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miércoles, 18 de octubre de 2017

La censura en la Literatura Infantil y Juvenil. Unos apuntes.


Corren tiempos difíciles en los que las ideologías y los ismos se abren paso. Prejuicios, demagogias e intereses flotan en el aire, por lo que ha llegado la hora de hablar de un tema que, a pesar de estar estrechamente relacionado con la política y la sociedad, nos atañe a todos, más todavía a los que sugerimos lecturas y literatura. Es el momento de hablar de censura.
Aunque se figura un tema bastante escabroso en el que es difícil ser imparcial y ortodoxo, aquí les traigo una serie de apuntes sobre ciertos aspectos relacionados con esta, que bien pueden abrir nuevas ventanas desde donde mirar la realidad o simplemente exponer desde mi punto de vista puntos tratados por otros, quedando abiertos todos ellos a sus comentarios y aportaciones.


Ha sido uno de los libros más censurado alrededor del mundo por ser una obra perturbadora que incita al desequilibrio mental y las tendencias homicidas.

Todos somos censores

Antes de meterme en harina con un tema que suscita interés y polémica, he querido abrir esta caja de Pandora parafraseando las palabras de Perry Nodelman en su artículo homónimo que les recomiendo a manos llenas y que pueden leer aquí.
De acuerdo con Nodelman, la censura en los libros para niños no es llevada a cabo de manera exclusiva por agentes gubernamentales que adornan su brazo con la cruz gamada o la hoz y el martillo, no. Censores somos todos (o podemos serlos, dejemos la duda en el aire). Sólo basta ser humano, tener una educación determinada, unas preferencias o pertenecer a un grupo social concreto, y por tanto, desechar otras ideas por el mero hecho de ser diferentes.
Por ello y a pesar de la libertad que todos nos presuponemos, debemos interiorizar que cualquiera, desde la bibliotecaria de su barrio, pasando por el librero, el maestro de sus hijos, ustedes o yo mismo, somos censores. Censuramos a nuestra madre para que no vaya cascando las miserias familiares, censuramos a nuestros hijos a la hora de elegir libros infantiles, censuramos al vecino cuando apunta alguna inconveniencia, o al locutor de radio de turno por no poner entera la canción que nos gusta.
Pero, ¿por qué censuramos? Por el mero hecho de ser humanos y adscribirnos a unas normas, estereotipos y razón social, nos pasamos el día con la censura a cuestas sin darnos cuenta. Son las diferencias en cuanto a ideas y estereotipos las que condicionan la censura. Lo que James Moffett define como “agnosis”, el deseo de no saber, esa cualidad del adulto que se hace más patente cuando de él depende el hecho de seleccionar libros para los niños  y que deben mostrar la realidad que más le conviene. Si a ello añadimos que la literatura infantil es un territorio frágil, indefenso ante el control de los adultos, la cosa es mucho más llamativa y afianza más el concepto de que la infancia es una etapa a rebosar de oprimidos, en este caso niños, menospreciados por razones de edad (y otras muchas cosas).


Fue censurado en los Emiratos Árabes por incitar a la brujería. En Tejas (EE.UU.) y Toronto (Canadá) hubo quien fue a los tribunales para que se eliminara de sus páginas la batalla contra los Muggles.

El individuo y la sociedad. La censura individual y la censura colectiva

Aunque todos somos censores según lo dicho, debemos hablar de la censura desde dos perspectivas, las que se refieren a las dos realidades de nuestra condición, la personal y la social. Generalmente el ser humano tiende a comportarse de manera diferente cuando está solo y cuando se encuentra acompañado. Las relaciones que el hombre establece con sus iguales pueden modificar las ideas y conductas que este tenga cuando se encuentra sólo, incluidas las preferencias sobre la literatura infantil.
No me pregunten sobre las bases antropológicas que llevan a esta situación pues las desconozco. Lo único que he apuntado durante mis numerosas charlas y encuentros sobre libros para niños es que las personas modifican sus preferencias en torno a los libros dependiendo de las opiniones vertidas por los demás, de los prejuicios que surjan en el momento y los estereotipos de moda en el instante. Esa socialización de la ideas a la que apelaba Foucault se hace más palpable cuando hablamos de censura.
Es por esto que me atrevo a definir dos grupos de censura, aquella que realiza el individuo por sí mismo, con sus preconcepiones y su experiencia, cuando se encuentra solo ante un libro, y aquella que lleva a cabo el mismo individuo cuando se halla en un grupo de personas.


En 1931 fue censurado en Hunan, China, porque en esta obra  los animales hablaban, algo inadmisible ya que ponía a los animales al mismo nivel del hombre.

La censura gubernamental e institucional: el poder traducido

Desde España solemos mirar la censura hacia cierta dirección ya que todavía hacen mella en nuestra sociedad los cuarenta años de dictadura franquista, algo que también ha sucedido en países como Italia, Alemania o Chile en los que las dictaduras de derechas han ejercido una opresión ideológica más que palpable. Pero, ¿es la censura exclusiva de los gobiernos conservadores? El NO debe ser rotundo pues existen casos de territorios gobernados por regímenes comunistas en los que la censura literaria es el pan de cada día, algo que se puede constatar en lugares como China, Rusia, Corea del Norte, Cuba o Venezuela.
Seguramente también estén pensando que la censura es patrimonio de los totalitarismos, pero un servidor sigue negándolo ya que existen democracias de dilatada trayectoria como los Estados Unidos, Francia o Inglaterra en las que también hay ejemplos de censura literaria. Más bien podríamos aclarar que en los totalitarismos (unas veces despóticos, otras no tanto) la visibilidad de estos instrumentos censores ha sido mayor y ha alcanzado identidad como daño colateral a unas acciones mucho más deleznables y como instrumento propagandístico que ha rodeado la relación entre oprimidos y opresores.
Resumiendo, la censura gubernamental o institucional es un medio de poder que se pone en práctica en mayor o menor medida dependiendo del interés de quien ostenta dicha hegemonía, proceda esta de siglas diferentes, religiones varopintas o sindicatos de cualquier índole. Si desean definiciones más académicas les remito a este artículo de Raquel Merino Álvarez o a este otro de Roberto Martínez Mateo.


Este libro fue censurado en Dakota del Norte (EE.UU.) por contener "imágenes perturbadoras". Asimismo muchos sectores polemizaron porque incitaba a los niños a la desobediencia y violencia. Incluso se llegó de decir que alguno de sus poemas "glorifican a Satanás, el suicidio, el canibalismo o la pura pereza"

Cada época, cada sociedad, tiene sus propios tabúes, llámense erotismo, sexismo, nacionalismo, progresismo, o maltrato animal. Unos demonios que el poder y sus medios utilizan a su antojo para contentar a sus partidarios, menospreciar a sus detractores y capar ideológicamente a todos (no sea que la líen). Es así como la censura se balancea sobre un finísimo hilo que, unas veces nos deja caer a un lado y otras, al otro; algo que el hecho histórico constata de manera fehaciente.
Como hay poco espacio y no tengo tiempo para enumerar todos los libros infantiles que han sido censurados en diferentes países y sociedades a lo largo del tiempo, les invito a echar un vistazo a las imágenes que acompañan estos apuntes (todos ellos han sido censurados en diferentes lugares del planeta) y a tres títulos que recogen innumerables ejemplos de libros infantiles que se han visto afectados por las censuras gubernamentales e institucionales: Prohibido leer. La censura en la literatura infantil yjuvenil contemporánea (edición de Pedro C. Cerrillo y César Ortiz Torremocha, 2016, Ediciones UCLM), Literaturas y Poder. La censuras en la LIJ (Angel Luis Luján y César Sánchez Ortiz, 2016, Ediciones UCLM), Niños, niggers, Muggles. Sobre literatura infantil y censura de Elisa Corona Aguilar (2012, Deléatur).


