Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Océano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Océano. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de marzo de 2020

La extinción de la belleza



Para Chus, mi librera de San Juan, que siempre descubrimos libros juntos.

Hasta las narices me hallo de tanto discursito bifaz. Feminazis y machistorros, comunistas y capitalistas, podemitas y fachitas, madridistas y culés… La caterva no cambia. ¿Acaso no saben hacer otra cosa que limitar toda su existencia a un puñado de consignas repetidas hasta la extenuación? ¡Qué discurso tan empobrecido, por dios! Estaría bien que no fuesen tan reduccionistas y se dedicaran a leer, a buscar lugares comunes y, sobre todo, a no soltar sapos y culebras por la boca, que ya empieza a ser muy evidente eso de “por el interés te quiero Andrés”.
Lo que yo me pregunto (con mucho fervor y devoción) es si todos los que pasan el día despotricando de unas cosas u otras en las redes, tienen también tiempo para detenerse a contemplar la belleza que les/nos rodea, o si, por el contrario, son incapaces de apreciarla por muy delante de las narices que se la coloquen. Lo digo porque tengo la ligera sensación de que están tan ensimismados en su parcela de rumiantes que no viven para otra cosa, algo demasiado peligroso, más todavía cuando los ánimos se empiezan a caldear.
Es evidente que cuando más te relames las comisuras, más difícil es distanciarte de la película y mirar hacia otro lado. Absortos. Así nos va... Con el coronavirus (Que extraño es todo, ¿verdad? Se me antoja (in)verosímil).,, Con lo del día de la mujer y las discrepancias de los ismos (¡Más madera! ¡Más madera!)... Con la nueva ley de educación y el nuevo código penal (todo es tan nuevo que suena a vintage)....



Me pongo a pensar en todo esto mientras recuerdo la puesta de sol desde el muelle de Brighton. Apoyados sobre la barandilla mirábamos el mar en calma y unos cuantos estorninos volaban cerca. A cada movimiento de la brisa marina, otros tantos se unían a la bandada. Danzaban cada vez más cerca. Bajaban y subían en su vuelo, viraban de repente su rumbo, como si de un dulce quiebro entre amantes se tratase. Por un instante me fijé alrededor: ya no éramos los únicos espectadores boquiabiertos. 
La multitud sonreía, nosotros mismos nos mirábamos dichosos. El día se detuvo en ese instante y sólo teníamos ojos para los que algunos llamaban en inglés “starling murmuration”. Dejamos la mente en blanco y vimos como cientos de aves dibujaban formas caprichosas sobre el cielo, líneas fluidas que se expandían sobre el nublado horizonte. No pensábamos nada más, sólo volábamos con ellos.


Y entonces llega a mi mesa El día de las ballenas. Y siento como la historia sin palabras ideada por Cornelius, el colectivo de escritores formado por Davide Cali, Guido Sgardoli, Tommaso Perchivale, Pierdomenico Baccalaro y Davide Morosinotto, e ilustrada por Tommaso Carozzi tiene mucho que ver con esa destrucción de la belleza que un día tras otro llevamos a cabo en las redes sociales, en las aulas, en la barra del bar, o en el banco del parque. No hace falta cortarles las alas a los pájaros, envenenar los océanos o liarse a tiros. También extinguimos la belleza con nuestra palabras.


Un día cualquiera en una metrópolis cualquiera, los cuerpos de enormes cetáceos tapan la luz del sol, flotan entre los rascacielos. Se desata el caos, la muchedumbre ve una amenaza en sus lentos movimientos y los poderosos deciden acabar con ellos.
En pocas páginas, los autores se adentran en nuestro subconsciente con una fábula que algunos pueden traducir en ecologismo, con una narración que oscila entre lo inverosímil de Chris Van Allsburg y lo surrealista de Shaun Tan. Todo ello sin perder de vista un estilo figurativo que siempre permite descubrir detalles literarios (fíjense en el nombre que aparece en el parte meteorológico), cinematográficos (¿Acaso no ven en esos planos generales y contrapicados la magia del cine?) e incluso museísticos (Si alguna vez van al Museo de Historia Natural de Londres, acuérdense de este libro) que tienen que ver con el pasado y con el futuro en el que nos podemos ver reflejados.


Eso le decía yo a la librera Chus el otro día cuando me hablaba de este libro. “¿A que te inspira una pena confusa?" Algo se desgarra por dentro al mismo tiempo que agita nuestra conciencia. En su lectura, no son las ballenas las que mueren, somos nosotros los que nos consumimos poco a poco.




miércoles, 26 de febrero de 2020

Coronavirus o el poder de la histeria colectiva



Regreso de un largo fin de semana y me encuentro con que el coronavirus nos acecha cada vez más y mejor, y ya lo estoy viendo… Los medios de comunicación se van a poner las botas, los políticos aprovecharán para hacernos alguna putada (como si no fuera bastante intervenir los servicios secretos y el poder judicial que se van a dedicar a la sanidad... ¡La casta metida a médicos! ¡Socorrooooo!), los fabricantes de mascarillas (inútiles en muchos de los contagios, por cierto) se van a hinchar a vender, y los científicos y sanitarios se cagarán en nuestros muertos por los tembleques infundados. Una situación la mar de halagüeña como ya ven... y la cifra de contagios sigue aumentando...
Por si no fuera poco y dada mi condición de biólogo, se ve que me va a tocar ejercer de maestro en horas no lectivas (para que luego digan que no trabajamos) explicándole a más de uno los riesgos que conllevan estos bichitos para la salud pública (¿Hay de eso en España? Creía que nadie, incluido el Ministerio que lleva su nombre, sabía qué era eso).


