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viernes, 6 de marzo de 2020

¡A la gresca!



Cada vez desconfío más de las predicciones meteorológicas. Nadie se pone de acuerdo. Los hombres del tiempo dicen que vuelve el frío y sus nevadas, los políticos que si el sol nos bendecirá con sus rayos (se acercan las fallas y la semana santa), los agricultores están hasta las narices de las sequía, los comerciantes que si el viento amainará en breve. Da igual que estemos en invierno, primavera, verano u otoño, el caso es que no hay puntos comunes a los que agarrarse (¡Polémico cambio climático…!). Y es que mientras todos tengamos intereses tan dispares, no podremos ponernos de acuerdo ni con el tiempo. Esto parece un diálogo de besugos. No sé muy bien entre quienes, pero lo es…

Jersey de lluvia.
Falda de helecho.
Luz de rocío.
Soplo de viento.
¿Dónde te sientas?
Yo no me siento.
Sobre la lluvia
o sobre el viento.
Sobre el rocío.
Bajo el helecho.

¿Tú no te sientas?
Yo no me siento.
¿Ya no me entiendes?
Ya no te entiendo.
¡Diablo de lluvia!
¡Diablo de helecho!
¡Ay, qué rocío!
¡Mira ese viento!
Siéntate, niña.
No, no me siento.

Antonio García Teijeiro.
Jersey de lluvia.
En: Dijo el ratón a la luna…
Antología de Fran Alonso.
Ilustraciones de Xosé Cobas.
2020. Anaya: Madrid.



viernes, 7 de febrero de 2020

Salir volando



Creo que estoy a punto de explotar. A base de amigos impertinentes (más que yo, imagínense), compañeros de trabajo envidiosos y mediocres (a pesar de sus trapos de marca), y familiares llorones, de lo que más ganas tengo es de salir volando. No sé muy bien hacia dónde, pero el caso es que estaría bien un poquito de aire que me refresque las sienes. Frío, que de verano a destiempo ando algo harto. Lo malo es que, a menos que me implanten unas buenas alas, la cosa está difícil, pues eso de mantenerse en suspensión atmosférica no está hecho para cachos de carne. Tendré que gobernarme una montura a mi altura. Elegante, poética, fantástica y poderosa. Bien me valdría un pegaso, que últimamente se cotizan al alza…

Tournez, tournez, chevaux de bois.
Verlaine.
                                                                                        
Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

Antonio Machado.
Pegasos, lindos pegasos.
En: 12 poemas de Antonio Machado.
Ilustraciones de Pablo Auladell.
2019. Vigo: Kalandraka.




viernes, 31 de enero de 2020

Los últimos peldaños de enero



Decimos adiós a un enero que se ha hecho demasiado cuesta arriba. No sé qué ha pasado, pero muchos coincidimos en la misma impresión. Por Gloria, porque no tenemos ni un duro o porque todo se está saliendo de madre (cada vez entiendo menos a esta España cainita y miserable).
El caso es que ha costado terminar el mes. Incluso mis alumnos, cuyas preocupaciones son de otra índole, estaban hasta las narices. Que si exámenes, que si mire usted, o que la evaluación está a la vuelta de la esquina. Ni ellos ni yo sabemos quiénes han decidido jodernos de tal manera, pero el caso es que no se me ocurre mejor forma de sintetizar sus intereses y los míos que escalar peldaño a peldaño en los versos de Unamuno, el grande.

Ay primera escalerita
de olvidar lo que hay que sé,
tras de ti vienen los grillos
que nos atan al saber,
y la hoz tras de los grillos,
que ciega ciencia a cercén.
¡Ay terrible abecedario!
¡Ay potro de la niñez!,
en el zigzag de la zeda,
rayo de raya al través,
se acabó su santo oficio
y con ella el abecé.

