Mostrando entradas con la etiqueta Libros infantiles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros infantiles. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de marzo de 2020

La extinción de la belleza



Para Chus, mi librera de San Juan, que siempre descubrimos libros juntos.

Hasta las narices me hallo de tanto discursito bifaz. Feminazis y machistorros, comunistas y capitalistas, podemitas y fachitas, madridistas y culés… La caterva no cambia. ¿Acaso no saben hacer otra cosa que limitar toda su existencia a un puñado de consignas repetidas hasta la extenuación? ¡Qué discurso tan empobrecido, por dios! Estaría bien que no fuesen tan reduccionistas y se dedicaran a leer, a buscar lugares comunes y, sobre todo, a no soltar sapos y culebras por la boca, que ya empieza a ser muy evidente eso de “por el interés te quiero Andrés”.
Lo que yo me pregunto (con mucho fervor y devoción) es si todos los que pasan el día despotricando de unas cosas u otras en las redes, tienen también tiempo para detenerse a contemplar la belleza que les/nos rodea, o si, por el contrario, son incapaces de apreciarla por muy delante de las narices que se la coloquen. Lo digo porque tengo la ligera sensación de que están tan ensimismados en su parcela de rumiantes que no viven para otra cosa, algo demasiado peligroso, más todavía cuando los ánimos se empiezan a caldear.
Es evidente que cuando más te relames las comisuras, más difícil es distanciarte de la película y mirar hacia otro lado. Absortos. Así nos va... Con el coronavirus (Que extraño es todo, ¿verdad? Se me antoja (in)verosímil).,, Con lo del día de la mujer y las discrepancias de los ismos (¡Más madera! ¡Más madera!)... Con la nueva ley de educación y el nuevo código penal (todo es tan nuevo que suena a vintage)....



Me pongo a pensar en todo esto mientras recuerdo la puesta de sol desde el muelle de Brighton. Apoyados sobre la barandilla mirábamos el mar en calma y unos cuantos estorninos volaban cerca. A cada movimiento de la brisa marina, otros tantos se unían a la bandada. Danzaban cada vez más cerca. Bajaban y subían en su vuelo, viraban de repente su rumbo, como si de un dulce quiebro entre amantes se tratase. Por un instante me fijé alrededor: ya no éramos los únicos espectadores boquiabiertos. 
La multitud sonreía, nosotros mismos nos mirábamos dichosos. El día se detuvo en ese instante y sólo teníamos ojos para los que algunos llamaban en inglés “starling murmuration”. Dejamos la mente en blanco y vimos como cientos de aves dibujaban formas caprichosas sobre el cielo, líneas fluidas que se expandían sobre el nublado horizonte. No pensábamos nada más, sólo volábamos con ellos.


Y entonces llega a mi mesa El día de las ballenas. Y siento como la historia sin palabras ideada por Cornelius, el colectivo de escritores formado por Davide Cali, Guido Sgardoli, Tommaso Perchivale, Pierdomenico Baccalaro y Davide Morosinotto, e ilustrada por Tommaso Carozzi tiene mucho que ver con esa destrucción de la belleza que un día tras otro llevamos a cabo en las redes sociales, en las aulas, en la barra del bar, o en el banco del parque. No hace falta cortarles las alas a los pájaros, envenenar los océanos o liarse a tiros. También extinguimos la belleza con nuestra palabras.


Un día cualquiera en una metrópolis cualquiera, los cuerpos de enormes cetáceos tapan la luz del sol, flotan entre los rascacielos. Se desata el caos, la muchedumbre ve una amenaza en sus lentos movimientos y los poderosos deciden acabar con ellos.
En pocas páginas, los autores se adentran en nuestro subconsciente con una fábula que algunos pueden traducir en ecologismo, con una narración que oscila entre lo inverosímil de Chris Van Allsburg y lo surrealista de Shaun Tan. Todo ello sin perder de vista un estilo figurativo que siempre permite descubrir detalles literarios (fíjense en el nombre que aparece en el parte meteorológico), cinematográficos (¿Acaso no ven en esos planos generales y contrapicados la magia del cine?) e incluso museísticos (Si alguna vez van al Museo de Historia Natural de Londres, acuérdense de este libro) que tienen que ver con el pasado y con el futuro en el que nos podemos ver reflejados.