“Yo que tú, me preocuparía más de procurarme una buena higiene, una dieta rica en legumbres, verduras y frutas, hacer algo de ejercicio, usar condones y evitar las drogas, antes que de buscarme una buena mortaja” le dije ayer a una. Y va se me enfada (otra que quería mentiras). Ni estaba de cachondeo ni le pedí matrimonio (¡Eso sí sería una faena, teniendo en cuenta como está el percal!), pero la cuestión es torcer el morro. Menos mal que deje a un lado las catástrofes naturales, la incidencia de cáncer, los accidentes de tráfico o la gripe, que si me descuido, me fusila.
Señoras, señores, lo mejor que pueden hacer ante esta familia de virus complejos de ARN (ácido ribonucleico, para poco doctos) es quitarle importancia, tomar unas precauciones básicas (lávense las manos, eviten los estornudos y cualquier contacto salival ajenos) y vivir. Pues nadie sabe cómo puede sobrevenirnos la muerte. Lo importarse es no dejarnos llevar por la psicosis colectiva (¡Qué malo es formar parte del rebaño!) y llevar una marcha más o menos sensata (no demasiada, que las locuras también nutren el alma).


Y para aquellos que no me hacen ni caso y prefieren acudir a la farmacia, colapsan urgencias o deciden ponerse en cuarentena (les recuerdo que hace una climatología “espléndida”, tontos serían si optan por esta última), les dejo un álbum del año pasado que pasó un tanto desapercibido (se lo dice uno que está muy puesto y sólo conocía la edición inglesa), pero hiper-necesario para todos aquellos que gustan de poner el grito en el cielo y sacar de quicio el más mínimo problema.


Accidente de Andrea Tsurumi (editorial Océano-Travesía) además de ser uno de esos libros que con una propuesta humorística y estructura de sketch se mofa de nuestra condición histérica, es bastante interesante por alguno de los recursos narrativos que utiliza, como por ejemplo las guardas peritextuales (cuando lean el libro entenderán por qué) o la función narrativa de la portadilla, algo que es cada vez más frecuente en obras de autores contemporáneos -les recomiendo echar el ojo a las de Sergio Ruzzier-.
Así mismo, la autora de este libro echa mano de algunos recursos propios del tebeo, como los bocadillos o la secuenciación de escenas (tiene mucho sentido en una obra de vértigo donde el espacio-tiempo habla por sí sólo), para articular una historia en la que Lola, un pequeño armadillo convierte un pequeño percance en todo un desastre para darse cuenta que ni siquiera su madre está exenta de cometer un fallo.


El zumo derramado, una tarta aplastada, una manguera anudada o incluso una biblioteca desbaratada son parte del lío monumental que se forma en una ciudad que recuerda mucho a las de Richard Scarry (¿No ven mucho de este autor en el interior de las casas o en la caracterización de los personajes?).
Si a todo ello unimos una gran riqueza léxica y lo expresivo de la tipografía (la forma y tamaño de las letras dicen mucho a lo largo de toda la historia), no puedo más que recomendar a manos llenas un librito que seguro les hace repensarse su posición frente a los tan anunciados males del SARS-CoV-2.



lunes, 10 de febrero de 2020

Coreanos



Como no hay nada mejor de lo que hablar (estoy hasta las narices de políticos y trolls), empezamos la semana con los Oscar, pues al menos nos traen algo de glamour y mucho mamarracheo.
A pesar del gran despliegue que marcas de alta costura como Chanel, Zuhair Murab, Dior, Oscar de la Renta y Prada hacen cada edición sobre la alfombra roja (nada que envidiar al “chou” anual de Victoria’s Secret), se empieza a vislumbrar cierto tufillo barriobajero en la meca del cine. Actores y actrices son cada vez menos icónicos y más mediáticos, más accesibles y menos inalcanzables. Si, las grandes estrellas de Hollywood se están apagando y parece ser que sólo yo estoy preocupado.
Siempre ha habido mucho "nota" en esto de la farándula y el espectáculo, pero denoto cierta deseducación laboral en los nuevos trabajadores del sector. Tranquilos, que no les voy a meter una disertación a lo Noam Chomsky, sólo quiero que encuentren las mil y una diferencias entre Henry Lamarr y Penélope Cruz. Tampoco estaría de más que se percataran de los miserables aplausos que recibieron los recientemente difuntos de la gran familia del cine estadounidense al ritmo de Billie Eilish (el Yesterday sobraba, que yo soy más del “today”). ¿Será porque muchos de los asistentes no tenían ni un ápice de cultura cinematográfica, o en su defecto, un mínimo de respeto?


