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viernes, 26 de octubre de 2018

Hablando de LIJ con... Antonio Rodríguez Almodóvar



Román Belmonte (R.B.): Es un honor para mí que haya accedido a esta pequeña entrevista. ¡No sabe la de veces que he pasado las páginas de libros como El castillo de irás y no volverás o El hacha de oro! Mil gracias. ¡Empezamos! ¿Qué le llevó a interesarse por el folclore de transmisión oral en España?
Antonio Rodríguez Almodóvar (A.R.A.): Una suma de circunstancias, pero principalmente la lectura de Juan de Mairena, en los capítulos que se refieren al folclore como cultura viva.
R.B.: Como folclorista le pregunto, ¿por qué es importante recuperar la memoria colectiva?
A.R.A: Bueno yo solo soy “aprendiz de folclorista”, como decía el propio Machado de sí mismo, y ya me parece mucho atrevimiento por mi parte. Yo he llegado a la cultura popular desde la filología y la etnografía, aunque es verdad que me he pateado el territorio buscando cuentos.
La cultura oral hace las veces de la historia de las clases populares, aunque de distinta manera. La cultura hegemónica (Gramnci) se apoya en los documentos escritos; la otra en la memoria comunal.


R.B.: ¿Cree que las identidades territoriales y los nacionalismos ayudan a recuperar el folclore de manera íntegra o tienen un sesgo manifiesto?
A.R.A: Normalmente se hace un uso sesgado de las tradiciones, como para probar la “autenticidad” o la “profundidad” de la cultura propia, y de ahí dar el salto mortal al nacionalismo. Una peligrosa manipulación.
R.B.: En etnografía suele suceder que el transmisor del conocimiento puede añadir elementos de su propia cosecha o, como ocurre en la actualidad, elementos que tienen que ver con el cine, los medios de comunicación o internet… ¿Cómo sabe un folclorista qué elementos de un cuento son los primigenios?
A.R.A: El investigador debe tener en cuenta esas incorporaciones y valorarlas, como transformaciones, como simples ocurrencias. Normalmente son esto último. Pero cuando significan transformaciones, sobre todo si son de sentido, hay que comprobar si se han extendido en el propio medio.


R.B.: ¿Existen diferencias entre un cuento tradicional y uno moderno? En caso afirmativo ¿Se refieren estas más al contenido o a la forma?
A.R.A: Son dos géneros completamente distintos, aunque los segundos se apoyan a veces en los primeros. Las diferencias atañen tanto a la forma como al contenido.
R.B.: Su trabajo más conocido son los Cuentos al amor de la lumbre. Con ellos llenó un enorme hueco en la literatura tradicional española. De todos estos, ¿cuál es su favorito?
A.R.A: Esta es la pregunta más difícil, porque son muchos. Pero, en fin, digamos que el primero, Blancaflor, me sigue pareciendo un prodigio.


R.B.: Si no me equivoco, usted adaptó una serie de estos cuentos para los Cuentos de la Media Lunita, una colección con cierta vis infantil y muy ilustrada que pretendía acercar estas creaciones a los niños. Todavía vigente y con cierta aceptación, me gustaría preguntarle ¿qué puntos considera usted esenciales a la hora de adaptar un cuento tradicional?
A.R.A: Es esencial no variar el argumento, la espina dorsal del relato. Sobre eso, los aditamentos son intentos de captar la atención, solo eso.
R.B.: La eterna pregunta, ¿el cuento debe enseñar o debe entretener?
A.R.A: Las dos cosas van indisolublemente unidas. Por eso los cuentos orales tienen tanto éxito.


