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viernes, 21 de febrero de 2020

Perderse entre la arena



Que la semana empiece fatal no es ninguna novedad (ya saben que los lunes son el peor día de todos), pero que continúe del mismo modo, es algo casi sobrenatural.
Veamos… El lunes, casi moribundo (es lo que tienen los fines de lujuria y desenfreno), me voy para el curro y tras hacer pleno (no es picar piedra tener clase toda la santa mañana, pero agota), me toca asistir a una de esas reuniones que te dan ganas de pedirte la baja, cosa que nunca he hecho a pesar de tener razones para ello (si es que soy gilipollas).
Sí, queridos monstruos, el inspector nos visita. No sé muy bien por qué, la verdad. Supongo que nos tirará de las orejas, como si no tuviéramos bastante. Estoy escuchando la letanía… “Los chavales suspenden demasiado, no están motivados, no os adaptáis a los nuevos tiempos… ¡vosotros sois los verdaderos culpables de semejante catástrofe!”


Si a todas estas acusaciones unimos la connivencia de los equipos directivos (¡Qué profesionales, chica! Eso de desertar de la tiza y complacer al régimen de turno, ¡es tra-ba-jo!), lo que debería traducirse en un amistoso diálogo, se transforma en un juicio laboral que retuerce el sistema límbico (¿Por qué lo llamarán responsabilidad cuando quieren decir “mobbing colectivo”?).
Mientras tanto, los dimes y diretes se van acrecentando. Martes, miércoles…, todos murmuran (¡Que viene el lobo, que viene el lobo!) y yo sigo estornudando, pues a estos males burocráticos se une un brote de alergia –cupresáceas, of course, ¡A ver si llueve de una maldita vez!- mezclado con algo de frío. La congestión de órdago progresa adecuadamente, ambientada, cómo no, a base de papeleos y otros formularios.


Si esto fuera poco, el jueves llega con una agenda demoledora… Prepara los apuntes, haz la maleta que toca puente, no se te olvide darle una vuelta a los billetes ni al equipaje, corrige, cómete la mona sin atragantarte, esclafa el huevo en la frente de algún tonto, haz el bocata para mañana… Resumiendo: petazetas en la sangre.
Y así, llegamos al viernes. Sí señores, la antesala de un puente de cuatro días que gracias al carnaval se abre ante nosotros, humanos. Decidido: me voy a la playa.
Tirarse a la bartola y entregar el cuerpo a la desecación (si me reencarno en algo, que sea en biltong sudafricano). Alguna cervecica que otra, buenos arroces y para de contar. Ni ropa ni na’ de na’ sólo quiero jugar con la arena del mismo modo que la protagonista de El castillo de arena, otro de esos libros maravillosos de la israelita Einat Tsarfati, la misma de Los vecinos, ambos en la editorial Tramuntana, que pasó muy desapercibido hace unos meses y merece un hueco en esta casa de los monstruos.


La historia en cuestión es todo un canto a la imaginación. En ella, una niña como tú y como yo (sin inspectores ni compromisos por medio), le da forma a un palacio increíble a orillas de la playa. No quiere que le falte detalle. Cúpulas, salones con grandes ventanales, escalinatas e incluso un foso (¿Quién no ha querido uno a rebosar de cocodrilos en su castillo de arena?). Es tan grande que ella misma se mete dentro. Sin saber cómo, empiezan a parecer personajes de lo más variopinto. Todo se convierte en una fiesta hasta que….
Con montones de detalles históricos, arquitectónicos, artísticos e incluso guiños literarios este álbum es una delicia, no sólo para sonreír ante tanta agenda de vertigo, sino para despejar la mente y perderse en las cosas bonitas que tiene el mundo de la fantasía.
Lo dicho, disfruten de mascaradas, comparsas y chirigotas, y sueñen, sueñen a raudales. Yo también lo haré.



martes, 11 de febrero de 2020

¡Cuidado con los hoyos!