Y es que anoche, los únicos que se dedicaron a la naturalidad, el saber estar (en su papel de triunfadores, claro está) y la desorbitada alegría, fueron los coreanos de Parásitos, sin duda la mejor película del año (Se la recomiendo a manos llenas porque dice mucho desde la dualidad posible-imposible, el humor, la exageración de la realidad y la metáfora del conflicto de clases). Que se note que en oriente todavía queda algo de esa humanidad que hemos perdido en el supuesto primer mundo, manque pierda.
Y sin más ensañamiento, me acerco en este luminoso lunes al trabajo de Kyung Hyewon, otra coreana más que prometedora en esto del libro-álbum. No es para menos pues Elevador (editorial Océano-Travesía) es una más que aceptable puesta de largo a golpe de imaginación infantil y situaciones cotidianas.


En esta historia, la pequeña Yuna, una verdadera apasionada de los grandes saurios que poblaron el planeta hace millones de años, tiene que devolver un libro a la biblioteca, una tarea que se verá alterada por unos curiosos “vecinos” que va recogiendo en cada uno de los pisos en los que va parando el ascensor (que no son pocos, pues ya saben de las alturas que se gastan por aquellas latitudes).
Aunque el final lo dejo para la sorpresa de los lectores, he de apuntar que es un libro que me ha encantado, no sólo por la originalidad del argumento, sobre todo en lo que al formato y el contexto espacial se refiere (los ascensores siempre han tenido mucha magia), sino porque hace gala de esa dualidad clásica entre fantasía y realidad de la que bebe mucho el álbum para niños. Si a ello le unimos la expresividad de los personajes, recursos repetitivos (cada vez que se abre la puerta del elevador es una sorpresa) y ese guiño a los libros, el disfrute está servido.
Así que, ya saben, en vez de noche toledana, les toca noche coreana, que sugerencias no les faltan.



jueves, 16 de enero de 2020

Juntos



Me he pasado la vida intentando adivinar cómo es la gente con la que coincido en el metro, en el vestuario de la piscina o en las charlas sobre Literatura Infantil. Actúo como un escáner. Es un juego de observación necesario para mí. Estoy atento a cualquier detalle que me pueda proporcionar algún dato que refleje el origen, los intereses o los puntos débiles de una persona. Empiezo por los zapatos, termino por la forma de las gafas y me detengo en pendientes, tipo de coche o el vocabulario usado.
No se crean que es fácil pues hay que tener en cuenta demasiadas variables. No es lo mismo usar zapatos de plástico que unos de piel… No todo el mundo saber combinar el color de su pañuelo con el del abrigo… Hay hombres que usan bolso y otros que no… Hay mujeres que usan tacones y otras zapatos… ¿Sabían que profesoras, peluqueras y agentes comerciales difieren en marcas de ropa?... Usar un bolígrafo de los de toda la vida no tiene nada que ver con una estilográfica reluciente... ¿Laca o gomina?
Y con todos estos datos y un poquito de tiempo, soy capaz de elaborar un retrato robot de cualquiera que logre acercarse. Les sonará presuntuoso, quizá algo mágico, pero lo que tengo claro es que observa que te observa, a veces das en el clavo. Con ello no quiero decir que siempre acierte, pero al menos me divierto cuando constato las coincidencias con la realidad o si por el contrario me he columpiado.
Les invito a que practiquen este juego, pues unas veces nos ayuda a desarrollar la inteligencia emocional, otras a entrenar nuestra capacidad de imaginar (iba a decir soñar, pero puede que no sea para tanto), también a sopesar nuestros prejuicios (que no son pocos, prueba de ello son las sorpresas que nos llevamos) y sobre todo a poner a punto nuestras dotes como acérrimos observadores (se dediquen a escribir novelas, enfermedades infeccionas o a avistar pájaros).
Mientras me cuentan sus experiencias yo me quedaré aquí sentado disfrutando de uno de esos libros que dan un giro a tu mente, se divierten con ella, y la ponen a trabajar. Porque Unas personas, con texto de Jairo Buitrago e ilustraciones de Manuel Monroy (editorial Océano Travesía), no es para menos.
En primer lugar hay que decir que es un álbum que habla de lo colectivo desde la perspectiva individual de un voyeur que capta pequeños instantes de las vidas de sus vecinos: una niña, un par de amigos en un balcón y unos cuantos personajes más. No obstante, hay algo que no llegamos a comprender. ¿De dónde saca todas esas conjeturas? ¿Acaso está viendo algo que nosotros no discernimos?
Las páginas van pasando hasta que llegamos al final, en el que un plano general nos deja entrever algunos de los detalles que el autor nos ha ido dejando ver a lo largo de la narración. Observamos como esas personas de quienes nos ha estado hablando, en realidad constituyen la biota de un ecosistema antrópico llamado barrio y que todas ellas se encuentran entrelazadas de una u otra manera, algo que me ha hecho recordar obras como La colmena.
Si a ello añadimos unas ilustraciones donde la luz es desbordante, donde la voz de unos actores desdibujados (¿Acaso no podríamos ser tú o yo? Seguro que sí) en escenarios que recuerdan sobremanera a los de Hopper y sus contemporáneos, la historia puede trasladarse a otros contextos, a otros vecindarios en los que se hace más importante sobrevivir con la ayuda de todos que no hacer uso de una única mano.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Instrucciones para leer un libro



