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martes, 3 de marzo de 2020

Valiente fragilidad



Hemos dado la bienvenida a marzo y con él llega el periodo de exámenes. Hay cierto tufillo de nerviosismo en el aire y se palpa la tensión entre los estudiantes. Ojeras, caras pálidas y salidas de tono son el pan de cada día. Sí, no es muy agradable estar embebido en una atmósfera tan recalcitrante, que el humor es una cosa muy seria y hay que cuidarlo. A menos que venga algún gilipollas a darte el día, lo mejor que podemos hacer es sonreír, que para llorar por un cerapio siempre hay tiempo.
Como en botica, estudiantes hay de todas clases. Los hay muy trabajadores, como laboriosas hormiguitas que al final salen del paso. Otros son más espabilados y prefieren echar mano de sus capacidades antes que de hincar los codos (¡Y cómo les jode a los demás…!). Están los que se esperan a última hora para invertir todas sus horas de sueño en el aprobado raspado. También los nerviosos que la cagan en el último momento por un exponente, un paréntesis o la idea feliz de turno. Los alegres y los despreocupados también tienen su hueco en este catálogo de alumnos. Y así, uno tras otro, van pasando los cursos escolares.


De entre todos ellos mis favoritos son los alumnos de cristal. Esos de apariencia frágil, que de un soplo se desbaratan. Son los que más me sorprenden teniendo en cuenta el ecosistema en el que viven. Cuatro paredes atestadas de niñatos entre los que priman las leyes más básicas y animales. ¿Por qué? Parece que se caen pero que al final se tienen, como si se fueran a rendir de súbito aunque al final opten por la supervivencia. Deberíamos llamarlos alumnos Duralex®, o quizá alumnos Pyrex®, porque a pesar de su apariencia, son irrompibles, resistentes al tiempo y los varapalos, a imagen y semejanza de la Gisela de cristal de Betrice Alemagna.


Recién publicado en nuestro país por Libros del Zorro Rojo, este álbum que fue elegido el mejor libro infantil del 2002 en Francia, nos cuenta la historia de Gisela, una niña hecha de cristal. Luminosa, frágil y sobre todo transparente, todo el mundo quiere conocerla. Largas colas delante de su casa para poder verla y tocarla, hasta que se dan cuenta que, como es de cristal, pueden leer sus pensamientos…


Como ya han apuntado otros compañeros de la LIJ, el argumento es similar al Jaime de cristal de Rodari, lo que me hace pensar que Alemagna ya conocía esta historia del genio italiano y quería darle una vuelta de tuerca más contemporánea. Mientras que en Jaime de cristal la transparencia resulta ser una virtud para luchar contra la tiranía y la opresión quedando el mensaje más supeditado a la moraleja redonda del cuento tradicional, en Gisela de cristal se ensalza como un grave defecto en el que el público en general no ve nada positivo e incluso es motivo de rechazo social. Aunque en los dos libros el protagonista sale victorioso, Alemagna ensalza la debacle interior de Gisela. Ella es una verdadera heroína y lucha por alcanzar su propia felicidad, mientras que Jaime es un héroe indirecto.


En lo que a los recursos de formato y estéticos se refiere llaman poderosamente la atención dos. La primera es el tono azulado del libro, uno que inspira calma, también frialdad e incluso tiene que ver con las lágrimas de Gisela. La segunda son las páginas de papel vegetal que la autora inserta en el libro, un recurso que también utiliza en Cosas que vienen y van, pero que en este caso se traducen con otro significado, concretamente el del símil con la transparencia del cristal y de la anticipación en la secuenciación.
Un libro sin pretensiones, hermoso y algo agridulce, que los niños de cristal necesitamos de vez en cuando.