El pasado fin de semana, con Madrid de fondo y unos días muy moviditos (¡No sé qué haría sin la (in)sensatez de mis colegas! Seguramente cortarme las venas…), he llegado a la conclusión de que antes de acabar en el hoyo, prefiero dejarme todas las ganas en este mundo, porque nadie sabe lo que nos ocupará en ese lugar oscuro y húmedo llamado subsuelo.
Quizá muchos no vean lo mismo que yo en esto de la vida y prefieran meter todos los cuartos en otra oquedad (o quizá la misma, que muchos gustan de cubrir su cuerpo a base de escrituras y cartillas del banco) para que luego otros se lo gasten a golpe de ostra y carabinero.


Algunos tienen muy claro que todos sus bienes van a ir a parar a sus allegados (como si nos les dieran ya bastante en vida). Yo no sé cómo el personal no acaba harto de tanto parásito, porque hijos, nietos, yernos, nueras y algún que otro novio de la residencia de ancianos, tienen más que ver con un agujero negro que con el amor limpio y claro…
Y qué les voy a decir, pues que con tanto socavón profundo y pozo negro, me ha dado por pensar que no los quiero ver ni en pintura. Así que me toca andar con cautela, que de repente se abre frente a nosotros un precipicio repentino y la cosa termina de golpe y porrazo…


Para ilustrarles sobre este problema de los agujeros les traigo a Kelly Canby y La historia de un hoyo, un éxito en el mundo anglosajón que ha sido recientemente publicado en nuestro país por Tramuntana. El libro en cuestión nos cuenta la historia de Carlos, un chaval que andando por el campo se encuentra con un hoyo y sin pensárselo dos veces se lo echa al bolsillo y empieza a pensar qué puede hacer con él. ¿Dará comienzo así a una serie de aventuras y desventuras o ese hallazgo no será para tanto?


El libro tiene su aquel, sobre todo porque da mucho pie a disfrutar de la imaginación del lector (¿Se imaginan lo que harían un montón de niños con ese hoyo? Les invito a comprobar las respuestas) y puede darles mucho juego (Se me ocurren trampantojos de todo tipo, e incluso juegos con trozos redondos de cartulina negra), pero lo que más me gusta es que es un libro que juega con los diferentes puntos de vista y de paso conecta lo absurdo con nuestra realidad.


Y es que nadie quiere un agujero. Ni la modista ni el dueño de la tienda de mascotas ni el que hace barcos ni tan siquiera un servidor. Todos preferimos que se quede en el bolsillo de Carlos no sea que destroce nuestros respectivos negocios. Bueno, todos no, que ya saben que siempre hay quien le encuentra utilidad a cualquier cosa…

martes, 19 de febrero de 2019

(In)satisfechos laboralmente



Me hace mucha gracia que el personal se pase el día renegando de su profesión. Que si los alumnos insufribles, los clientes impertinentes, los políticos lameculos, los pacientes quejicosos o las guardias infinitas. Nada les viene bien. Odian lo que hacen.
Seguramente es algo que tiene que ver con la actitud, con cómo encaramos los quehaceres diarios. Pues hay muchos (a veces demasiados) que un día comienzan a despotricar y no salen de ese bucle sin salida, una forma poco acertada de hallar la felicidad pues algo de conformismo (no todo, evidentemente) tiene la vida.


También creo que todo esto tiene mucho que ver con las expectativas que nos hacemos, (nos hacen) durante la juventud. Ayudados por la soberbia de la adolescencia (¿Quién no ha sido un poco engreído en sus años de estudiante?), pensamos que el mundo laboral va a ser una fiesta, que la fama nos llamará a la puerta, que reconocerán nuestros logros y viviremos holgadamente. La cosa cambia cuando arribamos a la cola del paro (tabla rasa donde las haya) y nos percatamos de que no es un camino de rosas, que nadie se hace rico currando y que solo unos pocos alcanzan la gloria profesional trabajando como negros (no digo yo que se les regale nada), gracias a una idea brillante (la clarividencia y el azar cuentan mucho), o con estrategias menos respetables (aunque me repugnen son igualmente válidas).