Este libro fue acusado de "minar la autoridad paterna" o "incitar a los niños a huir de casa y vengarse de los adultos", mensajes frecuentes en las obras de Dahl.

El espectáculo de la censura: medios de comunicación y redes sociales

Cuando hablamos de medios de comunicación y redes sociales seguro que nos vienen a la cabeza todo tipo de opiniones. Medios de poder, altavoces y micrófonos intervenidos, amarillismo, modas, demagogia y un largo etcétera de cuestiones poco deseables son las que despiertan la prensa escrita, la digital, la televisión o la radio. Todas manipulan la información y la traducen a su antojo. La 1, la CNN, Al Jazeera o TV3, da igual que estén de un lado o de otro: muy pocas veces ostentan independencia (a no ser que sean minoritarias... y ni aún así...).
Lo más inesperado viene cuando tenemos que hablar de redes sociales, unas que se suponen plurales y populares, también se adscriben a movimientos y partidismos, por ejemplo léanse Twitter o Linkedin, una de corte progresista y otra más conservadora, en las que sus usuarios vomitan todo tipo de ideas e improperios incendiarios.
Por otro lado todos estos medios de masas tienen papeles fundamentales en la censura que pueden reunirse en dos claras tendencias, o bien promueven la censura, o bien aúpan lo censurado. Todo ello con salvedades y grises, claro está.
Sobre los mecanismos censores me limitaré a remitirles a los paripés propagandísticos de las diversas facciones que intervienen en cualquier conflicto político y que incluso han provocado en ocasiones la modificación de la intención de voto de unos y otros.. No hay más que decir.


Este libro de Dahl fue censurado en Colorado (EE.UU.) por presentar una "pobre filosofía de vida". Asimismo los entrañables Oompaloompas fuero percibidos como una ofensa hacia los afroamericanos.

Sobre lo de la promoción, hay más chicha que embutir... Desde los comienzos de la literatura infantil ha existido la censura, y curiosamente y muy a pesar de los adultos censores, la popularidad de estas obras ha crecido entre los niños, su éxito ha subido como la espuma y se han vendido millones de ejemplares de obras como las de Roald Dahl.
Por todos es sabido (incluidos medios de comunicación y gurús de las redes sociales) que en este mundo capitalista donde el escándalo vende, estar en el candelero da una mayor visibilidad a las obras literarias, es decir, conlleva una publicidad la mayoría de las veces gratuita que tiene sus consecuencias en la adquisición del producto por parte del consumidor, más todavía cuando los padres y maestros (opresores en este caso) están implicados en ello.
Campañas de prestigio basadas en la censura (esto es de traca) y ejercida desde ciertos sectores de la opinión pública se han convertido en una herramienta de doble filo para el consumo literario, y son comparables con las maniobras publicitarias de sagas como Crepúsculo o Los juegos del hambre. ¡No todo tenía que ser negativo en esto de la censura!
“Censura y polémica, victimismo y negocio” ¿Quién se atreve a escribir este libro? 


Esta obra fue censurada en dos ocasiones en Estados Unidos en las décadas de los años 30 y 60. En los 30 se relacionó con la brujería y el esoterismo y en la de los 60 por constituir una metáfora del comunismo.

Nuevas formas de censura colectiva. El buenismo, las minorías y lo políticamente correcto.

Siguiendo con el hilo del epígrafe anterior continuo con la tormenta que desató hace dos veranos el libro 75 consejos para sobrevivir en el colegio de María Frisa. Yo estaba haciendo de las mías por las playas españolas y preferí mantenerme un poco al margen (¡Tampoco voy a estar en todos los fregaos!) aunque seguí con detenimiento todos los comentarios que se vertían sobre la innecesaria polémica. Unos hablaban de autopromoción, otros de literatura ofensiva, y algún otro de victimismo. Eso sí, en el fondo, todos se referían a lo mismo: censura.
Lo que más me llamó la atención de esta polémica fue que era bastante paradójico que un libro que pretendía ser humorístico (N.B.: Lo siento por todos aquellos que blandieron la espada subversiva de la LIJ o que citaron a Barrie o Sendak para justificar este libro. Me pareció un exceso), se tornara incómodo.
Algo por el estilo sucede con Twain y Huckleberry Finn, con esa parte de la comunidad afroamericana que ha censurado este libro por considerar que Jim recibe por parte de Huck un trato ofensivo y vejatorio (la palabra con connotaciones despectivas “nigger” se lee una y otra vez en esta obra), y que no deja de ser un personaje elaborado a base de los clichés racistas de la época. Me parece extremista y descabellado que lo realmente interesante de un libro tan excepcional sean las formas y no que Huck deje a un lado sus prejuicios de blanco supremacista y reconozca a Jim como un verdadero amigo, un compañero de viaje a pesar del color de su piel.


Como ya dije en este otro post, la dictadura de la piel fina ha cambiado la percepción que tenemos del mundo. Lo políticamente correcto nos aboca a un ejercicio censor que tiene que ver con lo preestablecido más que con nosotros mismos. Todo ello nos conduce a unas de esas paradojas modernas sobre las censuras. La doble moral, los dobles raseros, lo desvirtuada que se siente la sociedad con el ser y el parecer y que nos lleva a una perdida de sentido crítico por culpa de la imposición política, de los discursos morales erróneos.
No somos censores por nuestros propios prejuicios, sino que los somos porque otros se empeñan en censurar aquello que podría ser censurado y de paso lapidar a un tercero que probablemente se ha censurado a sí mismo como producto de otros prejuicios e intentaba ser crítico en primera instancia... Nota: Si no se lían con este trabalenguas, les animo a leer los juegos de palabras que con más razón que un santo Perry Nodelman apuntó en este otro artículo que tiene mucho que decir sobre censura y objetividad.


Fue censurado en muchos países por considerar que trataba temas de corrupción política, los sentimientos anti-belicistas y poner sobre la mesa el debate de la colonización. Por esta razón muchos lo camuflaron como libro de viajes.

Libreros, bibliotecarios, influencers... ¿literatura infantil realmente libre?