Miguel de Unamuno
A.B.C.
Ilustraciones de Artur Heras.
2009. Vigo: Kalandraka.


viernes, 24 de enero de 2020

De operación bikini



Con los gimnasios y otros centros del bienestar hasta la bandera, comenzamos la operación bikini con bastante antelación. Ya saben que la Navidad ha hecho estragos en nuestras anatomías y hay que recuperar la línea, que luego llegan los calores y hemos de destaparnos las vergüenzas. No es que haya que ponerse en modo fideo -ya saben que donde hay chicha, también hay alegría-, pero sí evitar los excesos, que luego nos pasan la minuta las enfermedades cardiovasculares. Berzas, borrajas, alcachofas y bien de legumbres, menear un poco el culo, y a lucir un palmito espectacular. Si por el contrario se deciden por la comida ultraprocesada, los salsotes (que no salseos), los embutidos y todo tipo de derivados harinosos, ya pueden seguir soñando.
Hagan lo que quieran, pues yo soy más de interiores, pero luego no vengan con sus culpas, lloren y aduzcan aquello de “¡Si no comí nada!”…

[…]

-Por favor, doctor,
haga que no duela.
-¿Será que ha comido
exceso de abuelas?

Salen de una en una
haciendo calceta,
cuentan veintiuna
y tres bicicletas.

-¡Me duele la tripa!
¿Y ahora qué es?
Si son los cerditos,
¡solo comí tres!

Y salen tres cerdos,
con paja y madera,
trescientos ladrillos
y una hormigonera.

[…]

Mar Benegas.
En: ¡Si no comí nada!
Ilustraciones de Andreu Llinàs.
2019. Barcelona: Combel.



viernes, 17 de enero de 2020

Hablando de LIJ con... María Matesanz




María Matesanz es de esas seguidoras que un día se atrevió a escribir a este monstruo y darle un poquito de cera (cosa que me hace mucha ilusión). Con el tiempo y esto de los libros infantiles, fuimos conociéndonos un poco más y me percaté de que tenía ante mí una mujer que era un filón, pues ella se dedica a la restauración de libros, muchos de ellos infantiles, un ámbito bastante desconocido y específico por el que me siento enormemente atraído. Es por ello que la he invitado a este hogar de los monstruos, para que nos hable de papeles, técnicas de restauración y formas de conservación. No se pierdan esta generosa entrevista, ni como lectores ni como editores ni como bibliotecarios. Es una delicia para todos los amantes de los libros.
Román Belmonte (R.B.): Para una restauradora de material bibliográfico, ¿qué tiene de especial este sitio de monstruos que lo sigues con tanta disciplina?
María Matesanz (M.M:): Llegué al blog por casualidad hace unos tres años buscando información sobre una colección de libros ilustrados. Leí una entrada, luego otra y otra más. Me enganchó completamente. Me resulta muy atractiva esa mezcla entre artículos de opinión y divulgación sobre LIJ entretenida y rigurosa. Se nota que te apasiona el tema y eso es contagioso. Por otro lado nunca sabes que sucederá cuando abres la página. Hay siempre un punto gamberro que me divierte mucho. A veces me río a carcajadas con las historias que cuentas y otras me gustaría responderte, pero siempre acabo aprendiendo algo nuevo. He descubierto muchos libros gracias a ti y eso te lo tengo que agradecer.
R.B.: Las gracias te las he de dar yo por acceder a este destripe. Desembucha: ¿Cuál es el libro infantil más antiguo que has restaurado?
M.M.: Prácticamente la gran mayoría de los libros infantiles que tenemos provienen de producción editorial industrial de los tres últimos siglos, XIX, XX y XXI. Existen algunos ejemplares más antiguos del XVIII pero son obras mucho más escasas. Los libros más antiguos que he tratado serían de principios del XX, así que no tienen muchos años. Hay dos que son más o menos de la misma época y no pueden ser más diferentes. Uno es una mezcla entre un libro acordeón y una pêle-mêle editado por Kelloggs en 1909. (Kellogg's Funny Jungleland Moving-Pictures). Está ilustrado con animales de la jungla vestidos al gusto de la época, muy elegantemente. Elefantes con bombín, hipopótamos bailando en bañador y jirafas con pajarita y monóculo que te saludan cuando los despliegas. Las páginas interiores están divididas en seis bandas horizontales que permiten combinar las ilustraciones. Era en un libro que te regalaban en la tienda cuando comprabas un paquete de cereales. Gustó tanto que lo estuvieron reeditando hasta 1930… Pensándolo bien, creo que el más antiguo quizás sea uno de 1904. Fue la última intervención en la que participé cuando estuve en IPCE, un libro de consulta y estudio destinado a Alfonso XIII cuando era niño. Trata un tema muy denso sobre religión y monarquía que en un primer momento no se asocia a un libro infantil, pero utiliza recursos gráficos y pedagógicos muy interesantes y que desde luego estaba destinado a un niño. Sería una especie de libro informativo para el infante. Es un manuscrito de gran formato de más de un metro de alto por medio de ancho. Lo redactó un religioso sobre tela de dibujo semitransparente. Es un texto a cuatro colores que se distribuye por las páginas dentro de formas geométricas en diferentes direcciones conformando una especie de cuadros sinópticos. De ese modo el texto se fragmenta en diferentes partes facilitando su comprensión y puede leerse desde varios ángulos aprovechando sus grandes dimensiones. Es un libro muy particular.