jueves, 26 de diciembre de 2019

Un poco de humanidad por Navidad



Después de dos meses (incluso más) hinchándonos a turrón, frutas escarchadas y mantecados, ha llegado la Navidad. A muchos nos gusta pero otros tantos detestan estas fiestas.
Hay razones de todos los sabores. A unos se les hinchan los carrillos con discursos sobre el laicismo de estado. Otros esgrimen el consumismo para justificar un odio acérrimo hacia esta época del año. Están los del “porque sí”, una razón igual de válida para acostarse temprano y dejarse de marisco y cordero asado. Hay gente que no soporta el dolor de los recuerdos, de los que están en otro país o de los que nos dejaron para siempre.
Hay montones de excelentes motivos por los que aborrecer estas celebraciones, pero el caso es que, aunque la gente lo intente con todas sus fuerzas, siempre existen rendijas, mínimos resquicios por los que el llamado “espíritu navideño” consigue colarse (se lo digo yo, que de resistencia navideña sé un rato). Y cuando esto sucede y actúo como espectador, suelo preguntarme: ¿Pero es que la Navidad hace algún daño?
Las respuestas son evidentes… Gastroenteritis, resacas varias, sobrepeso, broncas, divorcios exprés, tratamientos psicológicos y cuestas de enero son los más habituales. Pero también hemos de considerar los beneficios colaterales como los reencuentros, la ilusión infantil, cierta magia, y sobre todo, una pizca de humanidad.


Solidaridad, compasión, fraternidad, unión… Llámenlo como deseen pero el caso es que en Navidad hay un pico de buenas acciones mayor que durante el resto del año (que eso de ayudar al prójimo está muy de moda). No seré yo quien ponga en duda su autenticidad, pues esto de los valores cuenta muchas veces con dobles y triples intenciones (más todavía viniendo de los políticos y otras asociaciones parasíticas), pero lo cierto es que durante esta época hay mucha gente que se apiada de las calamidades ajenas e intentan paliarlas de alguna forma, cosa que es muy loable.
Es así como llego a un álbum donde las tragedias humanas se hacen palpables, pues Migrantes, de la peruana afincada en Palma de Mallorca, Issa Watanabe (editorial Libros del Zorro Rojo), es uno de esos libros sobre una cruda realidad.


Una vez más con encontramos ante un álbum sin palabras, un álbum que nos habla sobre el drama de la migración a través de la sola yuxtaposición de imágenes. En él, un grupo de animales antropomorfos caminan errantes sobre una arboleda yerma con fondo nocturno. Emprenden un largo viaje que se dilata en el tiempo conforme avanzamos en esta secuencia de escenas a doble página. La tierra, el mar, la tierra… Un devenir que parece no acabar nunca.
En él hay que destacar varios puntos que me han resultado interesantes. Primero de todo el fondo negro. La oscuridad se cierne sobre este libro. Es una atmósfera lúgubre, siniestra, solitaria, inquietante e incluso macabra. La noche infunde temor ante lo desconocido, ese futuro expectante del migrante.


En segundo lugar, y en contraposición con el punto anterior, hay que llamar la atención sobre el colorido que llena las figuras de los protagonistas. Rojos, verdes y azules en la ropa y los hatillos. Toda una suerte de tonalidades vivas que además de ofrecer contraste estético y visual, son un canto a la esperanza, algo que también ocurre con la vegetación de las escenas, que florece y se colorea conforme nos acercamos a un final que cobra vida.


El tercer punto en el que hay que detenerse es la figura de la muerte. Como ya dije en el monográfico sobre libros infantiles y muerte, esta alegoría se mueve a caballo entre las representaciones clásicas y las más coloristas (véase la imagen donde va ataviada con un manto bordado de motivos florales y otro amarillo). Al mismo tiempo no es una mera espectadora, sino que participa de la acción, algo que por un lado la humaniza y por otro denota su importancia en los éxodos migratorios.