Eso le decía yo a la librera Chus el otro día cuando me hablaba de este libro. “¿A que te inspira una pena confusa?" Algo se desgarra por dentro al mismo tiempo que agita nuestra conciencia. En su lectura, no son las ballenas las que mueren, somos nosotros los que nos consumimos poco a poco.




martes, 3 de marzo de 2020

Valiente fragilidad



Hemos dado la bienvenida a marzo y con él llega el periodo de exámenes. Hay cierto tufillo de nerviosismo en el aire y se palpa la tensión entre los estudiantes. Ojeras, caras pálidas y salidas de tono son el pan de cada día. Sí, no es muy agradable estar embebido en una atmósfera tan recalcitrante, que el humor es una cosa muy seria y hay que cuidarlo. A menos que venga algún gilipollas a darte el día, lo mejor que podemos hacer es sonreír, que para llorar por un cerapio siempre hay tiempo.
Como en botica, estudiantes hay de todas clases. Los hay muy trabajadores, como laboriosas hormiguitas que al final salen del paso. Otros son más espabilados y prefieren echar mano de sus capacidades antes que de hincar los codos (¡Y cómo les jode a los demás…!). Están los que se esperan a última hora para invertir todas sus horas de sueño en el aprobado raspado. También los nerviosos que la cagan en el último momento por un exponente, un paréntesis o la idea feliz de turno. Los alegres y los despreocupados también tienen su hueco en este catálogo de alumnos. Y así, uno tras otro, van pasando los cursos escolares.


De entre todos ellos mis favoritos son los alumnos de cristal. Esos de apariencia frágil, que de un soplo se desbaratan. Son los que más me sorprenden teniendo en cuenta el ecosistema en el que viven. Cuatro paredes atestadas de niñatos entre los que priman las leyes más básicas y animales. ¿Por qué? Parece que se caen pero que al final se tienen, como si se fueran a rendir de súbito aunque al final opten por la supervivencia. Deberíamos llamarlos alumnos Duralex®, o quizá alumnos Pyrex®, porque a pesar de su apariencia, son irrompibles, resistentes al tiempo y los varapalos, a imagen y semejanza de la Gisela de cristal de Betrice Alemagna.


Recién publicado en nuestro país por Libros del Zorro Rojo, este álbum que fue elegido el mejor libro infantil del 2002 en Francia, nos cuenta la historia de Gisela, una niña hecha de cristal. Luminosa, frágil y sobre todo transparente, todo el mundo quiere conocerla. Largas colas delante de su casa para poder verla y tocarla, hasta que se dan cuenta que, como es de cristal, pueden leer sus pensamientos…


Como ya han apuntado otros compañeros de la LIJ, el argumento es similar al Jaime de cristal de Rodari, lo que me hace pensar que Alemagna ya conocía esta historia del genio italiano y quería darle una vuelta de tuerca más contemporánea. Mientras que en Jaime de cristal la transparencia resulta ser una virtud para luchar contra la tiranía y la opresión quedando el mensaje más supeditado a la moraleja redonda del cuento tradicional, en Gisela de cristal se ensalza como un grave defecto en el que el público en general no ve nada positivo e incluso es motivo de rechazo social. Aunque en los dos libros el protagonista sale victorioso, Alemagna ensalza la debacle interior de Gisela. Ella es una verdadera heroína y lucha por alcanzar su propia felicidad, mientras que Jaime es un héroe indirecto.


En lo que a los recursos de formato y estéticos se refiere llaman poderosamente la atención dos. La primera es el tono azulado del libro, uno que inspira calma, también frialdad e incluso tiene que ver con las lágrimas de Gisela. La segunda son las páginas de papel vegetal que la autora inserta en el libro, un recurso que también utiliza en Cosas que vienen y van, pero que en este caso se traducen con otro significado, concretamente el del símil con la transparencia del cristal y de la anticipación en la secuenciación.
Un libro sin pretensiones, hermoso y algo agridulce, que los niños de cristal necesitamos de vez en cuando.


lunes, 2 de marzo de 2020

Primavera, caos y orden



Después de la resaca de mi doceavo cumpleaños bloguero, empiezo marzo con bastante alegría (Hasta que algún cretino venga a tirarme de las orejas… Siempre la misma historia…). A pesar del viento y otros meteoros poco agradables a los que hay que poner nombre (me parece tal la gilipollez, que no le voy a dar ningún bombo), la primavera se va abriendo paso. Empiezan a florecer los primeros nazarenos y las calles se entusiasman del bullicio reinante.
A pesar de ser una época con bastante esplendor, los humanos nos empeñamos en sacarle brillo (¿No tendrá bastante?), pues muchos empiezan con las limpiezas de temporada. También con las obras. Que si pintores, albañiles, fontaneros y alicatadores. Todo se llena de cubetas de escombros, de camiones de mudanzas y las cajas de cartón se cotizan tanto como las mascarillas asépticas (¡Trescientos euros que piden por una de estas, tú!).


