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miércoles, 21 de abril de 2010

¡Que viva la crítica!


Las buenas maneras, lo políticamente correcto, el pulimento, en definitiva, todo eso a lo que yo llamo cariñosamente “el adobo”, es casi una peste social. Como no viajo mucho, desconozco si también se habrá globalizado el mamoneo, ustedes dirán… Lo cierto es que, como greda reseca, tanto engendro sonriente y adulador, más que favorecer el florecimiento de todo tipo de disciplinas, se antoja homogeneizador y al que saca los pies del tiesto para poner en tela de juicio ciertos asuntos, le asestan una buena colleja en toda la cepa de la oreja. Por listo, que aquí no se cantean ni los del grupo Prisa (y eso que son los que más mandan…).
A veces, bajo esa capa de mugre que es la hipocresía, se puede encontrar algo que reluzca, aunque sea una pizca. Y durante mis lecturas, esta vez de ensayo, he encontrado algo que me ha gustado, y mucho. Y aquí se lo traigo.
¿Alguien sabría definirme “Literatura Infantil y Juvenil”? Echen mano del medio que quieran y seguramente llegarán a la misma definición: “literatura dirigida a niños y jóvenes”. No más. La segunda cuestión: ¿Qué características debe reunir dicha literatura? Y ahí es donde pinchamos. ¿Debe ser inofensiva, cursi, de fácil lectura o subversiva, cruel o compleja? Siento no poderles ayudar con un razonamiento coherente y preciso. No sé la respuesta. Todavía menos desde que leí De Robinson Crusoe a Peter Pan. Un canon de literatura juvenil, de Vicenç Pagès Jordà (editorial Ariel).
Este libro, además de reunir un conjunto de obras cumbre de la literatura infantil (yo leí muchas de estas obras siendo un niño, ¿por qué no llamarlo así?) y juvenil, establece una serie de consideraciones que me han hecho pensar más todavía en muchos aspectos de este tipo de literatura que, no nos engañemos, lo definen enteramente.
Si quieren saber cuáles son los títulos de la selección elaborada por el autor –para gustos, los colores-, tendrán que echarle un vistazo, pero les sugiero que si algo no deben perderse todos los profesores de la asignatura de “Lengua y literatura” que pululan por este sitio de vez en cuando, es su decálogo sobre lo que no debemos hacer con los libros, porque: No cabe duda de que una convicción cualquiera gana una infinidad en cuanto otra alma cree en ella (Novalis).

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Negando el servicio al poder


Como larva insaciable que, minuto a minuto, devora los brotes jóvenes, así es la indignación que corroe mi pensamiento estos días, presa del espanto que nuestra condición puede desatar… “¿A que se referirá éste, tan sentido?” Dirán.
Les hablo de ese desgraciado chaval, acusado en falso de infanticidio y que tantas portadas y telediarios ha copado. Tamaña gravedad que nos resultaría cotidiana si fuese verdad. Pero no, en este caso la inocencia se hizo esperar, tanto, que la democracia popular dictó rápida sentencia, eso sí, jaleada por las necias y arribistas palabras de políticos asquerosos y malnacidos. Pero ya es tarde: no hay justicia que resuelva esa afrenta de honor que pagará de por vida.
En ocasiones, con acontecimientos como este, siento el impulso de abandonar esta palestra, olvidarme de mi individualismo, resumirlo en miedo. Miedo al corrupto poder, al fascismo que esconden las siglas, a sus represalias… No importa quién seas o lo que hagas, ellas, las siglas, siempre estarán esperando, al acecho, para sacrificarte en aras de su victoria, de su encumbramiento, dejando entrever una vez más que el individuo no es libre hasta que las relega a un segundo plano, hasta que es dueño de su propia libertad, esa por la que luchamos en solitario cuando estamos acorralados. Libertad que Francisco Ayala promulgaba desde la azotea de la edad.
Lean a Ayala, el liberal español de todo un siglo. Lean estas frías tardes. Lean. Porque cuando alguien elige leer también hace uso de su libertad.
Dudo que la Literatura pueda hacer de nosotros mejores personas, pero sí, al menos, puede hacernos reflexionar sobre lo que nos acontece a diario pese a ser ese animal racional que otrora definieron los ilustrados.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ismos