Aunque existen puntos en los que la narración se quiebra, es uno de los libros más hermosos que he encontrado sobre este tema, no sólo porque el formato elegido (el libro-álbum sin palabras) dé paso a todo tipo de interpretaciones y prismas discursivos, sino porque la autora elige una óptica expositiva de la acción que no intenta adaptarse a los mensajes esperados, sino que es más libre y menos sesgada.
Es así como nos vamos llenando de belleza y algo de humanidad.

martes, 12 de noviembre de 2019

Estas cuatro paredes



El tema de la vivienda está dando mucho que hablar últimamente. Parece ser que se construye más que hace unos años. Inmobiliarias, albañiles, electricistas, reformistas, arquitectos, constructores y notarios vuelven a montarse en el dólar. Aunque la crisis se cargó muchos negocios que facturaban auténticas millonadas (mira que mi abuela les advertía con aquello de “Guarda para cuando no haya…”), parece ser que el imperio del ladrillo vuelve a resurgir de sus cenizas.
Ya saben que estas cosas se mueven de manera cíclica, sobre todo cuando el personal ha recuperado algo de poder adquisitivo y se puede permitir el lujo de una hipoteca, sobre todo en las grandes ciudades en las que, según me comentan amigos de Madrid, Barcelona o Valencia, piden auténticas salvajadas por cuatro paredes.


No se crean que lo de los alquileres tiene nombre… A estas alturas de la película, pagar una mensualidad es misión imposible, incluso en ciudades medianitas como la mía, donde las rentas están por las nubes (si me apuran, podrían pagar cuota y media de hipoteca) y parece que te están haciendo un favor por todo lo alto (¡Ladrones!).
Hay formas de abaratar los gastos, como irse al quinto cojón, a un barrio de mala muerte, a un zulo compartido o debajo de un puente, soluciones todas ellas bastante indignantes (para mi gusto, claro), pues muchos se habla de los derechos fundamentales y nunca de los deberes gubernamentales. Que si, que muchos apartamentos turísticos, mucha gentrificación, mucha especulación, pero las leyes ¿pa’ cuándo?


En fin, en vez de ponernos negros, optemos por lo poético a la hora de hablar de casas. Es por ello que hoy les traigo una obra de esas que te dejan con la boca abierta, tanto por lo bello, como por el formato. La casa en el bosque, un libro de Laëtitia Bourget y Alice Gravier, editado en español por Libros del Zorro Rojo, nos presenta un hogar cercano en un contexto entrañable. En este álbum de tipo acordeón que desplegado mide exactamente 401 cm (para que luego digan que no me tomo en serio esto de las reseñas), se nos presenta una historia circular que toma como punto de partida (y final) un bosque. En ella, el/la niño/a protagonista nos cuenta en primera persona el viaje diario que realiza desde la ciudad hasta llegar a su casa.


Es así como vemos pasar las escenas de un relato seriado que se centra en los medios de transporte, en lugares familiares como el parque o las tiendas del pueblo, en los vecinos más llamativos, en la naturaleza circundante que se llena de animales y plantas , o en las diferentes habitaciones que forman el hogar de esta familia.
Al ser desplegado, toma forma de imagen secuencial completa a lo largo de la cual nos podemos desplazar. Mientras que en un lado se nos presenta el entorno exterior, en el otro nos adentramos en el interior de la casa, lo que da pie al lector en establecer una dicotomía interesante de su propio entorno de dos mundos separados por las paredes –natural/medio antrópico-  sin que ninguno de ellos quede exento de libertad y detalles, algo que autoras y editorial destacan proponiendo al lector un juego de búsqueda.
Así que, ya saben, si no tienen casa, disfruten de esta que es fantástica.


martes, 15 de octubre de 2019

¡No quiero gatos!




En estos días de perros, gatos y tanta inconsciencia, me decanto por los gatos, una de las piedras angulares de mis fobias y que para otros supone el mayor de los placeres.
Los gatos están tan de moda. Les informo. Tanto que parece sonar a blasfemia decir “No los aguanto”. ¿Se extrañan? Les diré que esto es como la comida. A unos les gusta el tomate, a otros el pescado, los de más allá, alcachofas, y el del fondo se pirra por las alcaparras. Pues con estos felinos (¡Con lo que me gustan a mí las panteras y los linces!), ídem de lo mismo. ¿Por qué iba a ser diferente? ¿Porque ahora somos todos muy animalistas? ¿Porque la cadena televisiva de turno nos incita a desarrollar filias? El otro día me comentaba una colega que debería encontrarles el encanto, más que nada porque un buen influencer debe exhibirlos en sus redes. Cuanto más pequeños mejor, que despiertan mucha ternura, como las familias felices, las parejas resobonas y los paisajes brumosos.


