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jueves, 13 de febrero de 2020

De gosthing y otras fantasmadas



Alegre por el reconocimiento que la Feria de Bologna ha tenido con algunas editoriales españolas como Fulgencio Pimentel, Libre Albedrío y Avenauta, así como con los autores Javier Saez Castán, Manuel Marsol, Gema Sirvent y Ana Pez, al incluirlos en los Bologna Ragazzi Awards (¡Enhorabuena a todos ellos!), me toca seguir con lo mío.
Esto del ghosting está acabando con mi paciencia. No crean que me va mucho lo del amor cibernético (no alimento vanas esperanzas a golpe de redes sociales por mucho que haya cambiado el mundo del flirteo), pero sí denoto que esa práctica del ninguneo se está extendiendo a otras parcelas sociales, véanse familia, amigos y trabajo.


Soy consciente de que cada vez se hace más duro eso de aguantar a la gente (si antes había que tener un buen estómago para no vomitar ante ciertos comportamientos, ahora hace falta una buena sesión de meditación para no empuñar una katana), pero si es con un poco de consideración (que todos somos personas aunque no lo parezcamos), mucho mejor.
Cuando converso sobre este tema con alguna víctima, la peña se pone muy trágica, como si el mundo se hubiera acabado porque el tonto de turno te ha dejado en visto y no se ha dignado a contestarte. “Voy a tener que recurrir al psicoanalista” “Como no me responda voy a echar mano de una buena dosis de Orfidal®” “Yo no sé para qué me comió la oreja si luego iba a pasar de mi” “¡No sólo me ignora, sino que ahora tengo que hacerle frente a las inseguridades que ese cabrón me ha provocado!”


De igual modo, cuando hablo de esto con algún acusado, todos suelen blandir los mismos argumentos para justificarse. “Se lo he dicho mil veces pero se está poniendo muy pesado… ¡Está rozando el acoso!” “Que nos echáramos una caña y después hubiera tema no quiere decir que sea la mujer de mi vida.” “Prefiero no contestarle a ser sincero y que se lie la marimorena.” Y así una tras otra…


Sea como sea y con opiniones para todos los gustos, eso de hacerse el fantasma no es muy de recibo, más que nada porque está cambiando las pautas de comportamiento tradicionales y, ni esfumados ni ninguneados se sienten satisfechos con un panorama la mar de inhumano. Así que lo mejor será que se sienten y dialoguen sobre sus impresiones, miedos y errores. Y si no lo consiguen, aquí les traigo un manual para fantasmas.


Cómo hacerse amigo de un fantasma, de Rebecca Green y editado el pasado otoño por la editorial Juventud, aunque poco tiene que ver con el insano vicio del ghosting, se puede convertir en un libro bastante acertado para relacionarse con seres errantes, que al final es en lo que desemboca esta práctica (todo el mundo deambulando sin saber qué busca).
Lo primero es tomárselo con mucho humor, saber dónde hay que acudir para dar con un fantasma, darle la mano, invitarlo a cocinar, a comer todo tipo de mejunjes, pasar la mayor parte del tiempo con él, intentar compartir algunos quehaceres (aunque estos sean difíciles para un fantasma), pedirle disculpas, comprenderlo. ¡Vaya, que este libro tiene mucho acierto!


Con unas estupendas ilustraciones (hacía mucho tiempo que le tenía echado el ojo a esta artista), bebiendo de los recursos del libro-manual y acercando al universo fantástico y los clichés del género terrorífico, lo mejor de todo es que se puede extrapolar a otros contextos menos sobrenaturales y más mundanos, pues entre amigos todo es posible, más si cabe sin necesidad de mensajes fantasmales.



lunes, 9 de diciembre de 2019

De la existencia



Hay muchas formas de existir. Unos existen a base de redes sociales (me llama mucho la atención este tipo, pues denota muchos complejos no resueltos), otros gracias a sus hijos (¿Se han dado cuenta de la cantidad de padres que existen a costa de sus hijos? Me resulta bastante llamativo teniendo en cuenta que la crianza consiste en proporcionar independencia y no restarla), los del aula de al lado existen gracias a nosotros (¡La de veces que nos acordamos de ellos mientras los gritos de su clase interrumpen la nuestra…!) y nosotros por ellos (“Quejicas” nos llaman…).
Hay gente que existe a conciencia (les aviso de que es bastante peligrosa pues tiene poco miedo al fracaso) y otra que existe muy de vez en cuando (véanse aquellos que viven a la sombra de sus iguales, los que están inmersos en el trabajo o los siempre apocados).