Yo vivo contento con mi profesión. Tiene un lado bueno y otro lado menos deseable, pero en resumen podríamos decir que me satisface. Dejando a un lado la corrección de exámenes y ejercicios (lo que más me aburre del mundo) y alguna trifulca que otra, me ayuda a ver con otros ojos (los de mis alumnos), me rejuvenece y me mantiene alerta. También me permite hacer otras cosas, como mantener este espacio (soy consciente de mi tiempo libre y lo utilizo para cultivar otras inquietudes). Lo cierto es que no me veo haciendo otra cosa.
Los hay que hubieran querido ser astronautas, médicos, escritores, payasos o sacerdotes. Exploradores, animadoras o domadores. También  científicos, pasteleros o arquitectos. Hay tantos sueños incumplidos como estrellas extinguiéndose en el firmamento, pero antes de arrepentirse les recomiendo intentar disfrutar de lo que hacen.


Y con tanto trajín profesional hoy me detengo en un libro que había pasado por alto. Y es que Los vecinos el álbum de la israelita Einat Tsarfati que este otoño publicó en castellano la editorial Tramuntana, nos habla de muchas cosas.
En primer lugar su protagonista (pelirroja, por cierto y que ha pasado a engrosar este monográfico) me recuerda a todos estos insatisfechos pues piensa que la vida de todos sus vecinos es más interesante que la de su familia. En segundo lugar en este libro se hace un derroche de imaginación, pues las páginas se desbordan de universos imposibles que suceden en cada planta del edificio. Vampiros, ladrones, artistas de circo son los secundarios que habitan un edificio tan real como fantástico.


También hay que llamar la atención sobre la estructura de un libro que se articula en pares de páginas dobles, en las que el primer par recrea el rellano de cada escalera con una puerta sugerente que invita a la protagonista (y de paso al lector) a crear su propia idea sobre los vecinos. Al pasar la página, como si de un juego de perspectiva se tratase (me recuerda a El otro lado de Banyai), observamos la vivienda imaginada/real. Igualmente he de apuntar a todos los detalles que llenan estas estancias. Guiños al arte, a la fauna salvaje, a las situaciones familiares, al humor, incluso a lo imposible enriquecen una historia que para más inri, termina de manera redonda pues la familia de esta niña un tanto voyeur no es tan convencional...
No se la pierdan y sigan trabajando con una sonrisa.

martes, 6 de diciembre de 2016

El diorama como recurso gráfico en el libro-álbum




Con tantos días festivos y echando un vistazo a apuntes perdidos, me he topado con uno sobre la coincidencia que se da en tres álbumes ilustrados, Eres polvo de estrellas (con texto de Elin Kelsey, ilustraciones de Soyeon Kim y publicado en nuestro país por Flamboyant), La visita (creado por Antje Damn y editado por Tramuntana), y No puedo dormir (un aclamado álbum de Stein Erik Lunde y Øyvind Torseter que publicó hace tiempo Barbara Fiore Editora). Aunque todos tratan temas muy dispares, ha llamado bastante mi atención el hecho de que las ilustraciones tengan características comunes.



En primer lugar decir que todas ellas hacen uso de la misma técnica, el diorama. En él, las figuras se desarrollan sobre papel, en tinta (La visita y No puedo dormir) o a color (Eres polvo de estrellas), para posteriormente ser dispuestas en otro contexto, un montaje tridimensional junto a otros elementos. Así se configura la escena final que, gracias a la fotografía, se puede ubicar en un medio bidimensional como la página. Esta técnica, a caballo entre la ilustración clásica, el collage y el libro pop-up, recuerda al escenario de un teatro en el que los actores se van moviendo para desarrollar la acción (de hecho siempre se ha utilizado en juegos de rol o con soldaditos de plomo). Aunque en No puedo dormir y Eres polvo de estrellas, el espacio y su atrezzo es cambiante, en La visita toda la narración se desarrolla en el mismo lugar, algo que, a mi juicio, me resulta agradable, incluso televisivo (¿No les recuerda a una "sitcom"?).