No me gustan los gatos. Ni es malo ni bueno, simplemente es. Puedo entender que no comprendan las relaciones de ideas absurdas que algunos esgrimen para ir en contra de estas fobias (lo de las cuarentonas y los gatos, aunque me resulta divertido no tiene mucha ciencia), pero deben claudicar ante los alérgicos al pelo de estos o las embarazadas con riesgo de contagiarse de toxoplasmosis. Soy tan generoso que les dejaré disfrutar de todas las bonanzas de estos seres vivos, los más útiles a la hora de combatir las plagas de roedores.
Y así, con mucho humor (podría haber sido más caustico pero es innecesario: hay que convivir a pesar de las diferencias), llegamos a dos de los gatos con los que la editorial Libros del Zorro Rojo nos ha sorprendido este comienzo de curso (N.B.: Algún día tendríamos que ponernos a revisar esto de los gatos en la LIJ, que parece que tiene chicha).


Por un lado tenemos el Quiero un gato de Tony Ross, un clásico del 89 que ha sido reeditado por esta casa editorial y que se adentra en el mundo de los deseos infantiles y su capacidad para conseguirlos desde la terquedad y el humor, dos constantes en todo lo que rodea a las ocurrencias de los más pequeños. Mía quiere un gato y a sus padres les hace la misma gracia que a mí. Ella no se da por vencida, tiene mucho swing y sabe como montárselo para darles en las narices: si no hay gato, ella será el gato.



La cosa tiene un final bastante sorprendente ya que el autor, tan genial como siempre, le da la vuelta a la tortilla para hacernos ver lo cambiantes que somos y la elasticidad de nuestros deseos.


Por otro tenemos al Señor gato de Blexbolex (Libros del Zorro Rojo), una historia que se aleja de sus obras más críticas y emocionales, para retomar el buen humor de los clásicos. En este caso con un “gato con botas” remasterizado, se adentra en las historias del cine mudo, de los clásicos y de lo absurdo.


En el fondo este libro es como un pequeño escenario, una sainete que tiene mucho salero, sobre todo por la voz en off que imprime cierta teatralidad al asunto. También se podría tomar como un pequeño cortometraje en el que los fotogramas se suceden uno tras otro para narrarnos la historia de un gato bastante truhán y un conejo inocentón que se dedican al pillaje y los entuertos (¿No les recuerdan al Zorro y el Gato del Pinocho de Collodi?). Una serie de aventuras en las que los adultos salen mal parados (¿Subversivo? No, yo diría canalla) y cuyo final no se pueden perder pues te saca una sonrisa algo triunfal (¡Pero qué malo es ese gato, odo!).



lunes, 13 de mayo de 2019

Sueños sobre los árboles



Con la alergia algo más atenuada (gracias a las múltiples bonanzas de la orilla del mar, of course) y los ánimos chispeantes, parece que las ganas de primavera empiezan a despegar, que es lo que tocaba. Tumbarse sobre el pasto mullido, dejar que pasen las horas. Sin preocupaciones, sin más compañía que uno mismo y las hormigas y otros insectos que, como los escarabajos, trajinan incesantemente. Que te arrulle el trinar de los pájaros, contemplar las puestas de sol con la esperanza de que los días próximos vengan cargados de más luz. Vivir es el verbo de esta época del año.
En mi memoria se agolpan los recuerdos de esas primaveras en las que la bicicleta era mi mejor compañera, cuando mi hermana me llevaba a la guarida de la perra recién parida, y surcábamos los campos de cebada entre las espigas que verdeaban. Recogíamos flores y, a falta de florero, mi madre las colocaba en un vaso. Corríamos detrás de las gallinas y sus pollos recién nacidos, pelábamos los ajos tiernos -montones de ellos-, también guisantes. Tortillas de porrines, también de espárragos, caracoles, fresas con nata y flanes de huevo. Eso era la primavera.