R.B.: ¿Cuáles son los desperfectos más comunes en el ámbito de los libros infantiles?
M.M.: La mayoría de los daños más habituales son causados por un manejo inadecuado, intenso y repetitivo. De modo más amplio, estos deterioros generados por la manipulación se podrían dividir según su origen en tres grandes grupos: daños causados por el uso y el desgaste habitual, daños causados por una mala manipulación, y daños causados por errores en la fabricación. Estos dos últimos grupos se retroalimentan entre ellos, porque un problema en el montaje repercutirá casi irremediablemente en un mal uso posterior. Si el libro no abre bien por un error en su configuración, se tenderá a forzar la apertura provocando tensiones que, si son muy intensas o reiteradas, terminaran partiendo el cajo, que es la bisagra creada en la franja de unión entre las tapas y las guardas. Esta zona es la que sostiene el cuerpo del libro a la encuadernación y es un punto delicado de ese armazón. Hay partes de los libros o tipos de construcciones más susceptibles que otras a sufrir desperfectos. Las encuadernaciones que tienen los planos recubiertos de papel, como ocurre en muchos de los libros infantiles, son más frágiles que las de piel o tela y se estropean mucho más con el roce. El área externa del lomo es siempre una parte muy expuesta, al igual que las zonas perimetrales de puntas y cantos. La cofia superior en los libros con lomo hueco es un punto especialmente sensible, ya que se tiende a tirar de esa zona al sacar el libro de la estantería. Luego pequeños o grandes daños mecánicos por desgarros, roturas, cortes, arrugas, pliegues, etc. También habría que añadir arreglos bienintencionados de los desperfectos con productos inadecuados.


R.B.: ¿Qué desperfectos son los más complicados de solucionar?
M.M.: Desde un punto de vista técnico, aquellos derivados de la propia idiosincrasia del objeto, tanto a nivel matérico, como estructural. Siempre se pueden tratar de prevenir los deterioros debidos a factores externos (ambientales, de uso y manipulación, por almacenaje, exposición etc.) con un poco de control de las variables externas que les afectan. Además estas prácticas suelen dar muy buenos resultados. Siempre hablo en primer lugar de medidas preventivas porque es básico, ya que si ponemos el énfasis en su conservación preventiva evitaremos tener que intervenir el bien o limitar la necesidad e importancia de los tratamientos de restauración.
Sin embargo, cuando las alteraciones se producen por una causa endógena como resultado del propio formato del libro o debido a unos materiales de baja calidad o no adecuados, son más difíciles de tratar. Por ejemplo, los libros que se elaboraron con pasta de madera se acidifican muy rápidamente porque tiene lignina y su vida útil es corta. Envejecen rápido y mal ya que esos procesos degradativos no se pueden parar. Otro ejemplo es el uso de ciertas tintas que pueden perjudicar el papel, como las metaloácidas que se empleaban desde la Edad Media hasta finales del XIX. Su carácter ácido provoca un deterioro progresivo del papel hasta llegar a destruir el propio soporte. También encontramos encuadernaciones frágiles, incorrectas o mal construidas que reducen la funcionalidad o directamente dañan al libro, etc.
A nivel práctico también hay que mencionar las manchas. Son muy complicadas de eliminar porque habitualmente necesitan de procedimientos agresivos y aún así solo es posible mitigarlas en ciertos casos. Si se pueden evitar, mejor.
R.B.: En cierta ocasión me hablaste de un trabajo de investigación sobre la restauración de los libros pop-up, ¿qué tienen de interés para una restauradora como tú?
M.M.: Los libros móviles tienen mucho encanto. Son objetos complejos y divertidos, personalmente me gustan mucho. Desde el punto de vista de la restauración, los aspectos más atractivos e interesantes de los libros móviles, es decir, su interactividad, su movimiento y su tridimensionalidad, son también los que hacen de su preservación un desafío. Dependen de la materia mucho más que otras piezas porque las experiencias que transmiten van ligadas a la forma. Si pierden sus propiedades mecánicas, se evapora la magia y la esencia del libro. Además, estas obras parten ya con un hándicap de base en lo referente a su conservación. El movimiento que los define produce un desgaste intrínseco del soporte material. Es decir, que incluso un manejo correcto lleva implícito un desgaste importante de la obra de base. Esto sumado a la fragilidad de las arquitecturas tridimensionales que portan y a su uso intensivo, supone todo un reto a la hora de conservarlos e intervenirlos.


