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miércoles, 18 de marzo de 2009

Poder y no querer


La escuela es un coñazo. ¡Que se lo digan a muchos y muchas! Hartos de tanto apunte y examen, son bastantes los que se decantan por dejar a un lado los estudios y dedicarse a otros menesteres ¿más provechosos?
Empiezan haciéndonos creer que su futuro está ahí fuera (como la verdad que tanto anhelaban Mulder y Scully) y se sumergen a tientas y ciegas en una realidad laboral nada opípara durante un tiempo que oscila entre unos días y unos pocos meses. Visto lo visto y después de quedar sacudidos por el maremoto del trabajo basura y otras vicisitudes, léase oficina del paro, cursos de anti-formación o contratos de todo-a-cien, deciden regresar a la enseñanza y continuar con aquello que aparcaron por osadía, ignorancia o castigo, y así pasa, que las escuelas de adultos están atestadas…
Lo peor de todo viene cuando a muchos nos da por pensar en todos los recursos que se desperdician hoy día en ciertos países ¿desarrollados? y lo aprovechables y provechosos que serían para otros, bien en este presente o en otros tiempos pasados. ¿Cuántos no darían lo que fuese por oportunidades para formarse como las que hoy se desechan?
Así que, tras estos pensamientos en voz alta y ligeramente cabreado, cuando escriba el punto y final de esta noticia, abriré Martin Eden y, siguiendo la historia ideada por Jack London, imaginaré que uno de esos exalumnos que desistieron de aprender, acariciado por el increíble poder que tiene el amor, regresa al mundo de los libros y el estudio para ser tan firme e insoldable como los hombres que sostienen nuestra existencia.
Así, con la tónica que declama la sabiduría popular, afirmo que querer es poder además de muchas otras cosas.

jueves, 13 de noviembre de 2008

De lo salvaje




Para Antonio, uno de tantos, uno de tan pocos.

Por favor, recuerde que todo lo grande se debe a la pasión […].

NB: Hace poco tiempo leí esta frase, y he creído conveniente reproducirla aquí, más que nada, porque fue escrita por el autor al que hoy dedico esta particular reseña.

Algunos lectores, me reprochan que no suelo escribir sobre novelas de aventuras en este sitio. Rara cuestión en un espacio dedicado a la LIJ... Y les doy la razón. No sé a qué se debe (excepto aversión, cualquier cosa), así que hoy, con tal de joder, voy a escribir sobre Jack London.
Desconocedor de su propia infancia (paradójico aspecto, ya que sus obras más conocidas han sido leídas, tradicionalmente, por el público juvenil), Jack London nació en San Francisco en 1876. Hasta los trece años, estudió en diversas escuelas rurales y centros de Oakland, donde, gracias al interés de una bibliotecaria (destaco este punto ya que a este gremio, le encantan semejantes datos), adquirió un gusto por la lectura que conservó durante el resto de su vida. Tras fregar cubiertas de yates, repartir periódicos y trabajar en industrias conserveras, se convirtió en ladrón de ostras. Después de innumerables avatares y viajes, Jack London, socialista convencido y conocedor de la sociedad de su tiempo, engendró numerosas obras que hoy se cuentan entre las clásicas de la Literatura.
En El silencio blanco, La llamada de lo salvaje o Colmillo blanco, destaca la violencia y la rebeldía del ser solitario, capaz de luchar a lo largo de su propio camino, subrayando el enfrentamiento entre el Hombre y lo vasto de la naturaleza.
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