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viernes, 28 de febrero de 2020

¿Y qué tipo de lector de LIJ eres tú? 12 años de blog



Señoras y señores, ¡hoy cumplo 12 años en la red! La docena, ni más ni menos. Nadie hubiera puesto la mano en el fuego por mí pero todavía sigo aquí dándoles la murga, reseñando lo que puedo (este año está siendo muy ajetreado y tengo poco tiempo) y hablando de lectura y libros infantiles.
Hay quien dice que los blogs hace tiempo que murieron. Yo no hago ni caso. Este sigue más vivo que nunca. No sé si gracias a las redes sociales o a mi verborrea caustica, pero el caso es que sigo poniendo ladrillos a esta casa de monstruos lectores por si acaso un día hay que buscar un refugio.
Sí. He organizado una exposición virtual, he hablado de política en la literatura infantil, de protagonistas con gafas, también de pelirrojos, de tipos de librerías, de la censura en los libros para niños, de la muerte en los libros infantiles, de filatelia y LIJ, de álbumes pop-up, de flip-books… He hablado de tantas cosas que cuando me he levantado esta mañana he dicho: “Román, ¿y cómo pijo vas a celebrar tú este doceavo aniversario?” Yo venga darle vueltas a la cabeza y nada, todo eran clichés muy manidos...
Aburrido, finalmente he cogido el “García Rollán” (uno de esos tochos de botánico venido a menos) para cotejar una especie, y se me ha encendido la bombilla. “Y si hicieras una clasificación de los tipos de lectores adultos de literatura infantil, ¿qué categorías incluirías?”
Me ha parecido una idea bastante chistosa esta de la taxonomía, más que nada porque mientras le daba a la manivela se me venían a la cabeza montones de seguidores, de amigos LIJeros y de conocidos que podían pertenecer a una u otra tipología.
De esta manera he llegado a completar doce (una por cada año de existencia) y aquí las tienen, para que se vean reflejados en ellas (yo me veo en muchas a la vez), para que disfruten y se echen unas risas a costa de ustedes mismos, de todos los monstruos que disfrutamos de la literatura infantil y juvenil, y sobre todo, para que me acompañen mientras soplo las velas de una tarta que merece ser compartida un año más.
¡Muchísimas gracias por seguir ahí!


 TIPOS DE LECTORES ADULTOS QUE LEEN
 LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

1. Lector por daño colateral. En esta primera categoría se incluyen a todas esas madres, padres, maestros y público en general que jamás se interesaron por los libros para niños hasta que un día tuvieron que acompañar a sus críos a la biblioteca o contarles un cuento gracias al empeño de la directora de turno y, sin saber cómo, quedaron envenenados por la literatura infantil. Son peligrosos, con tendencias adictivas y pueden mutar en el resto de tipologías aquí descritas. Con frecuencia sus hijos acaban aborreciendo los libros infantiles y se suelen avergonzar de ellos en público.

2. Lector ñoño. Se adscriben a ella todos aquellos lectores adultos que por una extraña razón sienten una atracción irremediable hacia las historias empalagosas en las que el amor paternal, el buenismo, lo emotivo y el amaneramiento abundan. Son muy numerosos en puertas de colegio, clases extraescolares y fiestas de cumpleaños. Sienten debilidad por libros con tapas color pastel, preferentemente de color rosa o azul. Todavía se sigue estudiando el origen de esta cuasi-patología que probablemente tenga que ver con una concepción sobreprotectora hacia la infancia.

3. Lector coleccionista. Entre estos se incluyen a todo tipo de personas que sienten una atracción sistemática por adquirir y atesorar libros, sobre todo aquellos que incorporan sugerentes ilustraciones o trabajados engendros móviles en sus páginas. Tratan al libro, sobre todo al álbum, como un oscuro objeto de deseo que hay que mimar y cuidar. Su manía por la correcta conservación de los volúmenes les lleva a comprar estanterías y soportes de exhibición cada dos por tres. Esta adicción puede ocasionar el divorcio y/o la bancarrota.

4. Lector utilitarista. Siempre buscan una utilidad a cualquier libro para niños que cae en sus manos. Los libros sirven para enfrentarse a la timidez, para hablar de feminismo, o para contar hasta tres. Da igual el argumento, el lector utilitarista estirará del hilo hasta conseguir su objetivo. Desarrollan actividades de todo tipo con recursos variopintos, bien para reforzar la idea primigenia del libro, bien para ensalzar cualquier otra que no tenga nada que ver con ella. Se relaciona con cierto síndrome didáctico.

5. Lector temático. Es un tipo de lector de libros infantiles que se rige por las modas. Si se llevan los libros sobre emociones, llena la casa de estos, si más tarde le llega el turno a los informativos, es capaz de comprar todos los que encuentra en los grandes almacenes. No se rige por un gusto estético determinado, solo por su ingesta masiva y sus tendencias exhibicionistas. Tiene lazos de parentesco con el lector utilitarista y el coleccionista, aunque este tipo de hibridación no es frecuente.

6. Lector sectorial. La literatura infantil es su ámbito laboral. A él se adscriben otros subtipos como el lector escritor, el lector ilustrador o el lector editor. Se dedica a darle vida a los libros para críos. Son bastante exigentes y buscan la innovación literaria, valoran la experiencia estética e intentan dar una vuelta de tuerca a la lectura. Es frecuente encontrarlos en corrillos junto a lectores prescriptores mirando por el rabillo del ojo a lectores ñoños y utilitaristas.

7. Lector hedonista. Lee lo que le viene en gana. Aunque tiene sus preferencias bastante claras está abierto a todo tipo de sugerencias. Álbum, narrativa, cómic… Suele seguir las tendencias y las novedades del mercado. De amplia sonrisa, se deja aconsejar. Acude a bibliotecas y librerías con frecuencia. Lee para darle gusto al paladar. Es muy disfrutón y vive ajeno a poses elitistas y otras chanzas de poder.

8. Lector prescriptor. Lector voraz cuya máxima es valorar y clasificar lecturas de primera mano. Bibliotecarios, libreros y algún que otro especialista intentan dar cabida a buenas lecturas en sus bibliotecas. Rescatan libros expurgados y se abalanzan sobre las librerías de viejo. No siempre dejan sus prejuicios a un lado. Son bastante disciplinados e intentan equilibrar la balanza de la lectura. Quien tiene un lector prescriptor como amigo, tiene un tesoro. Hazte con uno pronto o tu mesita de noche puede convertirse en un estercolero.

9. Lector académico. Lectores de aire refinado que pululan en los pasillos de escuelas de magisterio, universidades e instituciones afines. Diseccionan cualquier libro que pillan entre las manos, y hurgan en los intereses y miserias de los pequeños lectores. Sonreír poco y exhibir cierta soberbia intelectual son dos de sus rasgos definitorios. Acostumbran a camuflarse entre los lectores profesionales y los lectores prescriptores. Por todos es conocida la épica batalla entre lectores académicos y lectores ñoños.

10. Lector fanático. Son entusiastas a rabiar. Si dos de estos lectores se encuentran, que Dios pille confesado a quienes los acompañe. Que si has leído este libro o este otro, que si Jon Klassen u Oliver Jeffers. No se cansan, nada puede pararlos. Atesoran un bagaje tan grande sobre libros y lecturas para infantes que son verdaderas enciclopedias andantes. En exceso pueden perjudicar gravemente la salud. Lástima del que se encuentre con uno de ellos en la librería infantil de turno.