Muchos convendrán que mejor existir en vez de no hacerlo, aunque en ciertas ocasiones deseemos desaparecer de la faz de la tierra para no aguantar a la cantidad de hijoputas que se agolpan en tu puerta. Otras veces quieres ser grande y hacerte visible, existir eternamente, sin impedimentos o contratiempos (empiezo a entender las razones sobre el poder y la fama aunque no las ponga en práctica).
También les confieso que hoy, lunes aciago, me he dado cuenta de que no soy lo suficientemente existente (ya saben que los monstruos inofensivos, poco importamos). ¿Deberé hacer algo? Con urgencia o sin ella, lo intentaré. A mí modo, por supuesto, que ando algo cansado de palabras vacías y amaneramiento vago. Que una cosa es pasar y otra desvanecerse.


Y con tanta existencia (e insistencia) llegamos a Petra, un álbum de Marianna Coppo editado este otoño por Juventud y que nos habla precisamente de todo esto. Del ser, el estar y el parecer desde el punto de vista de una ¿piedra? (Permítanme los interrogantes porque a estas alturas del libro me entran ganas de dudarlo), nos trasladamos al propio devenir, uno que se hace cuesta arriba cuando interiorizamos esa pregunta mínima: ¿Y yo? ¿Qué soy?
Desde el desenfado, ilustraciones algo disyuntivas pero siempre complementarias, y la estética siempre limpia de la autora, se nos presenta una historia muy abierta donde se ponen sobre la mesa diferentes aspectos del existencialismo (¿Podría definirse como un álbum filosófico? A lo que yo contesto: ¿Y cuál no?). Un libro que dará mucho juego no sólo a la hora de plantear manualidades (pintar rocas, buscar nuevas aplicaciones a los objetos o tunearlos), sino en el momento de pensar en nuestra existencia, que al final, es de lo poco que nos queda.


jueves, 17 de octubre de 2019

Mary Poppins o cómo tenerlo todo



Estaba yo ordenando libros, cuando de repente me topé con Mary Poppins. Le quité el polvo con un buen bufido y empecé a pasar las páginas de este clásico de la LIJ (Sí, señores, porque Mary Poppins es un libro, mejor dicho, una serie de libros, y no la película de Disney que ha sido llevada dos veces a la pantalla y de las cuales, por elegir alguna, me quedo con la primera). Al final terminé por coger asiento y releerlo, en vez de continuar con la tediosa tarea del orden y el concierto.
La verdad es que esta obra de P. L. Travers tiene su aquel. Es bastante desconcertante que una señora a caballo entre un sargento coronel, una institutriz, un hada y una pirada, guste a niños y no tan niños.


Parece ser que P. L. Travers se basó en rasgos de su propia personalidad para dar vida a un personaje que no deja indiferente, pues como cuentan los cronistas de esta australiana afincada primero en Irlanda y luego en Inglaterra, Pamela Lyndon Travers (llamada en realidad Helen Lyndon Goff) era de todo menos una hermanita de la caridad.
Según apuntan sus biógrafos, la autora de una de las novelas más leídas de la Literatura Infantil durante el siglo pasado, quedó huérfana de padre, un empleado de banca alcohólico, a los siete años. A tenor de las tendencias suicidas de su madre, tuvo cuidar de sus dos hermanas (el nombre de Mary Poppins nació de las historias que inventó para ellas) y buscarse la vida como pudo. Ya crecidita emigró al viejo continente para continuar su gira como actriz en una compañía de teatro clásico, y una vez allí, empezó a publicar sus trabajos literarios en publicaciones periódicas bajo el sobrenombre de P. L. Travers, parapetándose tras unas iniciales como muchas escritoras de la época. Vamos, que esta tía fue una superviviente.