Retira muebles, guarda los libros, busca plásticos grandes… Toda una odisea para ponerlo todo patas arriba. Esa es la manera que tenemos los seres humanos de celebrar la llegada de la diosa Primavera y, por supuesto, de hincharnos a trabajar. Saca la cubertería que te regaló tu tía Josefina y la vajilla de La Cartuja, métele un buen friegue a todos los “tupper” y echa las rayas del baño (¿Quién se inventaría esa costumbre?).
Si a todo esto unimos que el regreso a la normalidad atraviesa por una gran pérdida de utensilios de diferente importancia (¿Dónde pondría las pinzas de depilarme el entrecejo? ¿Y el microondas? ¿Y el carné de la biblioteca? ¿Y a mis hijos?), la cosa se pone fina y un poquito revuelta.


Con tanto orden y desorden llego a La casa donde todo se pierde, un álbum de Brian B. Cronin que da comienzo a una serie de la que sólo ha visto la luz en España este título (editorial Jaguar) y que no deja indiferente a nadie.
En este libro interactivo (si es que alguno no lo es) el autor nos propone un juego de búsqueda en una casa que está llena de trastos. El argumento es sencillo: un par de nietos tienen que buscar una serie de objetos para que su abuelo se acicale y el lector-espectador puede echarles un cable.
Cada doble página nos presenta una estancia de la casa abarrotada de objetos y chiches (En la Mancha nos referimos a este vocablo cuando nos referimos a cosas delicadas, bonitas y, por lo común, pequeñas e inútiles, que abarrotan y engalanan un hogar).


Lámparas, libros, cuadros, juguetes, ropa… todo cabe en estas habitaciones con una característica en común: en cada una prima un color. Todo (y cuando digo todo es todo) es amarillo, magenta o verde en la misma doble página. Aunque visualmente es muy extraño (hay veces que el contraste chirria y sorprende a partes iguales), esto del monocromatismo tiene una doble lectura. Por un lado dificulta la identificación de los objetos perdidos, lo que hace más difícil la búsqueda (N.B.: Les puedo asegurar que un servidor no ha dado con muchos de estos). Por otro lado busca el sentido a una última escena multicolor donde se conjugan todos los colores de las páginas anteriores.


Ya saben, busquen y rebusquen es este libro con cierto aire japonés (¿Verdad que tiene un puntito muy oriental? Sobre todo en la caracterización de los personajes) aunque por las venas del autor corra sangre irlandesa. Y si no dan con todo lo que ha perdido el abuelo, siempre pueden acercarse a esta página web y buscar ayuda.
Por último, una sugerencia. No salgan locos con el orden-desorden primaveral, hay veces que hay que disfrutar del caos y la incertidumbre reinantes.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Coronavirus o el poder de la histeria colectiva



Regreso de un largo fin de semana y me encuentro con que el coronavirus nos acecha cada vez más y mejor, y ya lo estoy viendo… Los medios de comunicación se van a poner las botas, los políticos aprovecharán para hacernos alguna putada (como si no fuera bastante intervenir los servicios secretos y el poder judicial que se van a dedicar a la sanidad... ¡La casta metida a médicos! ¡Socorrooooo!), los fabricantes de mascarillas (inútiles en muchos de los contagios, por cierto) se van a hinchar a vender, y los científicos y sanitarios se cagarán en nuestros muertos por los tembleques infundados. Una situación la mar de halagüeña como ya ven... y la cifra de contagios sigue aumentando...
Por si no fuera poco y dada mi condición de biólogo, se ve que me va a tocar ejercer de maestro en horas no lectivas (para que luego digan que no trabajamos) explicándole a más de uno los riesgos que conllevan estos bichitos para la salud pública (¿Hay de eso en España? Creía que nadie, incluido el Ministerio que lleva su nombre, sabía qué era eso).


“Yo que tú, me preocuparía más de procurarme una buena higiene, una dieta rica en legumbres, verduras y frutas, hacer algo de ejercicio, usar condones y evitar las drogas, antes que de buscarme una buena mortaja” le dije ayer a una. Y va se me enfada (otra que quería mentiras). Ni estaba de cachondeo ni le pedí matrimonio (¡Eso sí sería una faena, teniendo en cuenta como está el percal!), pero la cuestión es torcer el morro. Menos mal que deje a un lado las catástrofes naturales, la incidencia de cáncer, los accidentes de tráfico o la gripe, que si me descuido, me fusila.
Señoras, señores, lo mejor que pueden hacer ante esta familia de virus complejos de ARN (ácido ribonucleico, para poco doctos) es quitarle importancia, tomar unas precauciones básicas (lávense las manos, eviten los estornudos y cualquier contacto salival ajenos) y vivir. Pues nadie sabe cómo puede sobrevenirnos la muerte. Lo importarse es no dejarnos llevar por la psicosis colectiva (¡Qué malo es formar parte del rebaño!) y llevar una marcha más o menos sensata (no demasiada, que las locuras también nutren el alma).