R.B.: Una buena restauración de un libro infantil ¿consiste en dejarlo impoluto o sin embargo debe conservar ciertas señales de la larga vida de este libro?
M.M.: Si definiésemos una “buena restauración” según los criterios deontológicos actuales, conservaría marcas del paso del tiempo. Desde hace años se aboga por mantener visibles las huellas del uso, que al fin y al cabo es justo lo que has dicho, “las señales de la vida del libro”, ya que sólo se deberían llevar a cabo las intervenciones que sean estrictamente necesarias para alcanzar el equilibrio y la estabilidad del bien cultural.
Todo esto significa que las intervenciones de restauración-conservación buscan un resultado natural y coherente con la edad de cada pieza-libro no una vuelta al aspecto original. Siempre hay que valorar cada caso de manera individual para evitar restar información esencial a la obra. Imagina que en el libro que te comenté antes, el rey hubiese anotado algo a mano o que tuviese la cubierta de tela original desvaída por el uso... Mientras no suponga un problema para su conservación, siempre se opta por no actuar sobre ese aspecto y mantenerlo, ya que el eliminar esa patina podría equivaler a perder una información valiosa sobre el objeto.
R.B.: Desde el mundo editorial actual, ¿se tiene en cuenta la larga durabilidad de un libro o por el contrario, os dificulta la tarea?
M.M.: ¿Me preguntas que si los libros que se fabrican ahora están hechos para durar?
R.B.: Sí.
M.N.: Dependería un poco de lo que entiendas por larga durabilidad. En realidad no creo que deban tenerlo en cuenta más allá de fabricar buenas piezas con materiales de calidad. Los libros son objetos efímeros porque la materia de la que están hechos se deteriora con el paso del tiempo. Hay que aceptar su envejecimiento natural como parte de su idiosincrasia.  
También es cierto que, salvo excepciones, y en lo que respecta a los libros infantiles de hoy en día, no son tanto las técnicas de fabricación, sino el manejo posterior el que determinará su duración. Esto, por ejemplo, no pasaba hace unos años. ¿Quién no tiene en casa libros relativamente nuevos de hace 40 años o menos que están completamente acidificados, con todas las hojas amarillas, que da pena verlos aún cuando los hemos tratado con cuidado? Esto se debe, tanto al tipo de pasta de papel con lignina que se usaba entonces, como a los aditivos que le añadían y al blanqueo con productos clorados.
Como regla general te diría que las casas editoriales sí buscan una cierta durabilidad, al menos en el caso de los libros de LIJ, ya que habitualmente usan papeles gruesos o incluso cartones en los que se tiene en cuenta el gramaje, el peso, la resistencia al doblez y su flexibilidad, más todavía cuando están dirigidos a los más pequeños. Piensan en la arquitectura del libro más adecuada y además, las tintas de impresión que se usan son bastante estables a la luz.
No obstante, este mundo es tan amplio que habría que matizarlo ya que depende mucho del tipo de libro editado. Esto de lo que hablo sucede en los álbumes ilustrados, libros móviles o los libros informativos, donde se prioriza el formato y su aspecto porque la parte estética es muy importante. Sin embargo, en otro tipo de publicaciones un poco más convencionales, a pesar de una edición atractiva, el formato no es la prioridad y quizás no utilizan unas materias primas tan nobles. Colecciones en las que hay libros muy gruesos cuyas encuadernaciones no resisten ese volumen de páginas, otras en rústica sin costuras, papeles de peor calidad, con gramajes menores... Te encuentras unos formatos más estándares que a veces no están pensados exclusivamente para un volumen en concreto y pueden presentar problemas estructurales.