A veces me pregunto si el papel de blogueros, booktubers, bookstagramers, libreros, bibliotecarios y otros monstruos es esencial para que lo diverso se mantenga en la LIJ. No he tratado pocas veces este asunto en post como este o este otro, pero dejando a un lado las cuitas de los enteraos en libros infantiles, sí me atrevo a añadir que, a juzgar por las recomendaciones de final de año tan socorridas a la hora de recomendar libros, no parece que la cosa sea muy plural ya que existen muchas coincidencias entre unos criterios y otros.
La cosa cambia cuando los seguimos, nos siguen con más detenimiento y observamos que muchos de ellos, de nosotros, saltamos con algún título sobre el que nadie se había percatado. Es ahí cuando la censura colectiva se hace menos evidente y me atrevo a pensar que muchos son, somos necesarios, sobre todo porque diluimos el llamado sesgo y abrimos más puertas que las que cerramos. Seguramente yo esté harto de libros sobre emociones, compendios comportamentales y obras edulcoras, mientras que otra colega se pirre por este tipo de títulos. Todos están presentes y el público puede ojearlos y decidir, según su propio criterio, cuáles censura y cuáles no.


Libro censurado hoy en día en Estados Unidos por hacer alusiones a familias con progenitores homosexuales, el matrimonio igualitario y la adopción por parte de estas parejas.

Un lugar aparte merecen los enfrentamientos o guerras personales sobre el criterio de este booktuber o esta bloguera, sobre este o aquel libro. Es tal la fuerza que tienen algunos influencers que son capaces de denostar y degradar un libro que en principio parecía honesto a las cotas literarias más bajas. Como ejemplos me gustaría citar El monstruo de los colores de Anna Llenas y Por cuatro esquinitas de nada de Jerôme Ruillier. Aunque en principio son dos libros que nacían de una idea honesta, sin mucha pretensión, y con cierto fundamento artístico -que es lo que se les presupone a los álbumes-, la desvinculación de estos libros de la esfera literaria por parte de educadores y padres para llevarlas a un terreno más didáctico y pedagógico, ha supuesto un encasillamiento de los mismos dentro de los llamados “libros de valores”, unos que muchos especialistas y críticos aborrecen por desmarcarse de sus criterios y cánones. Se establece así un prejuicio que impide ver la obra de una manera global para pasar a ser censurado por quienes deberían ser abiertos y plurales.


Los puntos sobre las íes o la censura escolar

Aunque clásicamente la escuela ha sido la institución más criticada por ejercer la censura en lo que a la literatura infantil se refiere, algo que se desprende en obras como el Aprender a leer de Bruno Bettelheim y Karen Zelan, o el Como una novela de Pennac, tan aplaudidas desde los ámbitos más liberales del fomento lector, creo que es una acusación bastante extrema por dos causas principales.



Hasta 200 libros infantiles fueron retirados en 2019 de una biblioteca escolar de Cataluña por ser considerados "tóxicos" y "reproducir patrones sexistas". Entre ellos estaban cuentos tradicionales como La Cenicienta o Caperucita roja.

En primer lugar la escuela es una institución dependiente del estado, es decir, una extensión del poder y que por tanto sigue las directrices que desde los diferentes gobiernos se dispensan. A pesar de que a los docentes se nos presupone una libertad de cátedra, existen numerosas formas de control gubernamental, administrativo y jurídico, como leyes, decretos y órdenes que nos dicen qué tenemos que enseñar y qué deben saber nuestros alumnos. Seguramente a todos ustedes se les ocurrirán ejemplos de doctrina, bulos históricos y contenidos modificados o simplemente borrados de muchos libros, un intervencionismo que huele cuando nos ponemos a indagar en libros de texto o acudimos a las aulas de nuestras escuelas, institutos o universidades.


Libro censurado en muchos lugares de Estados Unidos hoy día por presentar a una niña transgénero, lo que incitaría a conductas impropias e impuras.

En segundo lugar también hay que hablar de las presiones sociales que la Escuela sufre por parte de otras instituciones o grupos sociales, entre las que cabe apuntar a las asociaciones de familiares de alumnos (en nuestro país conocidas como AMPAS) y a progenitores que, a título individual, denuncian las selecciones literarias que muchos maestros realizan para sus alumnos. 
Desde Roald Dahl hasta el Donde viven los monstruos que da título a este espacio, han sido señalados como obras que incitan a comportamientos poco deseables, a la rebelión y subversión de los niños y Dios-sabe-qué más cosas deleznables. Les conmino a que visiten el lugar que la ALA (American Librarian Association) llamó Frequently Challenged Books y construyó hace mucho tiempo para hacer visibles aquellos libros “prohibidos” o “peligrosos” y llamar así la atención sobre la censura que pervive en muchas instituciones, sobre todo las educativas.



Fue censurado en los Estados Unidos desde la década de los años 70 hasta bien entrado el siglo XXI por grupos feministas y educadores por presentar situaciones poco deseables, como niños sentados en la taza del water, adultos alcohólicos o fumadores.

Este tira y afloja que gobiernos y progenitores ejercen sobre la Escuela fomenta una censura institucional derivada del miedo, ese que coarta muchas veces a los docentes en la realización de actividades que puedan derivar en temas escabrosos y pongan en duda su profesionalidad como enseñantes. 
No obstante y para que no me tachen de corporativismo he de reconocer que en la Escuela al igual que en cualquier otra institución existe la opción personal de censurar aquello que no se atiene a la corrección esperada (N.B.: Estoy harto de que censuren mis pantalones cortos en verano mientras mis compañeras lucen piernas gracias a hermosos vestidos. Todo ello amenizado con cuarenta grados centígrados)


Este libro sigue encabezando la lista de libros censurables en Estados Unidos por su lenguaje ofensivo, racista y obsceno.

Editores, autores y autocensura

¿Por qué muchos autores de literatura juvenil edulcoran sus obras para hacerlas más comerciales? ¿Por qué existe cierta ausencia de personajes malvados en los cuentos infantiles actuales? ¿Por qué se ha desterrado al mal y los villanos de las historias dirigidas a los niños? ¿Por qué los cuentos populares no son aptos para las nuevas generaciones de niños pero sí para todas las anteriores? Sencillamente porque la compra-venta del producto cultural será más difícil a tenor de la censura.
Ciñéndome al estricto proceso creativo y de edición (dejo a un lado las modas, las tendencias, las denominaciones que buscan encasillar lecturas, las clasificaciones por edades que dirigen la industria editorial o las traducciones como mecanismo censor), hablaré del fino tul con el que se viste la autocensura. Bordado de palabras como “objetividad”, “criticismo”, “provocación”, “lirismo”, “compromiso”, “privilegio”, “humor”, “juego” o “poesía”... ¿Relativas? ¿Absolutas? ¿Necesarias? Todo depende del equilibrio que los creadores impriman a la obra y del prisma con el que se miren, algo que, a mi juicio depende del receptor final, el lector, que no necesita arengas ni disculpas, sino un poco de honestidad. ¿Libre, libertino o libertario? Es simplemente un extraño columpio sobre el que descansa la retórica. ¡Que más da!


Censurado en EE.UU. por contener un lenguaje ofensivo y vulgar, así como por poner en entredicho el llamado sueño americano.