Y para aquellos que no me hacen ni caso y prefieren acudir a la farmacia, colapsan urgencias o deciden ponerse en cuarentena (les recuerdo que hace una climatología “espléndida”, tontos serían si optan por esta última), les dejo un álbum del año pasado que pasó un tanto desapercibido (se lo dice uno que está muy puesto y sólo conocía la edición inglesa), pero hiper-necesario para todos aquellos que gustan de poner el grito en el cielo y sacar de quicio el más mínimo problema.


Accidente de Andrea Tsurumi (editorial Océano-Travesía) además de ser uno de esos libros que con una propuesta humorística y estructura de sketch se mofa de nuestra condición histérica, es bastante interesante por alguno de los recursos narrativos que utiliza, como por ejemplo las guardas peritextuales (cuando lean el libro entenderán por qué) o la función narrativa de la portadilla, algo que es cada vez más frecuente en obras de autores contemporáneos -les recomiendo echar el ojo a las de Sergio Ruzzier-.
Así mismo, la autora de este libro echa mano de algunos recursos propios del tebeo, como los bocadillos o la secuenciación de escenas (tiene mucho sentido en una obra de vértigo donde el espacio-tiempo habla por sí sólo), para articular una historia en la que Lola, un pequeño armadillo convierte un pequeño percance en todo un desastre para darse cuenta que ni siquiera su madre está exenta de cometer un fallo.


El zumo derramado, una tarta aplastada, una manguera anudada o incluso una biblioteca desbaratada son parte del lío monumental que se forma en una ciudad que recuerda mucho a las de Richard Scarry (¿No ven mucho de este autor en el interior de las casas o en la caracterización de los personajes?).
Si a todo ello unimos una gran riqueza léxica y lo expresivo de la tipografía (la forma y tamaño de las letras dicen mucho a lo largo de toda la historia), no puedo más que recomendar a manos llenas un librito que seguro les hace repensarse su posición frente a los tan anunciados males del SARS-CoV-2.



viernes, 21 de febrero de 2020

Perderse entre la arena



Que la semana empiece fatal no es ninguna novedad (ya saben que los lunes son el peor día de todos), pero que continúe del mismo modo, es algo casi sobrenatural.
Veamos… El lunes, casi moribundo (es lo que tienen los fines de lujuria y desenfreno), me voy para el curro y tras hacer pleno (no es picar piedra tener clase toda la santa mañana, pero agota), me toca asistir a una de esas reuniones que te dan ganas de pedirte la baja, cosa que nunca he hecho a pesar de tener razones para ello (si es que soy gilipollas).
Sí, queridos monstruos, el inspector nos visita. No sé muy bien por qué, la verdad. Supongo que nos tirará de las orejas, como si no tuviéramos bastante. Estoy escuchando la letanía… “Los chavales suspenden demasiado, no están motivados, no os adaptáis a los nuevos tiempos… ¡vosotros sois los verdaderos culpables de semejante catástrofe!”


Si a todas estas acusaciones unimos la connivencia de los equipos directivos (¡Qué profesionales, chica! Eso de desertar de la tiza y complacer al régimen de turno, ¡es tra-ba-jo!), lo que debería traducirse en un amistoso diálogo, se transforma en un juicio laboral que retuerce el sistema límbico (¿Por qué lo llamarán responsabilidad cuando quieren decir “mobbing colectivo”?).
Mientras tanto, los dimes y diretes se van acrecentando. Martes, miércoles…, todos murmuran (¡Que viene el lobo, que viene el lobo!) y yo sigo estornudando, pues a estos males burocráticos se une un brote de alergia –cupresáceas, of course, ¡A ver si llueve de una maldita vez!- mezclado con algo de frío. La congestión de órdago progresa adecuadamente, ambientada, cómo no, a base de papeleos y otros formularios.


Si esto fuera poco, el jueves llega con una agenda demoledora… Prepara los apuntes, haz la maleta que toca puente, no se te olvide darle una vuelta a los billetes ni al equipaje, corrige, cómete la mona sin atragantarte, esclafa el huevo en la frente de algún tonto, haz el bocata para mañana… Resumiendo: petazetas en la sangre.
Y así, llegamos al viernes. Sí señores, la antesala de un puente de cuatro días que gracias al carnaval se abre ante nosotros, humanos. Decidido: me voy a la playa.
Tirarse a la bartola y entregar el cuerpo a la desecación (si me reencarno en algo, que sea en biltong sudafricano). Alguna cervecica que otra, buenos arroces y para de contar. Ni ropa ni na’ de na’ sólo quiero jugar con la arena del mismo modo que la protagonista de El castillo de arena, otro de esos libros maravillosos de la israelita Einat Tsarfati, la misma de Los vecinos, ambos en la editorial Tramuntana, que pasó muy desapercibido hace unos meses y merece un hueco en esta casa de los monstruos.