Solo nos faltaba una casa en lo alto de un árbol, o mejor dicho árboles lo suficientemente grandes como para hacer una casa sobre sus ramas, porque claro, teniendo en cuenta que sobre La Mancha rala no abundan, y que por aquí no hay muchos jardines particulares (la vida española es lo que tiene), teníamos que buscarnos las mañas en otros rincones. Entre las cañas, alguna cuevecilla o un bosquete asalvajado eran los lugares para construir una pequeña choza o un espacio más amable.


No echábamos mucho de menos el árbol pues, aunque la altura siempre ofrece más enjundia –véanse Ewoks o elfos de Lothlorien-, la cosa no consistía en hacer una obra de ingeniería, sino en crear un espacio amable en el que sentirnos a salvo de las decisiones adultas, de su omnipresente mano. Se trataba de idear un ecosistema personal, quizá caótico, imperfecto, donde dar rienda suelta a nuestros miedos y deseos, y que, sin mucha arquitectura, nos fuéramos encontrando unos a los otros, para reñir, entendernos o amarnos.


Esa es la idea que me ha recorrido mientras leía Como hacer una casa en un árbol, un álbum poético de Carter Higgins y la conocida ilustradora hawaiana Emily Hughes (ya saben, la misma de Salvaje, El pequeño jardinero o Charlie y Ratón) editado en castellano por Libros del Zorro Rojo.


En él se despliega esa exuberancia del mundo natural de la que hablamos, no sólo desde un punto de vista contemplativo, sino desde lo pragmático y lo fantástico. La naturaleza envuelve este libro en cuyas páginas se ofrecen una serie de consejos, las instrucciones necesarias para dar forma a ese hogar sobre el árbol, o lo mejor de todo, a deconstruirlo una y mil veces, pues cada niño tiene su árbol particular sobre el que construir un futuro personal e intransferible, un andamio sobre el que disfrutar de mil aventuras, hacer las piruetas más imposibles, escuchar historias inverosímiles y soñar bajo el cielo estrellado.




jueves, 25 de abril de 2019

Ese algo especial...



Suelo hablar de libros. De este del otro y del de más allá. También me gusta hablar de comida, del tiempo, del precio del café, de los bares y de la rabiosa actualidad (¡Qué pena lo de Notre Dame!). Prefiero hablar de todas estas cosas que de economía (no estoy muy puesto en macroeconomía… con hacer la renta bien, me conformo), de moda (me voy quedando trasnochado) o de políticos (no estoy pa' ostias pre-electorales).


De los libros sobre los que más me gusta escribir es de aquellos que, de repente, te atrapan. Es como si algo especial morase en su interior. Los abres y te corresponden. Bien con una sonrisa, bien con una lágrima, y sabes que se quedarán contigo muchos años, en esa repisa de los elegidos. Que los llevarás de curso en curso y de charla en charla. Que, siempre que los presentes en sociedad o cuando los leas en voz alta, terminarás con un “Me encanta”.


Si además de todo esto empiezas a notar que casi todos los libros de ese autor, tienen duende, esa cosa que los impregna de un aroma y sabor característico (¿Se acuerdan de cuando leyeron algo de Oliver Jeffers, Shaun Tan, Tomi Ungerer, Suzy Lee, Roberto Innocenti o Maurice Sendak, por primera vez? Pues eso mismo), la cosa ya se sale de madre, porque estaremos ante un futuro clásico que llenará otras estanterías y trascenderá el tiempo.