R.B.: En cierta ocasión publiqué en la cuenta que los monstruos tienen en Instagram, unas imágenes que Jesús Gabán realizó para su versión del cuento Los tres toritos. Un par de seguidores se echaron las manos a la cabeza y empezaron a lanzar improperios cuando vieron la escena de toreo que se recoge en una de las páginas (y eso que el estoque se hacía con un alfiler…). Sonreí ante la indignación desorbitada y me pregunté si hay un punto en el que puedan convivir tradición y actualidad. ¿Existe ese lugar de confluencia?
A.R.A: No me extraña en absoluto. La espantosa moda de “lo políticamente correcto” puede acabar con todo. Incluso con la literatura.
R.B.: Continuando con lo anterior y echando mano de caperucitas animalistas o bellas durmientes feministas  ¿Qué opina de las versiones de los cuentos tradicionales enmarcadas en contextos, ismos y problemáticas actuales que se publican sin cesar?
A.R.A.: Creo que ya he contestado a eso. Puede ampliarlo en un artículo mío titulado Cuentos populares, perfectamente incorrectos.
R.B.: La muerte, el clasismo o el machismo se han convertido en aspectos censurables en la sociedad occidental… ¿Qué les diría a todos esos adultos que viven preocupados por estas realidades recogidas en los cuentos tradicionales? ¿Cómo le podríamos dar la vuelta a la tortilla y animar así a la transmisión íntegra de estas creaciones a los niños sobreprotegidos del presente?
A.R.A: Hay que recordarles que los cuentos de tradición oral poseen un mensaje simbólico, que va dirigido a la formación de la mente y la integración del cuerpo humano. Querer racionalizar eso es emprender el vuelo de la paloma en un lugar abstracto, sin aire


R.B.: La cuentoterapia está muy de moda y se encuentra presente en los ámbitos de la psicología y la educación. ¿Qué piensa al respecto de esta práctica?
A.R.A: He conocido experiencias muy interesantes. Todas van dirigidas a aplicar los elementos simbólicos.
R.B.: Como los números impares están muy presentes en los cuentos populares, le voy a pedir tres últimas respuestas: su comida favorita, un juego que le divierta y alguna recomendación de lectura.
A.R.A: El gazpacho, el parchís y Las mil y una noches.



Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1941), aunque de joven fue marino mercante, estudió la carrera de Filosofía y Letras. Inició en Madrid la especialidad de Filosofía Pura, pero acabó licenciándose en Sevilla en Filología Moderna (1969) y doctorándose por la misma universidad en 1973. Fue profesor interino y contratado de la Universidad de Sevilla y del Colegio Universitario de Cádiz (1969-1974) y en 1975 ganó por oposición la cátedra de Instituto. Es autor de narrativa, teatro y poesía, sobre todo de obras dirigidas al público infantil y juvenil (se alzó con el Premio Nacional en esta categoría en el año 2005), sin embargo es más conocido por su prolongada e intensa dedicación al estudio y recuperación de los cuentos populares españoles, campo en el que sobresalen sus Cuentos al amor de la lumbre (Premio Nacional de Literatura 1985) y los Cuentos de la Media Lunita, una colección que se sigue reeditando desde hace más de treinta años. Desde 2015 es Académico Correspondiente de la RAE.

viernes, 11 de marzo de 2016

Hablando de LIJ con... Luis Daniel González


Román Belmonte: De entre todos los nombres de especialistas en LIJ que barajé para mantener esta charla, usted ganó por goleada. Creo que es usted bastante metódico y correcto, también que carece de prejuicios y posee un gran bagaje cultural, y, sobre todo, es honesto con su trabajo. Pero seamos sinceros: los dos nos hemos formado en aras de la ciencia para terminar apasionados por la literatura dirigida a los niños, ¿a qué se deberá?
Luis Daniel González: Gracias. Excesivos elogios, me parece. Ojalá fuera más metódico: hago lo que puedo. Sí que tengo prejuicios: todos los tenemos. Supongo que ser licenciado en Física te crea unos hábitos mentales distintos a los de alguien que ha estudiado una carrera de letras, pero no sé bien qué significa eso en este terreno.
R.B.: Aunque usted nos ha dado la bienvenida a la fiesta de la literatura infantil, jamás he recibido una invitación para tal evento, ¿podría improvisar una aquí?
L.D.G.: Soy cada vez más enemigo de las exhortaciones genéricas a leer y de cualquier mística en relación con la lectura tipo “leer te hace más libre” y ese tipo de frases supuestamente motivadoras. Yo fui un lector niño que disfrutaba mucho al leer (sobre todo libros de aventuras) y por eso puse ese título al libro que publiqué hace ya tiempo.
R.B.: Por cierto, ¿ha dado usted ya con alguna definición breve de “literatura infantil”?
L.D.G.: Aunque uso la expresión “literatura infantil”, pues es habitual y todos nos entendemos, prefiero la de “libros infantiles”, de los que unos son literatura y otros no. Lo cual no quiere decir que los del segundo tipo sean peores: si cumplen bien sus funciones, perfecto.
R.B.: Le he de confesar que uno de los primeros encontronazos que tuve con la LIJ fue gracias a usted. Ahora me toca preguntarle, ¿qué le llevó a posar su mirada en la literatura infantil?
L.D.G.: Que fui muy lector de pequeño, supongo. Que, en un momento dado, empecé a preparar unas selecciones comentadas de libros infantiles…, y que las cosas crecieron, sin yo saber bien cómo ni por qué, hasta este momento en el que estamos.