Este verano, aparte de viajar, comer, dormir y disfrutar, he leído bastante. Mi objetivo era ponerme al día con algunos clásicos de la literatura universal (que la llaman) pero al final fui a la biblioteca y me perdí entre otro tipo de lecturas. El caso era entretenerse en los tiempos muertos, pues entre juergas y otros menesteres, no tenía yo la cabeza para mucho decoro intelectual.
Hay libros que necesitan calma chicha, otros, bicarbonato. Hay libros que no necesitan nada (sólo cerrarlos). Algunos necesitan mucha resignación (Ya saben ustedes de mi crisis con El tambor de hojalata), otros de un buen trago (¿Han leído alguna vez borrachos? Me encantaría conocer algo de esas lecturas ebrias, ¡anímense en los comentarios!). También tenemos libros que son un tedio o un paseo (¿Sobre la llanura, a la orilla de la playa, o cuesta arriba? Especifiquemos).
Lecturas de silencio, de bullicio o de bolsillo, todas necesitan de los mismos gestos. A saber… Coja usted el libro con las dos manos, apóyelo sobre su lomo y deslice la tapa delantera hacia la izquierda (si es manga hacia la derecha) y, tras descodificar los signos que ante usted se desvelan, pase la página en el mismo sentido que la tapa. Así hasta el final. ¿Lo pilla? Espero que sí. Y no se preocupe si tiene dudas, hoy le traigo un libro que se lo dejará muy claro.


¿Cómo se lee un libro? con texto de Daniel Fehr, ilustraciones de Maurizio A. C. Quarello y editado en castellano por Océano Travesía, nos presenta una de esas historias metaliterarias con cierta enjundia, no sólo porque es un libro interactivo (algunos gustan de llamarlo libro-juego, que también puede ser), sino porque ahonda en la necesidad de reconocer el objeto libro, de experimentar con él y familiarizarse con su forma y posición utilizando para ello un sinfín de perspectivas de las imágenes que configuran la narración.


La historia parte de una llamada de atención que un par de niños hacen al lector-espectador. Necesitan de su ayuda para seguir con vida, interpelan su colaboración. Conforme pasamos las páginas aparecen más personajes que nos resultan conocidos (una bruja, una ballena…) que aportan más dinamismo a una narración que no deja de ser un desastre monumental con el que desternillarse.
Como es un libro que deben tener en sus manos (seguro que les roba una sonrisa), no les voy a desvelar el final. Creo que con esta pequeña reseña es suficiente para animarles a participar de la fiesta. ¡Ah! Y si se dedican a esto de la animación a la lectura, no duden en incluirlo a su biblioteca, quizá les sea útil con pequeño y mayores (que hay algunos que todavía no saben cómo se lee un libro).


jueves, 17 de mayo de 2018

De atajos, vidas cruzadas y mucho humor



Estamos en la recta final del curso y se empieza a denotar el agotamiento. No obstante y hasta la llegada de la ansiada y solemne, todos los actores de la llamada comunidad escolar tendremos que seguir haciendo nuestro papel…
Entre los alumnos hay de todo. Vagos de solemnidad y otros que trabajan a destajo. También los padres quieren demostrar su valía, bien acudiendo a última hora a preocuparse (o parecer, más bien) por la marcha de sus vástagos, bien haciendo su labor en la sombra (que les confieso que es la que más se agradece). Los maestros, como se imaginarán, estamos hinchados, unos de aguantar, otros de enseñar y los menos, de hacer estas dos cosas simultáneamente. El caso es que la mayoría de alumnos, padres y docentes, seguimos hasta el final.


No obstante y sin ser agorero, también hay que tener en cuenta que, además de participar, el resultado es importante (hoy no quiero charlas terapéuticas sobre conformismo y premios de consolación, que perder jode, en mayor o menor medida, pero jode), la razón por la que muchos, a pesar de haberse rascado el fandango durante nueve meses, buscan atajos para llegar como vencedores.
Son atajos los cursos intensivos con los que las academias hacen su particular agosto (que cada vez, y gracias a Bolonia, se adelanta más a junio) y enseñan todo tipo de trucos para lograr el cinco en la evaluación extraordinaria. También hay trampas… Que si tengo que ir a la consulta de mi primo el médico, que si mi hijo estuvo toda la noche estudiando pero se ha levantado vomitando, que si le han echado mal de ojo (ríanse pero es verídico, tanto o más como aquella alumna que mató a su madre de cáncer con tal de salirse con la suya… Alucinen porque no exagero). Y por último y lo más típico, también tenemos llantos. Aquí lagrimea hasta el apuntador. Abuelas, primos, madres, padres, perros, gatos, e incluso alumnos, sollozan con tal de que te apiades...