Aunque esta técnica tiene parecidos razonables con otras (véanse por ejemplo el Juul de Vanmechelen -más escultórico- y De Maeyer o La casa de los ratones de Schaapman -juego infantil-), llama la atención que, en estos tres ejemplos, se utilice para desarrollar historias evocadoras, en las que el silencio y la contemplación tienen mucho que decir en pro del discurso final, algo que tiene mucho sentido en el proceso del duelo infantil que describe No puedo dormir, de la soledad y sus consecuencias, y de esa amistad que se enciende a pesar de las diferencias intergeneracionales en La visita, y de la insignificancia del hombre en su relación con la inmensidad del mundo natural que propone Eres polvo de estrellas. Esto puede deberse a que el autor recrea una escena real pero tiene la precaución de parcelar el espacio para incluirlo en la esfera de la fantasía, de la imaginación, de tal manera que crea consciencia de la distancia entre el lector, su obra y el discurso (en estos tres casos complejo), para que se adscriba a lo literario desde una zona de mayor confort, algo que en el álbum de tipo pop-up sucede al contrario (un libro en el que la ilustración y nosotros respiramos del mismo aire, en el que podemos tocar y manosear el elemento artístico e incluirlo en el discurso desde lo real). Por otro lado y, aunque parezca contradictorio, la sensación de profundidad en las imágenes es mayor, de tal forma que les imprime vida. El juego de luces y de sombras naturales juega a favor de lo animado y ayuda a trasladar la ficción a un plano personal y dinámico.



Invitándoles a disfrutar de estos conceptos de ilustración (o “arte”, como reza la portada de Eres polvo de estrellas con bastante razón) que ayudan a la comprensión de la narración y funcionan a modo de andamios sobre los que sostener un discurso a veces difícil, me despido hasta mañana, que ya queda poca semana...


lunes, 28 de noviembre de 2016

De hojas caídas y botánica humana


Entre que he tenido un fin de semana muy vegetal y las calles se cubren de las hojas que deja caer este otoño de libro, las plantas, unas cuya simbología es fecuentemente usada en los álbumes ilustrados, han regresado a mi vida de golpe y porrazo. Así que hoy les daré la vara con la etnobotánica, esa (pseudo -para algunos-)ciencia que estudia las relaciones que ha establecido, establece y establecerá el ser humano con el reino vegetal, la disciplina que presta atención a esa historia conjunta entre hombres y organismos fotosintéticos.


Por lo general, preferimos los animales a las plantas. Se mueven y eso les da mayor entidad para acompañarnos, pero si lo piensan un poco caerán en la cuenta de que cualquier hogar (y no digo casa) no lo es sin plantas. Además, presten atención: ¿acaso no se han percatado de que viven rodeados de plantas sin verlas? Fíjense: nos despertamos sobre un colchón de látex, polímero elaborado por las plantas originariamente, que descansa en un somier fabricado con láminas de madera (pino, abedul u otras plantas exóticas). Nos deshacemos de las sábanas, cuya materia prima esencial es el algodón, y nos dirigimos al baño. Nos servimos de geles de ducha con aromas florales y esponjas derivadas de fibras vegetales para el aseo, secamos nuestra piel con toallas de algodón rizado, y nos perfumamos a base de colonias con notas de bergamota, rosa, pachuli, limón, musgo o jazmín. Vamos a la cocina con intención de prepararnos un buen desayuno: taza de café o té (el azúcar, blanquilla o de caña, es opcional), dos de los productos por cuyo dominio han pugnado históricamente los hombres, símbolos de poder y moneda de cambio; tostadas a base de pan, tradicionalmente elaborado con harina de trigo, centeno y semillas, que podemos untar con aceite de oliva, tomate, mermeladas (mi preferida la de naranja amarga o arándano) o aguacate. Y mientras disfrutamos de este opíparo reconstituyente, miramos el reloj y... ¡Sorpresa! ¡Llegamos tarde!Abrimos de correprisas la puerta de nogal de la entrada y salimos pitando para el trabajo sobre las cuatro ruedas de caucho (Hevea brasilensis).