Quizá de ahí el carácter errante de la protagonista de sus libros (Mary Poppins solo hay una, pero con cinco secuelas y otras tantas historias detrás de ella), una que va y viene a merced de los vientos, que se presenta de súbito en las casas ajenas, que organiza su vida como le da la real gana, e intenta disfrutar al máximo de los días y sus circunstancias sin importarle demasiado el camino, más bien el recorrido.
Cuentan que la autora sacó de quicio al mismísimo Walt Disney mientras negociaban la cesión de derechos (vean la película Saving Mr. Banks para más datos sobre este episodio), que se puso a llorar de rabia cuando vio la versión cinematográfica de su apreciada obra mientras sollozaba “¿Qué ha sido de mi Mary Poppins?” (N.B.: Alguien que supo ver hace 50 años el daño que la factoría de este señor produciría sobre la imagen que los niños y la sociedad tienen hoy sobre la Literatura Infantil, tiene mucho mérito). También dicen que mantuvo una supuesta relación lésbica con una tal Madge Burnand con la que vivió más de treinta años. Y que no le tembló la mano al separar a su hijo adoptivo Camillus de un hermano gemelo y el resto de su familia (la década de 1940 no era la de hoy…) para mandarlo posteriormente a un internado (ojito...).


Sin embargo, todo ello no es óbice para denostar una obra que sigue teniendo mucho de subversivo, como todos los buenos libros para niños, pues la señorita Poppins, como la propia Travers, desafía los convencionalismos de un mundo adulto que desea imponer su ley a toda costa. Se ríe a carcajada limpia de todos los adultos aburridos con una seriedad impía que trasciende la cortesía y cualquier otra pose (a más de uno le haría falta leérselo para dejarse de postureos y amaneramientos), y valora a aquellos de espíritu libre y tan exóticos como ella.
Por otro lado, me encanta que Mary Poppins no trate a los niños como si fueran cachorritos indefensos, sino que les propina las salidas de tono que esperaríamos de una niñera de verdad, como la de ese pasaje en el que Michael intenta abrazarla y ella se revuelve soltando un "No soy una sardina en una lata" (si no la entienden, háganse cargo de unos cuantos críos y verán lo que dura su paciencia). Ni mayores ni pequeños: no deja títere con cabeza.


Seguramente si fuera tan guapa como Julie Andrews, se lo perdonaríamos y pasaríamos página, pero como la Mary real no es la quintaesencia de la feminidad, como bien se recoge en las ilustraciones de la obra original de Mary Shepard, hija de Ernest H. Shepard, el que dibujó a Winnie-the-Pooh, nos llama la atención y engancha. Ella es “delgada, de manos y pies grandes”, desgarbada, no se interesa por la moda y no muy agraciada. Diferente y estrambótica. ¿Acaso no debería gustarnos eso? ¡Que estamos hartos de personajes uniformes y ñoños!
Vamos, que Mary Poppins lo tiene todo, que me encanta, y no sé porqué el tiempo ha castigado este libro excelente. Léanlo y déjense llevar por él. Créanme. Y a Mary Poppins, también.



martes, 18 de junio de 2019

Contar y contar



A un par de semanas de las vacaciones de verano, empiezo a contar los días que restan para dejar a un lado la tiza, el bolígrafo rojo y el cuaderno de notas, y adentrarme en el universo de la piscina, la playa o la montaña. Lo peor de todo vendrá cuando haya que hacer la cuenta atrás para el inicio del nuevo curso escolar… pero hasta entonces ¡mejor olvidar!
No pasamos la vida contando hacia atrás, también hacia delante. Todos sabemos lo que es soplar una vela más y, por qué no, también quitarnos alguna que otra primavera (sobre todo cuando rozamos decenas que pesan más de la cuenta). A quien no le guste contar billetes que levante la mano, que yo se los cuento ipso facto, pues no es lo mismo  una cartera reventona (¿Es mejor la pinza o el monedero? Algún potentado que responda, por favor), que ir aflojándola.


He de admitir que lo que menos me gusta del mundo es contar abdominales, sentadillas o flexiones, así que prefiero olvidarme y dejar de hacerlas cuando ande exhausto… Quizá sea una buena estrategia para superarme, pues parece ser que cuando contamos, nuestro cerebro se cansa antes.
Los presos cuentan los días, las embarazadas las semanas, los calendarios los meses, los contables los trimestres, los universitarios los semestres y los jubilados los años. El caso es contar. También se cuentan los añillos del tronco de los árboles, los puntos que tiene una mariquita, las cartas de una baraja, los cuentos de Andersen o lo que tarda en rugir el trueno tras el relámpago. Contamos mucho, muchísimo, tanto que hoy les traigo un libro para contar.