11. Lector influencer. Nacidos al amparo de la burbuja de la LIJ de los últimos años, estos lectores tienen una clara vis mediática. Bloggers, booktubers y bookstagramers se deshacen en elogios sobre la LIJ, bien para potenciarla, bien para obtener visibilidad y/o beneficios a través de campañas y publicidad (N.B.: A estos hay que cogerlos con pinzas). Fotografías, vídeos y reseñas de todo tipo de libros ponen la nota alegre en eso de la mediación lectora, no sea que los lectores académicos aburran a las piedras.

12. Lector fetichista. Sienten fijación por obras concretas de la LIJ y algunos personajes de ese universo. Clásicos y no tan clásicos, este tipo de lectores se pirran por Peter Pan, Dorothy, Pomelo o Tom Sawyer. Sapo y Sepo, Harry Potter, Alicia, Mary Poppins o el Max de los monstruos son los alter ego infantiles de muchos lectores adultos que los internalizan hasta cotas insospechadas. Compran todo el merchandising, ven todas las versiones cinematográficas e incluso se disfrazan de ellos. El clímax de la locura lectora, vaya.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Aprendiendo de LIJ. Obras de referencia y consulta. 2ª Parte.


Empieza un nuevo curso escolar y todos los engranajes, aunque a duras penas, se ponen a trabajar. Bajamos el interruptor y padres, maestros, bibliotecarios, editores, libreros y demás animadores,  echamos combustible a la caldera, no sea que deje de moverse esa máquina llamada lectura.
Es por ello que he creído conveniente ampliar la selección bibliográfica que titulé Aprendiendo de LIJ. Obras de referencia y consulta. Una segunda entrega que incluye otros títulos que complementan en gran medida a los de la primera y de paso hacen justicia con aquellos que olvidé en ese acercamiento inicial.
Seguramente esta pequeña selección de libros académicos y/o especializados en diversas facetas de los libros para niños no nos conviertan en eruditos sobre el tema, pero sí creo que nos pueden ser útiles, sobre todo a la hora de mirar y valorar este tipo de libros en el contexto actual, una época un tanto convulsa para la LIJ en lo que a cantidad, calidad, tipología y utilitarismo se refiere (revolución lo llaman algunos, crisis otros).
También decir que, tanto los que hoy presento, como los anteriores, han pasado por mis manos y las considero pequeñas parcelas del saber dentro del mundo lij-ero. Quizá unas les sean más útiles que otras, pero todas ellas configuran una pequeña biblioteca sobre lo que esconde este mundillo.
Y sin más, continuo desgranando, que a fin de cuentas, es lo mío.


El primero de los títulos que forman esta segunda entrega es la Introducción a la Literatura Infantil y Juvenil actual de Teresa Colomer (2010, Síntesis). Aunque en principio pudiera ser un libro concebido como manual universitario, ayuda a sentar las bases sobre lo que es la LIJ, presta atención a sus géneros y formas, y plantea los nuevos caminos que se abren hoy día en este tipo de literatura. Si a esta obra unimos la que ya citamos de esta misma autora en la primera entrega y el de Pedro Cerrillo que lleva por título El lector literario (2016, Fondo de Cultura Económica), tenemos una inmejorable triada para todos aquellos estudiantes de los grados de magisterio que deseen introducirse en estas lides.



En relación al género del álbum ilustrado y considerando que cuando elaboré la primera parte de esta selección todavía no lo había leído, he de llamar la atención sobre How picturebooks work de Maria Nikolajeva y Carole Scott (2001, Routledge), seguramente sea el texto más concienzudo y exhaustivo del análisis del libro-álbum que conozco (A ver si pillo alguno de Perry Nodelman y amplío la oferta...). Muy académica, esta obra sigue vigente y abre puertas a pesar de la revolución que ha sufrido este género en los últimos tiempos. (Aviso para navegantes: Sólo existe la edición inglesa).


Sobre los géneros de la poesía y el teatro infantiles, unos que, a pesar de la gran aceptación que tienen por parte del público no reciben mucha atención desde mundo adulto, quiero citar dos pequeños estudios. En materia de poesía infantil hablar de Tomar la palabra: la poesía en la escuela de Mercedes Calvo (2015, Fondo de Cultura Económica), un libro delicioso en el que lo poético toma las aulas. Su autora defiende a ultranza actividades con los niños, las traslada y sugiere diferentes visiones sobre lo que debería ser y la mayor parte de las veces no es. La poesía se integra en el camino educativo de manera integral y seduce al lector-creador. ¡Te dan ganas de recitar!


En cuanto al teatro destacar la Guía de teatro infantil y juvenil (2002) que Julia Butiña, Berta Muñoz Cáliz y Ana Llorente Javaloyes realizaron con el patrocinio de la Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, la ASSITEJ y la UNED y en la que incluyeron las obras de teatro infantil en castellano más conocidas y representadas por parte del público. Necesitaría una revisión (ya han pasado 15 años y se podrían incluir algunas otras) pero a falta de pan buenas son tortas...

Son muchas las personas que me escriben para pedirme listados de libros imprescindibles y títulos que no pueden faltar en una buena biblioteca. Yo siempre les contesto que hay bastantes de estas selecciones publicadas ya y que deberían echarles un ojo. De entre estas, voy a citar cinco.


Cien libros para un siglo: una historia de la Literatura Infantil y Juvenil del siglo XX a través de cien libros es un volumen escrito por los integrantes del Equipo Peonza y publicado por Anaya en el año 2004. En él se selecciona un título por cada año del pasado siglo y se comenta. Aunque tiene limitaciones (¿Son suficientes cien libros? ¿Incorporan todos los géneros?) sí nos da una visión de conjunto de las obras canónicas que pueden resultar interesantes para gestionar el catálogo/depósito de una biblioteca infantil.


Más completo y profuso es el Tesoros para la memoria: una visión de conjunto y una selección de obras de literatura infantil y juvenil de Luis Daniel González (2002, CIE Dossat), en el que álbum ilustrado y cómic infantil y juvenil tienen una presencia destacable, así como incluye consejos y criterios de selección para los mediadores de lectura. De mis favoritos.


Dentro de este apartado y por hacer referencia a dos de estas guías de libros infantiles que tanto han proliferado durante los últimos tiempos les apunto 150 libros infantiles para leer y releer, editado por A Mano Cultura (2011) que incluye un interesante corpus de libros seleccionado por el Club Kirico (grupo de librerías CEGAL) junto a Ana Garralón, y 1001 libros que hay que leer antes de crecer de Quentin Blake y Julia Eccleshare (2010, Grijalbo) que aporta una selección desde un punto de vista más anglosajón. 


Por último decir que muy sencillito e interesante me resulta el listado incluido en los Cuadernos Blitz, Ratón de Biblioteca una serie de documentos casi imprescindibles editada por el Gobierno de Navarra y dirigida a centros educativos y bibliotecas escolares que pueden descargar en ESTE ENLACE.