Este es el ejemplo más cotidiano que se me ocurre para explicarles que la vida humana depende directamente de más mil especies de plantas e indirectamente de otras dos mil quinientas, lo que quiere decir que echamos mano de más derivados vegetales que animales para nuestra supervivencia, algo que ponen en evidencia los tintes de los tejidos que nos visten, muchos productos sanitarios, la mayor parte de los medicamentos (el ácido salicílico, la penicilina, la taxoina o la digitalina, entre otros) o polímeros utilizados en la industria, como gelatinas, gomas, resinas y otros exudados (acuérdense del chicle y los helados industriales..., sí ,sí, oyen bien).


No obstante, también podemos dejar a un lado el lado material de las cosas y decantarnos por algo más poético y espiritual. Las plantas dentro de la cultura religiosa (el Árbol del Bien y del Mal cristiano, el Yggdrasil nórdico o el loto ayurvédico son buenos ejemplos), su simbología (olivos, palmas, incienso...), su belleza extrema (No dejen de visitar la Selva de Irati este otoño y sabrán a lo que me refiero) o como protagonistas de las historias más hermosas, de entre las que les traigo Mi gran árbol un álbum ilustrado de Jacques Goldstyn y editado en castellano por Tramuntana que además de plantas y hojas caídas (aunque no sean por los rigores de la lluvia o el frío), nos habla de mucho más...

lunes, 18 de enero de 2016

Pros y contras de la nieve


No era de extrañar que en algún momento hicieran aparición el frío y la nieve (aunque dicen que durarán bien poco), esos que durante el invierno boreal (el nuestro) suelen asolar Europa y Norteamérica. Y como todo en la vida, la nieve, ese meteoro a la vez tan ligero, a la vez tan pesado, se puede mirar desde una doble perspectiva, la de los niños y la de los adultos.


La mirada infantil queda nublada por la magia de la naturaleza. Sólo tienen que retrotraerse a su niñez y verse a sí mismos mirando por la ventana, rezando porque los copos perdurasen, por ver toda la calle cuajada de blanco. Recuerden la primera vez que tocaron la nieve: algodón frío y helado, algo bastante extraño que aún hoy día me sigue sorprendiendo. Notar como los pies se hunden bajo el mullido manto, mirar atrás y ver las huellas que sembramos a cada paso. Eso unido a las batallas, los muñecos de nieve y deslizarse por las pendientes resbaladizas hacen que el invierno se vuelva luminoso e inmaculado.


La mirada de los grandes esta basada en los miedos sobre los que se asienta lo humano (¡Díganmelo a mi que en un par de veces me he jugado el tipo con el hielo! Todo por ir a trabajar..., al español que se lo digas no se lo cree). La nieve, además de agradar a los esquiadores y otros deportistas y aficionados, puede tener nefastas consecuencias en nuestra vida cotidiana: incomunicación (de todos aquellos que viven en valles de montaña o de los que tenemos que coger el coche a diario), hundimiento de tejados, rotura de ramas y cornisas, proliferación de carámbanos de hielo, caída del tendido eléctrico, e incluso la congelación de las conducciones de agua para más tarde, durante el deshielo, provocar aludes y avalanchas.


