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lunes, 22 de junio de 2009

Convivir


En breves momentos me dispongo a entregar las notas de mis alumnos (menos mal que me estoy preparando con una buena banda sonora -Lil’ Kim, Foxy Brown y Mc Lyte- para lidiar con unas cuantas madres) y, si Dios quiere y hasta septiembre, no más trabajo. Necesito desconectar del mundano ruido y dedicarme a la vida contemplativa de las piscinas -que si mira este o fíjate en aquella- y al ahorro obligado para la puesta a punto de mi futuro hogar, porque, aunque parezca mínima tarea, tiene su aquel: coche para arriba y coche para abajo, regateo de precios, echar mano de algún amigo bienintencionado, solicitar opiniones, comparar precios, probar y reprobar, coger teléfono, colgar teléfono, recorrerse todas las tiendas de veinte duros… A veces me pregunto “Todo esto, ¿para qué?” Supongo que será para disfrutar de un espacio propio, para hacer real tu independencia..., aunque también creo que, lejos de tanta soledad, ser propietario sirve para discutir en las reuniones de la comunidad de vecinos, soportar al vecino adolescente de turno, dar cobijo a algún que otro amigo desahuciado, celebrar reuniones, recibir visitas del cartero, los testigos de Jehová y algún mormón, hacer transacciones de arroz y azúcar, y caer en la cuenta de que quieres cambiarte a un chalet adosado.
Lejos de tanta gracia barata, la realidad es que tenemos que acostumbrarnos a soportarnos los unos a los otros, y si es con buen humor, mejor que mejor. Aunque la convivencia es desagradable unas veces, otras es la mar de positiva… Si esto no fuese así, tendríamos que enjaularnos en una urna de metacrilato, echar un par de lañas en la boca y hacer gala del egoísmo más absoluto.
Y si no quedan convencidos por mis argumentos, les dejo con los de Jérôme Ruillier en su obra Aquí es mi casa (editorial Juventud), cuyo protagonista sólo necesita una tiza para convencerse de que una casa no sirve de nada si no la compartes.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Con cuatro esquinas...


Los entendidos en palabras dicen que en los libros hay frases que, cuando las lees, son capaces de estremecerte. Pero ¿esto siempre sucede con la misma frase, el mismo fragmento? Mi naturaleza de científico –la poca que tengo- decidió un día poner a prueba el efecto de esas “lápidas” literarias. Empecé a recordar obras que contuviesen alguna frase sorprendente, que me hubiesen erizado el vello, y di con algunos títulos. Excavé entre los volúmenes de mi biblioteca y empecé a releer. Tras leer tres títulos y no habiendo obtenido con ninguno de ellos las mismas o semejantes sensaciones que en el día de la primera lectura, desistí, concluyendo con que, muchas obras, dependiendo del instante de su lectura, causan un efecto u otro sobre un mismo lector. Y con esa cantinela, compartida con muchos lectores ajados y experimentados, he ido desmoralizando a todos los lectores noveles que tienen su primera experiencia mística con esta o aquella novela de moda.
Hace un par de años, pidiendo consejo bibliográfico para ciertas jornadas por el llamado Plan de Lectura, Beatriz, de la Sección de Programas de la Red de Bibliotecas Municipales de Albacete, me recomendó cierto libro que no conocía, Por cuatro esquinitas de nada, de Jérôme Ruillier –Editorial Juventud-, aduciendo a su favor que fue todo un éxito en el programa de Cuentacuentos. Sopesé con ciertas dudas el título, pero finalmente, opté por buscarle un sitio en mi maleta. Una vez llegado el momento, rodeado por quince maestros y algún que otro despistado, cogí el libro entre mis manos y empecé a contar la historia que entre sus páginas estaba encerrada…: que si los redonditos por allí…, que si cuadradito por allá…., que si el uno…, que si los otros…, hasta que llegué al punto mágico del relato… Entonces, recortan cuatro esquinitas, cuatro esquinitas de nada… y se me anudó la garganta, y se me secó la lengua, y casi se me aguan los ojos… ¿Y saben qué?... Desde ese día, en todos los cursos que imparto, leo ese libro, y se me anuda la garganta, y se me seca la lengua, y casi se me aguan los ojos. Y así, con cuatro esquinitas de nada, animo a que los demás lean, a que se les anude la garganta, a que se les seque la lengua y a que se les agüen los ojos.
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