Aunque considero que las obras especializadas en creación dirigidas a escritores, ilustradores o editores no deberían tener cabida en una selección como esta, no he podido obviar un título que a día de hoy es el gran abanderado del mundo fantástico que envuelve a las historias infantiles. La Gramática de la fantasía de Gianni Rodari (varias ediciones, la más barata en Booket) es una lectura obligada, no sólo por contener multitud de recetas de las que se servía el genio italiano para acercar la lectura a los niños y que ustedes mismos pueden poner en práctica, sino por defender una literatura preñada de sinsentido, símbolos, humor y juego.


En penúltimo lugar y en el apartado de curiosidades no quería dejar escapar la oportunidad de hablar del Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim, una obra especializada que con cierta dualidad (buena o mala, depende de quien la mire) ha contribuido a entender los cuentos tradicionales desde una perspectiva freudiana y para mi gusto, un tanto utilitarista. Las narraciones que han acompañado al hombre desde sus inicios contienen figuras y símbolos que la mente humana puede traducir y procesar de un modo distinto al meramente literal. Quizá a estas alturas de la vida puede sonar anecdótico y trasnochado, pero siempre interesante. 
Si quieren algo más actual aunque no tan concienzudo les recomiendo a Lisa Cron y su Enganchados a los cuentos, una especie de manual para crear historias y editado por Milrazones, que trata algo de este tema desde perspectivas más actuales como la neurociencia o la psicología cognitiva. Un libro a caballo entre los dos anteriores que nunca está de más leer.


Para despedirme, les dejo el nombre de dos estudiosos que reflexionan sobre la lectura y sus formas poliédricas, Michèle Petit y Aidan Chambers (casi cualquier cosa que encuentren de ellos seguramente les parecerá interesante y les incite a hacerse preguntas sobre esto de los libros para críos)...



... y una escritora, Ana María Machado, de quien recomiendo su inspirador Entre gansos y vacas incluido en el libro cuya portada da fin a esta pequeña pero intensa bibliografía.


lunes, 13 de febrero de 2017

¿Por qué leemos lo que leemos? Lectores libres de libros presos


Ian Falconer

Es obvio que continuar con la lectura, eso de descifrar una serie de códigos, generalmente verbales, para hallar en ellos diferentes tipos de mensajes, es una decisión personal más allá de la obligatoriedad u otras causas. El lector lo es porque quiere.
No obstante, a pesar de esa libertad que tiene el acto lector, los que gustamos de esa afición no prestamos mucha atención a si nuestras lecturas están condicionadas, a si elegimos los libros que leemos, si nos eligen ellos a nosotros o, lo que es peor, si otros los eligen para nosotros, algo de lo que trata mi perorata de hoy.



Marco Somà

Los libros, no en la actualidad, sino desde hace muchos años, están ligados a ciertos intereses. Política, moda, industria y un largo etcétera de influencias envuelven al libro, ese producto, ese objeto, esa pieza de arte (cada uno que elija cómo lo define), que en una sociedad de consumo como la que vivimos tiene mucho a lo que exponerse.
Dejando a un lado las conspiraciones (es una palabra hiperbólica, muy gorda, que podemos usar con cariz literario), sí, tenemos que hablar de lo tendencioso de los libros...
Por un lado tenemos el aspecto físico del libro. La imagen que proyecta el libro es muy importante. Un tema en el que diseñadores gráficos tienen mucho que decir. Tipografía, camisas, tapas, ilustraciones... Todo, absolutamente todo lo que rodea al libro como objeto está pensado. Ideado para un tipo de público, para un tipo de lector, para un tipo de comprador. Los libros, como las cajas de cereales y las camisetas, entran por los ojos y sería estúpido negar que, más de uno de los que aquí estamos hemos dicho aquello de “¡Qué buena pinta tiene...!”, o ante dos ediciones del mismo título hemos preferido una (no siempre la mejor) por su aspecto.



Jean-François Segura

Luego viene el merchandising: quienes los venden. Cada librero y cada editor tiene sus estrategias de exposición y venta. Hay algunos que prefieren los regalos (el que regala bien vende), los precios promocionales (hay mucho bolsillo vacío en esto de los libros), el artículo de lujo (lo caro también tiene su público), las actividades en torno al libro (Presentaciones, cuentacuentos, coloquios, clubes de lectura y encuentros con autores, ¡bienvenidos!) o la mejor -o peor- visibilidad en los espacios de exposición, son las más frecuentes en el cara a cara con los libros. Pero sin lugar a dudas, es el mercado de novedades lo que ha provoca la máxima expectación en el consumidor de libros (¡Si es nuevo, me lo llevo!).
Otra cosa son las relaciones comerciales de tipo virtual con los libros (¡Que estos bichos también saben cómo ingeniárselas en el mundo digital...!). Desde que internet irrumpió en nuestras vidas y los gigantes de la compra/venta online crecieron al amparo de una sociedad cómoda y sin tiempo, han nacido nuevas formas de vender un producto con largo recorrido histórico. Los motores de búsqueda saben lo que queremos para endosarnos la publicidad que más se adecue a nuestros intereses y algunas empresas de transporte tienen tasas especiales para unos objetos que se almacenan con facilidad.



Corey R. Tabor

Pero, ¿qué hay del contenido de los libros? ¿A nadie le interesa? Si, aunque parezca que no, a todos les interesa... Aunque muchos digan que la proliferación de ciertas líneas argumentales, la inclusión de tipos de personajes o la elección espacio-temporal de las tramas se deban al libre albedrío e inquietudes de los autores, un servidor tiene sus reservas sobre estas supuestas coincidencias temáticas en los libros. Mientras que actualmente la gente se pirra por libros sobre espiritualidad y vida saludable, hace un par de años lo hacían por libros sobre violencia de género. Hace diez años, los que trataban la convivencia entre culturas copaban las librerías, y hace veinte, el machismo era el leitmotiv. Que los libros se tiñan de actualidad tiene más que ver con un proceso de retroalimentación social que favorece y aupa el consumo que se genera sobre estos tópicos, que con un interés de hacer despegar la lectura entre los ciudadanos (N.B.: Se me vienen a la mente los emocionarios y los libros sobre migración que han proliferado en los últimos años en la LIJ).
En este entramado social del libro, mucho tienen que decir los políticos. ¿Por qué, desde las instituciones, se les da visibilidad a unos autores y a otros no? ¿Quién decide cómo se gastarán nuestros impuestos en la promoción de ciertos libros? ¿De qué hablan los títulos que ponen en el punto de mira las campañas y planes lectores? ¿Fomentan el comunismo, el fascismo, el secesionismo o el buenismo? En definitiva, premios nacionales y centenarios son la mejor excusa para adoctrinar al pueblo (con supuestas afinidades ideológicas entre autores y poder, todo hay que decirlo) mientras de paso nos colgamos alguna medalla.



