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jueves, 13 de febrero de 2020

De gosthing y otras fantasmadas



Alegre por el reconocimiento que la Feria de Bologna ha tenido con algunas editoriales españolas como Fulgencio Pimentel, Libre Albedrío y Avenauta, así como con los autores Javier Saez Castán, Manuel Marsol, Gema Sirvent y Ana Pez, al incluirlos en los Bologna Ragazzi Awards (¡Enhorabuena a todos ellos!), me toca seguir con lo mío.
Esto del ghosting está acabando con mi paciencia. No crean que me va mucho lo del amor cibernético (no alimento vanas esperanzas a golpe de redes sociales por mucho que haya cambiado el mundo del flirteo), pero sí denoto que esa práctica del ninguneo se está extendiendo a otras parcelas sociales, véanse familia, amigos y trabajo.


Soy consciente de que cada vez se hace más duro eso de aguantar a la gente (si antes había que tener un buen estómago para no vomitar ante ciertos comportamientos, ahora hace falta una buena sesión de meditación para no empuñar una katana), pero si es con un poco de consideración (que todos somos personas aunque no lo parezcamos), mucho mejor.
Cuando converso sobre este tema con alguna víctima, la peña se pone muy trágica, como si el mundo se hubiera acabado porque el tonto de turno te ha dejado en visto y no se ha dignado a contestarte. “Voy a tener que recurrir al psicoanalista” “Como no me responda voy a echar mano de una buena dosis de Orfidal®” “Yo no sé para qué me comió la oreja si luego iba a pasar de mi” “¡No sólo me ignora, sino que ahora tengo que hacerle frente a las inseguridades que ese cabrón me ha provocado!”


De igual modo, cuando hablo de esto con algún acusado, todos suelen blandir los mismos argumentos para justificarse. “Se lo he dicho mil veces pero se está poniendo muy pesado… ¡Está rozando el acoso!” “Que nos echáramos una caña y después hubiera tema no quiere decir que sea la mujer de mi vida.” “Prefiero no contestarle a ser sincero y que se lie la marimorena.” Y así una tras otra…


Sea como sea y con opiniones para todos los gustos, eso de hacerse el fantasma no es muy de recibo, más que nada porque está cambiando las pautas de comportamiento tradicionales y, ni esfumados ni ninguneados se sienten satisfechos con un panorama la mar de inhumano. Así que lo mejor será que se sienten y dialoguen sobre sus impresiones, miedos y errores. Y si no lo consiguen, aquí les traigo un manual para fantasmas.


Cómo hacerse amigo de un fantasma, de Rebecca Green y editado el pasado otoño por la editorial Juventud, aunque poco tiene que ver con el insano vicio del ghosting, se puede convertir en un libro bastante acertado para relacionarse con seres errantes, que al final es en lo que desemboca esta práctica (todo el mundo deambulando sin saber qué busca).
Lo primero es tomárselo con mucho humor, saber dónde hay que acudir para dar con un fantasma, darle la mano, invitarlo a cocinar, a comer todo tipo de mejunjes, pasar la mayor parte del tiempo con él, intentar compartir algunos quehaceres (aunque estos sean difíciles para un fantasma), pedirle disculpas, comprenderlo. ¡Vaya, que este libro tiene mucho acierto!


Con unas estupendas ilustraciones (hacía mucho tiempo que le tenía echado el ojo a esta artista), bebiendo de los recursos del libro-manual y acercando al universo fantástico y los clichés del género terrorífico, lo mejor de todo es que se puede extrapolar a otros contextos menos sobrenaturales y más mundanos, pues entre amigos todo es posible, más si cabe sin necesidad de mensajes fantasmales.



martes, 23 de febrero de 2016

De libros-catálogo o libros-manual: híbridos al servicio ¿literario?


