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lunes, 10 de abril de 2017

Del verbo escribir...


Escribir, ese verbo estrechamente ligado a la lectura, es algo que, aunque pensemos que está de capa caída por culpa de tecnologías y otras modas, es una constante en cualquier época y se haga de la forma que se haga. Si bien es cierto que muchos románticos defienden a ultranza la tinta y el papel para plasmar sus sentimientos, no hay que menospreciar a esos otros que utilizan las redes sociales para comunicarse con amigos y familiares. Déjense de rollos, la escritura está más viva que nunca.


Está claro que unos escriben mejor que otros, algunos más deprisa y otros más despacio, quienes usan correctamente la ortografía y aquellos que gustan de pegarle patadas al diccionario. Escribir es básico, más que nada porque el hombre es un animal social y se comunica con su entorno, además de otras vías, a través del lenguaje, bien hablando (otros día me detendré en este otro verbo, que también tiene lo suyo), bien escribiendo. El caso es entenderse...
A pesar de que los formatos digitales se llevan la palma en esto de la escritura contemporánea, en los últimos años ha surgido una afición que, aunque tiene cierta vis novedosa se basa en la figura de los antiguos calígrafos, personas que cultivaban el arte de la escritura a caballo entre la corrección, la legibilidad y por supuesto, la belleza. Lo han llamado con el vocablo inglés “lettering” y utiliza diferentes tipos de medios donde destacan el Pentel® y los rotuladores biselados. Si quieren ver de lo que son capaces aquellos que practican este entretenimiento (muchas veces profesión ya que de unos años a esta parte se utiliza en medios publicitarios y diseño gráfico), les recomiendo redes sociales como Pinterest o Instagram donde las imágenes son las protagonistas.


Hablando sobre el oficio de escribir llegamos al punto en el que comentar la proliferación (cada día más) de escritores (ya no sólo como oficio) por todo el orbe. Tenemos una necesidad imperiosa de expresarnos, de que los demás sepan de nosotros, de nuestras ficciones y realidades. Es por ello que muchos se lanzan al universo de la escritura a través de numerosas vías que van desde el tradicional papel a espacios en la red que abren huecos poco explorados en los que perderse entre las palabras de otros. Blogs como este en el que viven los libros para niños, o microespacios como los de Twitter, dan oportunidades a nuevos universos personales y libres donde cada uno dice lo que quiere sin tener que pasar las cribas de editores, poderosos y otros “lobbies” (o al menos eso se espera, porque aquí todo el mundo nos creemos con derecho de exigir y opinar...).


Pero, ¿por qué a veces escribimos porque sí, sin afán alguno? Tenemos que entender la escritura como un acto personal con el que ordenar las ideas, integrarlas dentro de un discurso, conocernos a nosotros mismos, buscar giros inesperados en el lenguaje y deleitarnos ensimismados en ese momento en el que el papel nos devuelve el fiel reflejo de una parte de nuestra naturaleza individual o colectiva.


Y así, escribiendo, les muestro el título de hoy, Escribir, un álbum de John Alcorn y Murray McCain (también autores del tan conocido ¡Libros!), editado en castellano por Libros del Zorro Rojo, y donde hay sitio para letras, palabras, abecedarios, expresiones y muchas cosas más que entraña este verbo del que hoy escribo, tan práctico y que tantas cosas buenas (o malas, según se mire) nos trae a los seres humanos.  

sábado, 23 de abril de 2016

¡Feliz (y mágico) Día del Libro!


Mientras otros aprovechan el día de hoy para hacer apología del nacionalismo (cualquier excusa es buena para mirarse el ombligo...), yo me dedico a tareas más abyectas... Hastiado de leer, tras una siesta reparadora y mucho darle al 23 de abril, he concluido con que, además de estar harto del rollito cervantino (viendo los reportajes que se han marcado las cadenas culturetas, no me extraña), esto de la letra impresa necesita una nueva perspectiva.
No sé si esos discursos apocalipticos sobre la Cultura llegarán a materializarse, ni si los artefactos culturales sólo van mutando dentro de las tendencias del orden humano, ni siquiera si el lenguaje quedará reducido a códigos más sencillos que el literario, pero lo que sí tengo claro es que necesitamos una nueva forma de vender la cultura a las generaciones venideras.


Hemos llegado a un punto de no retorno. La Literatura se ha quedado estancada, acotada a un destinatario con perfil definido, y es incapaz de llegar a más lectores potenciales. Algunos disentirán diciendo que jamás las letras y sus productos han estado tan diversificados como hasta hoy, que nunca antes han alcanzado un nivel tan democrático..., algo sobre lo que, seguramente, no les falta razón, pero hay algo más de lo que hablar: de magia.


El libro y su principal baza, el contenido, han perdido su posición frente a otros artefactos culturales del mismo nivel. Es incapaz de despertar la pasión e ilusión del público. Mientras que hace décadas el libro no tenía apenas competidores, hoy día son los videojuegos, el cine, festivales de música, sexo y bares de copas, unos contra los que es muy difícil luchar con presentaciones, firmas de ejemplares y dramatizaciones, los que se rifan el ocio, el hedonismo y la atención humanas.
Entiendo poco de espectáculo (o según se mire, quizá bastante), tampoco tengo las claves del éxito literario, pero sigo subrayando la necesidad de promover nuevas formas de animar a la lectura que, con más garbo y menos repetitividad, sepan encantar a nuevos lectores y consumidores.


Así que, mientras otros piensan en ello (que yo ya lo hago bastante), les dejo con el ¡Libros! de John Alcorn y Murray McCain, un álbum ilustrado clásico, colores neón y maravilloso (editado en castellano y formato mini por Gustavo Gili) que todavía no había reseñado en este espacio, para apelar a eso que reza la letra de cierta canción: “dejaremos claras las páginas que nos importan, las de los libros abiertos”.

¡Feliz Día del Libro!

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