Parece que el frío arrecia. El mar se agita, algunos campos
se han cubierto de nieve y circula un viento que rasca bien los riñones. Así
que, esperando que arribe un febrero más suave, toca abrigarse. Un jersey
gordito, gorro (sombrero para los elegantes), un par de guantes, botas altas,
algunos hasta leotardos, un cortavientos y la bufanda que no falte. Lo bueno
del asunto es que las materias primas han cambiado. Que antes con tantas capas
de lana, por poco moríamos sepultados…
Aprovechando que mañana hago pública la primera parte de la
selección de libros informativos del curso 2018-2019 (pueden echarle un vistazo
a la selección del curso pasado AQUÍ y AQUÍ, e ir abriendo boca, porque les
aseguro que los nuevos libros también son geniales), he querido empezar esta
cortita semana (ya saben que se nos avecina uno de esos puentes que alegran la
existencia) con la relación entre los niños y el mundo… ¡Allá voy!
Nadie nace sabiendo. Unos abren más los ojos que otros, sí,
pero todos necesitamos que alguien nos vaya presentando el mundo de una manera
u otra. Por lo general suelen ser los padres quienes introducen al niño en lo
que le rodea. Primero van los sonidos, después las formas, el tacto y el gusto
(¡Los niños lo chupan y saborean todo! Bendita fase oral…). Después -y también
antes- llegan las palabras, su sonido, su melodía, su significado. Arriban más palabras,
más cosas, muchos más procesos. Así hasta que viene el día de nuestra misma
muerte, pues bien es sabido que cualquier jornada es el inmejorable escenario
para aprehender aquello que llama nuestra atención, que despierta la
curiosidad.
Padres, hermanos mayores y menores, abuelos, primos, tíos,
compañeros de colegio, maestros, amigos, parejas, colegas de trabajo y
completos desconocidos nos van abriendo puertas, bosques y caminos, unos ya
conocidos, otros impenetrables. Nos cogen de la mano y nos pasean por aquí y
por allá. Apuntan, señalan y nos explican esto y lo otro. Cómo funciona una
bicicleta, cómo se transcribe una conferencia, cuál es el nombre de las
estrellas, cómo se escogen frutas y verduras, o la receta de una ensaladilla. Enseñar
y cultivarse, sembrar y recoger, en eso consiste el aprendizaje.
Por todo ello no es de extrañar que muchos libros infantiles
se hagan eco de este hecho cotidiano. Como prueba, estos tres títulos que abren
la semana: Cuando yo nací de Isabel
Minhós Martins y Madalena Matoso (editorial Takatuka) Cuando papá me enseñó el universo de Ulf Stark y Eva Erikkson (editorial
Galimatazo) y Porque te quiero mucho
de Milja Praagman (Hércules Ediciones). Aunque todos tratan esta relación entre
los niños y su entorno, existen diferencias entre unos y otros que desgrano a
continuación.
En el primero, las autoras de Planeta Tangerina recurren de
nuevo a sus líneas sencillas y sus juegos de color para introducirnos en una
historia que va desde el nacimiento del protagonista hasta los primeros años de
vida. Mientras que al principio prima el uso del negro (quizá una metáfora
sobre la oscuridad del vientre materno), la paleta de colores vivos se abre
camino hacia las páginas finales para contarnos esa evolución en el
conocimiento que experimenta un niño donde no existen otros protagonistas
explícitos.
El segundo es un libro con cierto éxito y recorrido en los
países nórdicos, sobre todo en Suecia, y con el que se estrena la editorial
Galimatazo. En él, un padre decide mostrarle el cielo estrellado a su hijo, un
niño que descubrirá otro universo mucho más cercano en el recorrido que va de
su casa al campo abierto. Es así como los autores ponen en tela de juicio la
visión tan distinta que del mundo tienen pequeños y mayores, una dicotomía ya
clásica en la LIJ subversiva que se ve acrecentada por la nota jocosa al final
de la historia (que me ha encantado, he de confesarlo).