R.B.: A veces denoto cierta nostalgia en sus palabras, sobre todo cuando compara las joyas de la literatura con los nuevos relatos. ¿Qué tienen los clásicos de la Literatura Infantil y Juvenil que no tienen las obras de nuevo cuño?
L.D.G.: La nostalgia tiene que ver con la edad… Entiendo que una de las misiones del crítico es comparar, pues eso es justo lo que no puede hacer un lector joven. A veces los libros antiguos no es que sean mejores en todos los terrenos, sino que son los primeros en algo y ese mérito hay que darlo a conocer. Pasa lo mismo con los libros de una saga: los siguientes pueden ser mejores pero los personajes e ideas básicas suelen estar en el primero.
R.B.: A pesar de que hoy día se editan cientos de títulos, encuentro algo empobrecido el panorama de la literatura infantil... Argumentos repetitivos, antiguas recetas con nuevos formatos, refritos, obras poco trascendentes... ¿Son imaginaciones mías o usted percibe la misma realidad?
L.D.G.: Empecemos por decir que todos los argumentos son repetitivos. A Borges le parecía que solo hay unas pocas historias que vuelven una y otra vez cosa que yo también pienso, y no sólo por la autoridad de Borges. Esto es más evidente aún en los relatos de la LIJ. A nadie le puede sorprender que haya continuos álbumes sobre miedos nocturnos o nuevas novelitas escolares. Lo importante es que sean libros bien hechos: bien escritos, bien construidos, bien editados, respetuosos con los niños. Luego, sí es cierto que los intereses comerciales propician un exceso de libros flojos.


R.B.: En los libros infantiles de hoy día, ¿hay más moralina o moraleja?
L.D.G.: En todos los libros, y no solo en los infantiles, hay moraleja o moralejas. El que dice que no quiere darte una moraleja ya está colocándote una. En los libros infantiles esto se acentúa más porque los niños y jóvenes son personas en formación, algo que quien escribe o publica o compra para ellos, no suele perder de vista. La cuestión está en si se hace bien o mal. En relación a eso estoy contento de un artículo que escribí hace tiempo que se titula Defensa de las moralejas y que está AQUÍ.
R.B.: Si no me equivoco, usted ya se dedicaba a desgranar la LIJ antes de que las editoriales encargadas de reeditar los clásicos ilustrados y producir otros nuevos llegarán a este país con el nuevo milenio. A su juicio, ¿qué han sumado y/o restado estas empresas al género del álbum ilustrado?
L.D.G.: Sé que, en algunos casos, gracias a que algún editor leyó algo mío, algunos libros han vuelto a los escaparates, y eso me alegra, claro. Pero las nuevas ediciones de clásicos, con nuevas ilustraciones, creo que tienen más que ver con una tendencia editorial universal y con el auge de la ilustración en los últimos años. A mí me parece una buena noticia que vuelvan los mejores relatos del pasado, de una u otra manera.