La historia en cuestión es todo un canto a la imaginación. En ella, una niña como tú y como yo (sin inspectores ni compromisos por medio), le da forma a un palacio increíble a orillas de la playa. No quiere que le falte detalle. Cúpulas, salones con grandes ventanales, escalinatas e incluso un foso (¿Quién no ha querido uno a rebosar de cocodrilos en su castillo de arena?). Es tan grande que ella misma se mete dentro. Sin saber cómo, empiezan a parecer personajes de lo más variopinto. Todo se convierte en una fiesta hasta que….
Con montones de detalles históricos, arquitectónicos, artísticos e incluso guiños literarios este álbum es una delicia, no sólo para sonreír ante tanta agenda de vertigo, sino para despejar la mente y perderse en las cosas bonitas que tiene el mundo de la fantasía.
Lo dicho, disfruten de mascaradas, comparsas y chirigotas, y sueñen, sueñen a raudales. Yo también lo haré.



miércoles, 19 de febrero de 2020

Maternidad idealizada



Por mucho que los influencer de la crianza se dediquen a ensalzar las bonanzas de la maternidad, un servidor, que vive en el mundo de la perpetua adolescencia no sabe qué pensar al respecto. Se escucha de cada barbaridad en las redes sociales, que dan ganas de liarse a tiros ipso facto. Ves a cada madre, a cada padre, a cada psicólogo, a cada gilipollas en este universo, que lo mejor que puedes hacer es reírte de sus pedos de colores (o incluso fumártelos, a ver si te conviertes en unicornio).


Lo primero es que casi todos se dedican a la infancia y casi ninguno a los quinceañeros (se ve que la cosa les resulta menos llevadera) algo que me da un poco por el cacas ¿Acaso la crianza acaba a los doce años? Pobres y abandonados teenagers...
Lo segundo es el grado de melindre y ñoñería que suelen utilizar en sus disquisiciones sobre pañales, dientes caídos, fiestas de cumpleaños, riñas de parvulario y otros pormenores infantiles. Son tan babosos que dan ganas de regurgitar hasta la primera papilla. ¿Nadie les habrá dicho que el empalague no es directamente proporcional al cariño?
Lo que sigue es el postureo. Los críos son como los gatetes: más o menos fáciles de adiestrar, lucen mucho en cámara (sobre todo con muselina y encajes de bolillos) y a medio mundo se le cae la baba con ellos. Los “likes” fluyen a mansalva y el negocio sigue imparable mientras violamos sus derechos de imagen (mis nenes son míos y los exploto cuando quiero).
Y lo último es el grado de condescendencia que destilan... Llevo casi un tercio de mi vida trabajando con adolescentes. Una media de ciento veinte alumnos por curso durante siete meses al año. Y lo más valioso que he aprendido es que con ellos NO HAY RECETAS. Cada uno es cada uno y hay que andarse con cautela. Prefiero prestar atención a los compañeros que ofrecen recursos de todo tipo (alabo la generosidad en todas sus formas) que escuchar las monsergas de esa caterva de “influmierder” que solo aspiran a falleras mayores (Senyor pirotècnic, pot començar la mascletà!).


Y si no han tenido bastante sorna hoy les traigo un libro con el que me topé el otro día en una de esas librerías fantásticas que visito y que me pareció extraordinario. Mama Bruce de Ryan T. Higgins (editorial Anaya) es uno de esos libros que desde el humor hurga en tu subconsciente desde la primera página y construye una parodia de muchos aspectos de la vida occidental actual.


Bruce es un oso que siente verdadera pasión por los huevos. Se dedica a recolectarlos de cualquier nido y, como buen morrifino, los prepara según le indican los gurús de la gastronomía (este guiño a la dictadura de la gastronomía me parece muy simpático). Un día encuentra una receta con huevos de ganso y tras hacerse con ellos, rompe el cascarón y ¡voilá!, en un periquete se convierte en la “madre” de cuatro patitos.
Con unas ilustraciones de corte humorístico y bebiendo de algunos recursos del cómic (inclusión de viñetas y serialización de escenas), este álbum (que da comienzo a una serie, por cierto) nos invita a reflexionar sobre la maternidad, sus pros y contras. No precisamente desde una postura edulcorada y suavona, sino desde la relación materno-filial menos deseada en la que también tienen cabida el cariño y la solución de ciertos problemas. 
Lo pueden sugerir, leer y hasta regalar (no tengan miedo a sobrevolar los derroteros del discurso moral erróneo que algunos promueven), seguro que cualquier padre o madre se siente identificado con Bruce (¡Que levanten la mano y se dejen de tanta pantomima!). Que ser padres, digan lo que digan, cuesta, por mucho que queramos idealizarlo.