Por último tenemos la emotiva historia de una abuela y su
nieta mientras pasean por las calles y descubren rincones cotidianos. Parques,
museos y plazas se suceden en las páginas de un libro que hace algún guiño a
Nueva York (fíjense en el mosaico homenaje a John Lennon del Strawberry Fields
Memorial de Central Park) y que ofrece muchas preguntas a la niña protagonista.
Llama la atención el mensaje de ciudad multicultural que encierra este libro
gracias a la diversidad de gente que la habita y los símbolos que se recogen en
ella. Tanto es así que las mismas protagonistas pertenecen a la esfera de las
familias multirraciales.
En definitiva y resumiendo: tantas cosas aprendemos gracias
a los que se cruzan en nuestras vidas, que hay que agradecerles su tiempo y dedicación
con libros como estos.
Nada como las redes
sociales para proveernos de todo tipo de desórdenes psicológicos,
egos mal resueltos, miserias humanas y gestos bizarros. A pesar de
que medio mundo hacemos uso de estos escaparates vomitando todo tipo
de mensajes, hay usuarios y usuarios...
Dentro de los que las utilizan con poco decoro (no me refiero a aquellos que les dan carácter de herramienta), podemos definir dos facciones... A un lado tenemos a los
inofensivos. Me encantan esas personas que utilizan feisbuq como
vehículo terapéutico colgando todo tipo de mensajes que ponen en
evidencia sus necesidades amorosas o familiares. Feisbuq, tu mejor
amigo: para sentirse querido, buscar algo de apoyo, un abrazo
cibernético. Para que no te digan “¡Triste! ¡Que eres un
triste!”...
También están los
rimbombantes. Éxito por aquí, éxitos por allá. “Acaba de
sentenciar el charcutero que me merezco el cielo eterno”, “Soy la
mejor, mi perro dixit”. Que bien mirado, más que de publicidad, la
cosa peca de propaganda y lo que buscamos es la visibilidad entre el
rebaño. Diferenciarnos, vamos...
Al otro lado están los
dañinos, los que ofenden con descaro. Eso de usar las redes sociales
para poner a la gente a caldo debería estar penado (¡Ah! Que lo
está... “Me se” había olvidado). Lo mejor de todo es cuando
huele a podrido y nos anquilosamos: se muere algún político de un
bando, y los del otro ya se están cagando en su puta madre. Y así
seguimos: involucionando.
También los
entrometidos, bien que joden a la chita comentando. Mucha gente se
enfada porque, claro, le comentan la jugada e, irremisiblemente, se
enzarzan dimedireteando. Esta claro que el que hace uso de las redes
sociales se expone a críticas de toda clase, pero que también sepan
los comentaristas que de elegancia también vive el hombre (¡No
borren los comentarios! Y que cada cual luzca su pelaje). Si ya me lo
decía mi madre: “Nene, no señales, que está muy feo”.
Sin lugar a dudas y pese
a quien pese, los mejores son los que se quedan, a pesar de las
poses, en el medio. No porque nos alegren el día con cirugía
estética, morritos y garbo, sino porque dan muestras de que el
postureo es una lección de vida y para vivir, se nace. Que sí, que
sí, que en ver de hozar en la mierda de otros, buscarse algún
noviete o echar una canita al aire es más saludable (que no sano) y
amable.
Y con tanto lío, ¿por
qué las redes sociales? Feisbuq, tuiter o istagram no dejan de ser
más que una pequeña (o grande, quién sabe...) dictadura impuesta
por nuestras bajas necesidades ya que, a pesar de recitar el “yo
controlo” no nos damos cuenta que el producto, las víctimas
(consentidas, como siempre) somos nosotros. Nos creemos dueños de lo
nuestro, pero actos, imágenes o palabras son la moneda de cambio
para los caprichos de cuatro mang(one)antes. Nos obligan (sutilmente)
a ser sus dóciles mamporreros, perdemos las formas (violenta o
complacientemente amaneradas), y enajenados por una gloria que, al
fin y al cabo, es de tres al cuarto.
