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martes, 20 de noviembre de 2018

¡Qué risa, María Luisa!



Llevo unos días riéndome sin cesar, y la verdad es que se agradece sobremanera. Tonterías de todo tipo, también banalidades, e incluso asuntos de supuesta importancia han sido el detonante de carcajadas y mofas junto a la Juli, la Inma, el Pacote y el Darwin (en calidad de "guest star"). Siempre hay lugar para un poco de humor sobre todo si no es dañino y todos convienen en que la mejor de las maneras de sobrevivir al paso del tiempo es curvar la línea de los labios hacia arriba (que bastantes son las veces que lo orientamos hacia abajo).


No quiero decir que debamos sacar chiste a todo (sobre todo si la sensibilidad de la gente que nos rodea nos condiciona), pero sí utilizar la risa y la ironía para restarle importancia a todo aquello que objetivamente no la tiene. Que si un compañero de trabajo se pone tonto, que si los amigos de turno se ponen como una cuba y te dan la noche, que si la cola del  “Baila cariño” va camino de las dos horas, que si el albañil se va a almorzar y no vuelve al tajo… Nada, hay que ver la parte positiva de todas estas situaciones e intentar quitarles hierro. Que si no, nos encendemos y no pueden extinguir el fuego ni los bomberos de la calle San Bernardo.


Y si no encuentran motivos para darle a las maracas, les recomiendo que cojan un libro como el de hoy y encuentren cierta inspiración. Y es que un servidor es muy fan de los Ahlberg. Aunque Janet y Allan tienen un buen puñado de libros superventas en el mundo anglosajón, desde la desaparición de algunas casas editoriales que dominaron el mercado durante los años ochenta y noventa, he echado en falta libros muy apreciados por los niños, debido sobre todo a unas ilustraciones de corte clásico y un talante simpático y distentido. Es por ello que hay que darle las gracias a Kalandraka por rescatar este ¡Qué risa de huesos!, un libro con cierta vis paródica que nos presenta las andanzas de unos esqueletos que cantan y bailan mientras el resto de sus vecinos (mortales, claro está) descansan. Con rimas, disparates y algún susto, el lector se lo puede pasar en grande acompañando a estas osamentas en sus andanzas nocturnas.
Háganme caso y ríanse, que no hay mal que por bien no venga.


martes, 6 de mayo de 2008

Cartas y carteros


Escribir de buena mañana es una sensación bastante placentera, lo que no me explico todavía es cómo el encéfalo se encuentra despejado después de un colapso a base de vino de cartón para tener ciertas ocurrencias…
Hace tiempo que no escribo carta alguna. Creo que la última se remonta al pasado abril. Recuerdo la sensación de la tinta sobre el papel, de cómo me las ingeniaba para ahorrar sobres, de los errores manuscritos, de su sabor tangible, real, de esa emoción al recibir la correspondencia… Todo está extinto. No es de extrañar que el mundo avance, que las nuevas tecnologías suplan a las antiguas y que la pérdida del romanticismo sea otra de las muchas consecuencias de este mundo loco, fugaz.

NOTA: Fíjese, amigo lector, si mi mente está activa, que acabo de tener una idea pasmosa… Mañana, a no más tardar, mis queridos pupilos deberán escribir una carta al científico que deseen, de tal forma que, en ella, deben incluir, de manera indirecta, datos biográficos de éste y algunos de sus descubrimientos y/o investigaciones. Perfecto: otra actividad más. Lástima que estas contribuciones no se contemplen en el salario.

Hablando de misivas, me vienen a la mente unos versos de María Cristina Ramos (Papelitos), que dicen así:

El maestro quería
una carta explicar:
cómo armar su escritura,
qué pensar, qué anotar.
Pues la carta –decía-
tiene un efecto tal
que hace que los lejanos
se vuelvan a juntar.

Otro gran ejemplo de lenguaje epistolar lo encontramos en la obra de Lygia Bojunga Nunes (imprescindible), concretamente en su relato El bistec y las palomitas incluido en su recopilación de relatos Adiós (por desgracia, descatalogado, así que haga uso de sus impuestos y diríjase a una biblioteca), donde la denuncia social y la amistad se encuentran gracias a la gastronomía.
Por último, recomendar un álbum ilustrado elegante, ocurrente y divertido: El cartero simpático o unas cartas especiales de Janet y Allan Ahlberg. Además de contar con un elenco de personajes literarios sin igual, entre sus páginas se insertan sobres repletos de mensajes que aportan ideas frescas a los clásicos cuentos de hadas capaces de arrancar las sonrisas del ávido lector. Y con este título, me despido hasta la próxima, enviando un saludo al cartero de mi barrio, un ejemplo de labor bien hecha y simpatía.
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