jueves, 13 de febrero de 2020

De gosthing y otras fantasmadas



Alegre por el reconocimiento que la Feria de Bologna ha tenido con algunas editoriales españolas como Fulgencio Pimentel, Libre Albedrío y Avenauta, así como con los autores Javier Saez Castán, Manuel Marsol, Gema Sirvent y Ana Pez, al incluirlos en los Bologna Ragazzi Awards (¡Enhorabuena a todos ellos!), me toca seguir con lo mío.
Esto del ghosting está acabando con mi paciencia. No crean que me va mucho lo del amor cibernético (no alimento vanas esperanzas a golpe de redes sociales por mucho que haya cambiado el mundo del flirteo), pero sí denoto que esa práctica del ninguneo se está extendiendo a otras parcelas sociales, véanse familia, amigos y trabajo.


Soy consciente de que cada vez se hace más duro eso de aguantar a la gente (si antes había que tener un buen estómago para no vomitar ante ciertos comportamientos, ahora hace falta una buena sesión de meditación para no empuñar una katana), pero si es con un poco de consideración (que todos somos personas aunque no lo parezcamos), mucho mejor.
Cuando converso sobre este tema con alguna víctima, la peña se pone muy trágica, como si el mundo se hubiera acabado porque el tonto de turno te ha dejado en visto y no se ha dignado a contestarte. “Voy a tener que recurrir al psicoanalista” “Como no me responda voy a echar mano de una buena dosis de Orfidal®” “Yo no sé para qué me comió la oreja si luego iba a pasar de mi” “¡No sólo me ignora, sino que ahora tengo que hacerle frente a las inseguridades que ese cabrón me ha provocado!”


De igual modo, cuando hablo de esto con algún acusado, todos suelen blandir los mismos argumentos para justificarse. “Se lo he dicho mil veces pero se está poniendo muy pesado… ¡Está rozando el acoso!” “Que nos echáramos una caña y después hubiera tema no quiere decir que sea la mujer de mi vida.” “Prefiero no contestarle a ser sincero y que se lie la marimorena.” Y así una tras otra…


Sea como sea y con opiniones para todos los gustos, eso de hacerse el fantasma no es muy de recibo, más que nada porque está cambiando las pautas de comportamiento tradicionales y, ni esfumados ni ninguneados se sienten satisfechos con un panorama la mar de inhumano. Así que lo mejor será que se sienten y dialoguen sobre sus impresiones, miedos y errores. Y si no lo consiguen, aquí les traigo un manual para fantasmas.


Cómo hacerse amigo de un fantasma, de Rebecca Green y editado el pasado otoño por la editorial Juventud, aunque poco tiene que ver con el insano vicio del ghosting, se puede convertir en un libro bastante acertado para relacionarse con seres errantes, que al final es en lo que desemboca esta práctica (todo el mundo deambulando sin saber qué busca).
Lo primero es tomárselo con mucho humor, saber dónde hay que acudir para dar con un fantasma, darle la mano, invitarlo a cocinar, a comer todo tipo de mejunjes, pasar la mayor parte del tiempo con él, intentar compartir algunos quehaceres (aunque estos sean difíciles para un fantasma), pedirle disculpas, comprenderlo. ¡Vaya, que este libro tiene mucho acierto!


Con unas estupendas ilustraciones (hacía mucho tiempo que le tenía echado el ojo a esta artista), bebiendo de los recursos del libro-manual y acercando al universo fantástico y los clichés del género terrorífico, lo mejor de todo es que se puede extrapolar a otros contextos menos sobrenaturales y más mundanos, pues entre amigos todo es posible, más si cabe sin necesidad de mensajes fantasmales.



martes, 11 de febrero de 2020

¡Cuidado con los hoyos!



El pasado fin de semana, con Madrid de fondo y unos días muy moviditos (¡No sé qué haría sin la (in)sensatez de mis colegas! Seguramente cortarme las venas…), he llegado a la conclusión de que antes de acabar en el hoyo, prefiero dejarme todas las ganas en este mundo, porque nadie sabe lo que nos ocupará en ese lugar oscuro y húmedo llamado subsuelo.
Quizá muchos no vean lo mismo que yo en esto de la vida y prefieran meter todos los cuartos en otra oquedad (o quizá la misma, que muchos gustan de cubrir su cuerpo a base de escrituras y cartillas del banco) para que luego otros se lo gasten a golpe de ostra y carabinero.