Mientras que en nuestro país la censura gubernamental deja un poco de lado la literatura infantil, la industria editorial es la encargada de poner freno a diferentes publicaciones que pueden “tentar” a niños y jóvenes, que pueden “ofender” a padres y profesores, y que pueden “poner en peligro” el orden social.
No son pocos los autores que han denunciado el trato censor que muchas editoriales dan a sus creaciones, más si cabe cuando entran en juego aquellos grupos editoriales en los que la Iglesia (católica en nuestro caso, protestante en otros) y otras religiones meten mano. Todo empieza con palabras como “aborto”, “cocaína”, “puta”, “felación” o “cabrón”. Aunque son palabras que abundan en los pasillos de cualquier colegio o instituto, están mal vistas en la Literatura, no sólo por malsonantes, sino porque pesan. La disección de una sola palabra puede tener cientos de connotaciones, y si está inmersa en un contexto más amplio, miles.
A pesar de que muchos autores necesiten comer, hay que darse cuenta de que si se autocensuran, estarán provocando el fallecimiento prematuro de su arte y, sobre todo, que se desencadene la autocensura de otros, los mismos que leen sus libros con la esperanza de hallar algo de libertad, de pensamiento crítico y poder identificar sus experiencias personales con las de alguien más. Algo que poco tiene que ver con el arte incendiario y venenoso que usan muchos para abrirse hueco entre los lectores, porque esa realidad que a menudo se confunde con lo subversivo nada tiene que ver con Cortázar ni con el excelso capítulo 68 de Rayuela.


Este es uno de los libros más cuestionado en Estados Unidos hoy día por incitar al satanismo y la violencia y poseer un lenguaje ofensivo.

Luke, soy tu padre.” Familia y censura

En los tiempos que corren donde el superpaternalismo, la hiperalfabetización o el sobreproteccionismo son algunos de los pilares que sostienen la educación familiar, la censura es un arma más que fehaciente para construir hijos adecuados, intentos de niños modélicos. Chavales de proporciones aúreas que con estereotipos y prejuicios muy marcados se enfrentan a las miserias del mundo, a personajes infumables, a jetas y pillos, arribistas y trepas, mafiosos, asesinos, violentos y malhechores. También a encrucijadas inimaginables, diferencias lingüísticas, sociales, de raza, sexo o religión, es decir, al cúmulo de circunstancias que forma cualquier vida.
Por todo esto, cuando una madre, un padre o un hermano censura, está capando una elección que, al fin y al cabo, es en lo que consiste la supervivencia. Sin embargo, la tónica general es la de establecer pautas y comportamientos afines a los progenitores de tal manera que inculcar prevalezca sobre educar, es decir, la censura como herramienta de instrucción familiar.
Lo que nos quedaría por dilucidar es si la censura es positiva o negativa en dicho proceso. ¿Obligar a leer es censura? ¿Por qué es bueno leer? ¿El hecho de que tu leas te capacita para saber que va a ser bueno para mí? ¿Leer obras que tu detestes me hace peor persona? Generalmente, cuando un hijo disiente del modus operandi de sus progenitores y toma un camino diferente suele tener problemas en el seno familiar ya que, en cierto modo, reta a la autoridad familiar. Si a ello añadimos sentimientos y emociones, el enfrentamiento está servido. Y la censura se eleva a N.


Fue censurado en Argentina durante la dictadura militar de Videla por alentar a los niños a una "ilimitada fantasía".

Yo, censor

Cuando cojo un libro entre las manos y leo ciertas palabras, empiezo a retorcerme en el sillón y, aunque no suelo abandonar la lectura (“Soy fuerte, soy valiente. Soy fuerte, soy valiente”), me da por pensar que otros se recitarán lo mismo mientras me leen a mi, censor de tres al cuarto.
Aunque ustedes piensen que soy hombre de pocos filtros y menos pelos en la lengua, les confieso que yo también me censuro, y no pocas veces. Todo empezó cuando en una ocasión una mujer muy sabia (de más, diría yo) me dijo que la gente no estaba preparada para oír lo que tenía que decir. Me quedé callado y seguí dándole vueltas al jabón (es otra de mis aficiones, para enjuagarme de vez en cuando el cerebro, no sea que se llene de mugre). Y aquí sigo, pensando más de lo que escribo (¿Para qué? ¿Para que me censuren una vez más? Basta).
Y mientras estoy en esas del victimismo, veo pasar a un chico de unos veinte años, largo y seco como un ajo. Viste un top gastado, roquis azules, plataformas rosas y, como capa, nuestra bandera rojigualda. Los gitanillos de mi barrio se arrancan por el gran Peret. Una lo llama para que haga como que baila. Cuánta guasa... Me sonrío. Casi una carcajada. Y convengo conmigo mismo que lo mejor que podemos hacer contra la censura es tomarnos la vida con cierta ligereza. Y que si no lo hacemos, no hay de qué preocuparse: de hedonistas y bizarros está el mundo lleno.  


Toda la obra de Sendak es controvertida, prueba de ello es que las imágenes que abren y cierran estos apuntes pertenecen a dos obras censuradas en Estados Unidos. La cocina de noche fue censurada por presentar aun niño totalmente desnudo, mientras que Donde viven los monstruos fue tachado de promover la incorrección política e incitar a la brujería y la invocación de sucesos sobrenaturales.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Aprendiendo de LIJ. Obras de referencia y consulta. 2ª Parte.


Empieza un nuevo curso escolar y todos los engranajes, aunque a duras penas, se ponen a trabajar. Bajamos el interruptor y padres, maestros, bibliotecarios, editores, libreros y demás animadores,  echamos combustible a la caldera, no sea que deje de moverse esa máquina llamada lectura.
Es por ello que he creído conveniente ampliar la selección bibliográfica que titulé Aprendiendo de LIJ. Obras de referencia y consulta. Una segunda entrega que incluye otros títulos que complementan en gran medida a los de la primera y de paso hacen justicia con aquellos que olvidé en ese acercamiento inicial.
Seguramente esta pequeña selección de libros académicos y/o especializados en diversas facetas de los libros para niños no nos conviertan en eruditos sobre el tema, pero sí creo que nos pueden ser útiles, sobre todo a la hora de mirar y valorar este tipo de libros en el contexto actual, una época un tanto convulsa para la LIJ en lo que a cantidad, calidad, tipología y utilitarismo se refiere (revolución lo llaman algunos, crisis otros).
También decir que, tanto los que hoy presento, como los anteriores, han pasado por mis manos y las considero pequeñas parcelas del saber dentro del mundo lij-ero. Quizá unas les sean más útiles que otras, pero todas ellas configuran una pequeña biblioteca sobre lo que esconde este mundillo.
Y sin más, continuo desgranando, que a fin de cuentas, es lo mío.


El primero de los títulos que forman esta segunda entrega es la Introducción a la Literatura Infantil y Juvenil actual de Teresa Colomer (2010, Síntesis). Aunque en principio pudiera ser un libro concebido como manual universitario, ayuda a sentar las bases sobre lo que es la LIJ, presta atención a sus géneros y formas, y plantea los nuevos caminos que se abren hoy día en este tipo de literatura. Si a esta obra unimos la que ya citamos de esta misma autora en la primera entrega y el de Pedro Cerrillo que lleva por título El lector literario (2016, Fondo de Cultura Económica), tenemos una inmejorable triada para todos aquellos estudiantes de los grados de magisterio que deseen introducirse en estas lides.



