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miércoles, 14 de febrero de 2018

¿Es aburrido lo cotidiano?


Sé que muchos de ustedes prefieren las vacaciones a la rutina. Ese sentimiento de libertad que les recorre durante el finde, los puentes o las vacaciones de verano les parece indescriptible frente a la monotonía del resto de los días, unos que resultan repetitivos y monótonos. Rebozarse entre las sábanas hasta bien entrada la mañana, desayunar a horas intempestivas, rutas de las tapas, quedar con Mengano y Zutano, una copichuela, ir al bingo o a la verbena de las fiestas del barrio, danzar sin cesar a galope de dos tacones de aguja, cena romántica y sesión de cine... Son muchas las alternativas a realizar en esos días en los que no hay despertador que nos trunque los sueños (en mi caso, la peor de las jodiendas... ¡Sienta tan bien soñar!), pero el caso es que esta mañana, me ha dado por cavilar en lo contrario... ¿Y si la sal de la vida está en lo cotidiano?


Aunque pensemos que los días de asueto son la mar de dinámicos (o eso nos han hecho creer el capitalismo y la llamada sociedad del bienestar: ¡Dadme una demanda y moveré el mundo! Resumiendo: ciudadanos monitorizados hasta las trancas), la verdad es que hay fines de semana que mejor que no existieran, no sólo por el rollazo monumental que suponen, bailes y cubatas mediante, sino porque parece ser que, desde que la dictadura del postureo se ha instaurado, todo ha de ser exótico y desorbitado. ¿Acaso nos tiene que ofrecer el tiempo libre una alternativa de vida?


Ahora me vendrán con los sempiternos “No sé tú, pero yo tengo una familia que atender” , “Me encanta jugar con mis hijos y nunca puedo” y un largo etcétera de razones que, aunque son muy válidas y correctas, no entrañan la consecuencia de una existencia más excitante, ya que he visto padres que han invertido todo el tiempo del mundo con sus hijos pero que no han sabido encontrar un sólo instante que desate momentos dulces para con ellos.
Dejemos que ocurran las cosas. Que hacer la compra, pasarle la fregona al suelo, dar clase, comer con nuestra familia, discutir con los compañeros de trabajo, esa avería en el ordenador, los besos de buenas noches y cualquier gesto que se adscriba al día a día, nos haga felices. ¡Oigan! ¡Que no sólo lo digo yo! También se lo dice Janosch en su Buenas noches, Topolín, un librito rescatado por la editorial Los Cuatro Azules el pasado año y cuyo protagonista es especialista en salpimentar los momentos aparentemente insípidos de la rutina.


Tomen nota y háganse un favor: busquen las diferencias en cada día sin necesidad de echar mano de los que presuponemos menos encorsetados. Y si no saben cómo, cojan este libro entre las manos para leer párrafos como este “-Ahora solamente necesitas algo que te alegre la vida -dice Canario-. Porque el que siempre está alegre vive mejor que un rey.” ¿A que su día es más luminoso?


lunes, 13 de junio de 2016

Homosexualidad, ¿visibilidad o no en los libros infantiles?


Seguramente, muchos de ustedes se hicieron eco de la selección sobre libros y libertad sexual que se incluyó en este espacio hace cosa de un año, una entrada que ha recibido unas cuantas mil visitas (y me parecen pocas) desde muchas geografías. De entre todos los comentarios que a tenor de ella se hicieron en el patio de las redes sociales, fueron las vertidas por un especialista de LIJ las que más me llamaron la atención y me hicieron pensar en los criterios que utilizo para elaborar estos listados.


Según él, en la citada selección se incluían algunos “meros panfletos”. Por un lado supuse que se refería a que muchos de los libros habían sido concebidos como producto editorial, se abusaba de la trivialización, lo moralizante y estaban dirigidos a un tipo de público en particular, es decir, habían nacido encorsetados y por ello no eran lo suficientemente literarios, no merecían estar en una selección como aquella sobre Literatura infantil. Lo veo pero, si lo pensamos bien, ¿qué libro carece de intencionalidad? Cualquier artefacto humano, bien sea sanitario, industrial o cultural, como es el caso, se produce con una finalidad, que en unos casos tiene mayor calidad, y en otros, una más mediocre, pero quizá nos sirva igualmente (no todo sirve, no he querido decir eso). También hemos de tener en cuenta que muchas editoriales (independientes o no, algo de lo que hablaré en unos días) nacen con objetivos claros, se deben a una lucha y no es de extrañar que se dirijan al lector desde una postura clara, es ahí donde la intencionalidad es causa de la responsabilidad social, argumento igualmente válido que el de un autor que trata de forma explícita la bisexualidad o la transexualidad en una obra por meras razones personales.