Gabriel Pacheco

También hay que apuntar a ciertas instituciones y fundaciones en pro de la lectura que tánto abogan por la lectura. Conviene recordar que muchas de ellas nacieron al amparo de casas editoriales que todavía hoy siguen financiándolas, que muchas de ellas tienen relación con la Iglesia o con los medios de comunicación y que la inmensa mayoría entran en el doble juego de los intereses creados y el altruismo cultural mediante vínculos poco explícitos, aprovechando que todavía hay gente que lee y se fía de sus criterios.
También deben hablar la familia, la escuela y la biblioteca. No voy a ahondar en la influencia que familiares (No sólo padres, que siempre se les carga con el muerto, sino hermanos, nietos, tíos o abuelos. Yo jamás hubiera leído El zoo de Pitus si no hubiera sido por una tía adicta al Círculo de Lectores, y mi madre nunca se hubiera parado con la prosa adulta de Roald Dahl si mi padre no leyera con tanta rapidez) y amigos (¡Cuánto me fío de este colega! ¡Me gusta todo lo que me recomienda!) tiene en esto de las elecciones de lectura. Tampoco cabe ser pesado con la responsabilidad de la escuela en propiciar un acervo de lecturas lo suficientemente buenas y diversas como para enriquecer nuestros criterios de selección (Maestros, hablen de libros, hablen...). Ni en el compromiso que debe tener el bibliotecario a la hora de desbordar la lectura en las mil facetas que puede brillar estos diamantes mal nombrados (“Libro”, ¡qué palabro!).
Por último, detenerme en las redes sociales, unas de las que formo parte y en las que, por un lado, observo que sirven de plataforma publicitaria a autores y editoriales, muchas de ellas están contaminadas por afinidades de todo tipo, y otras no exponen con claridad los criterios de sus selecciones. ¿Somos los influencers todo lo independientes que el público espera de nosotros? ¿Actuamos bajo el sesgo? ¿Nos arriesgamos a la hora de proponer nuevas lectura que se salen de la tónica imperante?



Sasha Ivoylova

Concluyendo, nadie lee lo que realmente quiere, sobre todo porque estamos sujetos a una serie de impulsos con los que, desde diferentes ángulos, nos bombardean una y otra vez. Sí, leemos libros presos. Entonces..., ¿somos lectores libres?  



Marine Bourre

martes, 12 de abril de 2016

Aprendiendo de LIJ. Obras de referencia y consulta.


Desde que empecé a olisquear en este mundo de la literatura para niños, me vi en la necesidad de buscar información más allá de lo que encontraba en las estanterías de la sección infantil de bibliotecas y librerías para entender mejor de lo que estaba hablando y poder contextualizar todas aquellas obras que encontraba reseñables, citables o detestables (de todo tiene que haber...). Necesitaba conocer todo lo que rodeaba a los libros para niños y jóvenes, no sólo históricamente, sino teóricamente; saber qué puntos eran comunes y en qué zonas los caminos se hacían divergentes, qué relación unía a unos libros pero que los hacía distintos a otros, y, sobre todo, conocer la opinión de otros que llevaban mucho más tiempo que yo metidos en este ajo.
Teniendo en cuenta que muchos me suelen preguntar sobre obras de consulta o de referencia y que están interesados en aprender un poco más sobre este gigante llamado Literatura Infantil y Juvenil, hace tiempo que me planteé esta pequeña selección que, a modo introductorio, les ayudase. De entre todas las posibles obras y ensayos que he barajado para esta selección “Aprendiendo sobre la LIJ”, me he decantado por una serie de títulos que pueden ser de iniciación o medianamente aclaratorias (he omitido estudios muy académicos, artículos científicos y tesis doctorales) para sumergirse en el mundo que rodea a la LIJ y ampliar su mirada hacia otros derroteros que los puramente lúdicos o didácticos de la lectura. He aquí mi selección:


Teoría de la Literatura Infantil, de Juan Cervera (Mensajero, 2004. Última edición). Aunque ya tiene unos años y las cosas han cambiado bastante en la óptica con la que se mira la LIJ actualmente, nunca está de más leerse este libro clásico que, de modo asequible, nos describe las bases sobre las que se asienta la literatura para niños, de sus géneros, el proceso de la lectura y su contexto, a la vez que nos sirve como obra de referencia primaria (si tiran del hilo pueden toparse con infinidad de estudios especializados y seguramente más actuales que este). Todo un libro de cabecera en lo que a teoría de la LIJ se refiere.


La Historia portátil de la literatura infantil de Ana Garralón y editada por Anaya (2005), es un libro (edición de bolsillo) que incluye una manera rápida y práctica de hacer un recorrido histórico por la LIJ de un modo general sin tener que echar mano de otros estudios más profusos (Carmen Bravo-Villasante, 1959). Con un lenguaje claro y conciso, la autora establece una cronología muy acertada del mundo de los libros para niños y algunas pinceladas interesantes en cada una de sus épocas doradas.


La obra Bienvenidos a la fiesta, de Luis Daniel Gónzález (CIE Inversiones Dossat, 2006), a modo de diccionario-guía enciclopédica, constituye uno de los libros de consulta más útiles -y necesarios- para todo aquel que quiera conocer los títulos y autores más importantes dentro del panorama nacional y mundial de LIJ. Aunque yo me la he leído de cabo a rabo (tengo más vicio que un gato en las uñas), no deja de ser una obra de consulta que puede ayudar mucho en una tarea más formativa y/o especializada.



Album[es] de Sophie van der Linden (Ekaré, 2015) y El arte de ilustrar libros infantiles. Concepto y práctica de la narración visual de Martin Salisbury y Morag Styles (Blume, 2013) son dos diamantes que hacen referencia al género del libro-album o álbum ilustrado. Los dos tratan conceptos básicos para entender este género, tratan temas dispares, la importancia de la ilustración, su estilo, elementos y lenguaje, el análisis y los recorridos históricos, la temática... Dos buenos libros que unidos al 100 Joyas de la Literatura Infantil Ilustrada de Martin Salisbury (Blume, 2015), un recorrido por cien de los mejores títulos de álbum ilustrado bajo la mirada de este autor e ilustrador inglés que complementa desde una perspectiva más artística los dos anteriores, pueden configurar un primer acercamiento al mundo de los libros con imágenes. Les recuerdo que nadie es infalible y que hay muchos libros que tratan este tema desde el grafismo, la ilustración más contemporánea (por ejemplo el Little big books) y otras muchas perspectivas. Buceen y elijan por sí mismos, pero yo entono el “Tengo una debilidad y tu lo sabes bien...”



No se lo cuentes a los mayores. Literatura infantil, espacio subversivo de Allison Lurie (Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1998). Constituye uno de los ensayos sobre LIJ más leídos y en el que la autora incluye la perspectiva menos utilitarista de la Literatura Infantil para aproximarse a la visión que el niño tiene sobre algunos libros creados para él. Aunque se basa en ejemplos muy conocidos dentro de la LIJ anglosajona, no hay que perderse sus argumentos y conclusiones, tan válidas y extrapolables a otras geografías y otros libros. Existe una secuela complementaria y actual de este libro (Niños y niñas eternamente).


Siete llaves para valorar las historias infantiles, coordinado por Teresa Colomer y publicado en la colección Papeles de la Fundacion Germán Sánchez Ruiperez, es un libro básico que nos abre las puertas hacia el análisis de los libros para niños utilizando para ello siete capítulos ejemplificados en los que se van desgranando elementos y recursos que utiliza la literatura infantil para interaccionar con los lectores.


También de Teresa Colomer y editado por Fondo de Cultura Económica (2006) encontramos Andar entre libros: La lectura literaria en la escuela, un ensayo-estudio asequible que habla de las relaciones entre la lectura y sus dos concepciones (ocio o instrumento) y la omnipresente escuela, el entorno donde se desarrolla el vínculo entre lectores y palabras, desde una mirada crítica pero siempre aportando posibles soluciones.