R.B.: Vocifere el título de tres álbumes ilustrados redondos...
L.D.G.: Creo que yo no usaría la palabra vociferar… Tres: Donde viven los monstruos, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo, La ola.
R.B.: A pesar de todos los años que llevo escuchando el término “literatura infantil y juvenil”, todavía no me ha quedado muy claro el concepto de “juvenil”... Unas veces podría definirlo como un invento comercial y otras como literatura adulta edulcorada. ¿Qué hay de verdad y qué de falacia en este apelativo?
L.D.G.: Sobre todo, es que “juvenil” es un término muy amplio. Cualquier buen lector infantil, de doce años, decía Tolkien, puede leer cosas que nunca leerán muchos que doblan y triplican esa edad. Creo que basta usar “juvenil” en el sentido de que son, o parecen ser, lecturas apropiadas para lectores jóvenes: porque tienen a protagonistas chicos o chicas en su argumento, porque introducen algún tema de interés de un modo que a ellos les atrae, porque abren panoramas que luego pueden completarse con más lecturas de ficción o de no-ficción, etc.


R.B.: Bajo mi prisma de profesor veo en la paraliteratura una gran aliada a la hora de despertar el gusto por la lectura en los adolescentes, esos a los que me gusta llamar “los lectores perdidos”. ¿Qué lugar en el universo lector le da usted a este tipo de obras que tanto abundan en las librerías?
L.D.G.: No hay que derribar nunca la escalera por la que algunos han subido o suben. Hay quienes llegan a ser lectores debido a ciertos libros flojos y pienso que no hay que criticarles por eso pues, a fin de cuentas, hacen lo que pueden. Y, a lo mejor, hacen más de lo que haría quien les critica si estuviera en su situación. Pero la mala literatura es mala literatura, y los libros engañosos hacen trampas al lector, y hay personas que tienen la obligación de decírselo, como profesores, o padres, o amigos, o quien sea. A veces, sólo con comparar el uso de los adjetivos en unos párrafos de un libro de aventuras fantásticas con otros de El señor de los anillos, ya se lo haces ver. Por otro lado, me gusta el ejemplo de que los libros son como simuladores de vuelo de los sentimientos y si el simulador es engañoso más adelante tendrás problemas: el adulto tiene que advertirlo, para eso es adulto.
R.B.: La relación de la Escuela española con la Literatura Infantil siempre ha sido un poco somera, casi esquiva diría, y ha dependido más de la voluntad de los poco reconocidos maestros..., ¿sabe usted de alguna fórmula que propicie más encuentros que desencuentros entre esta institución y la lectura?
L.D.G.: No tengo nada clara la relación entre la LIJ y la escuela. Muchas veces pienso en que los grandes beneficiados de meter la LIJ en la escuela no son los lectores… En mi experiencia, personal y de amigos, creo que la mayoría de los buenos lectores no salen de la escuela. Pero no quiero generalizar: también conozco profesores que lo hacen extraordinariamente bien. En cualquier caso, hablando en general, opino que lo que la escuela debe hacer, sobre todo, es aquello que nadie más que ella puede hacer, que es transmitir los conocimientos básicos, los cimientos sobre los que se puede luego construir, y dejar otras actividades a instituciones que lo pueden hacer mejor.
R.B.: Desmigajar un libro no es una tarea fácil a tenor de los múltiples parámetros que hay que tener en cuenta, pero seguro que usted tiene alguna receta para separar la paja del grano... Deme alguna pista al respecto.
L.D.G.: No tengo recetas, la verdad. Procuro leer dejándome llevar, sin pensar mucho aunque tomando notas de las páginas en las que hay algo que me interesa o me sorprende (para bien y para mal). De la lectura queda una primera impresión y luego repaso lo que anoté. De todos modos me confundo no pocas veces: he tenido que rectificar opiniones, con el paso de los años, debido a que alguien me hizo notar cosas en las que no había reparado o a que nuevas lecturas me hicieron comprender algo bastante mejor. Por supuesto, cuando algo gusta mucho a los lectores jóvenes y a mí no, tengo que aclararme bien a mí mismo por qué pasa eso.



