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miércoles, 5 de octubre de 2011

De huelgas de profesores...



Dado que algunos de mis compañeros han ejercido su derecho a huelga y los alumnos, solidarizándose con ellos más por perrería que por convicción, no han acudido a las aulas, me he podido permitir el lujo de meditar sobre la situación educativa actual que tanta polémica está originando.
Cada país tiene la Educación que se merece y éste, el nuestro, no es excepción alguna. Entendiendo por nación todas aquellas personas que viven en un territorio y a las que une un sentimiento y cultura comunes, diría que, es el ciudadano, no sólo votando, sino actuando como tal, quien decide el sistema educativo que desea. Seguramente al leer esto echarán balones fuera y se autoconvencerán de que siempre han apostado por una “Educación pública y de calidad” (¿quién acuño este término?, ¿acaso la Educación no es universal…?), pero déjenme advertirles que, muchos de ustedes, cultos y leídos, de viva voz, me han hecho llegar su enfado con el profesorado, con nuestro salario, con nuestras vacaciones e, incluso, con nuestra formación, resumiendo, con nuestros privilegios, para finalmente regalarnos todo tipo de improperios e, incluso, depositar sus esperanzas en la enseñanza privada, esa que no toca los cojones y regala calificaciones estratosféricas a sus malcriados hijos… Jamás me he comparado con nadie, realizo mi labor al margen de la envidia que envuelve a este país. Y me defiendo: Yo trato cada día de soportar la mala educación de los hijos de otros mientras ellos lamen culos de izquierdas o derechas, disfrutan de vermús que alcanzan las veinte mil pesetas de antes o están en manos de su amante, razones más que suficientes para merecer algo de respeto por parte de un país que terminará engullido por su propia necedad, por su propia ignorancia.
Les afirmo rotundamente una cosa: sacrificaría todos esos privilegios que según muchos tenemos los docentes en pro de recuperar la goma de butano, la regla de madera y el castigo físico. Lástima que no sea así y no se recupere la verdadera esencia que impregnaba la Escuela, esa que leí hace unos días en Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos.

La escuela, la flor, la flor, la escuela…
Todo iba muy bien, cuando Godofredo entró en mi clase. Pidio permiso y fue a hablar con doña Cecília Paim. Sólo sé que señaló la flor en el florero. Después se marchó. Ella me miró con tristeza.
Cuando terminó la clase, me llamó.
-Quiero hablar contigo, Zezé. Espera un momento.
Se puso a meter las cosas en su bolsa y no acababa nunca. Se veía que no tenía ningunas ganas de hablarme y buscaba el valor entre ellas. Al final, se decidió.
-Godofredo me ha contado una cosa muy fea de ti, Zezé. ¿Es verdad?
Dije que sí con la cabeza.
-¿Lo de la flor? Pues sí, señora.
-¿Cómo lo haces?
-Me levanto más temprano y paso por el jardín de la casa de Serginho. Cuando el portal está solo entornado, entro deprisa y robo una flor, pero hay tantas, que sobran.
-Sí, pero eso no está bien. No debes hacer eso más. Eso no es un robo, pero es un “hurtito”.
-No, no lo es, doña Cecília. ¿No es el mundo de Dios? ¿No es Dios todo lo que hay en el mundo? Entonces las flores también son de Dios…
Se quedó pasmada con mi lógica.
-Sólo así podía hacerlo, señora maestra. Allí, en mi casa, no hay jardín. La flor cuesta dinero… y yo no quería que en la mesa de usted estuviera siempre el florero vacío.
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