas de este espacio un tipo de libro que, a pesar de su invisibilidad, constituye uno de los pilares de la industria de la edición infantil. Me refiero al boardbook, un género con 16-18 páginas (hay ciertas limitaciones…), generalmente de pequeñas dimensiones, diseñado especialmente para los lectores más pequeños, también conocidos como prelectores, esos humanos de talla escasa y gran trajín que maltratan, se meten en la boca y muerden cualquier cosa, incluido este objeto de deseo monstruoso.
El boardbook, también llamado libro de cartón o libro duro está hecho en México o China (me consta que algún editor patrio los está fabricando a un precio la mar de asequible dentro de nuestras fronteras, ¡Y olé!... Hay que ayudar a nuestra economía) con un tipo de papel rígido de origen sueco (la mayor parte de las veces) con proceso de fabricación complejo en el que impresión, plegado, encolado, plastificado y redondeado de esquinas van al unísono para resistir las embestidas de los que un día llegarán a ser lectores consumados (se lo digo por experiencia ya que alguno que otro todavía pulula por la casa de mis padres).
Aunque a veces te puedes topar con alguno dedicado a adultos, la inmensa mayoría de este tipo de libros se llenan de ilustraciones coloristas y de trazo bien definido que acompañan a historias sencillas, textos rimados o contenidos didácticos básicos, algo que se basa en una forma clara y útil de aproximar a los preescolares al mundo de las letras.
Y como claro homenaje a este tipo de “duras” lecturas entre las que proliferan abecedarios, retahílas de números, objetos cotidianos, canciones tradicionales, animales, colores y lugares, les dejo con una pequeña selección de los mejores que se pueden encontrar en el mercado español a día de hoy. ¡Que la disfruten!







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