Y es que en Números escondidos de Imapla (sobrenombre de Inma Pla) y editado por Juventud, además de contar los números del 1 al 20 y alguna que otra historia que esconde cada uno de ellos, nos invita a jugar. A jugar con las palabras, a jugar con los colores, a jugar con las formas, y de paso relacionar conceptos que nos harán cada vez más fácil comprender el universo de la aritmética básica.
Si a este título unimos el Abecedario escondido (un librito igual de estupendo que reseñé AQUÍ), tenemos un tándem inmejorable para primeros lectores que a través de rimas sencillas, juegos de búsqueda y aspectos lúdicos e imaginativos acercan la lectura a la primera infancia desde el mundo enriquecido de esta estupenda autora gráfica. 
¡Ah! ¡Y prometo vídeo!



miércoles, 5 de junio de 2019

De trastos y segundas oportunidades



Junio ha entrado en nuestras vidas y muchos aprovechan para hacerle un lavado de cara a sus hogares. Albañiles, cristaleros, pintores, carpinteros, fontaneros o alicatadores se afanan para hundir tabiques, cambiar tuberías, cambiar azulejos, tomar medidas de los muebles de la cocina, y eliminar el gotelé o el papel pintado de las paredes (¡Qué modas tan incómodas).
Sí, sí, sé del estrés que conllevan todas las obras, de los ataques de nervios a los que te ves expuesto, de las broncas con los obreros, con tu pareja y con el Dios que lo fundó. De las enormes diferencias entre presupuestos, de los plazos aplazados y de las toneladas de mierda que hay que limpiar… No obstante, no sé qué es peor, si dejar el trajín a los supuestos profesionales o remangarse la camisa y comértelo y guisártelo tú solito.
Un servidor a veces se encuentra con ánimos y se pone de chapuzas, y tras mucho trabajo (el que piense que estas cosas son caras, que se ponga él/ella al quite y empezará a valorar) y más de un error, jura y perjura que nunca más, que quizá uno se ahorre la mano de obra, pero no las sesiones en el fisioterapeuta que palien el dolor de riñones.


Aparte de las grandes intervenciones de interiorismo tenemos la limpieza primaveral (o veraniega, como es mi caso), una serie de operaciones en las que ponemos la casa patas arriba y empezamos a recolocar y eliminar trastos de todo tipo. De esta manera hacemos más habitables unas cuevas que durante todo el año se han ido rellenando de ácaros, polen y otros materiales en suspensión. He aquí mi gran problema, pues el leve síndrome de Diógenes que padezco, me impide tirar a la basura montones de cosas inútiles en las que siempre encuentro una razón emocional que me lo impide.
Empezando por libros y terminando por apuntes universitarios, lámparas viejas, ventiladores descacharrados, dibujos, arena de playa, e incluso piedras, mi hogar está lleno de todo tipo de chucherías inservibles que bien merecen un contenedor. Siempre encuentro razones para conservarlos, de las que la más socorrida es “¿Y si un día me sirve para algo?”


Ese es el espíritu de las tres erres (ya saben: reducir, reciclar y reutilizar), que en casos como este elevo a ene. Será que encuentro mucho romanticismo en darle segundas y terceras oportunidades a los enseres, a los objetos. Mesas que fueron ventanas, cabeceros que fueron biombos, marcos que fueron espejos, o maceteros que fueron tazas pululan por mi casa. Y a este punto es al que deseaba llegar, pues el libro de hoy nos habla de todo esto.
La sillita azul, un álbum escrito por Cary Fagan e ilustrado por Madeline Kloepper (editorial Juventud) es de esos libros que hablan por sí solos. Cuenta la historia de la silla de Nico. Él crece y la silla, inservible ya, va pasando de mano en mano, dando servicio a multitud de personas que encuentran en ella utilidad. Al mismo tiempo, esa silla, cambia de color y fisionomía, como un viajero que se llena de experiencias.