Evidentemente, todos nos podemos equivocar, pero les diré que es la sensación que me recorrió el espinazo cuando leí los dos nuevos libros del genial Shinsuke Yoshitake, el autor de uno de los mejores álbumes del año pasado, Atascado (Barbara Fiore, 2018). Me aburro editado por Pastel de Luna y Ser o no ser… una manzana, publicado por Libros del Zorro Rojo, nos vuelven a sumergir en un universo muy especial donde el humor, lo surrealista y la filosofía se combinan a la perfección para elevar el álbum a una categoría superior en la que niños y adultos nos podemos ver reflejados.


El primer libro que traemos este miércoles es una oda al aburrimiento (me chifla el título en inglés, The Boring Book). En él, Yoshitake explora uno de los grandes adversarios de la humanidad desde el punto de vista de un niño que busca aburrimiento en los sitios más insospechados e idea teorías disparatadas que en realidad ensalzan estados dinámicos y enriquecedores que se alejen de las bocas abiertas y los cuerpos inamovibles. Me ha encantado, me ha levantado del sillón y, sobre todo, me ha sacado una sonrisa en estos días en los que ando bastante aburrido



El segundo libro de este japonés nacido en la prefectura de Kanagawa en 1973, pertenece a una serie de álbumes que tratan temas trascendentales. En este, un niño se encuentra una manzana sobre una mesa y comienza a plantearse una serie de cuestiones. ¿Es una manzana o no lo es? ¿Y si fuera un antepasado reencarnado en una manzana? ¿O un ovni? ¿O una futura casa? Todas estas preguntas son el interruptor que pone en marcha el engranaje de suposiciones y conjeturas que nos hacen pensar (reflexionar más bien) sobre la relación entre lo que nos rodea. Esperemos que no nos dejen con las ganas de leer en castellano los otros dos títulos de esta serie, What Happens Next? (se podría traducir como “¿Qué pasará ahora?” o “¿Y ahora, qué?”) o Can I Build Another Me? (“¿Puedo construir otro yo?”).
No se pierdan ninguno de los dos y ya verán como algo de razón tengo. Y si no me creen, pregúntenle a sus hijos, quizá entiendan estos libros mejor que ustedes…



martes, 9 de abril de 2019

¿Langosta o potaje?



El mundo está lleno de hambrientos. Gente que harta de hincharse a panchitos y cerveza de marca “La cabra”, aspira a tomarse un vermú como Dios manda. No sea que se mueran y se queden con las ganas. Yo los entiendo, la verdad. Como buen morrifino que soy, les diré que no es igual beberse una buena cerveza (Si me lo permiten, les recomiendo cualquiera de Cervezas 69, hechas en Chinchilla, cerquita de casa. Sólo lúpulo, agua y cebada) que cualquier otra, edulcorada a base de maíz u arroz (las mayoritarias).


En este punto entran en juego las bonanzas y dificultades económicas de cada uno, unas que pueden limitarnos a la hora de disfrutar de la buena gastronomía. Convengo en que un pobre de solemnidad tiene que echar mano de los productos baratos y no ponerse demasiado exquisito para llenar el buche, pero no me negarán que contar con una buena cuenta corriente no es sinónimo de paladar bien entrenado, pues les podría citar a más de un rico que bebe leche de tres al cuarto.
Yo lo tengo claro. Delicado no soy, pero si puedo, no voy a escatimar en alimentarme. Prefiero dejar a un lado los lujos secundarios, léanse coches, ordenadores y trajes, que hincharme a mortadela y choped. Más todavía considerando que un buen potaje, unas lentejas o el arroz con pollo no son tan caros. Y enlazo aquí con que el buen comer, además de buena materia prima, necesita mucho trabajo (¡Que se lo digan a las abuelas y alguna que otra madre!)