R.B.: ¿Qué tiene Narnia que no tengan otros mundos imaginados?
L.D.G.: Tal vez que, después de algunos libros de Edit Nesbit, fue la primera serie de libros de ese tipo: con niños protagonistas que van y vienen entre nuestro mundo y otro mundo fantástico. Por otro lado la narración es un tanto hipnótica, y tiene una densidad particular, que pasa por encima de algunas inconsistencias constructivas.
R.B.: Ha profundizado en temas como el libro ilustrado, la literatura fantástica o la historia de la LIJ y ha estudiado la obra de C. S. Lewis, Chesterton o Stevenson... ¿Qué se trae entre manos ahora mismo?
L.D.G.: Desde hace dos o tres años mi plan es “limpiar la mesa” y sigo con él. Es decir: quiero acabar cosas que tengo a medias —artículos, libros…—, repasar y corregir lo publicado hasta el momento, y dar por concluida mi aportación a la LIJ. Aún tardaré un tiempo, también porque me piden cosas y me llaman de algunos sitios, pero esa es mi idea actual.
R.B.: Para despedirnos, nos toca jugar, comer y leer... Pero para ello necesito saber antes cuál/es es/son su/s juego/s favorito/s, cuál/es su/s plato/s preferido/s y su/s libro/s predilecto/s...
L.D.G.: Mi deporte es, o más bien fue, el baloncesto. También, aunque nunca competí, el atletismo. Pero casi todos los deportes me gustan. No tengo platos que me pirren muchísimo, una buena tortilla para mí es suficiente. Y libros predilectos…, pues en mi página tienes de sobra para escoger.


Luis Daniel González (El Rosal, Pontevedra, 1955), aunque se crió en Orense, se trasladó en su juventud a Santiago de Compostela para cursar Ciencias Físicas, estudios que terminó en Valladolid. En la década de los ochenta puso en marcha una biblioteca juvenil e impulsó actividades de promoción de la lectura. De este trabajo surgió su Guía de clásicos de la Literatura Infantil y Juvenil (3 volúmenes), que sería ampliada más tarde para dar lugar a su obra más conocida, Bienvenidos a la fiesta (2001), un diccionario-guía de autores y obras LIJ que complementó con la página web homónima (ver AQUÍ) y dos anexos publicados bajo el nombre de Donde vive la emoción (2002) y Donde nacen los sueños (2003). Durante todos los años siguientes y hasta la actualidad, además de escribir numerosos artículos, críticas de libros, diversos libros -en edición impresa o digital- relacionados con la LIJ (entre los que destaca Cruces de caminos, junto a Fernando Zaparaín, 2010) o su estudio sobre Las crónicas de Narnia titulado Una magia profunda, también ha participado en cursos y conferencias, lo que le ha llevado a ser uno de los especialistas en LIJ mejor considerados del panorama de la Literatura Infantil y Juvenil.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Sobre los "especialistas" y la "crítica" de la LIJ


Tras la polémica que desató mi última reflexión en este sitio y alejado por unos días del mundanal ruido que a veces emite la LIJ (¡Qué bien me lo he pasado perdido junto a una buena parva de alumnos por la cornisa cantábrica!), he tenido tiempo para reflexionar sobre el extraño mundo de la “crítica” (las comillas implican poca concreción) de los libros para niños, un universo sin desperdicio al que he echado unas cuantas miradas y del que he tomado una serie de apuntes. Abro fuego...


Independientemente de la formación que tengamos los “especialistas” de Literatura Infantil (ya saben... tenemos elefantes universitarios, tocapelotas en busca de pedestal, libreros enteraos, discursos repetitivos, bibliotecarios henchidos, saltimbanquis reciclados, maestros concienciados y constructivistas, lectores de tres al cuarto, padres moralistas, modernos advenedizos, seres mitológicos y hasta gente seria), todos pensamos (me incluyo porque a veces tengo las cosas tan claras que peco de inocente) que los “críticos” de LIJ, aunque realicen un trabajo remunerado (nunca he contemplado esta opción porque tendría que depender de un tercero, y, a la larga, se traduciría en una batalla campal... Me gusta ir a mi bola. Porque puedo) o gratuito, el fin debe ir siempre, en una dirección: la del público, la del lector.
Lo cierto es que esto pasaba hace años, décadas, cuando la literatura para críos era minoritaria y en nuestro país, la fiebre por culturizar a las masas era una entelequia a la que se dedicaban cuatro soñadores. Hoy en día la cosa ha cambiado al erigirse la llamada LIJ como un negocio en el que también entran al trapo bastantes “especialistas”... No se alarmen, no me voy a meter con los honorarios de estos “investigadores” (entiendo que si prestan su ojo clínico y demás servicios a todos aquellos que los soliciten, están en su derecho de cobrar por ello lo que crean conveniente... ¡Estaría bonico que no pudieran comer ni abrigarse!), pero no voy a dejar de pasar la ocasión para hablar de la repercusión que esta decisión -la de entrar en el juego del dinero- tiene sobre la supuesta independencia que lectores y/o consumidores esperan de ellos.