De este libro circular (cierra ese ciclo un relevo similar), hay dos cosas que me han encantado. Por un lado nos cuenta historias del día a día (¿Quién no ha heredado unos pantalones de su primo? ¿Y los libros de texto del vecino? ¿Y el móvil de su padre?), y por otro hace gala de un recurso que abunda en la Literatura Infantil -sobre todo en muchos cuentos tradicionales del romanticismo como La tetera o El soldadito de plomo-, en los que el autor insufla vida a los objetos para hacer un símil con la vida humana, una que puede mutar y enriquecerse a cada paso.


lunes, 4 de febrero de 2019

Un invierno sin agua


Nadie puede decir que el otoño no se presentó lluvioso. Desde el norte al sur peninsular las precipitaciones fueron generalizadas un día sí y al otro casi que también. Un otoño de libro dicen muchos, otros, los más jóvenes, dicen que atípico (no me extraña teniendo en cuenta que en los últimos años el verano terminaba para la Inmaculada). El caso es que llovió, y bien.



Pese a ello el invierno está más tonto. Mientras que toda la cornisa cantábrica y los Pinireos están sufriendo las inclemencias de la lluvia (a mansalva) y la nieve (no como en la costa este norteamericana, pero parecido), desde Madrid para abajo no estamos viendo ni un gotazo (viento y airazo que no falte). Parece ser que los dioses, incuso los del frío (a los que estamos muy acostumbrados en la meseta) nos han abandonado, prueba de ello es que los almendros (sobre todo las variedades más tempranas) ya están en flor. Así es el agua, unas veces brava y otras, callada.
Esperemos que todo esto sea una mala racha, pues el campo necesita agua. Agua que vaya, agua que venga. Que los acuíferos se llenen y los ríos sigan caudalosos. Que dé gusto ir al campo, celebrar una merendola y comernos la mona. Que los prados verdeen y el rocío desagüe en tus labios. .



Y con tanto líquido elemento no puedo olvidarme de dos títulos muy acuáticos.
En primer lugar tenemos Gotita de Stéphanie Joire y Laura Fanelli (editorial Juventud), un libro acordeón muy interesante en el que se describe el ciclo de agua desde una perspectiva ficcional en la que una gota es la protagonista. En gran formato, el título en cuestión también se podría enmarcar dentro de la literatura de no ficción y el álbum informativo en calidad de híbrido. Como profesor de ciencias naturales abogo por él, desde la primaria hasta la secundaria, no sólo por el concepto circular de la historia, sino porque aproxima los fenómenos naturales a un prisma humano muy necesario en los tiempos donde el futuro del medio ambiente es importante. Cercano y sencillo.



En segundo lugar la editorial catalana A buen paso nos vuelve a sorprender con uno de sus libros especiales Un día de tormenta. De la mano de Daniel Nesquens, uno de los mayores representantes del nonsense en castellano, y Maguma (Marcos Guardiola), un ilustrador que me encanta (muy conceptual y colorista), se abren camino dos historias surrealistas (vean las dos portadas) que convergen en un mismo océano. 




En una de ellas un charco se interpone en el paseo de dos señores. Las aguas se agitan a su paso y un universo diminuto de surfistas y pescadores aparece tras las olas. Abrimos el libro por la otra tapa (¡Ups! ¿Hay que darle la vuelta o no? Decidan ustedes si quieren que el agua caiga desde el techo o que esté ambientado en las antípodas) y una casa se ve inundada (aquí la cosa se pone divertida pero en la realidad es otra cosa). Las páginas se van llenando poco a poco de azul, se amplían los marcos de las viñetas, se desbordan de gigantes, olas, de lo mágico y lo soñado.



miércoles, 28 de noviembre de 2018

Empachos muy divertidos



Lo admito: era bastante tragaldabas. Comía una barbaridad. No lo podía evitar. Devoraba, masticaba y engullía sin cesar. Platos de sopa, de cocido, ensaladas, caldos y pucheros, buenas mojás de pisto, patatas con huevos, ensaladilla o toda la fruta que pillo. Era (y es) un placer (ya saben que hay tres). Daba con auténticos hambrones, que comían la mitad que yo. Todo el mundo me decía que, para lo que tragaba, estaba incluso delgado (apariencias, que el Román ostentaba buenas carnes).
Pero como en cualquier abuso de cuchara, cuchillo y tenedor, solía suceder que en muchas ocasiones liaba la de San Quintín después un gran festín. Porque no me podía mover (hasta que eso bajaba…), sufría indigestiones, aparecían los dichosos gases o el desagradable reflujo. Un latazo, vaya…