Y hablando de atajos llegamos a un maravilloso libro de David Macaulay. El atajo. Publicado en castellano por Océano Travesía, es un libro que se desmarca de la mayoría de los libros informativos de este autor como Castillo Medieval, Pirámide, Catedral Ciudad Moderna (Timun Más, descatalogados) o Cómo funcionan las cosas (Círculo de Lectores, descatalogado también), todos ellos álbumes informativos, y se encuadra más en la línea de ficción de Blanco y Negro o Angelo. Como seguramente haya pasado desapercibido para muchos de ustedes (yo he tardado unos meses en toparme con él), he aquí unas notas.
Lo primero de lo que hay que hablar es de la relación que este álbum tiene con la vida misma, es decir, nos presenta una historia no lineal, toda una suerte de caminos que son posibles, que se bifurcan, que transgreden las normas humanas y se atienen a lo azaroso. Es por ello que, a pesar de parecer intrincado y poco asimilable por algunos lectores (adultos incluso), creo que es un libro necesario por ser el fiel reflejo de lo que ocurre en nuestro día a día desde una perspectiva temporal.


En segundo lugar podríamos hablar de la coincidencia estructural con películas como Amores perros, Crash, Love actually, Sin City o Las horas, en las que una serie de historias presentadas de manera individual tienen un nexo común que se va descubriendo conforme se suceden los fotogramas. En el caso que nos ocupa, un vendedor de sandías, una niña y su mascota porcina o un ornitólogo, son algunos de los personajes que protagonizan las ocho historias (incluidas animales) que se cuentan en sus más de sesenta páginas. La diferencia con el séptimo arte (y aquí viene lo lúdico de este título) es que un libro nos permite ir y venir una y otra vez, favoreciendo que la lectura se convierta en un juego (N.B: Les aseguro que los lectores de este libro-álbum acabarán mareados de tanto pasito pa’lante, tanto pasito pa’tras).


A todo lo anterior hemos de añadir situaciones increíbles, paródicas, humorísticas y/o paradójicas que nos arrancan más de una sonrisa. Sí, escenas jocosas y divertidas que, lejos de parecer vacuas y estériles, nos empujan a preguntarnos sobre dos principios, trascendentales para muchos, y sobre los que se basa El atajo: la relación causa-efecto (uno que mueve gran parte de la obra de este autor) y el tiempo. ¿Qué es el tiempo? ¿Cómo podemos representarlo? ¿Dura lo mismo el tiempo para todos? ¿Por qué sucede esto? ¿Podría o tenía que suceder?... Un sinfín de cuestiones que pueden parecer lógicas pero no lo son.
En definitiva un libro que lejos de ser el cáos que parece, nos ayuda a entender lo incomprensible del mundo mientras desenredamos una deliciosa maraña de ficción.


martes, 2 de mayo de 2017

Solos pero acompañados


Después de un apacible puentecillo (sin diminutivo para algunos afortunados) y habiendo trabajado más de la cuenta (un pecado teniendo en cuenta lo que se celebraba, pero alguien tiene que corregir los exámenes de unos discípulos que estudian más bien poco...), me dirijo a la cama y, de repente, se oye un ladrido. El perro del vecino recibe a su amo. Bajo poco a poco la persiana y escucho a los críos del piso de al lado. Tres días sin horario rutinario pueden con cualquiera... Me tumbo y, mientras me cubro con la colcha, empiezo a caer en la cuenta de que, a pesar de vivir ensimismado (sin connotaciones negativas, por favor), no soy el único que pisa sobre este mundo.


… Y me acuerdo del niño que, tropezando una y otra vez, se yergue con una sonrisa triunfante, de los viejos que buscan en las caricias de los demás los recuerdos del pasado, del hombre que llora en su celda, de los que velan a los enfermos en los hospitales, de los invitados a esa boda que aún no ha terminado, del pastor solitario, y de esa pareja que pasea cogida de la mano. Llega una imagen tras otra de quienes conocemos o de los que, por el contrario, jamás nos hemos cruzado.


No estamos solos, no, aunque lo parezcamos. Sólo que todos y cada uno de nosotros nos aferramos a la existencia como a un salvavidas. Algunos lo definen como puro egoísmo, otros lo relacionan con ese afán de supervivencia, y el aquí firmante elabora su propia hipótesis añadiendo al tarro la teoría general de sistemas (N.B.: Sí Bertalanffy y todos los que contribuyeron a construir este paradigma, levantaran la cabeza, seguramente me propinarían un pescozón) antes de darle a la batidora.
Esa mezcla de soledad y compañía que nos arropa en mitad de la noche, aunque por un lado suene terrorífica, por otro nos mece aliviados, porque sin comerlo ni beberlo estamos acompañados de las circunstancias de otros, de sus avatares que, no nos pertenecen pero se atan de alguna forma al hilo de nuestra existencia.