De hecho, si lo piensan bien, proporcionalmente cuesta más un trozo de lasaña ultracongelada que hacerse una tortilla de espinacas. Vayan a un supermercado, escojan un sitio privilegiado junto a la caja, observen durante diez minutos y hagan su estudio de campo: ¿Quién compra productos naturales? ¿Quién echa mano de los elaborados? ¿A cuántos da de comer un paquete de lentejas? ¿A cuántos una bandeja de canelones?
Pienso en que todavía hay mucho que hacer por la alimentación, más todavía cuando te das cuenta que muchos se alistan en los partidos políticos soñando con langostas y bogavantes. Pienso que hemos encumbrado ciertos productos por no estar siempre al alcance de nuestra mano en vez de valorar si son sanos o, por el contrario, venenosos para el organismo.


Mientras les dejo pensando en ello, hoy me dedico a un libro que trae cierta frescura al panorama del álbum ilustrado. Lenny Langosta se queda a cenar de Finn y Michael Buckley e ilustrado por Catherine Meurisse (Libros del Zorro Rojo) es uno de esos libros con los que el lector lo pasa bien, divinamente. El punto de partida es bastante sencillo, pues a Lenny, una langosta bien elegante, la invitan a cenar a un ágape de postín. Todos lo esperan con los brazos abiertos, con mucho boato y todas las atenciones. Le han preparado un par de gomas para sus pinzas pues él ¡es plato estrella!
Cabría esperar que la cena terminase con el crustáceo despedazado y las barrigas llenas, pero en el momento crucial de la narración, los autores, utilizando el recurso de “elige tu propio final” dejan elegir al lector “¿Desmembramos a Lenny o no?” Así es como el lector-autor-espectador en un alarde de sadismo o compasión, decide que es lo que más le conviene a este señor colorado. Si a estos dos recursos narrativos añadimos que la historia se llena de disparates y sinsentidos varios, la cosa está más que bien, para contarla y para leerla, of course.


Sobre las ilustraciones cabe decir que priman dos colores, el rojo y el azul turquesa, dos colores llenos de contraste que le dan cierto toque vintage (recuerden los libros a dos tintas de los años 40) y ayuda a ensalzar la figura de un protagonista que seguro nos vuelve a dar que hablar.
Por cierto, me acabo de acordar que nunca he probado la langosta, ¿qué tal estará?

lunes, 14 de enero de 2019

Calorías navideñas enquistadas en los riñones



A veces sueño con bollos de mosto, más todavía cuando la vocecita del postureo me taladra el oído interno con su sonsonete cojonero. “Cierra el pico o te vas a poner como la Tomata, Romancico”… Una tortura vietnamita teniendo en cuenta que el ser humano ha sido concebido para el engorde y con poco vamos (es lo que tienen los animales homeotermos).


Sí, señoras, señores, la operación bikini se cierne sobre nuestras cabezas. Y sólo hay dos salidas si queremos lucir un físico óptimo (N.B.: Baratas, claro está. Si no quieren sacrificarse siempre les quedará la lipoescultura, las fajas de compresión e incluso las salas de espejos de algún circo). Elijan: o seguir comiendo y menear el papo, o estarse quietecico y tragar mucho menos (y si es tiritando como los pájaros, más calorías gastamos). Como siempre hay tiempo para zamparse medio gorrino y ofrecer nuestros cuerpos al sedentarismo, un servidor, que todavía quiere dar la lata unos cuantos años más y lucirse aceptablemente en Instagram, se queda con  la primera opción, la del ejercicio para seguir cebándose.


No intenten consolarse (que mal de muchos…) y sean conscientes de que esta navidad se han puesto como El Tenazas (a no ser que la hayan celebrado cual Ramadán). Tibios a base de turrón y otras delicias heredadas de los árabes -paradójico tema que siempre me ha entusiasmado-, de asados cárnicos (donde esté un buen cordero manchego…), los menos de pescado (¿Se ha extinguido el besugo?), con buen marisco (¡Viva el ácido úrico!), embutidos ibéricos (a los que los chinos se están aficionando), frutos secos y encurtidos de todo tipo (los altramuces de la infancia que no falten), quesos añejos, buenos vinos (en mi casa, de La Mancha) y sidra (para que empape la pringue).