En relación al género del álbum ilustrado y considerando que cuando elaboré la primera parte de esta selección todavía no lo había leído, he de llamar la atención sobre How picturebooks work de Maria Nikolajeva y Carole Scott (2001, Routledge), seguramente sea el texto más concienzudo y exhaustivo del análisis del libro-álbum que conozco (A ver si pillo alguno de Perry Nodelman y amplío la oferta...). Muy académica, esta obra sigue vigente y abre puertas a pesar de la revolución que ha sufrido este género en los últimos tiempos. (Aviso para navegantes: Sólo existe la edición inglesa).


Sobre los géneros de la poesía y el teatro infantiles, unos que, a pesar de la gran aceptación que tienen por parte del público no reciben mucha atención desde mundo adulto, quiero citar dos pequeños estudios. En materia de poesía infantil hablar de Tomar la palabra: la poesía en la escuela de Mercedes Calvo (2015, Fondo de Cultura Económica), un libro delicioso en el que lo poético toma las aulas. Su autora defiende a ultranza actividades con los niños, las traslada y sugiere diferentes visiones sobre lo que debería ser y la mayor parte de las veces no es. La poesía se integra en el camino educativo de manera integral y seduce al lector-creador. ¡Te dan ganas de recitar!


En cuanto al teatro destacar la Guía de teatro infantil y juvenil (2002) que Julia Butiña, Berta Muñoz Cáliz y Ana Llorente Javaloyes realizaron con el patrocinio de la Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, la ASSITEJ y la UNED y en la que incluyeron las obras de teatro infantil en castellano más conocidas y representadas por parte del público. Necesitaría una revisión (ya han pasado 15 años y se podrían incluir algunas otras) pero a falta de pan buenas son tortas...

Son muchas las personas que me escriben para pedirme listados de libros imprescindibles y títulos que no pueden faltar en una buena biblioteca. Yo siempre les contesto que hay bastantes de estas selecciones publicadas ya y que deberían echarles un ojo. De entre estas, voy a citar cinco.


Cien libros para un siglo: una historia de la Literatura Infantil y Juvenil del siglo XX a través de cien libros es un volumen escrito por los integrantes del Equipo Peonza y publicado por Anaya en el año 2004. En él se selecciona un título por cada año del pasado siglo y se comenta. Aunque tiene limitaciones (¿Son suficientes cien libros? ¿Incorporan todos los géneros?) sí nos da una visión de conjunto de las obras canónicas que pueden resultar interesantes para gestionar el catálogo/depósito de una biblioteca infantil.


Más completo y profuso es el Tesoros para la memoria: una visión de conjunto y una selección de obras de literatura infantil y juvenil de Luis Daniel González (2002, CIE Dossat), en el que álbum ilustrado y cómic infantil y juvenil tienen una presencia destacable, así como incluye consejos y criterios de selección para los mediadores de lectura. De mis favoritos.


Dentro de este apartado y por hacer referencia a dos de estas guías de libros infantiles que tanto han proliferado durante los últimos tiempos les apunto 150 libros infantiles para leer y releer, editado por A Mano Cultura (2011) que incluye un interesante corpus de libros seleccionado por el Club Kirico (grupo de librerías CEGAL) junto a Ana Garralón, y 1001 libros que hay que leer antes de crecer de Quentin Blake y Julia Eccleshare (2010, Grijalbo) que aporta una selección desde un punto de vista más anglosajón. 


Por último decir que muy sencillito e interesante me resulta el listado incluido en los Cuadernos Blitz, Ratón de Biblioteca una serie de documentos casi imprescindibles editada por el Gobierno de Navarra y dirigida a centros educativos y bibliotecas escolares que pueden descargar en ESTE ENLACE.


Aunque considero que las obras especializadas en creación dirigidas a escritores, ilustradores o editores no deberían tener cabida en una selección como esta, no he podido obviar un título que a día de hoy es el gran abanderado del mundo fantástico que envuelve a las historias infantiles. La Gramática de la fantasía de Gianni Rodari (varias ediciones, la más barata en Booket) es una lectura obligada, no sólo por contener multitud de recetas de las que se servía el genio italiano para acercar la lectura a los niños y que ustedes mismos pueden poner en práctica, sino por defender una literatura preñada de sinsentido, símbolos, humor y juego.


En penúltimo lugar y en el apartado de curiosidades no quería dejar escapar la oportunidad de hablar del Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim, una obra especializada que con cierta dualidad (buena o mala, depende de quien la mire) ha contribuido a entender los cuentos tradicionales desde una perspectiva freudiana y para mi gusto, un tanto utilitarista. Las narraciones que han acompañado al hombre desde sus inicios contienen figuras y símbolos que la mente humana puede traducir y procesar de un modo distinto al meramente literal. Quizá a estas alturas de la vida puede sonar anecdótico y trasnochado, pero siempre interesante. 
Si quieren algo más actual aunque no tan concienzudo les recomiendo a Lisa Cron y su Enganchados a los cuentos, una especie de manual para crear historias y editado por Milrazones, que trata algo de este tema desde perspectivas más actuales como la neurociencia o la psicología cognitiva. Un libro a caballo entre los dos anteriores que nunca está de más leer.


Para despedirme, les dejo el nombre de dos estudiosos que reflexionan sobre la lectura y sus formas poliédricas, Michèle Petit y Aidan Chambers (casi cualquier cosa que encuentren de ellos seguramente les parecerá interesante y les incite a hacerse preguntas sobre esto de los libros para críos)...



... y una escritora, Ana María Machado, de quien recomiendo su inspirador Entre gansos y vacas incluido en el libro cuya portada da fin a esta pequeña pero intensa bibliografía.


miércoles, 22 de febrero de 2017

Libros de lectura escolares y una pizca de nostalgia


No hay nada nuevo en afirmar que el mundo de los libros infantiles está lleno de nostálgicos. Como el de los juguetes, el de los cromos o el de los videojuegos, el universo de la Literatura Infantil está lleno de niños grandes, sí de esos hombres y mujeres que a pesar de calzar un cuarenta y tres, disimular las canas con tintes de diferente origen, padecer alopecia o dedicarse a cambiar pañales, recuerdan con añoranza sus años escolares. Lo divertido de todo esto viene cuando idealizamos, no sólo porque nos viene bien (hay mucha gente que vive de espejismos, y a pesar de haberlas pasado putas en el recreo o en los columpios, necesita sonreír unos años más tarde), sino porque siempre encontramos conexiones hermosas con el pasado.


Esa sonrisa que se despliega cuando maduritos como un servidor acudimos al trastero, ese repleto de todo tipo de artilugios, y en vez de dar con una de las múltiples cafeteras que se incluían en el ajuar, nos reencontramos con un par de libros de lectura de la antigua EGB, no tiene precio. Recuerdo que, aunque algunos nos entreteníamos con ellos un día antes de que comenzaran las clases allá por septiembre (en aquella época también había padres que no daban a basto para tanto libro de texto), otros ya tenían más que trilladas las historias de estos libros coloristas y amenos con muy poco que ver con los libros de matemáticas, áridos y llenos de números que decían más bien nada (por lo menos a mí).