Seguramente ustedes creen que no tienen nada que ver con personas poco coherentes, intransigentes, racistas o cuyo humor queda por debajo de cualquier razonamiento lógico (hay gente que todavía no sabe traducir un “Ja, ja, ja, ja”), pero lo cierto es que todos tenemos algo que ver entre nosotros y a pesar de plantearnos ir a nuestro aire (cada uno su casa y Dios, si existe, en la de todos), este equilibro que nos aglutina siempre nos pone al servicio de otros.
Sí, sé que doy la impresión de estar un poco ido (¿Qué cosas piensa este hombre en vez de echarse un pestañazo?), pero se ve que no soy el único a juzgar por el último libro de Akiko Miyakoshi, Regreso a casa, recientemente publicado en castellano por la editorial Océano Travesía. En un álbum lleno de poesía y basado en la técnica del carboncillo con ciertas notas de color (Nota: Me encanta que en las ilustraciones de este último libro se pueda ver la trama del papel utilizado), algo a lo que nos tiene acostumbrados esta autora, las vidas de los habitantes se funden en una sola mirada, la del niño que vuelve con su madre a casa tras caer el sol. El protagonista toma consciencia de lo que le rodea, su barrio y las gentes que lo habitan, de qué acontece... Como yo, mientras caigo en los brazos de Morfeo... Zzzz...


martes, 29 de noviembre de 2016

Hijos únicos: la LIJ como espejo



Occidente se llena de hijos únicos. Cada vez son más las familias formadas por tres, o incluso dos miembros. No digo que sea bueno, tampoco malo, simplemente es. Una realidad debida a múltiples factores que muchos suponen y que no me voy a poner a desgranar (¡Dios me libre! Con lo susceptible que está la gente, ¡cualquiera se atreve...!). El caso es que, hace un par de días, inspirado por una divertida sobremesa con las hijas de una amiga (no sé quién era peor, si yo, o ellas), hice una comparativa entre esta situación y otras en las que participaban hijos únicos, y dar así con algunas consecuencias de la crianza de niños exclusivos.


Dejando a un lado el concepto tan manido del pequeño tirano, uno donde hay mucha culpa y poca disciplina, hay que prestar atención a otros muy importantes. Destaca el superpaternalismo, efecto que no sólo nace de la (sobre)protección a la que se somete cualquier vástago (desde el punto de vista biológico, los padres cuidan de su prole con la esperanza de que la información contenida en sus genes trascienda con éxito), sino de nuevas concepciones de la crianza en la que tienen mucho que decir las aspiraciones sociales y un alcance de la perfección (llámenlo postureo, si quieren) etérea que en muchos casos, priva de libertad a los hijos y provoca ansiedad en los padres.
También hay que apuntar al niño-viejo. El niño, al verse desprovisto de referentes infantiles de carne y hueso (algunos, excepto en escuelas y guarderías, poco juegan o se pelean con sus iguales), se transforma en una mala y errónea versión de los adultos con los que interacciona, gestando unos patrones comportamentales que no le pertenecen y que, conforme crece, producen actitudes equívocas para con él mismo y todo lo que le rodea.


Por último, y para que esta entrada no se convierta en un gabinete psicológico/sociológico (seguramente podría dar con muchas más, pero este blog trata de libros y no de metijacos), les remito a la soledad... Algunos valoramos positivamente la soledad, más que nada porque la hemos elegido, pero cuando ésta te atrapa como una imposición ajena a nuestros intereses, puede transformarnos e incluso rompernos. Esa es la soledad que practican muchos niños mañana, tarde y noche a costa de divorcios o prioridades de otro tipo. Esa es la soledad que ennegrece la infancia.
De entre todos los ecos que nos llegan, los de la literatura infantil y el mundo del álbum ilustrado son los que nos interesan. Los libros infantiles no podían ser menos y han abierto caminos, estelas luminosas (pocas veces grises, diría yo) a todas estas situaciones que irrumpen en la vida de los niños. Es así como nacen los álbumes en los que el niño protagonista (o héroe, ¿por qué no?) se enfrenta al desarrollo de la acción sólo y sin ayuda de otros humanos en un mundo desconocido (se me ocurre citar títulos como Donde viven los monstruos de Sendak, En el desván de Oram y Kitamura o El árbol rojo de Tan, tres títulos diferentes en cuanto a lenguaje y discurso), algo que, en cierto modo, se asemeja al planteamiento de muchos cuentos tradicionales (les remito una vez más a Propp). De entre ese gran listado que podríamos ir enumerando, aquí traigo dos seleccionados de entre la multitud de novedades que flotan por las librería...


Hija única, una novela gráfica sin palabras de Guojing y publicada en nuestro país por Pastel de Luna, una editorial que ha apostado abiertamente por las obras de cuño oriental, nos cuenta la historia de una niña que, a raíz de un descuido se encuentra con un nuevo escenario en el que realidad y fantasía se mezclan (N.B.: Creo que la técnica a suave lápiz de grafito es muy acertada en una obra de estas características porque ayuda dar esa impresión de borroso espejismo que el lector traduce a modo de sueño) a favor de la liberación, de dejar los corsés paternos para hallar la catarsis en un mundo propio y personal en el que la sobreprotección está presente a diario.