Por último y para terminar leyendo sobre la lectura no puedo dejar de recomendarles a Víctor Moreno y cualquiera de sus libros ensayísticos (No es para tanto, divagaciones sobre la lectura -mi favorito-, La manía de leer, Preferiría no leer o Metáforas de la lectura) sin menosprecio de sus libros de carácter didáctico (Leer con los cinco sentidos, Va de poesía, El deseo de leer, El deseo de escribir o Cómo hacer lectores competentes). Su prosa llena de humor y sus múltiples miradas sobre el objetivo final que tiene la Literatura, me chifla hasta lo irrisorio (seré que soy un cafre, pero prefiero el discurso realista, práctico, empírico y mundano del Sr. Moreno que el edulcorado y constructivista de Pennac en su Como una novela).

Y sin más que decir (por hoy, quizá algún día amplíe esta lista), les emplazo a echar un vistazo a estas obras para sumergirse un poquito más en el vasto y extraño océano de la LIJ.

viernes, 11 de marzo de 2016

Hablando de LIJ con... Luis Daniel González


Román Belmonte: De entre todos los nombres de especialistas en LIJ que barajé para mantener esta charla, usted ganó por goleada. Creo que es usted bastante metódico y correcto, también que carece de prejuicios y posee un gran bagaje cultural, y, sobre todo, es honesto con su trabajo. Pero seamos sinceros: los dos nos hemos formado en aras de la ciencia para terminar apasionados por la literatura dirigida a los niños, ¿a qué se deberá?
Luis Daniel González: Gracias. Excesivos elogios, me parece. Ojalá fuera más metódico: hago lo que puedo. Sí que tengo prejuicios: todos los tenemos. Supongo que ser licenciado en Física te crea unos hábitos mentales distintos a los de alguien que ha estudiado una carrera de letras, pero no sé bien qué significa eso en este terreno.
R.B.: Aunque usted nos ha dado la bienvenida a la fiesta de la literatura infantil, jamás he recibido una invitación para tal evento, ¿podría improvisar una aquí?
L.D.G.: Soy cada vez más enemigo de las exhortaciones genéricas a leer y de cualquier mística en relación con la lectura tipo “leer te hace más libre” y ese tipo de frases supuestamente motivadoras. Yo fui un lector niño que disfrutaba mucho al leer (sobre todo libros de aventuras) y por eso puse ese título al libro que publiqué hace ya tiempo.
R.B.: Por cierto, ¿ha dado usted ya con alguna definición breve de “literatura infantil”?
L.D.G.: Aunque uso la expresión “literatura infantil”, pues es habitual y todos nos entendemos, prefiero la de “libros infantiles”, de los que unos son literatura y otros no. Lo cual no quiere decir que los del segundo tipo sean peores: si cumplen bien sus funciones, perfecto.
R.B.: Le he de confesar que uno de los primeros encontronazos que tuve con la LIJ fue gracias a usted. Ahora me toca preguntarle, ¿qué le llevó a posar su mirada en la literatura infantil?
L.D.G.: Que fui muy lector de pequeño, supongo. Que, en un momento dado, empecé a preparar unas selecciones comentadas de libros infantiles…, y que las cosas crecieron, sin yo saber bien cómo ni por qué, hasta este momento en el que estamos.


R.B.: A veces denoto cierta nostalgia en sus palabras, sobre todo cuando compara las joyas de la literatura con los nuevos relatos. ¿Qué tienen los clásicos de la Literatura Infantil y Juvenil que no tienen las obras de nuevo cuño?
L.D.G.: La nostalgia tiene que ver con la edad… Entiendo que una de las misiones del crítico es comparar, pues eso es justo lo que no puede hacer un lector joven. A veces los libros antiguos no es que sean mejores en todos los terrenos, sino que son los primeros en algo y ese mérito hay que darlo a conocer. Pasa lo mismo con los libros de una saga: los siguientes pueden ser mejores pero los personajes e ideas básicas suelen estar en el primero.
R.B.: A pesar de que hoy día se editan cientos de títulos, encuentro algo empobrecido el panorama de la literatura infantil... Argumentos repetitivos, antiguas recetas con nuevos formatos, refritos, obras poco trascendentes... ¿Son imaginaciones mías o usted percibe la misma realidad?
L.D.G.: Empecemos por decir que todos los argumentos son repetitivos. A Borges le parecía que solo hay unas pocas historias que vuelven una y otra vez cosa que yo también pienso, y no sólo por la autoridad de Borges. Esto es más evidente aún en los relatos de la LIJ. A nadie le puede sorprender que haya continuos álbumes sobre miedos nocturnos o nuevas novelitas escolares. Lo importante es que sean libros bien hechos: bien escritos, bien construidos, bien editados, respetuosos con los niños. Luego, sí es cierto que los intereses comerciales propician un exceso de libros flojos.


R.B.: En los libros infantiles de hoy día, ¿hay más moralina o moraleja?
L.D.G.: En todos los libros, y no solo en los infantiles, hay moraleja o moralejas. El que dice que no quiere darte una moraleja ya está colocándote una. En los libros infantiles esto se acentúa más porque los niños y jóvenes son personas en formación, algo que quien escribe o publica o compra para ellos, no suele perder de vista. La cuestión está en si se hace bien o mal. En relación a eso estoy contento de un artículo que escribí hace tiempo que se titula Defensa de las moralejas y que está AQUÍ.
R.B.: Si no me equivoco, usted ya se dedicaba a desgranar la LIJ antes de que las editoriales encargadas de reeditar los clásicos ilustrados y producir otros nuevos llegarán a este país con el nuevo milenio. A su juicio, ¿qué han sumado y/o restado estas empresas al género del álbum ilustrado?
L.D.G.: Sé que, en algunos casos, gracias a que algún editor leyó algo mío, algunos libros han vuelto a los escaparates, y eso me alegra, claro. Pero las nuevas ediciones de clásicos, con nuevas ilustraciones, creo que tienen más que ver con una tendencia editorial universal y con el auge de la ilustración en los últimos años. A mí me parece una buena noticia que vuelvan los mejores relatos del pasado, de una u otra manera.


R.B.: Vocifere el título de tres álbumes ilustrados redondos...
L.D.G.: Creo que yo no usaría la palabra vociferar… Tres: Donde viven los monstruos, Pequeño Azul y Pequeño Amarillo, La ola.
R.B.: A pesar de todos los años que llevo escuchando el término “literatura infantil y juvenil”, todavía no me ha quedado muy claro el concepto de “juvenil”... Unas veces podría definirlo como un invento comercial y otras como literatura adulta edulcorada. ¿Qué hay de verdad y qué de falacia en este apelativo?
L.D.G.: Sobre todo, es que “juvenil” es un término muy amplio. Cualquier buen lector infantil, de doce años, decía Tolkien, puede leer cosas que nunca leerán muchos que doblan y triplican esa edad. Creo que basta usar “juvenil” en el sentido de que son, o parecen ser, lecturas apropiadas para lectores jóvenes: porque tienen a protagonistas chicos o chicas en su argumento, porque introducen algún tema de interés de un modo que a ellos les atrae, porque abren panoramas que luego pueden completarse con más lecturas de ficción o de no-ficción, etc.