Además de apuntar a la calidad, esta persona añadió que él era “mucho más partidario de enfoques como ¡Qué bonito es Pánama! que plantea directamente una relación homosexual tan normalizada que ni forma parte del tema”. Rápidamente, eche mano de la obra maestra de Janosch, en la que sus dos personajes protagonistas, Tigre y Oso, ambos masculinos, tienen una relación afectiva que pudiera traducirse como homosexual. Seguramente el autor concibió a sus protagonistas como abiertamente homosexuales (habría que preguntárselo, pero dado su carácter libertario e irónico, no me extraña nada), aunque no debemos olvidar que, como bien he dicho antes, también esa decisión estuviera aupada por la revolución pedagógica que se sucedió en la Alemania de los 70 en varias editoriales de corte progresista como Beltz & Gelberg cuando se propuso “dibujar la mayor cursilería del mundo”, según sus propias palabras.


No obstante me interrogo: ¿Por qué debemos obviar los besos, los gestos explícitos de cariño en una obra literaria? ¿Acaso les restan altura poética? ¿Las denigran? ¿Son censurables? Estoy seguro que, tanto los animales de Janosch, como el Sapo y Sepo de Arnold Lobel, un autor que utilizó sus libros como especie de exorcismo para expresar sus propias tendencias sexuales y como un vehículo para salir del armario, se hubieran dado un beso si hubieran sido creados hoy día y que ese carácter críptico que hoy parece normalización, se debe más a los procesos anacrónicos de la Historia que a los deseos de los propios creadores.
Por último me gustaría diferenciar conceptos como visibilidad y normalización. Probablemente, en sociedades en las que la libertad sexual es casi un hecho, sea mucho más idóneo apostar por libros como los anteriores, en los que la literatura es reflejo de la realidad y la libertad carece de recetas y poses, pero en otras, lastradas por la religión o los prejuicios, quizá sean más necesarios libros que, a pesar del cliché, la discriminación positiva y el buenismo, aporten visibilidad a ciertos tabúes, para poder, finalmente, abordar la normalización con Tigre y Oso, o Sapo y Sepo.


Por todo ello y sin menospreciar la opinión que algunos tienen sobre la visibilidad o no de los comportamientos homosexuales en los libros para niños, decir que, a pesar de la intención o la ignorancia con la que se oriente la lectura, muchos pueden ser válidos. No creo que la buena literatura deba ser críptica o sutil a la hora de referirse a temas que a muchos les hieren las córneas, pero sí comparto que la buena literatura es un reflejo del mundo, ese sitio por el que pululamos gentes diferentes y variopintas.


A pesar de que muy pocas veces pido que dejen volando mis pensamientos, hoy y como homenaje a las víctimas de la matanza de Orlando, haré una excepción y les pediré encarecidamente que compartan, tanto este post, como el de esta selección sobre libros y libertad sexual, para poder, si no hacer un mundo mejor, al menos, desearlo.