Por otro lado, el álbum ilustrado Lenny y Lucy de los geniales Philip C. Stead y Erin E. Stead, que publica en castellano Océano-Travesía, también tiene como protagonista a un niño que se muda de hogar junto a su padre. La narración, sustentada sobre unas ilustraciones amplias, quietas (Es hermoso contemplar a los protagonistas sentados en fila, unas veces en número impar, otras emparejados en dulce simetría; invitando al lector a que se una a ese momento, a mirar en el bosque mientras le dan la espalda) y, a veces, solemnes, es muy poderosa, más todavía si sopesamos que la economía del texto establece sinergias con el silencio del entorno... Es así como el discurso bascula entre la soledad propia y la ajena, entre la búsqueda del amigo imaginario y el real, entre el miedo y la valentía.


En fin, que mientras los hijos del hoy se aclimatan a los nuevos aires de la vida moderna, los niños que fuimos seguiremos discutiendo con nuestros hermanos, que a pesar de lo paradójico y anacrónico, no deja de ser una suerte: un regalo del tiempo pasado.

martes, 20 de septiembre de 2016

Maestros, ¿quién dijo miedo?


Durante los primeros días de clase -sobre todo en cursos escolares como este en el que no conozco a ningún alumno de antemano- y mientras contemplo su semblante (el producto del cansancio, la extrañeza, la evasión y la novedad), me suelo preguntar a mí mismo “¿Qué pijo pensarán de un servidor?” Respiro hondo y sigo explicando los componentes de la sangre, esa que, parece ser, no corre por sus venas (¡Qué lánguidos son!). Seguramente, tras unos meses en los que alguna salida de campo y otras risas les suelte la lengua, tengan a bien confesarse y decir a los cuatro vientos y sin una pizca de pudor (tiemblo) las primeras impresiones que tenían al respecto, no sólo de mí, sino del resto de mis compañeros, que unas veces son de esperar y otras te dejan boquiabierto (ustedes denles cuerda y verán...).


Es cierto que entre profesor y alumnos siempre se levanta un muro, propiciado quizá por la edad (aunque no siempre... les podría nombrar a algunos compañeros talluditos que levantan pasiones entre la estudiantina) y la ubicación dentro del aula (esto de la pizarra y la silla con apoyabrazos da cierta respetabilidad), pero también hay que apuntar a que la percepción que muchos niños y jóvenes tienen sobre los docentes está cambiando a pasos agigantados, algo que a veces no redunda de manera positiva sobre el progreso académico pero que implica cierta cercanía a la hora de entender y enfrentarse a sus problemas.


Son muchos los factores que han propiciado estos cambios (la laxitud con la que nos tomamos las relaciones personales, los cambios sociales sobre la familia, el pobre reconocimiento de la labor del enseñante, la degradación cultural en base a la bonanza económica de tiempos pasados, etc.) que no sé si irán en detrimento de una enseñanza de calidad (mientras aquí abogamos por la cercanía con el alumnado, los franceses, que se prodigan mucha “liberté”, siguen llamando a sus profes de “usted” por ley), pero es cierto que, a pesar de que muchas veces las fronteras entre educación y respeto son bastantes confusas (corrección, chicos, un poco de corrección...), la mejor opción pasa por ponernos en el lugar del otro (estudiantes y profesores y viceversa) y conversar de intereses, emociones y puntos de vista (mucho y bien) para aupar el ambiente cordial en los centros de enseñanza.


Muten estas realidades o no, el caso es que siguen existiendo niños como el protagonista de ¡Mi maestra es un monstruo!, el último álbum ilustrado del estudio de Peter Brown (editorial Océano-Travesía) que sienten poca afinidad por sus maestros. Aunque el libro en cuestión se basa en la relación pupilo-profesora y explora los miedos infundados de los niños, su temor hacia la institución escolar y sus normas desde el siempre agradable punto de vista humorístico del autor, no deja de ser un alegato en pro de los docentes con buenas intenciones y su capacidad para exteriorizar el lado cálido, amable y humano que tiene la Escuela... ¡Que no somos monstruos, odo!

martes, 1 de marzo de 2016

Mundos interiores, creatividad e imaginación


No me creerán si les digo que, a veces, la creatividad es un lastre. No sólo porque doy buena fe de que, lo que nos sobra a unos, les falta a otros (Fíjense en los políticos..., de lo único que se preocupan es de repartirse el pastel... y soluciones, poquitas... Eso de “la imaginación al poder” parece sonar a antigualla), sino porque nos percatamos de que los demás no están preparados para entender nuestro discurso (Incluso los que van de modernos viven encapsulados en sus prejuicios, y romper el muro que se interpone entre ellos y lo nuevo, es muy difícil).