R.B.: Bajo mi prisma de profesor veo en la paraliteratura una gran aliada a la hora de despertar el gusto por la lectura en los adolescentes, esos a los que me gusta llamar “los lectores perdidos”. ¿Qué lugar en el universo lector le da usted a este tipo de obras que tanto abundan en las librerías?
L.D.G.: No hay que derribar nunca la escalera por la que algunos han subido o suben. Hay quienes llegan a ser lectores debido a ciertos libros flojos y pienso que no hay que criticarles por eso pues, a fin de cuentas, hacen lo que pueden. Y, a lo mejor, hacen más de lo que haría quien les critica si estuviera en su situación. Pero la mala literatura es mala literatura, y los libros engañosos hacen trampas al lector, y hay personas que tienen la obligación de decírselo, como profesores, o padres, o amigos, o quien sea. A veces, sólo con comparar el uso de los adjetivos en unos párrafos de un libro de aventuras fantásticas con otros de El señor de los anillos, ya se lo haces ver. Por otro lado, me gusta el ejemplo de que los libros son como simuladores de vuelo de los sentimientos y si el simulador es engañoso más adelante tendrás problemas: el adulto tiene que advertirlo, para eso es adulto.
R.B.: La relación de la Escuela española con la Literatura Infantil siempre ha sido un poco somera, casi esquiva diría, y ha dependido más de la voluntad de los poco reconocidos maestros..., ¿sabe usted de alguna fórmula que propicie más encuentros que desencuentros entre esta institución y la lectura?
L.D.G.: No tengo nada clara la relación entre la LIJ y la escuela. Muchas veces pienso en que los grandes beneficiados de meter la LIJ en la escuela no son los lectores… En mi experiencia, personal y de amigos, creo que la mayoría de los buenos lectores no salen de la escuela. Pero no quiero generalizar: también conozco profesores que lo hacen extraordinariamente bien. En cualquier caso, hablando en general, opino que lo que la escuela debe hacer, sobre todo, es aquello que nadie más que ella puede hacer, que es transmitir los conocimientos básicos, los cimientos sobre los que se puede luego construir, y dejar otras actividades a instituciones que lo pueden hacer mejor.
R.B.: Desmigajar un libro no es una tarea fácil a tenor de los múltiples parámetros que hay que tener en cuenta, pero seguro que usted tiene alguna receta para separar la paja del grano... Deme alguna pista al respecto.
L.D.G.: No tengo recetas, la verdad. Procuro leer dejándome llevar, sin pensar mucho aunque tomando notas de las páginas en las que hay algo que me interesa o me sorprende (para bien y para mal). De la lectura queda una primera impresión y luego repaso lo que anoté. De todos modos me confundo no pocas veces: he tenido que rectificar opiniones, con el paso de los años, debido a que alguien me hizo notar cosas en las que no había reparado o a que nuevas lecturas me hicieron comprender algo bastante mejor. Por supuesto, cuando algo gusta mucho a los lectores jóvenes y a mí no, tengo que aclararme bien a mí mismo por qué pasa eso.



R.B.: ¿Qué tiene Narnia que no tengan otros mundos imaginados?
L.D.G.: Tal vez que, después de algunos libros de Edit Nesbit, fue la primera serie de libros de ese tipo: con niños protagonistas que van y vienen entre nuestro mundo y otro mundo fantástico. Por otro lado la narración es un tanto hipnótica, y tiene una densidad particular, que pasa por encima de algunas inconsistencias constructivas.
R.B.: Ha profundizado en temas como el libro ilustrado, la literatura fantástica o la historia de la LIJ y ha estudiado la obra de C. S. Lewis, Chesterton o Stevenson... ¿Qué se trae entre manos ahora mismo?
L.D.G.: Desde hace dos o tres años mi plan es “limpiar la mesa” y sigo con él. Es decir: quiero acabar cosas que tengo a medias —artículos, libros…—, repasar y corregir lo publicado hasta el momento, y dar por concluida mi aportación a la LIJ. Aún tardaré un tiempo, también porque me piden cosas y me llaman de algunos sitios, pero esa es mi idea actual.
R.B.: Para despedirnos, nos toca jugar, comer y leer... Pero para ello necesito saber antes cuál/es es/son su/s juego/s favorito/s, cuál/es su/s plato/s preferido/s y su/s libro/s predilecto/s...
L.D.G.: Mi deporte es, o más bien fue, el baloncesto. También, aunque nunca competí, el atletismo. Pero casi todos los deportes me gustan. No tengo platos que me pirren muchísimo, una buena tortilla para mí es suficiente. Y libros predilectos…, pues en mi página tienes de sobra para escoger.


Luis Daniel González (El Rosal, Pontevedra, 1955), aunque se crió en Orense, se trasladó en su juventud a Santiago de Compostela para cursar Ciencias Físicas, estudios que terminó en Valladolid. En la década de los ochenta puso en marcha una biblioteca juvenil e impulsó actividades de promoción de la lectura. De este trabajo surgió su Guía de clásicos de la Literatura Infantil y Juvenil (3 volúmenes), que sería ampliada más tarde para dar lugar a su obra más conocida, Bienvenidos a la fiesta (2001), un diccionario-guía de autores y obras LIJ que complementó con la página web homónima (ver AQUÍ) y dos anexos publicados bajo el nombre de Donde vive la emoción (2002) y Donde nacen los sueños (2003). Durante todos los años siguientes y hasta la actualidad, además de escribir numerosos artículos, críticas de libros, diversos libros -en edición impresa o digital- relacionados con la LIJ (entre los que destaca Cruces de caminos, junto a Fernando Zaparaín, 2010) o su estudio sobre Las crónicas de Narnia titulado Una magia profunda, también ha participado en cursos y conferencias, lo que le ha llevado a ser uno de los especialistas en LIJ mejor considerados del panorama de la Literatura Infantil y Juvenil.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Educar la mirada hacia la lectura y la LIJ


Isabel Hojas

Desde que Salvia, la recolectora de rimas, hiciera un comentario en esta entrada refiriéndose a la importancia que la educación de la mirada LIJ tenía, empecé a preguntarme e indagar en el proceso que había ido formando mi propia mirada hacia la Literatura, en general, y la Literatura Infantil, en particular. Tras bastantes meses apuntando recuerdos e ideas al respecto me he propuesto resumir de manera más o menos organizada quiénes intervienen en mayor y menor medida en el desarrollo de estas capacidades, cómo lo hacen, cuál es el proceso tradicional para acercarse a la lectura, cómo se puede recuperar el gusto por ella, y qué futuro le espera.


Marla Fraaze

Educar a leer, leer para educar

Lo primero de todo es atender a la relación entre LIJ y educación... Y cuando digo "educación" no me refiero a esa tras la que se parapetan los políticos para justificar su adoctrinamiento y hacer lo que les plazca con los nuevos ignorantes, sino a algo más profundo. La educación tiene mucho que ver con todo lo que se refiere a las miradas, es decir a la opinión que se forma en cada uno de nosotros sobre lo que nos rodea desde la niñez. Por tanto, la educación, tomada como entidad global no sólo tiene que ver con los contenidos y preceptos que intenta inculcar la escuela, sino como un sinfín de instituciones más, léanse familia, amigos, el ámbito laboral o los medios de comunicación, que marcan la idiosincrasia particular del individuo. La educación embebe nuestra vida desde la cuna, y desde entonces, absorbemos como esponjas lo que nos apetece consciente o inconscientemente (no se equivoquen, los niños son mucho más libertinos que nosotros aunque intentemos encorsetarlos) para formar una mirada propia sobre la que basaremos nuestros juicios (que pueden ser de muy variada naturaleza, desde personales hasta culturales, políticos o médicos). Es por ello que la lectura debe formar parte de ese proceso educativo integral, no sólo como necesidad primaria educativa, sino como vehículo de aprendizaje que utilizaremos el resto de nuestra vida.