Aunque algunos abominen de este tipo de artefactos aduciendo que son textos comerciales, que no dan una visión de conjunto de una obra literaria y que encorsetan al libro en un ambiente educativo y poco propicio para la lectura ociosa, he creído conveniente darles protagonismo en este lugar de monstruos lectores por varias razones...
En primer lugar creo que estos libros, aunque adolecían de cierto regusto pedagógico y no eran nada transgresores, sí pienso que favorecían la diversidad de lecturas, tanto en lo que se refiere al género y a la temática (aunaban poemas clásicos y contemporáneos, cuentos y leyendas de aquí y de allí, canciones y fragmentos de obras más extensas), como en lo que se llama niveles de complejidad lingüística y comprensión lectora, por su carácter de miscelánea.


Sí, muchos de ellos tomaban como hilo conductor una historia cercana en la que se insertaban todo tipo de textos de la literatura española y universal, llevaban al lector a un derrotero próximo, con el que se pudiera identificar, no para que se sintiera un bicho raro en mitad de un mundo cambiante, sino para que hiciera suyas las lecturas que allí coexistían.


También tenían algo de metaliteratura, lo literario dentro del libro. Quizá sea un recurso manido para acercarnos la pasión por la lectura, pero creo que todavía se sigue utilizando en un mundo de relaciones donde casi todo esta inventado. Si a ello añadimos que este libro era una especie de oasis en mitad de un yermo paraje de materias que configuraban la enseñanza primaria de entonces (contenidos y más contenidos), afianzaba mucho más el sentimiento por la lectura de los estudiantes.


Por último cabe decir que gracias a estos libros, muchos de los mejores ilustradores españoles del siglo XX, como Juan Ramón Sánchez o Ulises Wensell pudieron experimentar nuevas formas narrativas en lo que a imágenes se refiere con este tipo de productos, les proveyó de sustento (que la profesión de artista ha estado muy mal pagada toda la vida) y les ayudo a penetrar en el ideario colectivo de los niños de aquel entonces.



Todo tiene su parte buena y su parte mala (Sí, amigos, sí, las preguntas sobre lo leído, los ejercicios, los mapas conceptuales, los análisis textuales y otras metodologías pedagógicas que muchos aborrecemos y que tanto han mermado nuestro amor por las letras, también aparecen en muchos de estos títulos). Muy pocas cosas son extrapolables a la anacronía que nos depara el tiempo (No sé qué pensarán los niños de hoy ante este tipo de libros, habrá que preguntárselo...), ya que todas pertenecen a un lugar y un tiempo, pero sí creo que Mundo Nuevo (Anaya, 1979) y sus personajes Charolín y Mediasuela han hecho mucho por los que hoy somos lectores, también que Borja y Pancete (Antos, Anaya) ayudaron a muchos a resolver su lectura a trompicones, o que los famosos libros Senda de la editorial Santillana nos descubrieran los secretos de la caja de Pandora.


Así que, por todos estos y muchos más (seguramente ustedes recuerden otros provenientes de todas partes del mundo y diferentes épocas aunque yo me ciña a los de mi etapa escolar) me queda despedirme con un “¡Vivan los libros de lectura aunque ya no estén de moda!”

miércoles, 11 de enero de 2017

Breve historia del contexto social de la LIJ: de la escuela a la web 2.0


Jessie Willcox Smith

Aunque la Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) tenga un largo recorrido dentro de la Historia de la Literatura y se considere uno de los géneros más difundidos dentro del panorama lector y editorial de nuestros días, no siempre ha sido así, ya que el interés por este tipo de literatura ha ido evolucionando a lo largo de la Historia. Por ello, este artículo pretende realizar una breve retrospectiva histórica, tomando como referencia los cuatro puntos cardinales que constituyen el contexto social de la LIJ: autores, editores, mediadores y lectores, desde los primeros textos escolares y los clásicos de aventuras, hasta el día de hoy en el que la globalización y la Web 2.0., son las grandes protagonistas.

Occidente hasta el siglo XVIII. Inicios de la lectura.

Hasta bien entrado el siglo XVIII, los libros se consideran bienes de lujo, es decir, sólo están al alcance de las clases altas y/o eclesiásticas, capacitadas, económica y/o intelectualmente, para consumir libros. Las bibliotecas escasean, quedando relegadas a las citadas esferas, aquellas que tradicionalmente han cultivado la cultura de la lectura, y por tanto, la del conocimiento y el entretenimiento. El analfabetismo se extiende como la pólvora en Europa, un territorio donde el poder feudal lo controla todo.
En mitad de este campo culturalmente yermo de la Edad Media, son los seglares los encargados de ejercer como editores y traductores, produciendo un reducido número de copias de los llamados códices iluminados y otras obras de los saberes clásicos, en sus scriptori de abadías y conventos. Estas son las dos razones que provocan que el libro no se pueda considerar un bien económico; por un lado, la oferta es escasísima, muy reducida, y por otro, la demanda es casi inexistente debido al mínimo nivel educativo de la población, cuya cultura tiene un gran arraigo en la tradición oral. Imágenes, frescos, historias, leyendas y cuentos son escuchados por todos, sin distinción de edad, constituyendo así el saber y el ocio de los pueblos.




Letras capitulares de los códices emilianenses (siglos X-XI)

Algo cambia durante el Renacimiento… Los copistas, cajistas e iluminadores comienzan a interactuar con los lectores y tienen en cuenta sus preferencias. La apariencia física del libro cambia: forma, tamaño, materia prima a emplear, cuerpo del texto, tipografía y encuadernación, se ven alteradas respecto a las de épocas pasadas. Un nuevo libro, austero y elegante, práctico y manejable, altera el espacio bibliotecario dotando a este de amplitud, luz y mobiliario para el debate y la conversación. El libro escapa de la oscuridad de las celdas monacales y se exhibe ante humanistas ávidos por la investigación y el conocimiento. Aupados por la figura del impresor-editor y la imprenta de Gutemberg (siglo XV), esa misma que desencadena la Reforma protestante, los títulos de gran interés se pueden copiar las veces necesarias de manera barata y eficaz, haciendo crecer la oferta paulatinamente y dinamizando el mercado. Cada vez son más los que tienen el libro al alcance de sus posibilidades, sobre todo la clase alta y una burguesía incipiente.


Así, con una lenta evolución en cuanto al número de lectores, la producción de libros en serie y una industria editorial emergente, llegamos a la Edad Moderna, una época de verdadera revolución en el mundo de la lectura debida, principalmente, a la revolución cultural que sufre occidente: la Ilustración promueve la instrucción del pueblo a través de las lenguas vernáculas, dejando a un lado las lenguas cultas como el latín. El analfabetismo empieza a considerarse una lacra que hay que erradicar y nacen los sistemas educativos extensivos, prueba de ello es la publicación del primer libro infantil ilustrado (pictogramas) con fines pedagógicos, el Orbis sensualium pictus de J. A. Comenius (1658) que se puede asimilar al primer libro informativo para niños.




A esta situación se añade la que vive Norteamérica. El Nuevo Mundo emerge, los emigrantes de media Europa aterrizan en busca de oportunidades, y por tanto, nace un nuevo mercado editorial que explotar.
También es en la Edad Moderna en la que la concepción de biblioteca privada y hermética queda rota por una nueva biblioteca. La biblioteca de suscripción, la biblioteca de préstamo, la biblioteca parroquial norteamericana o las bibliotecas nacionales europeas son alternativas a las que se suman numerosas iniciativas ciudadanas para adquirir cooperativamente libros que, aunque más baratos que en épocas pasadas, todavía no están al alcance de todos los ciudadanos.