Una buena salida sería
leer ¡De aquí no pasa nadie!, un álbum maravilloso de
Isabel Mihnós Martins y Bernardo P. Carvalho editado en castelano
por Takatuka, que tomando como excusa el espacio de la doble página
nos plantea un acto de rebeldía social ante las normas un tanto
ficticias e incomprensibles establecidas por un general. Metafórico
a la par que divertido me ha parecido una historia con un componente
coral maravilloso en la que todos los personajes aportan su grano de
arena a cambiar la perspectiva de las cosas, principalmente el
soldado insurrecto que da el primer paso. Con multitud de detalles,
tanto técnicos (las guardas son una verdadera delicia o el uso del
espacio físico como recurso narrativo para ensalzar el libro como
objeto son verdaderas delicias), como discursivos, me parece un álbum
ilustrado más que recomendable para mostrar los avatares
dictatoriales a pequeños y grandes.
Y si, ni aún así,
logramos enfrentarnos a la dictadura de las redes sociales, les
recomiendo que piensen antes de publicar y comentar en ellas, más
que nada por imprimirles algo de elegancia, que como dice la Miriam,
“para ser hay que estar”. Y si estamos que por lo menos seamos... humanos. P.S.: Y de propina... mis paisanos:
-
¡Querido chismoso! ¡Bendito alcahuete! ¡Bienvenido! ¡Te esperábamos desde hace
tiempo! ¡Nos aburríamos soberanamente sin ti!
-
¿Y eso?
-
Nos faltaban temas de conversación. No sabíamos qué decir.
-
Querrás decir “hacer”...
-
Lo mismo da, que da lo mismo. Tanto monta, monta tanto… ¡Pero pasa! ¡No te
quedes en la puerta! Siéntate donde más rabia te dé, acomódate…
-
Gracias, gracias… No estoy acostumbrado a tanto agasajo…
-
En esta casa eres bien recibido, te necesitamos. No soportamos hablar de
nosotros mismos, estamos hartos de nuestra vida. Queremos saber de los
demás, de sus alegrías y de sus penas, en vez de nosotros.
-
Poco traigo esta vez que os haga felices, la verdad sea dicha…
-
¿Qué más da? La cuestión es hablar de aquello, de este o de la otra… Ya nos
encargaremos nosotros de adornarlo a nuestro modo, de explicarlo como mejor convenza,
¡de la forma más creíble!
-
Pero…
-
¡No importa, no importa! Tú dinos y nosotros dispondremos… Necesitamos
sentirnos vivos. ¿Acaso no lo entiendes? La envidia tiene que correr por nuestras
venas, alimentarnos de los que sea, aunque sea carroña sobre la que volar en
círculos.
-
Me han hablado de un hombre y una mujer...
-
¡Como nosotros, cariño!- Dijo mirando la sonrisa de su marido.
-
La mujer es elegante y con buena posición. Su hombre, apuesto y educado…
-
¡Qué parecidos a nosotros! Sigue, sigue…
-
También me han hablado de que su hija es tremendamente cariñosa, dulce, y su
bondad no tiene límites. Que siempre va cantando camino de la escuela y salta sobre sus zapatos nuevos, saluda a los pájaros y los ancianos con una sonrisa brillante.
-
¡Entonces es igualita que Leire! ¿Qué les pasa? ¡Continúa!
-
Es triste decirlo... - ¿El qué? - La niña murió esta mañana arrollada por un camión.
-
¡Qué horror! ¡Pobre! ¡Qué padres más poco precavidos! ¡Qué irresponsables! ¡Menos
mal que tu acompañas todas las mañanas a Salma a la mismísima puerta!- Dijo la
madre mientras su marido salió corriendo envuelto en dolor y lágrimas.
N.B.: Para más historias de chismes, dimes y diretes (más infantiles y menos trágicos), lean: MINHOS, Isabel & CARVALLHO, Bernardo. ¿Eres tú?. México: Fondo de Cultura Económica.