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jueves, 19 de abril de 2018

Aventuras para aprender



Hoy me llevo a los alumnos de parranda, un sinónimo que ellos utilizan a la hora de referirse a alguna visita institucional o salida al campo. Y si hace un día como hoy, la jarana se eleva a ene, no sólo porque se sienten más libres que cervatillos (eso de estar en el aula, es contraproducente a su naturaleza de adolescentes saltarines), sino porque este calorcete eleva el nivel de hormonas en sangre y el asunto se enfervoriza aún más.


Siempre he dicho que los alumnos aprenden más fuera que dentro de los centros educativos. Se topan con muchas realidades que de otra manera sería imposible, entran en contacto con una naturaleza que les recibe de lleno, desarrollan otras formas de aprendizaje y se establecen otros vínculos con iguales -y diferentes, que un servidor tiene poco de crío- que les hacen crecer. Lo sé y creo en ello de manera fehaciente. El laboratorio y los parajes de España fueron las aulas de mi enseñanza universitaria, y ha pasado a ser algo que fomento desde bien temprano en esta profesión donde abundan los docentes estáticos.


Es esa obligación de enfrentarse al mundo la que nos capacita como seres vivos. Rodearnos de lo desconocido y ponerle cara a lo teórico son destrezas que debemos potenciar en un mundo cada vez más individualista, cada vez más egoísta, a pesar de redes sociales y otras relaciones bastante ficticias. El yo y el resto deben convivir (o al menos intentarlo), y es una razón por la que los maestros, los padres, seguimos siendo imprescindibles. Empujar es nuestra tarea. No les diré si suavemente o de forma brusca, ni si debemos hacerlo con una sonrisa o imponiendo nuestra ley, si en masa o uno por uno, pero hay que hacerlo, queramos o no.


Y así llego a uno de los libros más hermosos de los últimos años, El gran gris, otro de esos álbumes deliciosos a los que nos tiene acostumbrado Jörg Müller (ya saben, el de El soldadito de plomo), esta vez junto a la prosa de Jörg Steiner, y que fue publicado por primera vez por Lóguez en 2004. Es un libro sobrio y elegante, bastante formal diría yo, pero con una fuerza narrativa exquisita, no sólo por una estructura en la que se aúnan recursos propios del cómic y diferentes altibajos rítmicos, sino por esa historia intergeneracional en la que me siento identificado cada vez que me toca alternar más de una hora seguida con mis alumnos de los que siempre aprendemos uno y otros.


En su discurso sobre elecciones y libertad que puede dar para mucho por todas las capas discursivas que entraña, dos conejos coinciden en un mundo natural lleno de vicisitudes. Las escenas se suceden, unas veces a doble página, otras a modo de viñetas sin calles, e incluso verticales, elaboran una historia en la que unas veces te detienes a contemplar y otras sientes el vértigo de una acción enmarcada en bellos paisajes que recuerdan a los bosques de la pintura flamenca.


Un libro hermoso y diferente en el que Müller utiliza composición y luz de una forma magistral (la imagen de la tapa en la que la luna llena ilumina a los protagonistas en mitad de la noche es muy cautivadora) que nos acerca de nuevo a un universo donde la perspectiva cinematográfica es más que patente, y es suficiente para decirles que están invitados a este viaje iniciático aderezado con aventura y aprendizaje.

lunes, 22 de octubre de 2012

Novedades con parecido razonable (1)





Comienzo esta sección de presentación de algunas novedades, a tenor del parecido razonable que muchas de ellas tienen con otras obras de la LIJ, bien sean noveladas o ilustradas, que lo mismo da, que da lo mismo. Esto no quiere decir que esté denunciando un plagio evidente, ya que, como casi todo lo que se reseña en este lugar, todas ellas tienen motivos de calidad que las hacen, si no imprescindibles, sí especiales.
Lo que también deben de notar es que, cuando se han leído muchos libros, es inevitable que unos recuerden a los otros ya que, la literatura, como cualquier otro proceso inventivo, está basado en los pasos y avances que los primeros dan respecto a los segundos, por lo que la creación se convierte en un entramado temporal y miscible de haceres e ideas, que no sólo consiste en revolucionar los paradigmas, sino en mejorar y actualizar las creaciones de otros que siguen funcionando entre los lectores.
La primera de estas obras otoñales con semejanzas es El soldado de plomo, del ganador del Premio Internacional de Ilustración Feria de Bolonia-Fundación SM en su edición del año 2011, Page Tsou, que como bien supondrán es una adaptación ilustrada del clásico de H. Ch. Andersen, El soldadito de plomo, remezclado con imágenes, tipografía y traducciones unas centenas de veces, entre las que también recomiendo El soldadito de plomo de Jörg Müller (Lóguez).
Además de señalar la calidad de la edición, en la que destaca el diseño de las tapas (exquisito, atractivo y con gran reclamo comercial), el formato y  la tipografía, hay que hacer un larga pausa para analizar unas ilustraciones que, además de imprimir ritmo narrativo a la historia, nos permiten descansar en cada una de ellas por diferentes motivos como son: la gama de colores cálidos que presentan (sólo he encontrado un color frío, el verde), los detalles que se camuflan en ellas, cierto aire nostálgico a caballo entre los años setenta y ochenta, y esa doble lectura que permiten, en la que el pacifismo final vence al cuento clásico inicial.
Aunque prefiero la adaptación de Jörg Müller, esa en la que se prescinde de las palabras, en la que las ilustraciones poseen un lenguaje más cinematográfico, donde el argumento narrativo está ambientado en nuestros días, y en la que el mensaje es más próximo al niño (materialismo versus utilitarismo), diré que ambas realizan un gran trabajo de reinterpretación, que al fin y al cabo, es de lo que se trata, de seguir caminando.
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