Lo mejor de todo vino cuando me percaté de que estos efectos secundarios eran evitables y no hacía falta almorzar bocadillos de media barra con un kilo de guarra (a quienes no la conozcan, les invito a sumergirse en el universo de la longaniza manchega) para estar bien alimentado.
Reconozco que ya no como como antes. Intento ser más comedido, controlar la apertura de mis fauces, no sólo porque hay que embucharse una talla treinta y ocho, sino porque los daños colaterales después de una buena pitanza, pasan a ser mayúsculos, sobredimensionados, si nos habituamos. Destierren los productos precocinados y demás guarrerías industriales, el picoteo y los glúcidos desproporcionados, hagan sus cinco comidas, con frutas, hortalizas y verduras como abanderadas, y obtendrán buenos resultados.


No se equivoquen, que no sólo el hombre vive de resignación. Una vez a la semana concédanse un capricho y entréguense a la opípara pitanza. Disfruten como la Gema y coman más con los ojos que con la boca. ¡Eso es, con ansia viva! ¡Como si les faltara comida! Pero no se olviden de que es algo pasajero o por el contrario, las pasarán canutas… Doscientos mil enanos saltando en el estómago, una manada de trolls jugando a las cartas, o lo que es peor, unos cuantos animales bailando la lambada.
De una idea parecida parten Mac Barnett y Jon Klassen para dar vida a su última creación, una que lleva por título El lobo, el pato y el ratón y ha sido editada en nuestro país por Juventud. Y como es habitual, estos dos pesos pesados de la escena LIJ anglosajona nos vuelven a regalar otro libro en los que detenerse a diseccionar.


A primera vista y haciendo una comparativa con otros títulos del tándem Barnett-Klassen, podemos afirmar que este título parte del surrealismo y el sinsentido que encontramos en Sam y Leo cavan un hoyo aunque no nos sugiera tantas preguntas. Del mismo modo también puede relacionarse con la estructura y forma del cuento tradicional, algo que también se lee en Hilo sin fin con un carácter más poético.
En segundo término hay que decir que este libro es una oda al humor absurdo. Descontextualizaciones en toda regla, salidas histriónicas y giros inesperados ofrecen un ritmo de carcajada muy rítmico. Esas vueltas de tuerca en las que algunos ven claros síndromes de Estocolmo y otros enfermedades mentales, no dejan de estar embebidas en una situación jocosa en la que los buenos se ponen a defender a los malos.


En definitiva, una historia que aúna tradición y modernidad a partes iguales y que me encanta, no sólo por constituir una inmejorable parodia sobre la glotonería, sino por nos explicarnos el origen del aullido de los lobos. ¿Bonito, verdad?



martes, 6 de noviembre de 2018

¿Trabajar o soñar?



Domingo, tres de la tarde, parece que ya se acaba. Sentado sobre la arena, bajo el sol de un otoño que parece primavera, ronda que te ronda, la misma cantinela: trabajar, trabajar y trabajar. Como si no hubiera otra cosa... No te olvides de esto, tampoco de lo otro. Que si el examen de los de primero, mira lo del viaje, compra los aguacates, que no se te olvide la basura, ¡ostias, la reseña!...
Regreso de la playa. No me equivocaba. Prisas, trotes y galopes. Paquetes, ladrillos, laboratorio, lavadora, más reseñas… Sin disfrutar del tiempo, siempre a la carrera. Después de unos días de ese caos (lo que nos gusta comer a deshoras, perdernos, brujulear) tranquilo, el mismo verbo me vuelve a asolar. Trabajar. Se ve que no soy el único, a juzgar por lo cansadas que se ven otras miradas que resoplan sin cesar. Me las encuentro en el supermercado, en la biblioteca y en el pasillo del hospital.


No todo es negativo… Mientras limpio el cuarto de baño, me asalta un bonito recuerdo de escobas y fregonas, de agua y amoniaco. No, creo no es tan malo trabajar. Una veces solo, otras, acompañado. La rutina muchas veces te obliga a cavilar. Sobre ti, sobre el vecino, sobre aquellos que ya no están. Discurrimos sobre cómo hemos evolucionado, unas veces para delante y otras como cangrejos, hacia atrás (a eso se le llama ¿involucionar?). Por mucho que nos invada, la monotonía del laboreo es una buena manera de conectar. No sé con qué, pero al menos, lo hacemos.