En cualquier caso y dejando a un lado el tremendismo, a veces estas dos visiones pueden conjugarse con un poco de cabeza (sobre todo si se trata de nuestra integridad física), algo que nos muestra Tormenta de nieve, un álbum ilustrado de John Rocco (Tramuntana) que nos cuenta la historia de un nevazo de un par de metros sobre la costa este de Estados Unidos que impidió moverse de sus hogares durante unos cuantos días a miles de personas, una buena excusa para que un niño con su trineo se dedique a realizar transacciones y recados a la gente del vecindario. ¡Una aventura en toda regla!


miércoles, 16 de diciembre de 2015

De ojos


Hay ojos para todos los gustos. Ojazos, ojillos, ojales, y hasta ojetes, dan buena cuenta de que nos observan desde cualquier lado, desde todas las perspectivas y angulos posibles. No cabe duda de que a todos nos encanta mirar y remirar, por aquí y por allí, a la novia, al vecino y a la camarera (¡Mírala, qué graciosa!). También está claro que unos miran mejor que otros, sobre todo si prescinden de anteojos que corrijan defectos como la miopía, la hipermetropía o el astigmatismo (¡dichosa involución!); aunque también debemos señalar que hay miradas limpias y otras que se ensucian tras el velo de la envidia, la lujuria o la codicia (N.B.: Una pena teniendo en cuenta que muchos invidentes darían lo que fuera por saber cómo son sus seres queridos...). Así y todo, me cruzo con mucha gente que me mira de buena gana, mientras que otros me borrarían del mapa para no tener que hacerlo de reojo (seguro que al final se los tapan, y dejan asomar mi imagen entre los dedos... Ji, ji, ji...).


Y ahora, una lección de anatomía ocular... Mis ojos son de color neutro (ni marrones, ni verdes, ni azules... ¡una cosa rara!); ¿cómo son los suyos? Seguro que le hacen su apaño, así que no hay que preocuparse demasiado por si los tiene rasgados, tristes, hundidos, entornados, ojerosos o chispeantes... Hay cuestiones secundarias... Lo importante es que el cristalino enfoque bien las imágenes, la pupila se dilate y contraiga debidamente, y los conos y bastones de la retina creen una imagen en condiciones, lo demás depende de la capacidad de nuestro cerebro para asimilar la información...


Ver ya saben que, a pesar de relacionarse con los globos oculares, tiene mucha relación con lo que guardamos dentro de la testa y su mirada mucho más trascendental (“No hay mayor ciego que el que no quiere ver”, refranero dixit). Y teniendo en cuenta esto, hoy les he traído una de Ojos, más concretamente la recopilación que Iwona Chmielewska ha realizado y que obtuvo en el año 2013 el premio Bologna Ragazzi (categoría de ficción) y que este otoño ha sido editado por Tramuntana en nuestro país. En un alarde de pura ilustración y con algún que otro truco troquelado, la autora polaca da su visión poética sobre lo que se esconde tras la mirada del Hombre, del día a día, de como lo cotidiano trasciende, de como lo extraño seduce, de la conexión que se establece entre las personas a través del iris, del significado dual de las cosas, de su cara y su cruz. De todas estas cosas y muchas más habla en su juego Chmielewska, algo que bien vale una reseña.


martes, 1 de diciembre de 2015

Reducir, reciclar y reutilizar


Que nos vamos a cargar el mundo (el que conocemos, ya vendrá otro sin nosotros...) es lo único que nos ha quedado claro tras la cumbre sobre el clima que se ha celebrado estos días en París (bueno, también que a los políticos les interesa una mierda..., a ver si se les mete un ciclón por el “ojahio” y se dejan de tanta pose). No sé para qué se gastan nuestros impuestos en tanta gilipollez, pudiendo invertirlos en legalizar la prostitución, luchar contra el tráfico de drogas o crear organizaciones para aprovechar los alimentos caducos... En fin, mientras tanto, al aquí firmante le ha dado mucho juego con suis alumnos (otra cosa no, pero ver la tele, mucho y bien...). Que si la huella hídrica, que si las extinciones masivas, que si la lluvia ácida, que si el efecto invernadero..., así, hasta llegar al reciclaje.