De unos años a esta parte vengo fijándome en la abundancia de “libros-catálogo” o “libros-manual” que se agolpan en las librerías y bibliotecas, un fenómeno del que me gustaría hablar en este espacio en el que tienen cabida numerosas formas de vida literarias e ilustradas.
Aunque no sé si los teóricos y especialistas tienen un nombre para este tipo de género, yo acabo de acuñar este término para referirme a todos aquellos libros ilustrados en los que, a modo de catálogo, enciclopedia, diccionario o manual, se desarrolla, de forma realista, fantástica o humorística, un tema concreto, que puede ir desde las princesas hasta las abuelas, pasando por los animales que nunca existieron. Son libros que se encuentran a caballo entre los álbumes ilustrados y los libros informativos. No son álbumes ilustrados porque su corpus narrativo es algo paraliterario, y tampoco son libros informativos porque sobrepasan la línea de la realidad para volar a otros derroteros más imaginativos.


Aunque tenemos ejemplos clásicos como El manual de la bruja de Malcolm Bird (Anaya), la edad moderna de este género (si mal no recuerdo) empezó con Philippe Lechermeier y Rebecca Dautremer y sus Princesas (olvidadas o desconocidas) publicado por Edelvives. Seguro que la mayoría de ustedes conoce este libro preciosista, excelentemente editado y a través del cual se creó una mercadotecnia en torno a la que ha girado una gran volumen de ganancias, algo inaudito en una obra dirigida al público infantil. A partir de ese momento se han sucedido numerosas propuestas editoriales con un formato similar que, igualmente, han tenido mucha acogida entre los lectores. Como ejemplos más inmediatos tengo el caso de Abuelas de la A a la Z, Madre solo hay una y aquí están todas, Abuelas. Manual de instrucciones, todos de Raquel Díaz Reguera, el Pequeño catálogo de instantes de felicidad de Roger Olmos y Lewis York y Besos que fueron y no fueron de David Aceituno y Roger Olmos (todos ellos editados en Lumen, sello del grupo Random House).



Quizá el éxito de este tipo de libros entre el público infantil (me consta que es así) resida en su capacidad para aunar en un mismo formato características del libro de texto -abstracciones gráficas, una secuencia ordenada en base a criterios alfabéticos o taxonómicos, o su exposición apoyada en notas aclaratorias y descripciones formales-, con otras más propias del libro ilustrado -ilustraciones a troche y moche, o un lenguaje artístico propio-.
Esta realidad tiene una lectura múltiple... Por un lado escritores e ilustradores no viven encorsetados ante un producto puramente comercial, algo que les facilita su vis creativa. Por otro, el editor pone a la venta un producto atractivo y con mucho tirón (es fácilmente vendible porque está bien editado, es extenso e ilustrado). También tenemos a los compradores (padres o maestros) que abogan por comprar libros con cierta “chicha” y “peso” (¿cantidad es sinónimo de calidad? He de decir que en cuanto a ilustraciones se refiere, sí, pero el texto... ¡ejem!) y que son ligeramente “estafados” por creer que muchos de estos libros contribuirán a enriquecer los conocimientos de sus hijos/pupilos respecto a la realidad. Por último están los lectores o consumidores finales, niños que, a pesar de divertirse con este tipo de libros, veo manipulados por la imposibilidad de diferenciar entre el texto académico y el texto como ocio, algo que, si bien no creo que influya en su desarrollo cognitivo (hay muchos que se alarman de más), sí dificulta el proceso de crear lectores competentes.



Lejos de mi intención está el denostar este tipo de libros, tan necesarios como otros y que yo mismo me atrevo a recomendar para pasárselo en grande o como apoyo a la hora de desarrollar actividades relacionadas con ellos, sí creo que hay que ser crítico y realista, no abusar de éstos para inculcar el mensaje de que la literatura debe ser libre y no pre-fabricada (aunque la comida rápida sea bazofia comparada con los pucheros de mi madre, a veces hay que darse al vicio y echarse una hamburguesa al gaznate), y recomendarles que, si se decantan por este tipo de libros-catálogo, dejen a un lado la paraliteratura que muchos guardan en las páginas y escojan algunos como El gran zooilógico. Bestiario de seres mitológicos de Daniel Montero Galán y editado por Jaguar, o Al caer la noche. Consejos útiles para una sana convivencia entre especies de Enrique Quevedo publicado por Tres Tristes Tigres, para leer algo aceptable.
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