Ahora que lo pienso, ¡anda que no comemos! ¡Semejante amasao pegado al riñón! ¡Nos parecemos a Finn Hermann!... ¿Qué no saben quién es este señor? Pues uno de los cocodrilos más famosos de la LIJ (escrito por Mats Letén, ilustrado por Hanne Bartholin y editado por Libros del Zorro Rojo), uno al que no se le resiste ningún manjar (entiéndase por ello cualquier otra mascota más pequeña que él), nada oiga, que engulle todo lo que pilla. Lo mejor de todo es que lo hace en un abrir y cerrar de ojos-página (por todos es sabido que los reptiles no mastican como nosotros) y no se entera ni su dueña.
No tomemos su ejemplo (que su estómago no tiene fondo) y comamos con mesura, que es la mejor manera de mantener la línea. Ni por encima ni por debajo, que ningún exceso es bueno.


jueves, 25 de octubre de 2018

Semana de los cuentos (IV): Cuentos para soñar



Llevo dos noches sin pegar ojo. Un maldito resfriado se ha adueñado de mi anatomía y cuando no es el dichoso moqueo, hace aparición un estornudo que me despierta a mitad del sueño (Mmm… ¡Tarta de zanahoria!). Voy necesitando un receso en las fosas nasales y despejarme de esa congestión que tanta lata me da. Espero que cuando esto acontezca duerma a pierna suelta, porque si no el castigo será doblemente injusto. Y si no, tendré que decirle a alguien que me lea un cuento, como por ejemplo los Cuentos de Mama Osa, el último libro de Kitty Crowther recientemente publicado en castellano por Libros del Zorro Rojo y al que le auguro una larga vida. Pero antes de hablar de él, volvamos a la relación de los cuentos y el álbum…


Desde que empecé a diseccionar álbumes me percaté de que la narrativa breve, concretamente el cuento, era lo que primaba en un formato donde el número medio de páginas rondaba las treinta y dos. Mientras que en los albores del libro-álbum la mayor parte de los autores echaron mano de los cuentos tradicionales para desarrollar sus creaciones, a partir de la segunda mitad del siglo XX la tendencia fue cambiando con los cuentos de autor y las historias personales empezaron a salir a la palestra.
Estas nuevas ideas, aunque no distaban mucho de ese germen popular primigenio, sí buscaban un cambio en la LIJ de la época, y es así como se abandonaron las arquitecturas sencillas y lineales (generalmente una sola narración continua) para diversificarse en otras menos comunes. Nacieron obras como Historias de ratones, Sopa de ratón, Búho en casa o Saltamontes va de viaje, unos títulos de Arnold Lobel donde primaba una historia que servía de exo para otros cuentos independientes, todos ellos aglutinados en un mismo volumen. Así es los Cuentos de Mama Osa. Es un libro de hoy pero huele a otro tiempo.


El segundo punto que llama la atención de este libro es el color predominante, el rosa, como dirían mis alumnos, “fosforito”, un color que ya nos invita desde la cubierta a sumergirnos en esta idea que surgió gracias al sueño de Sara Donati, una amiga de la autora, tal y como se nos indica en la dedicatoria. El rosa fluorescente lo llena todo, nos envuelve. No es la negra oscuridad de la noche, sino una luz viva y a la vez tenue que nos invita a cerrar los ojos, a soñar, mientras se refleja sobre la nieve o la sonrisa de una madre que cuenta historias.
También debemos señalar que los tres cuentos que Mamá Osa narra nos hablan de construir lazos con los demás, de cómo formamos parte de un todo plural donde cada uno realizamos una tarea por el bien ajeno. Nos podemos reconocer tanto en la guardiana de la noche, como en Jacko Mollo, Zhora, Bo u Otto, pues nos hablan de situaciones humanas y cercanas, sin demasiada moraleja pero con claridad.
Y para dejarles con la intriga sólo les digo que me encanta el final, porque sigo siendo un niño y me encantan los cuentos.  



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