La regla de la tres erres, además de abanderar el ecologismo y darle muchos votos a cuatro capullos que no saben lo que es el ciclo del fósforo, es una gran “idea” cuando todos la seguimos a pies juntillas. Y cuando digo todos, me refiero a mi madre, a mi vecino, a mí mismo y a todos los que enriquecemos a las multinacionales (más todavía, sí...) pagando doblemente, una con nuestro dinero (por si no lo saben, todos los productos a la venta en España llevan incluido en su precio un canon que se refiere el reciclaje) y otra con nuestro trabajo (muchas veces tengo la sensación de que curro gratis para todas estas empresas cuando acarreo kilos de papel, envases y vidrio hasta el contenedor), todo lo que se refiere a darle un nueva futuro a ciertos materiales.


La cosa me da en qué pensar cuando viajo a países como Alemania, que tienen como norma remunerar el trabajo de la recogida de estos materiales a quien lo realiza, bien sea el propio consumidor o bien un tercero, algo que se solía hacer aquí cuando de niños acudíamos a llevar el casco de la cerveza a la bodega y nos daban dos pesetas. Y tan contentos... N.B.: Podríamos retornar a aquellas normas que en el entorno pesetero español tendrían una gran acogida... ¿a quién no le interesará...? ¿A los alcaldes? ¿A las empresas contratadas para llevar a cabo el reciclaje? ¿A los fabricantes?


Así pasa, que a veces me entra la neura, desato el síndrome de Diógenes que dormita en mí, empiezo a acumular desechos en casa y empiezo a insuflarles vida. Mesas hechas con ventanas, jarras utilizadas como tiestos, marcos del año de la polka que renuevan la visión de un cuadro, tulipas de lámpara tuneadas... Si a este sinfín de ideas que habitan entre las cuatro paredes que conforman mi hogar añadimos una buena tanda de jabón de sosa, todo nos lleva a un título que, aunque me recuerda a otros con el mismo argumento (por ejemplo El soldadito de plomo de Jörg Müller o el clásico La tetera de H. C. Andersen), tiene cierta nota evocadora y entrañable. Inseparables con texto de Mar Pavón y unas ilustraciones muy acertadas de Maria Girón (editorial Tramuntana) nos habla del viaje de los objetos que, de mano en mano y un recorrido entre la dicha y la pena, van adquiriendo una historia propia que, a veces, tiene un final feliz. ¡Viva la reutilización y las segundas oportunidades!

lunes, 4 de mayo de 2015

Haciendo amigos


El repetitivo ciclo de la naturaleza se va acortando con los años (¿No se han fijado que a partir de los treinta y tantos, los años se van tornando cada vez más rápidos? ¡Maldita vejez esta!) y nos trae nuevas experiencias, nuevos lugares y nuevos conocidos en un contexto parecido que se figura distinto. Eso es lo bueno de la vida: el eterno descubrimiento. Y si hay algo con lo que me gusta chocarme, así, de repente, es con gente especial.
En muchas ocasiones me han tachado de sociópata. Me gusta charlatanear, los chascarrillos, las reuniones sociales, los corros con desconocidos, hablar con este o con la otra, de todo y, a la vez, de nada,  y decir muchas, muchas tontadas. Dicen de mí que soy un fresco (¡Vaya!),  pero he de confesarles que es de las pocas formas de conocer a las personas, de enriquecerse (también empobrecerse, aunque pocas veces) con los demás y de estar en el mundo.