Como uno debe hacerse eco de los temas de candente actualidad y tiene a bien relacionarlos con algún que otro libro, no podía dejar pasar la oportunidad de comentar la celebración de la caída del muro de Berlín con la que hemos sido bombardeados durante las pasadas jornadas. Como ¿todos? sabemos la historia de esta pared de hormigón más larga que un día sin pan, utilizada a modo de navaja en el reparto de la castigada Alemania (hay tartas de cumpleaños para todos los gustos) entre los aliados de la Segunda Guerra Mundial, sobran los discursos historiográficos. No en cambio se han de obviar las palabras que han sido lanzadas estos días desde los púlpitos que la señora Merkel ha puesto al servicio de los gobernantes de esta vieja Europa… Sin señalar a nadie -no soy acusica- me gustaría cerrar la puerta de la demagogia, esa tan abierta en los últimos años, y reparar el daño ocasionado por el analfabetismo de algunos políticos que, confusos ellos o confusos sus asesores, no saben (o no quieren) diferenciar fascismo de comunismo. Aunque los dos sean ismos, que no istmos, no comprendo todavía qué tienen que ver los cojones para comer trigo o qué relación hay entre el agua y el aceite. Me gustaría pensar en la referencia a dos autoritarismos, lo que no descarto de partida, pero lo más gracioso de todo es que el que lanza estas proclamas se dedica al socialismo, léase hijastro del comunismo, y apoya la causa del castrismo (¡vaya lío!)... Si a todo esto le unimos que practica un capitalismo encubierto de falaz ecologismo, me quedo anonadado con tanto buenismo.
Y yéndome a almorzar, me despido con un último consejo para el hombre con semejante lío… Sé de buena tinta que es íntimo amigo de Fernando Savater. Le recomiendo se deje instruir, que no dogmatizar, por él, filósofo y pensador. Puede que encuentre las diferencias entre nazismo y liberalismo. Y si no puede ajustar su apretada agenda para degustar un café con él, lea su Política para Amador, un libro ameno para cualquier adolescente que quiera iniciarse en estas lides. Y poco más…

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Biblioteca y Escuela




Hace unas semanas fui invitado como ponente a un curso dirigido a bibliotecarios. Versaba sobre la colaboración biblioteca-escuela, todo un hito, ya que es una de las grandes tareas pendientes entre la Educación y la Cultura. Al principio me dije, “Román, ¿qué coño haces aquí?”, puesto que no sabía qué podía aportar (NB: Ha de comprender el lector que, un maestro, rodeado de gestos serios y extrañados por parte de una buena representación del ámbito bibliotecario -esa era mi percepción-, sintió verdadero pánico escénico…). Más tarde, conforme pasaban las horas, me sentí mucho más capaz, menos bicho raro… Expliqué la realidad de la escuela, sus puntos débiles, sus armas eficaces, di unas pinceladas sobre su gestión, de su estructura, acerca de los que allí trabajan…, cosa que, según me comentaron después, les había parecido muy productiva. Que ellos, bibliotecarios, hubiesen aprendido algo sobre mi mundo, no les habría la puerta de par en par, pero sí les anunciaba un sendero débilmente iluminado. Y me alegro porque, dejando a un lado todos los planes de colaboración desarrollados por esta o aquella administración, esa fue la verdadera cooperación entre la biblioteca y la escuela: ellos y yo, yo y ellos.
Esta situación me hizo recordar a uno de esos pioneros en el trabajoso arte de llevar los libros a la escuelas (no le resultó demasiado difícil puesto que era maestro), Gianni Rodari. Creador del binomio fantástico y autor de Cuentos por teléfono, Cuentos escritos a máquina, El libro de los por qué, Los enanos de Mantua y Cuentos para jugar entre otros, durante toda la década de los 60, recorrió las escuelas de Italia, no sólo para contar sus historias, sino también para responder las preguntas formuladas por los alumnos. De ese enriquecimiento mutuo, nació su imprescindible Gramática de la fantasía, que como dijo el propio Rodari, Espero que estas páginas puedan ser igualmente útiles a quien cree en la necesidad de que la imaginación ocupe un lugar en la educación; a quien tiene confianza en la creatividad infantil; a quien conoce el valor de liberación que puede tener la palabra.

lunes, 16 de junio de 2008

Niños adultos


Inmerso en un nuevo proyecto para promover la lectura, desarrollar las bibliotecas escolares y ayudar a la buena consecución del llamado Plan de Lectura, tengo la mesa del salón a rebosar de ensayos, obras de ficción y varios títulos de opinión e información variada. Entre ellos, he conseguido reunir dos obras de Alison Lurie y, verdaderamente, las cuestiones que recogen ambos han conseguido despertar mi interés. Sí señor, me gusta el cerebro de esa mujer. Una de las cosas más hermosas que he leído en uno de ellos, proviene del comienzo de su prólogo:

A menudo da la impresión de que la mayoría de autores de renombre que escriben para los niños son, en cierto modo, distintos de los demás escritores. Se diría que ellos mismos también son niños en lo profundo de su ser. Puede que haya síntomas evidentes de esta condición: que estas personas prefieran la compañía de los niños a la de los adultos, que disfruten con los libros y juegos infantiles, o disfrazándose y pretendiendo ser alguien distinto. Son impulsivos, soñadores, imaginativos, imprevisibles. […]