Algunos tienen muy claro que todos sus bienes van a ir a parar a sus allegados (como si nos les dieran ya bastante en vida). Yo no sé cómo el personal no acaba harto de tanto parásito, porque hijos, nietos, yernos, nueras y algún que otro novio de la residencia de ancianos, tienen más que ver con un agujero negro que con el amor limpio y claro…
Y qué les voy a decir, pues que con tanto socavón profundo y pozo negro, me ha dado por pensar que no los quiero ver ni en pintura. Así que me toca andar con cautela, que de repente se abre frente a nosotros un precipicio repentino y la cosa termina de golpe y porrazo…


Para ilustrarles sobre este problema de los agujeros les traigo a Kelly Canby y La historia de un hoyo, un éxito en el mundo anglosajón que ha sido recientemente publicado en nuestro país por Tramuntana. El libro en cuestión nos cuenta la historia de Carlos, un chaval que andando por el campo se encuentra con un hoyo y sin pensárselo dos veces se lo echa al bolsillo y empieza a pensar qué puede hacer con él. ¿Dará comienzo así a una serie de aventuras y desventuras o ese hallazgo no será para tanto?


El libro tiene su aquel, sobre todo porque da mucho pie a disfrutar de la imaginación del lector (¿Se imaginan lo que harían un montón de niños con ese hoyo? Les invito a comprobar las respuestas) y puede darles mucho juego (Se me ocurren trampantojos de todo tipo, e incluso juegos con trozos redondos de cartulina negra), pero lo que más me gusta es que es un libro que juega con los diferentes puntos de vista y de paso conecta lo absurdo con nuestra realidad.


Y es que nadie quiere un agujero. Ni la modista ni el dueño de la tienda de mascotas ni el que hace barcos ni tan siquiera un servidor. Todos preferimos que se quede en el bolsillo de Carlos no sea que destroce nuestros respectivos negocios. Bueno, todos no, que ya saben que siempre hay quien le encuentra utilidad a cualquier cosa…

lunes, 10 de febrero de 2020

Coreanos



Como no hay nada mejor de lo que hablar (estoy hasta las narices de políticos y trolls), empezamos la semana con los Oscar, pues al menos nos traen algo de glamour y mucho mamarracheo.
A pesar del gran despliegue que marcas de alta costura como Chanel, Zuhair Murab, Dior, Oscar de la Renta y Prada hacen cada edición sobre la alfombra roja (nada que envidiar al “chou” anual de Victoria’s Secret), se empieza a vislumbrar cierto tufillo barriobajero en la meca del cine. Actores y actrices son cada vez menos icónicos y más mediáticos, más accesibles y menos inalcanzables. Si, las grandes estrellas de Hollywood se están apagando y parece ser que sólo yo estoy preocupado.
Siempre ha habido mucho "nota" en esto de la farándula y el espectáculo, pero denoto cierta deseducación laboral en los nuevos trabajadores del sector. Tranquilos, que no les voy a meter una disertación a lo Noam Chomsky, sólo quiero que encuentren las mil y una diferencias entre Henry Lamarr y Penélope Cruz. Tampoco estaría de más que se percataran de los miserables aplausos que recibieron los recientemente difuntos de la gran familia del cine estadounidense al ritmo de Billie Eilish (el Yesterday sobraba, que yo soy más del “today”). ¿Será porque muchos de los asistentes no tenían ni un ápice de cultura cinematográfica, o en su defecto, un mínimo de respeto?


Y es que anoche, los únicos que se dedicaron a la naturalidad, el saber estar (en su papel de triunfadores, claro está) y la desorbitada alegría, fueron los coreanos de Parásitos, sin duda la mejor película del año (Se la recomiendo a manos llenas porque dice mucho desde la dualidad posible-imposible, el humor, la exageración de la realidad y la metáfora del conflicto de clases). Que se note que en oriente todavía queda algo de esa humanidad que hemos perdido en el supuesto primer mundo, manque pierda.
Y sin más ensañamiento, me acerco en este luminoso lunes al trabajo de Kyung Hyewon, otra coreana más que prometedora en esto del libro-álbum. No es para menos pues Elevador (editorial Océano-Travesía) es una más que aceptable puesta de largo a golpe de imaginación infantil y situaciones cotidianas.