jueves, 2 de octubre de 2014

Del aborto y el derecho a la vida


Ahora que la reforma sobre la ley que regula el aborto ha caído en saco roto y el bueno de Gallardón ha abandonado la cartera de justicia (estoy seguro que se debe más a intereses personales y gubernamentales que a la polémica suscitada…, ¡de los políticos fíate tú!), creo que llega la hora de hablar de este tema sempiterno y bastante peliagudo en el que se mezcla la institución familiar, la religión, el derecho a la vida, la capacidad para decidir, la sociedad del bienestar y el impacto mediático. ¡Al toro!
Últimamente todo el mundo se cree con derecho a opinar sobre esto o lo otro, como si todo fuera con ellos, dándoselas de grandes pensadores cuando les apuntan con una cámara de televisión y les endosan con la alcachofa en la boca. Que si yo lo veo muy mal, que si yo lo veo muy bien… ¡Que se callen, joder! ¡Molestan!... En vez de responder “¿Y a mí, qué coño me preguntas?” se dedican a la mayor de las aficiones de este país: hablar por hablar.
El primero de los aspectos a tratar en esto de la interrupción del embarazo es la capacidad de decisión de las afectadas. ¿Por qué nos creemos tan grandilocuentes para decidir por ellas? ¿Para establecer patrones de comportamiento cuando no estamos en su pellejo? ¿Quiénes son los hombres para decidir sobre los 9 meses (y lo que queda) restantes? A ver, que alguien me responda…
El segundo es la omnipresente cuestión de fe… La gente confunde churras con merinas mientras intenta coaccionar a los demás y modificar así sus decisiones interpelando al nombre de Dios, Alá o Quetzalcóatl. Si la decisión de abortar es íntima y personal, más lo son las creencias, y por lo tanto, ¡bastante conflicto interno tiene una creyente si se queda embarazada tras ser violada! (aunque se vaya a Londres a quitarse el marrón de encima…).
Lo del estado en este asunto, no tiene nombre… Me parece mucha paradoja que una adolescente pueda interrumpir el embarazo sin encomendarse a sus padres, pero no pueda acudir a las urnas para elegir a aquellos tocados por la varita mágica de la democracia (¡Qué asco de democracia ibérica! ¡Me aburre de solemnidad!)
También tenemos en juego a la familia, ese ámbito tan necesario y en clara decadencia que, desestructuración tras desestructuración, se desentiende de los problemas que le atañe para encomendarselos al Estado, ese que toma cartas en los asuntos privados para que, de paso, padres, madres y tutores legales no se ensucien las manos con sus hijos, concebidos por obra y gracia del Ministerio de Asuntos Sociales.


La sociedad del bienestar también está de por medio, incluyendo, entre otras, a la píldora, el feminismo, la medicina, e incluso, a la caridad. Nos creemos que los demás tienen que solucionar nuestros problemas, les colgamos la responsabilidad de nuestros fallos y, por tanto, son ellos y no nosotros, quienes deben solucionarlos y poner de su parte para salvaguardar la integridad que se nos olvidó. Y si no, denuncia al canto…
Y tras estas consideraciones que no llegan a ningún sitio (cada uno que haga lo que quiera con sus hijos…), llegamos al derecho a la vida. Cuando uno nace, además del problema intrínseco del parto, deben saber que, tras la luz, la acritud de la vida no se apiadará de nadie y seguirá actuando consecuentemente para diezmarnos y consumirnos con sus avatares. Por esto, a veces es difícil saber si la vida es un derecho o un deber.
En cualquier caso y haciendo alusión a padres y proles, les recomiendo Todos mis patitos, un álbum ilustrado de Janosch y editado por Libros del Zorro Rojo, en el que, con rima incluída y un esperanzador y reproductivo discurso, se nos da buena cuenta de que los hijos unas veces te dan momentos amargos y otras, los más dulces.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Clásicos básicos en época de crisis











Advertencia: Aunque un servidor desarrolla su labor en este espacio de manera altruista y desinteresada, con el único fin de engrandecer un género chico de la Literatura, le gustaría que las editoriales y los autores tuvieran consideración con esta ardua labor de destripar texto e ilustraciones, y le ayudaran un poquito enviándole ejemplares de los libros que ellas/os crean oportunos o que el aquí firmante les solicita, más que nada para que, con este gesto amable y de tan poca repercusión económica sobre sus ganancias, uno se sienta valorado y agradecido.

Aunque el mercado del libro-álbum se haya diversificado enormemente de unos años a esta parte, cada vez que acudo a una librería, sufro un paralís al ver la cantidad de mierda que se amontona en los expositores… Se ve que en plena crisis, la imaginación también corre a cargo de los bancos, los tipos de interés y las agencias de calificación, los tres pilares básicos de cualquier sistema capitalista…, como el de las editoriales.
Cada editorial tiene su política, esa que repercute en los lectores, y de paso, en las ventas: lo que interesa. Mientras unas apuestan por la diversidad de títulos, otras por autores noveles, algunas por exprimir hasta la saciedad los productos que producen ganancias y las menos por la reducción de los precios, están esas otras que deciden no exprimirse el limón, sacar a la luz libros clásicos de autores de renombre y esperar a que escampe el temporal de la manera menos arriesgada posible. Este es el caso de Kalandraka, editorial conocidísima en este mundillo, que con buen criterio, ha parido en el último año unos títulos zoológicos muy reseñables como los siguientes:

Críctor, de Tomi Ungerer: Perros, gatos, jilgueros… Hay mascotas de todo tipo, pero esta se lleva la palma. Un clásico de poco colorido con un toque de humor y mucha animación para chicos inquietos.