Jessie Willcox Smith

Familia y ejemplo

Son tres a mi parecer, los agentes que intervienen de manera activa en la educación de la mirada LIJ. En primer lugar tenemos a la familia, el actor, a mi juicio, más importante para desarrollar, no sólo una opinión crítica respecto a la LIJ, sino a la hora de inculcar el hábito lector en los niños/jóvenes, en reconocer el libro como objeto y artefacto, como vehículo y entidad. Padres, madres, hermanos, tíos o abuelos son los primeros responsables de sembrar el hábito de la lectura, primeramente ejemplificándolo y seguidamente, tutorizándolo y auditándolo. De nada vale poner ese disco rayado que suena “Nene lee, lee, lee...” si en esa casa no lee nadie, y tampoco me gusta esa cantinela de “Tu lee, lo que sea, pero lee.” Y así pasa, que algunos sólo leen periódicos deportivos o revistas de marujeo. Evidentemente, el origen, el nivel socio-económico, y sobre todo, el cultural de cada familia, estimulan o no esa inclinación por el mundo del libro (que es de lo que se trata principalmente, nunca de inculcar dogmas). 
Sí, queridas familias, la lectura catapulta nuestra imaginación, se comparten pareceres y objeciones, amplía el mundo, y nos proporciona más formación, más herramientas para realizar múltiples actividades o solucionar problemas, en definitiva, para subsistir. No se equivoquen: no creo que leer nos haga mejores personas (alguno me degollaría si dijera que muchos lectores son malos y retorcidos), ni más especiales; si acaso, más libres (Je,je... No sé porque se me vienen a la memoria ciertos libros sagrados o el mismísimo Mein Kampf... Así que lo de la libertad, también está difícil...).


Flavia Zorrilla Drago

La escuela y la competencia lectora

En segundo lugar tenemos la escuela, esa institución a la que pertenezco. Creo que los docentes, además de tener un gran peso en este equilibrio (a mi juicio somos el eje de la balanza), nos sentimos entre confusos y encorsetados. El desconcierto nos llega cuando pensamos que la mayor parte de responsabilidad en la tarea de crear lectores recae sobre nosotros, algo que no debería ser así, ya que el ámbito escolar debe formar, encauzar y ofrecer posibilidades a los alumnos para el desarrollo de la lectura, una vez que la semilla que deposita el ámbito familiar empieza a germinar. 
Si a lo anterior unimos la ingente cantidad de objetivos que se marcan desde el marco legislativo, ese que debería dejar a un lado el paternalismo y/o buenismo de estado para centrarse en otras luchas más importantes como es la formación del profesorado en materia de LIJ, la implicación de los docentes en lo que llamamos leer, ese verbo que no soporta el imperativo, es cada vez más difícil. 
Por otro lado y considerando la orientación pedagógica de la Literatura Infantil, debemos ser críticos con nuestros espejismos y dejar de mirar al libro por la carga de contenidos, valores o emociones que podamos enseñar con él. Esa visión maniquea de la vida (¿una reminiscencia del constructivismo?) no hace ningún bien a nuestros alumnos, ya que en parte crea cierta tendencia al odio visceral que muchos le tienen a la letra impresa. No obstante y respecto a la faceta académica o instrumentalizada de los libros, como manuales o libros de texto, libros que debemos englobar en la categoría de no ficción, no cabe discusión: su lugar es la escuela y están hechos para enseñar y aprender, y si aúpan la lectura placentera, mejor que mejor.
El último punto es denotar que los niños y adolescentes invierten una media de 5-6 horas al día en colegios e institutos, por lo que no hay que desdeñar el gran conocimiento que los docentes tienen sobre los gustos e inclinaciones de sus alumnos a la hora de leer, algo que parece ser obviado por muchos especialistas en LIJ que pregonan sin haber entrado en contacto jamás con éstos.


Andrés Meixide Gayoso

Bibliotecas o diversidad de lecturas

El tercer pilar sobre el que descansa la educación de la LIJ y la lectura son las bibliotecas (N.B.: A esto se debe seguramente que muchos planes de lectura diferencien la esfera cultural de la educativa, ese desdoble de recursos y empeños que no se comprende desde un punto de vista monetario -doble gasto-, pero sí quizás desde un prisma funcional). 
Construir bibliotecas es importante, pero más importante es abrirlas y darles vida. De nada nos sirve que una biblioteca se encuentre yerma, que no interactúe con sus usuarios a través de su fondo y sus trabajadores. Estoy harto de ver bibliotecas vacías -de público y novedades-, y de bibliotecarios que sólo se dedican a prestar y colocar libros. Esta una realidad que puede tener dos orígenes, por un lado la reducción del gasto gubernamental (está claro que la Cultura, entendida como bien común, se encuentra cada vez más desinflada), y por otro destacar (siento que justos paguen por pecadores) que son muchos los bibliotecarios “institucionalizados”. Personas que acuden al lugar de trabajo, desempeñan su papel dentro de la corrección y ¡nada más! 
Los bibliotecarios deben afianzar el gusto por los buenos libros, por desentrañar nuevas formas de mirar la literatura, por aupar géneros olvidados, por mostrar detalles escondidos, relacionar títulos aparentemente dispares, y ofrecer nuevas posibilidades y alternativas, una tarea que sólo se consigue siendo un gran lector y sembrando la pasión por los libros con cierta magia (no son necesarios fuegos de artificio pero sí tener capacidad comunicativa y de organización). A veces basta con hablar de libros, que no es poco...


Yuko Shimizu

Otros mediadores de lectura

A pesar de que familias, docentes y bibliotecarios establecen los cimientos para la educación en LIJ (siendo lectores todos ellos, ¡ojo!), no cabe menospreciar el papel que especialistas, libreros, editores, escritores, ilustradores y demás actores, desempeñan en esto de la mirada LIJ ya que deben tener muy claro para quien trabajan. 
Es muy distinto currar para echarse algo a la boca, a trabajar por pura advocación. Quizá lo primero sea tan lícito como lo segundo, pero eso de ganarse el sustento haciendo lo que te sale del fandango te llena (de libertad, amor propio, decepción o frustración... no todo es tan maravilloso), más todavía cuando estableces un contrato tácito aunque non scripto con lectores que buscan una experiencia estética a la altura. 
El editor deberá velar por el formato de sus libros, uno acorde con el producto ofrecido, seleccionar narraciones y poemas con valor literario, y preocuparse por dirigirlo adecuadamente al público; el escritor tiene uno de los mayores compromisos, el de pergeñar literatura notable sin subrogarse a los intereses creados; el ilustrador debe interpretar y complementar el lenguaje verbal con el artístico, elevar el suyo propio, todo ello sin olvidarse de la calidad; el librero tendrá que saber moverse entre la diversidad y los buenos libros, así como orientar adecuadamente en la compra; y el especialista deberá dejar sus prejuicios e inclinaciones para poder ofrecer una adecuada selección de libros que ayuden al crecimiento lector de quien siga sus indicaciones.