R.B.: ¿Qué materiales y/o técnicas de impresión y encuadernación actuales os facilitan más el trabajo a los restauradores?
M.M.: Si nos centramos en la LIJ te puedo hablar de los materiales que no lo ponen fácil, que sobre todo son los papeles estucados. Este tipo de soporte es por norma general muy sensible a la humedad y el agua, lo que nos limita la posibilidad de realizar tratamientos acuosos y lavar el papel (N.B.: Sí, el papel se lava y de hecho es un proceso que puede ayudar a regenerarlo).
Los papeles cuché o estucados se empezaron a fabricar a finales del siglo XIX y se recubren con capas de carga mineral y adhesivos aglutinantes para que tengan ese aspecto brillante que mejora la calidad de la impresión, sobre todo de las ilustraciones. El resultado es un aspecto suave y muy liso donde las tintas suben más y quedan potentes. Es como si lo maquillaran con polvos de caolín y no tuviese poros. Si se mojan se produce lo que se denomina el efecto bloque y quedan pegadas unas hojas con otras, siendo prácticamente imposible el separarlas -imagina qué ocurre cuando se moja una revista…-. Aunque es cierto que ahora se añaden resinas sintéticas resistentes a la humedad, una gran parte de los libros infantiles se siguen imprimiendo en este tipo de papeles que, aunque son más atractivos, son también más complicados de tratar.
Respecto a las encuadernaciones, las de tapa dura suelen ser más duraderas que las de tapa blanda o rústica, pero para mí es más relevante que el cuerpo del libro este compuesto por cuadernillos cosidos y no por hojas sueltas pegadas por el lomo (Nota: Este tipo de edición se denomina “a la americana”). Habitualmente se asocia con elaboraciones de libros de bajo coste y son mucho más susceptible de alteraciones ya que es más sencillo que se desprendan hojas debido a que no hay costura que sustente el bloque de texto.
Aunque he comentado antes que las tapas cubiertas de papel son bastantes sensibles a los roces y al desgaste, hoy día suelen llevar incorporado en el proceso de fabricación un material sintético que le proporciona un aspecto más brillante y mayor resistencia mecánica.  



R.B.: ¿Qué tipos de papeles, impresiones y técnicas son las más resistentes al paso del tiempo?
M.M.: La calidad y el tipo de papel han ido cambiando en las diferentes épocas. Entre el papel de trapos hecho a mano de los libros antiguos, y los papeles continuos, libres de ácidos y pH neutro, hay papeles de montones de calidades que son reflejo, tanto de la situación social y tecnológica, como del mercado al que va o iba destinada la publicación.
En principio, los papeles más resistentes y estables serán aquellos compuestos por celulosa, sin dirección de fibra y con ausencia de aditivos degradantes. Es el llamado antiguo papel de trapos, uno que se fabricaba manualmente desde finales de la Edad Media hasta el siglo XIX, cuando se inventó la máquina de papel continuo. Es de excelente calidad, muy estable químicamente y envejece muy bien, sobre todo los de la primera época. De hecho, muchos libros fabricados con él están hoy en mejores condiciones que la mayoría de los de los últimos dos siglos. Incunables con más de 500 años parecen nuevos al lado de un ejemplar de mediados del siglo XX.
Las tintas de impresión con base grasa que se utilizan actualmente son bastantes estables, pero en general dependen de la calidad de sus materias primas. El cómo envejecerán dependerá de muchos factores y no es posible predecirlo con absoluta precisión.