Tío Elefante de Arnold Lobel: Del autor de Sapo y Sepo, aquí tenemos otra historia muy humana y con gran sentimiento protagonizada por animales… Del estilo de Nana Vieja (uno de mis favoritos…)

El paseo de Rosalía de Hutchins Pat: Un clásico de la LIJ que narra la historia de una gallina despistada que es perseguida por un zorro poco afortunado. De ilustraciones bidimensionales y coloristas, este álbum dinámico, trata al lector como espectador y receptor.

Correo para el tigre de Janosch: La típica historia de Janosch a caballo entre el nonsense, lo absurdo y las situaciones infantiles ubicadas en un contexto adulto. A veces enternecedora, a veces hilarante.

El tigre que vino a tomar el té de Judith Kerr: Uno ha de saber a quien invita a tomar el té, más que nada porque puede aparecer un inesperado tigre que se lo zampe todo y organice un desastre descomunal…

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De animales de compañía



Nos vamos haciendo viejos, cuestión que queda constatada por la cantidad de bodas, embarazos y bautizos que nos rodean. Será ley de vida esto de los altares, las mesas de parto y las pilas bautismales… ¡Ea!... Y a quién no le guste, que se compre un perro…
De perros, perras y otros mamíferos están llenas las tiendas de mascotas, lugares a los que peregrinan solteros de medio mundo para hacer más leve su soledad y de paso, esclavizarse hasta la pituitaria con las necesidades de bichos de toda índole. No es que me parezca mal…, pensándolo detenidamente, los niños te ladran a sabiendas y con malas intenciones, cosa que no sucede con los chuchos, las iguanas o las grajas. El mundo animal, aunque puede parecer de una complejidad pasmosa, no lo es tanto cuando convives a diario con él y terminas pensando que lo enrevesado se torna sorprendente.
Reconozco que los animales no son lo mío, pero admito que tener algo con vida girando en derredor, hace la estancia sobre esta tierra, esa sobre la que se depositan todo tipo de excrementos caninos, más llevadera y menos estática, con la pequeña aclaración de no comulgar con ese empeño de muchos dueños en tratar a sus mascotas como si de seres humanos se tratasen, ¡basta ya de correas de última generación, pret-a-porter animal y piensos de cinco tenedores!... Cobijo, comida, higiene, salud y cariño son las premisas básicas para mantener contento a su bicho de compañía, y si no me cree, lea los dos títulos de Janosch que la editorial El Jinete Azul ha sacado a la luz estos meses de hojas caídas y viento fresco.
Historia de Valek, el caballo y Valek y Jarosch tienen como protagonista a Valek, un equino con gran sensibilidad que, tras dejarse llevar por la pasión, descubre que detrás de un amo alegre y dicharachero, se encuentra la desdicha y la tristeza.

martes, 31 de marzo de 2009

De alimentación y españoles



Es curioso lo mucho que ha cambiado la fisionomía de los españoles durante los últimos veinte años. Antes nos parecía impensable sobrepasar los ciento setenta y cinco centímetros de altura y ahora ganamos los torneos internacionales de baloncesto… Y es que la alimentación tiene la culpa… Si antes no se comía, ahora los basureros parecen verdaderas despensas (hasta que la crisis ponga remedio). Y es que estamos hinchados de petisuis y otras galguerías, y así nos va: a pique de reventar.
Aunque ahora nos sobre estatura no sé si será bueno eso de cambiar el pan con chocolate de la posguerra por todo tipo de bollicaos® y donetes® embebidos en grasas saturadas industriales… a veces es mejor estar “tasaico” de talla que no pillar un cáncer fulminante, ya que, pese a las negaciones de la ciencia química, sigo creyendo que comemos pura mierda.
Y con estos pensamientos nutricionales les traigo una recomendación literaria para su buena alimentación de la mano de Janosch, Mousse de manzana para las penas de amor (editorial Kókinos), en la que, esta vez, el autor alemán y canario de adopción, nos aproxima al mundo gastronómico con un simpático y sencillo recetario (creo que bastante sano y saludable) para los más pequeños de la casa que, cómo no, está protagonizado por pequeño tigre y pequeño oso.Y aliméntense de manera adecuada, no sea que sufran una terrible indigestión.

miércoles, 19 de marzo de 2008

De vacaciones


Mañana, querido lector, me marcho unos días de vacaciones... Supongo que no será excesivamente dura la espera, pero por si acaso, ahí le dejo con unas imágenes de Janosch y su maravilloso libro ¡Qué bonito es Panamá!... Disfrute de la Semana Santa... y de lo que le dejen.
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