Me paro en seco. Abro el libro. Sibylle Delacroix. Granos de arena. Lo acaricio, delicado. Amarillo como el sol, como la cáscara del limón, como ese molinillo de papel charol. Dos niños juegan. Construyen castillos en el aire. Como yo, también sueñan. Lo cierro y me río. Pienso que ya vendrán otros días en los que mirar de nuevo el mar, de cara, que me salude el levante. Retorno a los días pasados, me sumerjo en la calma de nuevo. Mientras la brisa sopla y rompen las olas… “¡Qué más da!” me digo “Román, blanquea la cabeza. Déjala al viento, con los granos de arena volar.


miércoles, 23 de mayo de 2018

Un par de abecés



Como esta semana he decidido dedicarla a los álbumes para los más pequeños (pre-lectores y/o primeros lectores), se hace necesario prestarle atención a las letras, porque sin letras no hay palabras.
Muchos de ustedes, más todavía si se dedican a la docencia en las etapas de infantil y primaria, sabrán que hay montones de métodos para iniciarse en la lecto-escritura. Que si el fonético, que si el silábico, que si las palabras generadoras o los métodos globales, pero lo cierto es que todos beben de todos, y probablemente muchos de ustedes utilicen simultáneamente metodologías distintas entre las que destaca el método alfabético,  basado en conocer las letras del abecedario.


Fichas para colorear letras, para darles forma con papel de seda, materiales reciclados o plastilina. Un año tras otro. Pictogramas, tarjetas de asociación, juegos de pared, retahílas y canciones, aplicaciones para tablet o móviles… Una tarea muy necesaria para acercarse a la palabra, para conocer el lenguaje leído y escrito en diferentes edades (no hace falta que les hable de la normativa ni de las tendencias educativas imperantes y sus diferencias).
Yo les confieso que me encantan los abecedarios. He hecho mis propios alfabetos, para jugar con mis alumnos, como curiosidades descabelladas, para aprender, e incluso para que sean publicados (algo que supongo nunca sucederá… ¡Ea, es lo que hay!). También los he incluido en este lugar de monstruos -AQUÍ pueden encontrar unos cuantos-, a los que hay que sumar dos de los abecedarios que más me han gustado durante los últimos meses.


En primer lugar tenemos que hablar de Abecedario hecho con letras, un capricho de Carlos Rubio editado por Litera-Libros. En este alfabeto muy ortodoxo (o nada, si se mira desde la perspectiva de la LIJ clásica, ya que carece de ilustraciones), encontramos mayúsculas y minúsculas de diferentes morfologías (algo de lo que se encargan las disciplinas tipográficas) que tiene mucho intríngulis. En este viaje sin edad (¿acaso los abecedarios no tienen cierto aire atemporal?) por las 27 letras que constituyen el alfabeto, encontramos letras marginadas, otras acostadas, e incluso algunas practicando el coito (cada uno que haga lo que crea conveniente: censurar o explicar). El caso es que me ha gustado el concepto y lo veo un excelente regalo para aquellos que se pirren por el diseño sobre papel.



Por otro lado tenemos a Imapla y su Abecedario escondido (editorial Juventud y cuya portada aparece al principio del post), un libro que además de diseño tiene mucho juego. Para mí es un álbum infantil delicioso con muchísimo potencial, no sólo por su mismo contenido, sino porque ese contenido se puede extrapolar a otros contextos y ser fuente generatriz de muchas actividades que tomen como excusa las letras. Y es que el aspecto lúdico del mismo, ese juego de búsqueda que se establece entre letras y objetos representados/ citados en el texto, es un buen ejemplo de gamificación en el objeto libro. Un objeto que hay girar, voltear, mirar desde diferentes ángulos las ilustraciones que nos presenta Inma Pla para localizar este abecedario colorista y de líneas sencillas.



Ir a la luna en la A, ver como llueve desde la B, o adornar con una flor la E. Son pequeños textos que presentan escenas a doble página y con gran fuerza visual donde el contraste de colores y la composición tienen mucho que decir. Sin duda, mi favorito de este año. 


¿Y ustedes? ¿Qué opinan de ellos?

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