Como
bien reza el anuncio de El Corte Inglés©, con esta crisis volvemos a pasear, a
cocinar, a leer, e incluso a sonreír. Hemos dejado a un lado los lujos y las
pretensiones, y nos hemos dedicado a vivir –algunos mejor que otros: las colas
del paro son una pena…-. Esa vida que algunos, por modesta, consideran menos
digna, es tan válida como esa otra a rebosar de caprichos efímeros y vermús de
doscientos euros. Prueba de ello es que en Internet y las redes sociales han
florecido páginas dedicadas al crochet, al ganchillo, a la decoración con
objetos reciclados, a la ilustración, a las bellas artes, al diseño, al arreglo
de ropa, a la mecánica del automóvil e incluso a la lectura… Aunque considero
que todavía no son suficientes para engendrar ideas productivas (se necesita
exprimir más el limón…), sí creo que se está generando un entramado colectivo
que empieza a recuperar las bases de la tradición y la técnica de numerosas
parcelas de la creatividad, una necesidad para todo tipo de conocimiento (ahora
sólo falta que dejemos de comprarle a los chinos, apoyemos a la producción
europea y las grandes potencias económicas dejen emerger la industria
española). Si bien es cierto que todas estas plataformas de conocimiento
-incluyendo Coursera- tienen una parte comercial, se rebozan de un altruismo
mediático que hay que aprovechar para tiempos mejores, es por ello que hay que
frotarse los ojos, abrirlos bien, y empaparse de todo lo bueno que nos está
llegando de esa cultura que otrora abandonamos en aras de carabineros y trajes
de alta costura.
De
entre todos los títulos clásicos que están regresando a las estanterías de
librerías y ¿bibliotecas? (¡qué tristeza da contemplar los expositores de
novedades de la mayoría!) durante esta primera parte del año 2013, quiero señalar
Un día de nieve de Ezra Jack Yeats, que leí hace mucho tiempo en la versión
inglesa y que ha sido editado recientemente por la editorial “Lata de sal”.
Este álbum ilustrado, el primero protagonizado por un personaje de raza negra
(de ahí su importancia histórica, sobre todo en los EE. UU.) y Medalla Caldecott en 1963, narra las
peripecias de un niño que, con ternura e imaginación, disfruta del contraste
que la mayoría de las veces da la nieve, no sólo a jardines y tejados, sino
muchas veces también al alma.
