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lunes, 19 de septiembre de 2016

Empezando el curso sin mirar atrás


Mediados de septiembre. El verano ya toca su fin (¿suspiro o resoplo?). Descanso y feria (sobre todo la feria) han terminado, y la rutina se instala poco a poco en la vida de un cuerpo que está más preparado para irse a un buen balneario que para ponerse a guerrear en el aula. Espero que ustedes hayan cargado las pilas, porque un servidor está hecho escombros...


No obstante, hay que poner la mejor de las sonrisas y mirar hacia delante, hacia los meses que nos vienen y lo que nos queda por hacer, ver y sentir (o no...). Pero antes de internarse en el otoño (si es que llega... ¡Qué escéptico ando hoy!) les recomiendo que no se dejen muchas cosas en el tintero, no sea que se lastren a otro tiempo ya olvidado... Eso sí, aunque sea partidario de pasar página (nunca mejor dicho, tratándose este de un blog ¿literario?), siempre podemos volver y releer alguna que otra frase, retomar palabras en otros significados e inspirarse en proyectos apartados o ideas recahuchutadas.


Es por ello que, revisando mi cuaderno de apuntes, en este lunes septembrino retomo un libro al que he ido cogiéndole el gusto cuanto más lo he leído... Una vaca de Juan Arjona y Luciano Lozano (editorial A buen paso), aunque en un principio puede parecernos una historia con poca chicha, es un álbum ilustrado en el que, conforme nos detenemos, descubrimos detalles que nos hablan del tiempo y sus juegos, de como las historias individuales forman parte de un todo, de lo sincrónico de los minutos y lo variopinto de la especie humana (algo que viene al pelo en este principio de curso cargado de coincidencias y casualidades personales). Si a ello unimos las ilustraciones de toque tan, a mi juicio, anglosajón y de cierto aire vintage, el resultado es bastante adecuado para hablar de la dinámica de lo cotidiano tomando como excusa el paseo descontextualizado de una vaca por las calles de la ciudad.


Y así espero dar carpetazo a lo que nos trajo el curso pasado en cuanto a nuevos álbumes ilustrados se refiere, para, como bien hace la protagonista de este libro, intentar no mirar demasiado hacia atrás.

martes, 20 de mayo de 2014

Pequeños, libres y matones


Escucho triste y estupefacto ciertas aseveraciones que argumentan el declive de la cultura, esa piedra angular de las sociedades modernas  que se desmorona por su propio peso a consecuencia de las decisiones políticas, la degradación familiar y la falta de un tejido articulado que la ensalce como nutriente y colorante alimentario de los cerebros humanos.
La perpetuación de la cultura hoy día es una labor que recae principalmente en los medios de comunicación y la institución educativa, unas vías a las que ha quedado relegada tras la desidia y pasividad de los padres y madres, esos que necesitan más tiempo para cumplir con los préstamos hipotecarios, dejarse la guita en el BodyBell® o comprarse un coche fardón.
Pese a esta asignación unilateral (nadie me dijo que tras opositar iba a estar vendido a los caprichos de la sociedad del bienestar), los profesores (infantil, primaria, secundaria y universitarios), los técnicos culturales (que engloban a diversas profesiones), e incluso los trabajadores de “La 2” (esa cadena televisiva que tanto ha hecho y hace por la cultura), nos encontramos atados de pies y manos trabajando por unos fines que pocas veces se ven satisfechos en pro del ciudadano.
La cultura mayúscula, aunque se encuentra flotando en bibliotecas, librerías, teatros, salas de exposiciones, auditorios, e incluso en la calle, está convirtiéndose en un patrimonio exclusivo, una propiedad de unos pocos que, como verdaderos caudillos, esconden a su antojo los fundamentos del pensamiento para dominar la democracia, esa por la que abogan desde todos los púlpitos, instigando a la ignorancia para apropiarse del voto ajeno.


Es hora  de que los insignificantes, los pequeños y otros seres diminutos, esa minoría que apostamos por una nueva cultura libre –que no libertaria-, seamos capaces de luchar contra los gigantes que no desean más que votantes androides y consumidores discapacitados. Es hora de que los ríos chiquitos se abran camino entre la maleza estúpida que cubre el mundo de política y otros efímeras necesidades, que fluyan en torrentes y cascadas, que se derramen sobre nosotros. Es hora de que leamos, de que cultivemos el intelecto (¡Ojo! No las cuatro lecturas obligatorias de los regímenes imperantes) y decidamos nuestro propio futuro desde un prisma individual, aunque colectivo.


Echen un ojo al Soy pequeñito de Juan Arjona y Emilio Urberuaga (editorial A buen paso) y subrayen ese mensaje exento de complejos y otras tonterías: cada uno en sí mismo, puede cambiar su propio mundo, y de paso, el de todos.

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