Ilustración de las primeras ediciones de los cuentos de Grimm

El contexto del XIX: La literatura y las clases populares.

Tras los últimos años del siglo XVIII en los que se publican obras de corte infantil como las recopilaciones de cuentos de folcloristas como los hermanos Grimm y Perrault, o las fábulas de Samaniego, así como novelas de clara aceptación juvenil -Robinson Crusoe-, llega el siglo XIX y con él, la Revolución Industrial. Todas las manufacturas, incluida la del libro, pasan a ser un producto relativamente abundante y menos costoso. Esto provoca un vuelco en los hábitos de consumo de la Europa occidental. El libro disminuye su precio e incrementa su valor como bien social, la alfabetización se generaliza entre la clase obrera y la lectura adquiere más relevancia en todos los estratos sociales, incluyendo, cómo no, a los niños. El cuento y la novela de aventuras (H. C. Andersen, E. T. A. Hoffmann, J. Fenimore Cooper, Charles Dickens, Julio Verne o Alexandre Dumas) durante la primera mitad del siglo, y el nonsense, el realismo y la fantasía (Lewis Carroll, F. Hodgson Burnett, Louise May Alcott, Mark Twain, R. Louis Stevenson, J. M. Barrie o Carlo Collodi) durante la segunda mitad, provocan un despegue vertiginoso de la LIJ, aupándola como género literario a tener en cuenta por el mundo editorial. Durante esta edad de oro de la LIJ, la LIJ se establece como un género y, aunque el término no se acuña hasta el siglo posterior, queda definido el destinatario de esas obras, el niño o joven que necesita hacer propias lecturas que le interesen.


N. C. Wyeth

La necesidad de crear un libro atractivo para los pequeños lectores obliga a los editores a buscar nuevas fórmulas editoriales que incluyan material gráfico, campo en el que destacan figuras como Randolph Caldecott, Kate Greenaway, Walter Crane o Arthur Rackham, integrantes del primer grupo de ilustradores profesionales de LIJ.


Kate Greenaway


Arthur Rackham

Otro de los factores a destacar en estos años es la dinamización del mercado impreso, en el que destacará la prensa escrita, el primer medio de comunicación de masas, que también se podría considerar el primer vehículo de dinamización literaria. La publicación por entregas de muchas novelas hace más asequible la lectura, económica y temporalmente, al mismo tiempo que obliga al autor a buscar fórmulas apropiadas para mantener el suspense, lo que dio lugar a los fenómenos de retroalimentación literaria, tan comunes a día de hoy.
A pesar de esta generalización en torno a la LIJ, sobre todo entre las clases altas y medias, el libro infantil no posee un contexto tan amplio como se podría creer en principio, quedando restringido al de los propios autores, ciertamente especializados en literatura adulta, los escasos ilustradores de la época y un mundo editorial, que se interesa más por las ventas que por la innovación e investigación en el terreno del libro para niños.



El siglo XX. Una época agitada

Ya entrado el siglo XX, se desata una época convulsa, minada por todo tipo de conflictos bélicos entre los que destacan la Primera y Segunda Guerras Mundiales, que complican el avance cultural, quedando relegadas las artes a un segundo plano y esperando un nuevo contexto que favorezca su reflorecimiento. Es así como el interés por la LIJ renace, sobre todo en aquellos países donde quedan instaurados regímenes políticos de corte estable, léanse república democrática o soberanía compartida. Empiezan a surgir autores de LIJ que ven en este mercado la oportunidad de destacar, amparándose en los cambios de paradigmas sociales. El numeroso público infantil y juvenil es un acicate para revolucionar los cánones literarios de este tipo de literatura, de hecho, es entre los años 40 y los años 70, cuando las obras narrativas de LIJ más revolucionarias, sobre todo en los países nórdicos, Reino Unido y Norteamérica, ven la luz (El viento en los sauces de Kenneth Grahame, El doctor Dolittle de Hugh Lofting, Mary Poppins de P. L. Travers, Los Mumins de Tove Jansson o Pippa Mediaslargas de Astrid Lindgren).



El álbum infantil ilustrado del siglo XX, iniciado por los franceses Antoine de Saint-Exupery -El principito- y Jean de Brunhoff –Babar-, se impone dentro de la LIJ como un valor seguro donde la imagen, bien ilustración, bien fotografía, no sólo complementa al texto, sino que lo articula y añade otra serie de contenidos, convirtiendo a este tipo de libros en los indiscutibles protagonistas de la época, con ejemplos como Donde viven los monstruos de Maurice Sendak, El viaje de Anno de Mitsumasa Anno, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo de Leo Lionni, el Flicts de Ziraldo Alves Pinto, o Los tres bandidos de Tomi Ungerer.




Y entonces, llega la escuela… Es la escuela y no otra institución, la que favorece el desarrollo de la LIJ. El profesorado tiene que mediar entre el niño y el libro aunque muchas veces ciertos títulos sean censurados por el docente. Se genera un diálogo entre el mundo escolar y el mundo literario, prueba de ello es el nacimiento de la biblioteca infantil, un espacio enmarcado dentro de un concepto más amplio, el de biblioteca escolar. De esta manera, el contexto social de la LIJ queda adscrito única y exclusivamente a las aulas y tiene como mediador al maestro que empieza a tomar conciencia de qué es la literatura infantil.
Años después, en los que la sociedad del bienestar se instala en numerosos territorios europeos, la cultura arraiga y nace una nueva biblioteca pública: una biblioteca abierta a todos los usuarios donde tienen cabida las salas de lectura infantiles y juveniles, zonas especialmente habilitadas que atesoran títulos y publicaciones dirigidas a estos lectores. La biblioteca pasa a ser un lugar de recreo, un espacio capaz de aunar el gusto por la lectura, el aprovechamiento del tiempo libre y un tipo de literatura, la LIJ.
Para que ello sea posible, son necesarios agentes que gestionen este primer contacto entre lector y libro, una tarea que recae sobre los bibliotecarios, trabajadores que comienzan a formarse en técnicas de animación a la lectura para desarrollar todo tipo de actividades que desaten el gusto por la letra impresa, de entre las que destaca la narración oral, una actividad que, habiendo sido aparcada en el olvido, se retoma como vía de conexión entre el mundo literario y los lectores.