Creo que es cierto. Fuera de los datos biográficos de muchos autores de Literatura Infantil y Juvenil, podemos suponer que, para escribir a lectores que rondan desde los cuatro hasta los dieciséis años, hay que sentir, pensar y hasta actuar como ellos. También es cierto que, para muchos, por no decir la mayoría, las circunstancias no favorecieron su madurez psicológica (como breve inciso me pregunto: ¿Hay alguien en el Mundo psicológicamente maduro? Que alce la voz, por favor). Muchas son historias siniestras, tristes, desencantadas, miserables e incomprensibles. El que no era huérfano, sufría delirios de grandeza, el pobre, por ser pobre, y el rico, vaya usted a saber…, de fobias, filias y orientaciones sexuales, ni hablar. Feministas, emigrantes, busca-fortunas, viajeros, expresidiarios y militares se cuentan entre las ocupaciones de estos hombres y mujeres. Por no mencionar un largo etcétera de impredecibles situaciones que forjaron a estos creadores. Y es que para escribir, hay que vivir.
Finalmente, añadir a esta reflexión que, no sólo los que escriben para niños se han de sentir niños, sino que los que leen para niños también deben pensar como niños, que los que hablamos con niños, deberíamos expresarnos como ellos y los que educamos a los niños, hemos de jugar con ellos. Actividades, todas ellas, extremadamente difíciles de conseguir, por ello, los que lo consiguieron y dieron con las palabras adecuadas para narrar a niños y jóvenes, mi enhorabuena y agradecimiento, ya que sin ellos la Fantasía no camparía a sus anchas en la mente de nuestros sucesores. Y que dure…

viernes, 7 de marzo de 2008

Ciudadanos


Por fin terminaron las crisis creativas…, casi al unísono que la campaña electoral. Dos motivos de alegría para este supuesto escritor.
Que llegue el fin de dos indeseables cuestiones es una ráfaga de renovación (esperemos) para las flatulencias ambientales, que últimamente empiezan a oler… Si algo les debo a los líderes políticos es el haber podido prescindir de la televisión durante estos quince días e invertirlos en otros menesteres más provechosos (la productividad espero que venga después…).
Lo que más me molesta de esta situación es que, ahora que mis sinapsis nerviosas se encuentran preparadas para el advenimiento de nuevos pensamientos, vamos a sumergirnos en plena época de evaluaciones (vaya tufo…), pero en fin, olvidémonos de esta tarea mientras no faltemos al deber.
Algunas de mis lecturas durante estos días de relax han estado íntimamente relacionadas con mi razón laboral –también con la social-, véase el caso del Diccionario del ciudadano sin miedo a saber, del advenedizo líder político, otrora filósofo y ensayista, Fernando Savater (NB: Savater siempre se ha considerado filósofo y político, por lo que no creo que le moleste este pequeño juego de palabras que he usado libremente).
Ejemplo de esta relación es el anuncio que hoy, en la portada de algunos rotativos, se refería al golpe asestado a la llamada “Educación para la Ciudadanía” por parte de la justicia andaluza. Y no es de extrañar que semejante ideario de tres al cuarto, fabricado en aras del paternalismo del estado, haya sido vapuleado alguna vez que otra. No es que el aquí firmante posea un afán abolicionista, pero la imposición legislativa para fabricar ciudadanos carece de valía y sólida cimentación, ¡cómo si fuera tan fácil…!
Animo a todo docente, a la lectura de este título, e incluso, su utilización como texto didáctico si ha de enfrentarse a la mencionada asignatura, ya que el alumno-lector no se encontrará con el sectarismo y el vocabulario insufrible de otras obras, sino con una obra amena y sencilla que ahonda en los principios básicos que, se supone (Savater dixit), ha de aprehender para ser ciudadano.

-Señor Bermejo, defíname “ciudadano”.
- Maestro, no sé lo que es eso…
- ¿Se considera usted un “ciudadano”?
- No sé… creo que sí.
- ¿Por qué es un “ciudadano”?
- No he matado a nadie…
- ¿Eso le exime de no ser un “ciudadano”?
- Creo que sí…, tampoco robo…
- Me alegro, Bermejo. ¿Cree usted en Dios?
- A veces… aunque el maestro de “Educación para la Ciudadanía” dice que es mejor no creer en nada… Hay mucha gente que mata por la religión…
- También hay gente que mata para sobrevivir, ¿serían “ciudadanos”?
- No lo sé, maestro…
- Ni usted, ni nadie lo sabe.
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