En esta historia, la pequeña Yuna, una verdadera apasionada de los grandes saurios que poblaron el planeta hace millones de años, tiene que devolver un libro a la biblioteca, una tarea que se verá alterada por unos curiosos “vecinos” que va recogiendo en cada uno de los pisos en los que va parando el ascensor (que no son pocos, pues ya saben de las alturas que se gastan por aquellas latitudes).
Aunque el final lo dejo para la sorpresa de los lectores, he de apuntar que es un libro que me ha encantado, no sólo por la originalidad del argumento, sobre todo en lo que al formato y el contexto espacial se refiere (los ascensores siempre han tenido mucha magia), sino porque hace gala de esa dualidad clásica entre fantasía y realidad de la que bebe mucho el álbum para niños. Si a ello le unimos la expresividad de los personajes, recursos repetitivos (cada vez que se abre la puerta del elevador es una sorpresa) y ese guiño a los libros, el disfrute está servido.
Así que, ya saben, en vez de noche toledana, les toca noche coreana, que sugerencias no les faltan.



miércoles, 5 de febrero de 2020

De libros infantiles y surrealismo manchego




Sí, ya sé que hoy tocaba hacer sangre con el duelo entre JLo y Shakira en el último espectáculo del “halftime” de la Super Bowl (N.B.: Al margen de  sus preferencias, pues ambas tuvieron puntos a favor y en contra, cabe preguntarse ante semejante espectáculo sandunguero: “¿Para qué tanto feminismo si ni siquiera estas superestrellas tienen derecho a envejecer dignamente?”). También podría haberles dedicado una disertación sobre los riesgos de volar a Canadá (¡Con el yuyu que me producen los aviones!). Pero el caso es que el post de hoy he decidido dedicarlo al recién fallecido José Luis Cuerda, mi querido paisano.
Los albaceteños le tenemos mucho cariño a Cuerda, no sólo porque retomó esa tradición del humor manchego que quedó postergada con Pepe Isbert, sino porque lo hizo desde un prisma intelectual que lo ensalzó más que ridiculizarlo (cosa que sí han hecho otros que suenan a Oscar pero de cuyo nombre no quiero acordarme). Eso sólo sucede cuando alguien le tiene cariño a una tierra que, aunque Cuerda disfrutó poco, le corría por las venas.


Decían los que poco han venido por La Mancha (ya saben que por aquí pasa todo el mundo pero pocos se paran), que José Luis Cuerda había inventado esto y lo otro, incluso lo de más allá. Yo, no sé muy bien si inventó o dejó de inventar porque a mí, todo lo que veía en sus películas me parecía muy cercano, parte de mi universo personal, pero el caso es que gustaba lo que hacía, que gustar ya es bastante.


Y es que ese costumbrismo tan moderno que sentimos por estos lares, es el que él exhibía en sus diálogos que, aunque llenos de parodia, también tenían mucho encanto. Unas re-contextualizaciones que ayudaban al espectador a salirse de madre, como si todo (o nada, según se mire), fuera con él. Y así nos reíamos de todo, incluso de lo que hay que reírse, con mucho humanismo, pues ahí reside lo poético del surrealismo…, pero, ¡un momento! ¡Esperen! ¿Estoy hablando de cine o de libros infantiles? ¡Me cago en la óspera! Ahora que lo pienso, ¿acaso no están llenos los libros infantiles de ese deje? No, si ahora va a resultar que lo onírico de las historias infantiles reverbera en la cultura posmoderna de los adultos, o lo que es mejor todavía: ¡que las obras para niños se amancheguen por momentos…!


Señoras, señores, y aunque esté desvariando, aquí les dejo con dos ejemplos del surrealismo en el álbum infantil. Concretamente con dos  buenos representantes, Caracol, de Pablo Albo y Pablo Auladell, y Cerdito, ¿adónde vas?, de Juan Arjona y Ximo Abadía, ambas de la misma editorial, A buen paso (¿A qué se deberá? ¿No será su editora una apasionada de esa tendencia tan absurda como nutritiva?).
El primero es una nueva edición (mismos autores aunque diferente concepto) de la historia de un caracol que intenta llegar hasta lo alto de un algarrobo. Aunque el tío es consciente de su lentitud, le echa un par y se enrola en una aventura trepidante a lomos de una tortuga o batiendo un par de alas fabricadas a golpe lechuga.  Todo parece un poco extraño, pero lo cierto es que la historia tiene mucho bonito de fondo. No sé muy bien el qué, pero lo tiene.


El segundo acaba de llegar a mis manos y tomando como protagonista a un cerdo un poco aprovechado, nos conduce por los recovecos de una historia donde abundan los colores vivos o las composiciones geométricas y sugerentes (!hay una puesta de sol preciosa!), y en la que hay mucho de cierto (o eso parece aunque no lo parezca). No les desvelaré el secreto, pero sí les animo a que crean todo con algo cautela, pues siempre hay gente que intenta sacar partido de los imprevistos y de los estofados de bellota.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...