Tengo la bombilla encendida desde que no levantaba tres palmos del suelo..., y lo mejor de todo es que ¡no se funde! Me bullen tantas ideas en la cabeza, que no doy abasto para darles forma. Temáticas para libros ilustrados o novelas, alguna que otra imagen para pintar, dibujos, cientos de recetas que probar (¡espero no engordar!), proyectos con los alumnos, artículos interesantes, materiales educativos, argumentos científicos, trastos desvencijados que reutilizar, cursos para impartir, muchas entradas que escribir en este lugar, cosas de las que hablar con gente que quiera escuchar, artilugios que probar, lecturas que leer, juegos con los que divertir y hasta ¡algún programa de televisión!, se agolpan en un trastero mental que va necesitando un poco de orden y concierto (¿Lo lograré...?). Vamos, que ¡necesito más horas al día! Quiero algo de slow motion en mi vida. Sniffff.


Me gusta hacer y deshacer, tejer y remendar. Dejar volar el intelecto para buscar nuevos caminos (y algún que otro problema) a los desafíos que nos va trayendo el tiempo; algo que empiezo a echar de menos en los niños, los adolescentes, los jóvenes de hoy día. Ellos, a pesar de tener un mundo interior extraordinariamente rico (los estímulos que han recibido han sido diferentes a los míos y por tanto cimentan nuevos edificios, conquistan lugares anteriormente inexplorados), se conforman con lo que otros piensan para ellos, con el pasado al que ya no pertenecen y con discursos que suenan a nuevo pero poco tienen que ver con el futuro.


A la espera de que muchos de estos se decidan a darle al coco, un servidor y por si acaso, seguirá atesorando en esa chistera (virtual, como El maravilloso sombrero de María, un personaje con una imaginación desmedida creado por Satoshi Kitamura y que ve la luz en castellano gracias a la editorial Océano) todas las iniciativas que le puedan servir para darle un poco de forma y brillo al mundo..., aunque bien pensado, será mejor que las vaya apuntando en un cuaderno ya que, pese a la alopecia que va mermando mi cabellera, no suelo utilizar complemento alguno (incluidos tatuajes, pendientes y uniformes) para salvaguardar las ideas dentro de la testa. ¡Y que el arte se nos rebele cuando soltemos las riendas!


jueves, 14 de enero de 2016

De polémicas, madres y lactantes


En el circo (otrora congreso) de los diputados ya tenemos nuevo espectáculo. No teniendo bastante con fieras, domadores y payasos, siguen despuntando nuevas estrellas que brillan con luz propia en el firmamento político. Así pasa, que al final, a todos se les acaba viendo el pelaje... ¿Sus fines? Coronar el "candelabro" y untarse de mandanga (dejando ínfulas y ganas de figurar a un lado). Y en tanto, nosotros seguimos embelesados ante tanto glamour y pandereta, para olvidarnos de lo verdaderamente importante.
“A todos nos gusta hacer lo que nos sale del fandango” decían ayer dos compañeras de trabajo (madres ambas, muy votantes y comprometidas por la causa) “pero ni las aulas, ni los bares, ni el hemiciclo, son lugares para un lactante... Si quieres hacer el mono con tu hijo, ¡llévatelo al parque!” A lo que otras replicaban “ Bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de tu voto, Miguel.” Y mientras, algún hijoputa seguía echando más madera a la estufa...


La verdad es que me interesan muy poco las lecciones que peperos, podemitas, sociatas, falangistas, ciutatanos, cuperos y coladores nos tienen que dar a los ignorantes (estas partidas de ping pong son muy poco instructivas y nada enriquecedoras cuando seguimos viviendo en un país pobre, económica y culturalmente hablando, porque a tontería no nos gana nadie). Llámenlo como quieran. Valentía, demagogia, feminismo, populismo o postureo son algunas de las denominaciones que se le ha dado al numerito de esta nueva demócrata en las redes sociales, pero para mí -que cada vez que veo un buitre de esta enjundia en la tele, la apago- no deja de ser otra vacilona, otra privilegiada.
Mientras ella se pasa las convenciones por el arco del triunfo y su “babysitter” pasea al vástago con faldones de cristianar (excentricidades aparte), otros miles de mujeres están jodidas y a merced de empresarios/as que, una vez han cobrado las subvenciones, las mandan al paro cuando vienen con un pan bajo el brazo. Sí, sí, cuéntenme que por lo menos ha hecho visible lo difícil que es ser mujer (aquí y en Madagascar), pero les replico que hacer denuncia social es muy fácil con todo tipo de prebendas (No me negarán que esta salvadora se lleva el canto de un duro con la infanta, La Obregón o La Panto...). Lo difícil es hacerlas cuando una madre está sujeta a la caja de un supermercado, una cadena de montaje o una máquina de coser, sin más prerrogativas que un par de ovarios.


Zanjando el tema y sin ningún antojo más (ya hay otros más caprichosos) sólo me queda recomendarles El menino, un libro de Isol Misenta (editorial Océano Travesía) que, dejando a un lado las polémicas, se interna con humor somero y sutil en los avatares de la maternidad, una que conlleva mucho sacrificio, resignación y, generalmente, felicidad.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...