En primer lugar hay que mirar a la relación que se establece entre las editoriales y los “críticos” lijerarios...
Aunque muchas veces te topas con editores que envían sus libros de manera desinteresada, obvian las pretensiones y conviven con un alma dividida entre el espíritu crítico y la realidad económica (desde aquí mi gran reconocimiento a todos ellos), son muchos los que se sirven de sus relaciones con los “especialistas” para prosperar y pescar unos cuantos billetes. No se echen las manos a la cabeza que les ilustro con unas pinceladas...


Pincelada 1. Imagínense que todas las semanas llegaran a mi casa cien libros y que sólo fuera capaz de reseñar una docena al mes. ¿Qué ocurriría si yo tuviera cierto acuerdo con la casa editorial X para prestarle una atención personalizada a las obras de su catálogo? Monopolizaría con libros de esa editorial un espacio que debería ser plural y diverso, lo que redundaría en las opiniones de mis seguidores y en la potencial compra de títulos. No le den mucho al coco, yo lo llamo manipulación -¿indirecta?- del mercado.
Pincelada 2. Otros empresas del ramo prefieren ponerse en contacto con los “estudiosos” de la LIJ para desnudar su catálogo ante las maldades y/o beldades que profiramos. Por un lado facilitan la tarea de búsqueda de títulos reseñables (Aunque dar con un buen libro lleva su tiempo, un servidor prefiere patearse librerías y bibliotecas a que otros le hagan la selección. ¡Que se note esa pasión por el álbum ilustrado!) y por otro agasajan a los amantes de los libros infantiles con el regalo más deseado (y ya saben que quien regala....). Una vez recibidos los ejemplares, tenemos dos opciones: actuar con objetividad y acarrear con reproches y enfados en caso de desagrado (¿Dónde queda esa libertad que se nos presuponía a ambos antes de la reseña?), o decantarnos por loas y reverencias para demostrar cierta gratitud ante “el detalle desinteresado” (y de paso, inclinar las ventas hacia uno u otro lado de la balanza).


Pincelada 3. De entre todos los mensajes que las editoriales nos lanzan a los “entendidos” lijerarios, me resulta bastante curioso ese punto en el que las empresas de la letra impresa, en vez de mandarnos ejemplares de sus mejores obras, prefieren hacernos llegar otros títulos menos reseñables (de segunda o tercera categoría, para que me entiendan), lo que se traduce en una encriptada intención de relanzar aquellas obras del catálogo con menos tirón y, si cuela, vaciar así los almacenes y llenar bibliotecas públicas y privadas de morralla pseudoliteraria.
Pincelada 4. Hay empresas que utilizan la imagen y/o el prestigio de los críticos para aupar sus negocios. Unos rezan “Selección de títulos a cargo de...”, mientras otros llaman enardecidos a los clientes a grito de “Uno de los mejores libros según...”, algo que, en ocasiones, no es sinónimo de calidad, sino de marketing y publicidad (Me recuerda al anuncio aquel de la margarina y el presentador del programa sobre salud doméstica... ¿Crédulo yo?).