Esos choques repentinos suelen parecerse los unos a los otros. Véase un ejemplo: Estamos rodeados de gente. Algunos nos conocen, nosotros conocemos a otros algunos. Alguien nos presenta a otro alguien. Saludos corteses. Mantenemos la cautela. El alguien más despreocupado empieza a hablar. Y decidimos escuchar a ese alguien hasta que… ¡zas!, una palabra, un gesto, se prende en nosotros y nos roba una sonrisa. Y después, todo viene rodado.
No les negaré que muchos de estos encuentros son fútiles, efímeros, y quedan en lo meramente anecdótico; otras veces cuajan en algo que, aunque es necesario, se hace un tanto banal y poco sincero; pero las menos (ya saben de lo que hablo, de los verdaderos amigos), una chispa salta, nos entendemos, cuadramos y la complicidad construye una buena y sana amistad que sobrevive al espacio y al tiempo.


A pesar del riesgo que corremos (no hay seguridad absoluta, y mucho menos cuando hablamos de humanos y relaciones personales) y de la comodidad y el individualismo a los que nos está acostumbrando este mundo tecnócrata (¡Apaguen sus móviles y mírense a los ojos!), no cabe duda que es bonito saber que formamos parte de él, que hay otros que nos pueden escuchar, que nos comprenden y que nos son afines aunque diferentes. Es por ello que hoy les recomiendo El león y el pájaro, un libro de Marianne Dubuc y editado en castellano por Tramuntana, para que den buena cuenta de que un amigo es un tesoro, sobre todo, cuando a pesar del correr del tiempo, vuelve a nosotros.


jueves, 2 de enero de 2014

De lo que viene...


Terminamos 2013 y con él también se fue un año cargado de miseria y ¿esperanza?... No sé qué nos deparará un 2014 que se antoja algo más seco que el pasado (crucemos los dedos para que el campo florezca, porque si no lo hiciese, ¡lo que nos faltaba!), pero lo cierto es que los políticos nos seguirán jodiendo… Mas cada día más empeñado en su consulta sobre la escisión de Cataluña (pobres empresas catalanas), Cospedal luciendo tipo, asesor de imagen y Dios-sabe-qué más, Rubalcaba invocando a las plagas bíblicas (el progresismo no se lleva…) y Rajoy a vueltas con el paro, el aborto (¿podrán dejar populares y socialistas de una puta vez que decida cada mujer?) y “el conjunto de la sociedad” (¡clases de oratoria, por favor!). Así que, cada tonto con su tema y la rata Rogelia con la bota del vino.
A ver si este año le podemos endosar a algún narcotraficante o jeque árabe venido a menos, aeropuertos como el de Ciudad Real y Castellón para que, al menos, las cajas de ahorros se marquen un tanto y puedan seguir manejando nuestros insignificantes planes de pensiones para de paso, no cobrarlos jamás.
El ladrillo subirá y se prevé un ligero repunte del mercado inmobiliario durante los próximos meses, así que, ya saben, saquen los cuartos del colchón y cómprense algún garito de los que quedan en pie, porque lo que viene, seguramente será peor.
Lo de la luz, ya saben: en invierno, estufa de picón (aunque algunos hablan de huesos de aceitunas), y en verano, abanico español. ¡Y luego osan esos europeos derrochones dudar de nuestra conciencia medioambiental! ¡De nuestro botijo y nuestras persianas! Esperemos que Balay, Estrella Galicia, Postres Reina, Teléfonos BQ, KH-7 y el resto de marcas patrias derroquen a la hegemonía germano-americana y enseñemos al mundo que lo español también vende.


Seguramente no me equivoque un ápice de todo lo dicho, pero durante estas fiestas más nos valdrá preocuparnos de las jaranas vecinales, esos seres que habitan entre nosotros y a los que tanto odian, temen y envidian las madres españolas (¡Chssst! ¡Que no te oiga el vecino, nene!), y que, de vez en cuando nos molestan más de lo debido (cosa que seguirán haciendo este año), bien sea a la hora de la siesta, en Nochevieja (este año tuve la suerte de librarme) o, como en el caso del protagonista de El vecino lee un libro de Koen Van Biesen (editorial Tramuntana), mientras dedicamos nuestro tiempo a esa bendita afición llamada “lectura”.
¡Felices libros! ¡Feliz 2014!


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