

Cada vez estoy más anonadado por la pésima matemática del españolito de a pie. Sí, sí, ya sé que tenemos muchas virtudes, desde nuestra merecida fama de juerguistas, hasta nuestra desmedida pasión sobre el colchón, pero de números, más bien poco. Álgebra, cálculo, trigonometría, ecuaciones, asíntotas y tangentes, quebrados, logaritmos, derivadas e integrales no son santo de nuestra devoción.
Dicen por ahí que lo nuestro son las letras, aunque después de los últimos resultados académicos de los escolares patrios, no sé qué decir. Así que mejor es callarse… ¡Pero las matemáticas…! Y créanme, no será por el poco empeño de los profesores de la materia, no será por métodos didácticas, no será por manuales y libros de texto… Pero lo malo es que es.
Yo siempre odié el mundo de los números, tanto que prescindí de él en el antiguo C.O.U. Yo, se supone que un hombre de ciencias, era capaz de ahorcarme del extremo de una raíz cuadrada. Yo, nulo en la lógica formal de lo abstracto, las tuve que estudiar hasta obtener la calificación no muy honrosa de “aprobado”.
Ea, es lo que hay, así que pongan pies en polvorosa y ayuden a sus hijos, sobrinos, nietos y alumnos en la difícil tarea de comprender el rifi rafe de los números. Para ello les recomiendo dos nuevos títulos con los que la editorial Kókinos da la bienvenida al curso escolar: El agujero negro, de Jaime Compairé y Uno, cinco, muchos, de la incombustible Kvêta Pacóvska (que, para variar, me ha encantado y del que me las he visto negras para conseguir una imagen, de ahí que haya optado por la versión francesa…). Y si no consiguen aprenderse la tabla de multiplicar, siempre les quedará la cuenta de la vieja, recurso muy socorrido a la hora de ir al supermercado.
Dicen por ahí que lo nuestro son las letras, aunque después de los últimos resultados académicos de los escolares patrios, no sé qué decir. Así que mejor es callarse… ¡Pero las matemáticas…! Y créanme, no será por el poco empeño de los profesores de la materia, no será por métodos didácticas, no será por manuales y libros de texto… Pero lo malo es que es.
Yo siempre odié el mundo de los números, tanto que prescindí de él en el antiguo C.O.U. Yo, se supone que un hombre de ciencias, era capaz de ahorcarme del extremo de una raíz cuadrada. Yo, nulo en la lógica formal de lo abstracto, las tuve que estudiar hasta obtener la calificación no muy honrosa de “aprobado”.
Ea, es lo que hay, así que pongan pies en polvorosa y ayuden a sus hijos, sobrinos, nietos y alumnos en la difícil tarea de comprender el rifi rafe de los números. Para ello les recomiendo dos nuevos títulos con los que la editorial Kókinos da la bienvenida al curso escolar: El agujero negro, de Jaime Compairé y Uno, cinco, muchos, de la incombustible Kvêta Pacóvska (que, para variar, me ha encantado y del que me las he visto negras para conseguir una imagen, de ahí que haya optado por la versión francesa…). Y si no consiguen aprenderse la tabla de multiplicar, siempre les quedará la cuenta de la vieja, recurso muy socorrido a la hora de ir al supermercado.