Dejando a un lado la demonización del mundo editorial (no son tan malos: ellos proponen y el “crítico” traga y dispone...), abramos los ojos y enfoquemos la mirada... He aquí el amiguismo.
Todos tenemos familia, todos conocemos gente a la que echar un cable. Mientras yo contrataba a mi tío para reformar el baño, otros se dedicaban a vender el libro para niños que acababa de escribir su primo hermano (“¡Ay, Fulanito, échame un cable, que esto parece que no chuta!”) Y así pasa, que a pesar de no valer un duro, algunos venden libros como churros...
Cabe subrayar que, desde que este espacio está presente en las redes sociales, me he percatado de lo bien articulado que está el sector de la Literatura Infantil. ¡Cuántas risas! ¡Qué amigos somos! Autores, ilustradores, editores, bibliotecarios y libreros no paran de darse cera los unos a los otros. Muchos se conocen (personal o virtualmente), algunos parece que riñen, y todos ganan algo... Pero... ¡Un momento! ¿Qué hacen ahí los “especialistas”?... Pues nada, a cuestas con la LIJ por si cae alguna tajada. Y ahora es cuando me pregunto: ¿Cómo es posible poder juzgar debidamente una obra cuando te vas de cañas con el autor? ¿Cómo es posible ser imparcial con el libro de alguien al que te unen ciertos lazos, ciertos prejuicios?... Si además tenemos en cuenta que, como en cualquier otro sector, el mundo lijero es demasiado endogámico y muy intrincado, podemos afirmar que tiene que ver más con una pequeña mafia, la del papel impreso, que con el corro de la patata, algo que conlleva una falta de espacio cuando hay que dar cobijo a nuevas voces, a otras opiniones, a historias diferentes, a nuevas visiones. Y a uno le parece oír a lo lejos: “O comulgas con el sentir general de manera explícita, o eres un envidioso ignorante” y “Los que no sean de nuestra cuerda, ¡les hacemos el cuello pronto!” (¡Ufff! Parece que estoy hablando de un partido político... ¡Si levantara la cabeza Rodari!).


Mi tercera mirada se posa sobre los intereses creados... No son pocos los “especialistas” que viven (cuando digo vivir, es vivir) a costa de la LIJ (asesores, editores, autores, ilustradores, narradores...) y se ven en la obligación de proferirse autobombo, de aprovechar la coyuntura y vender sus obras, sus proyectos, el producto, que bien mirado, es la parte más inofensiva de este cotarro puesto que sólo engañan al que se deja. Otra cosa es que, haciendo gala de su poder e influencias, actúen en detrimento de otros actores en este teatro lijero, bien por una chorrada, bien por enemistad, o bien por mera venganza, algo en lo que estoy en total desacuerdo puesto que, aparte de minar el ánimo de terceros que poco tienen que ver en las rencillas personales, empobrece el abanico de sugerencias que se ofrece a los lectores y reduce las posibilidades de hallar algunos buenos títulos que a veces son difíciles de encontrar en el mercado.


Por último, hay que hablar del sesgo... Todos los lectores, llamémonos como nos llamemos, tenemos cierta inclinación por unos libros u otros, por unos estilos de ilustración, por ciertos argumentos, por formatos y tipografías concretas... Esto obliga a que, últimamente, muchos “entendidos” se hayan centrado en ciertas editoriales (las mismas de siempre) y no presten atención a otros proyectos que también tienen cabida en las salas de lectura. ¿Acaso son las únicas en encontrar buenas historias, en editar buenos libros? Muchas veces se da a entender que sólo estos proyectos editoriales han sido iluminados por un haz de claridad divina y todo lo que se salga de sus estándares es caca-de-la-vaca. Y no. No creo que opinar obnubilado por la omnipresencia de cuatro editoriales, por los libros que rizan el rizo, sea el presente y el futuro de un panorama editorial cada vez más variopinto y enriquecedor.


No sé si tendré mucho de osado, caústico, tonto, cretino o payaso (seguramente un poco de todo... al menos, yo me miro en el espejo), ni tampoco si las opiniones vertidas en esta entrada tendrán consecuencias positivas o negativas sobre mi tejado y/o el ajeno, pero tengo bien claro que lo único que nos debería mover a los “críticos”, “especialistas” o “entendidos” de LIJ, es eso: la LIJ, los lectores que confían en nosotros, y nada más.


Todas las ilustraciones de esta entrada pertenecen a Quint Buchholz. 
La mayor parte de ellas están extraídas de En el país de los libros (Nórdica Libros) y El libro de los libros (Lumen).

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