De este modo, la red social entre el libro y el lector se construye sobre unas nuevas bases, autor-mediador-lector. Es, sin duda, lo más destacable del contexto social de la LIJ durante el siglo XX, el nacimiento de corrientes de animación a la lectura formadas por mediadores que desarrollan todo tipo de actividades en bibliotecas y centros educativos e intercambian experiencias, se considera un punto de inflexión para integrar a la LIJ en la sociedad a través de acciones generalistas o especializadas, como la aparición de numerosas publicaciones que se dedican al estudio de la LIJ.
Esto, unido a la creación de numerosas asociaciones y fundaciones, entre las que destaca el IBBY (1953), que otorga el premio Hans Christian Andersen (desde 1953) o la celebración del Día del Libro Infantil y Juvenil (2 de abril), como defensa del libro infantil para educar a las generaciones futuras en el placer por leer


A todo ello hay que añadir el claro despropósito con el que la radio y la televisión, los dos medios de comunicación de masas de la época, encaran a la lectura. El sonido y la imagen desbancan al invento por antonomasia, el libro, relegándolo a un segundo plano, aunque a veces también le presten ciertos servicios con programas dedicados a la lectura y las novedades bibliográficas.
En rasgos generales, este es el panorama que enmarcaría el contexto social de la LIJ en todos aquellos países occidentales con una estabilidad política, social y económica que favorece una cultura emergente dentro de la cual pueden florecer las disciplinas minoritarias. En el resto de estados europeos, como el caso de España, hay que esperar a la instauración democrática para que la LIJ evolucione en estos términos.


Noemí Villamuza

El nuevo milenio. Una nueva concepción global.

Durante lo poco que llevamos de siglo XXI son dos los factores que más influyen en el contexto social de la LIJ. En primer lugar, destacar que gran parte de los países occidentales han apostado por desarrollar los llamados planes de lectura, unos conjuntos de medidas que persiguen hacer frente a la degradación cultural que sufre la población de las naciones del mundo desarrollado o en vías de desarrollo. Estos planes lectores cuentan con campañas publicitarias, mejora de bibliotecas y otros servicios de lectura, así como diversos tipos de incentivos, para intentar que los jóvenes, lectores potenciales, enarbolen el libro como vía de conocimiento y ocio.
A tenor de estos planes lectores, y tomando como ejemplo el caso español, surge un movimiento social muy importante, el de aquellos profesionales, léase maestros, bibliotecarios o teóricos de LIJ, que abogan por trabajar de manera conjunta a través de todo tipo de vías privadas y/o públicas, asesorando así a todos aquellas personas e instituciones cuya implicación con el mundo del libro crece durante estos años. El esfuerzo de todos estos profesionales o aficionados, de las inversiones públicas, y de las empresas editoriales por rescatar del olvido títulos importantes o intentar innovar dentro del género, se ve recompensado en ciertos países con un incremento del número de lectores en edad escolar, lo que supone un primer triunfo sobre esa insuficiencia lectora que la crisis económica mundial y el retroceso educativo amenazan con incrementar durante las próximas décadas debido a la instauración de la sociedad tecnocrática.


Joosh Swarte

Es aquí cuando el segundo factor, Internet, entra en juego… Debido a estas relaciones profesionales, comienza a nacer en la red toda suerte de páginas, blogs y grupos sociales con contenidos relativos a la LIJ, creando así un entramado social en la llamada aldea global, que podría denominarse LIJ 2.0, que, a mi juicio, se puede definir por una serie de características entre las que destacan las siguientes:
1. La información de esta red queda adscrita generalmente a aquellos usuarios que comparten una misma lengua.
2. A esta red se puede acceder desde cualquier lugar del mundo de manera sencilla, es decir, no es restringida.
3. La información que contiene, aunque de temática especifica hace referencia a contenidos generales, y sólo puntualmente se encuentran opiniones y estudios especializados que suelen ser inaccesibles por esta vía.
4. La Web 2.0 aporta mayor visibilidad a la LIJ, un campo oculto bajo la sombra de la Literatura general.
5. La LIJ 2.0 es el simple reflejo de un engranaje que ya existía previamente, es decir, son exactamente las mismas: los mismos individuos con las mismas aficiones y pasiones que utilizan este nuevo entramado cibernético como un megáfono que aumenta la intensidad, que hace reverberar los avisos y llamadas, que ayuda a la propagación de una pasión compartida, pero que en pocos casos amplía la magnitud de la señal informacional.


Harriet Russell

Excepto ciertas publicaciones on-line especializadas cuyo acceso queda restringido por cierto montante monetario, son pocos los ejemplos de aportaciones notables y artículos de mención sobre la LIJ, que dependen exclusivamente, y en la mayoría de los casos, del altruismo de autores desconocidos que brindan sus conocimientos en blogs y foros de opinión.
Es cierto que abundan innumerables sitios donde abundan todo tipo de reseñas y recomendaciones literarias, pero no son tantos los espacios donde se recojan buenos estudios y artículos de investigación bien fundamentados. Por mencionar un hecho sorprendente, en la Wikipedia, herramienta de uso generalizado entre la población educativa de todo el Globo, las referencias a los autores de LIJ y sus obras, son mínimas. Cierto es que esta Web Social viste pañales todavía y que, paulatinamente, su diseño irá ampliándose y creciendo, ayudando de este modo al desarrollo de los diferentes campos técnicos y su acercamiento global a la Sociedad.


Jessie Willcox Smith


NOTAS

CAVALLO, G & CHARTIER, R. (Dir.). 2001. Historia de la lectura en el mundo occidental. Taurus: Madrid. 667 pp.
CENDÁN PAZOS, F. 1986. Medio siglo de libros infantiles y juveniles en España (1935-1985). Fundación Germán Sánchez Ruipérez-Ediciones Pirámide: Madrid. 393 pp.
CERRILLO, P. & GARCÍA PADRINO, J. 2001. La literatura infantil en el siglo XXI. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha.
CERVERA, J. 1992. Teoría de la Literatura Infantil. Ediciones Mensajero-Universidad de Deusto: Bilbao. 382 pp.
DÍAZ PLAJA, A. (Coord.). 1988. Premios nacionales 1958-1988 Libro infantil y juvenil. Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil: Madrid. 71 pp.
ESCOLANO BENITO, A. (Dir.). 1997. Historia ilustrada del libro escolar en España. Del Antiguo Régimen a la Segunda República. Fundación Germán Sánchez Ruipérez-Ediciones Pirámide: Madrid. 650 pp.
ESCOLANO BENITO, A. (Dir.). 1998. Historia ilustrada del libro escolar en España. De la posguerra a la reforma educativa. Fundación Germán Sánchez Ruipérez: Madrid. 570 pp.
ESCOLAR, H. 1987. Historia de las bibliotecas. Madrid: Fundación Germán Sánchez Ruipérez - Ediciones Pirámide. 571 pp.
GARCÍA PADRINO, J. 2001. Así pasaron muchos años… (En torno a la Literatura Infantil Española). Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha: Cuenca. 290 pp.
GÓMEZ SOTO, J. 2011. Blogs lijeros. Primeras Noticias de Literatura Infantil y Juvenil, 260: 27-34.
HÜRLIMANN, B. 1982. Tres siglos de literatura infantil europea. Editorial Juventud: Barcelona. 351 pp.
NOBILE, A. 1992. Literatura infantil y juvenil. Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia – Ediciones Morata. 190 pp.
ROVIRA COLLADO, J. 2011. Literatura infantil y juvenil en internet: de la Cervantes Virtual a la LIJ 2.0. Herramientas para su estudio y difusión. Ocnos, 7: 137-151.
SALVO, P. Cómo se funda una biblioteca infantil. En: VV.AA. 2005. Biblioteca en guerra. Biblioteca Nacional-Ministerio de Educación: Madrid.

Este artículo fue publicado en Cuadernos de Literatura, Primeras Noticias en el número 270-271, ocupando las páginas 13-22.

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