Karin Jurick

Todo lo que rodea a la lectura

El medio ambiente, el resto de estímulos que nos rodean, los menos controlables e irracionales, también tienen que ver con la LIJ y la lectura... Los individuos no vivimos aislados sino que estamos sujetos a una serie de factores: novios, amigos, conocidos, conversaciones que no nos incumben, los medios de comunicación (sobre todo televisión, páginas web, redes sociales, aplicaciones de mensajería instantánea), el cine, la cultura visual en la que podemos citar los videojuegos o la pintura, la música, el teatro, la religión, la ubicación geográfica, el sistema político, un trauma, algo chocante, la muerte de un familiar, los complejos ajenos o personales, los estereotipos e incluso los prejuicios, los iconos y los símbolos. Todo se encuentra relacionado y puede configurar el ecosistema de un lector competente y capaz.
Podemos citar el condicionamiento y repercusión que las películas de animación han tenido sobre la percepción de los libros ilustrados en el siglo XX, ejemplificada por la omnipresente factoría Disney®, una que marcó un antes y un después en la mirada que los niños han desarrollado frente a formas y líneas. Debemos señalar igualmente los movimientos y corrientes artísticas como fuente de inspiración y ejecución en las tendencias de ilustración (cada época tiene las suyas... abstracción, cubismo, figurativa, dadaísmo, expresionismo, impresionismo, cultura naíf, etc.), que modelan y acercan la mirada LIJ colectiva, algo que también ocurre con los diferentes géneros literarios (hay épocas más proclives a la novela de aventuras, el cuento de hadas o la poesía romántica). No tiene la misma mirada LIJ un niño que viva en Oriente Medio que otros de Vietnam o Inglaterra (sólo tienen que visitar cualquier feria de libro infantil de carácter internacional, exponerse a las diferentes ilustraciones y contarme qué les resulta más cercano), ni tampoco vivir en una sociedad occidental capitalista que hacerlo en los suburbios de Nairobi (¿Quiénes entenderán mejor El soldado de plomo de Jorg Müller? Seguramente el mensaje captado sea diametralmente opuesto).


Tom Gauld

El sesgo de la lectura

Protagonistas y secundarios configuran un inmejorable reparto en el que, como en todo lo que tiene que ver con lo humano y mundano, hay que denotar el sesgo, ese que inclina la balanza hacia uno y otro lado... No es lo mismo ser criado en el seno de una familia de corte intelectual o culturalmente activa que en otra donde primen los negocios, no es lo mismo tener un profesor que denote cierto gusto contemporáneo que otro que defienda a ultranza los clásicos, no tiene nada que ver que compremos los libros de nuestros hijos en la papelería del barrio o en una librería especializada, ni tampoco es lo mismo echar mano de una biblioteca doméstica que pulular dos tardes a la semana por las estanterías de la biblioteca pública.


Pawel Kuczynski

El camino de la mirada lectora

Sobre el proceso que sigue nuestra mirada LIJ a lo largo del tiempo, poco puedo decir en líneas particulares (no soy especialista en didáctica de la Literatura Infantil y Juvenil, y seguramente habrá otros más duchos en el tema), pero me atrevo a decir que no creo que esta deba ser lineal (¿a quién le gustan los túneles?), sino que debe tomar una forma arbustiva, tridimensional (yo lo asemejaría a una semiesfera) en la que uno pueda moverse hacia delante o hacia atrás, pero también pueda dar un paso lateralmente, es decir, en direcciones y sentidos variados.


Inés Vilpi

En líneas generales y concretando más, el proceso educativo tradicional hacia la LIJ podría ser el que sigue:
a) El primer vínculo debe partir de lo puramente verbal, de la oralidad. Juegos de palabras, nanas, retahílas y canciones de ida y vuelta para comenzar a instrumentalizar el lenguaje y fomentar la creación de un ideario particular.
b) A ello le seguiría la adquisición de destrezas en lecto-escritura (leer para escribir, escribir para leer), ejercicio que se afianza con la narración oral de cuentos y leyendas, tradicionales, clásicas y actuales, técnicas de animación lectora, la lectura en voz alta y el uso de otros lenguajes, como el musical o el artístico (aquí toma un papel importante el género del álbum ilustrado), que sirvan de apoyo a la contextualización de un amplio marco referencial, tanto propio (real o imaginado), como ajeno.
c) El lector continúa formándose y adquiere autonomía, es aquí cuando tenemos que proponer un amplio abanico de posibilidades. El lector necesita arriesgarse, experimentar, explorar, decidirse, elegir, triunfar y fracasar.
d) Es así como seleccionará y formará su ideario, tendencias y biblioteca mental particular, definiéndose finalmente como lector.


Geertje Grom

¿Cómo rescatar a los lectores perdidos?

Pese a que todo lo anterior es muy bonito y suena muy bien, nadie se plantea la elevada tasa de no lectores que hay entre los jóvenes, unos para los que muy pocos especialistas, estudiosos o mediadores han desarrollado estrategias con las que devolverlos a los libros. Los “lectores perdidos” (una denominación que acuñé hace tiempo), aquellos niños o adolescentes a quienes la lectura les importa una mierda tras haber adquirido las habilidades necesarias para llevarla a cabo, son el producto de múltiples causas que van desde el contexto familiar al llamado “fracaso escolar” (N.B.: Es curioso, pero los alumnos que chocan con el sistema educativo suelen aparcar también la lectura placentera), pasando por la escasez de estímulos y los cambios hormonales. Su mirada literaria es incluso más importante que la de los principiantes y deberíamos prestar atención a proyectos con los que, a modo de anzuelos, recuperarlos. Estos señuelos pasan por uno mismo (la madurez hace milagros) o echar mano de otros lenguajes, que van desde el puramente paraliterario (condensa mensajes igual de válidos pero más fácilmente alcanzables) al lenguaje gráfico (ya se está haciendo desde el libro ilustrado y las pantallas de los portátiles), el digital (no hablo del e-book...) o la misma interfaz de usuario (¡Qué bien me comunico con mi coche!). Sin duda esta es una realidad que, aunque a algunos les pone nerviosos, empieza a coger cuerpo en muchos planteamientos educativos (véanse los países nórdicos) y supongo que, con el tiempo, se abrirá hueco en ese camino que ha de recorrer la mirada LIJ.


Emma Ersek

Epílogo

Como colofón y esperando que estén de acuerdo, he de apuntar a que nadie tiene una receta infalible para conseguir una mirada LIJ “óptima”, “deseable” o “recomendable”. Está claro. Pero sí me aventuraría a decir que el niño o joven que se ve sumergido en un ambiente propicio y literariamente diverso, tiene más posibilidades que otro para desarrollar esa mirada literaria. Con ello no quiero decir que existan excepciones a tenor de un amigo curioso, una bibliotecaria comprometida por la causa, unos maestros chispeantes, o un padre y/o madre devoradores de libros (hay veces en las que creo en el puntualismo de Gould y Eldredge aplicado a estos derroteros lectores), pero sí he de confesarles que un servidor ha tenido la gran suerte de contar con todos ellos, y poder ver hoy los libros a través de sus ojos pero con mi mirada.


David Pintor

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