R.B.: ¿Cuáles son las mejores condiciones para conservar un libro, más concretamente un libro infantil?
M.M.: Aviso de que me voy a explayar (risas)….
R.B.: Te dejo por el bien de nuestros libros…
M.M.: Es una pregunta difícil porque, lo que a priori sería mejor para que se mantuviese en buen estado, implicaría que perdiesen su función, más todavía si hablamos de libros que van a manejar niños. Yo creo que hay que usarlos mucho porque no son objetos de museo, pero hay que intentar hacerlo con mimo y sentido común. Si se enseña a los lectores a tratarlos con respeto y a disfrutar al mismo tiempo de ellos, si lo hacemos, pueden ser casi inmortales.
Los distintos materiales orgánicos que los componen como papel, tela, piel o adhesivos, son bastante sensibles a las condiciones ambientales. Los principales factores que les afectan son la luz, la temperatura y la humedad. Aunque las instituciones tienen protocolos de actuación y medios para mantener las colecciones en las mejores condiciones posibles, no suele ser el caso de los particulares, lo que no quiere decir que no existan unas medidas preventivas elementales que puedan extender la vida de los libros.
A ver… De modo general, algo muy sencillo y que mejorará sensiblemente su conservación es mantenerlos alejados de exposiciones continuas a la luz, sobre todo de la luz directa, tanto del sol, como de la luz artificial. Los daños debidos a la luz son acumulativos e irreversibles y provocan el amarilleamiento y la fotodegradación de la celulosa. Además, las tintas empalidecen o se desvanecen mucho más rápidamente cuando les da la luz. Apagar la luz cuando no estás en la habitación donde se almacenan los volúmenes, bloquear la luz que incide sobre ellos en las estanterías con cortinas, o no dejarlos en los alfeizares de las ventanas, son pequeños gestos que ayudan muchísimo.
Por otro lado es importante mantenerlos en unas condiciones de temperatura y humedad estables, en un entorno bien aireado para evitar ataques biológicos (aviso de que hongos e insectos sienten pasión por la celulosa). En general, las casas suelen estar en el rango de las temperaturas adecuadas. Si tú estás cómodo, también los estarán tus libros. 
En un extremo tenemos los ambientes muy secos que pueden deshidratar el papel y hacerlo friable. En ese entorno también se aceleran claramente los procesos degradativos que forman parte del envejecimiento natural del libro. Para evitarlo es preciso no almacenarlos cerca de fuentes de calor como radiadores o chimeneas. En el otro tenemos los lugares muy húmedos, el sitio perfecto para que proliferen hongos y otros seres y que también hay que evitar. Los sótanos no acondicionados o espacios más expuestos no son buenas áreas para el almacenaje. También sería importante no colocar las estanterías o librerías en las paredes exteriores más húmedas y frías, y con mayores cambios de temperatura.
Respecto a su almacenamiento, los libros se deben disponer verticalmente en las estanterías, tallarlos por tamaños y con los lomos alineados para que no sufran una presión desigual a lo largo del cajo. Los que son muy grandes, ponerlos horizontales pero no superponer demasiados ejemplares unos sobre otros para evitar daños. No apretarlos en exceso porque esto facilita que se dañen al sacarlos y por otra parte facilita el estar aireados.
Es muy importante no extraer los libros de los estantes tirando de la cofia (la parte de arriba del lomo) ya que es un punto frágil y no está preparado para soportar todo el peso del libro y la fuerza del tirón que se aplica porque se acaba desgarrando por ahí (otra nota: para coger un libro se separa  un poco de los volúmenes contiguos y se agarra por el lomo). Es conveniente evitar limpiarlos con productos químicos. Con quitarles el polvo utilizando una bayeta de microfibra que no suelte pelusas es más que suficiente.
En cuanto al manejo, una pauta básica: hay que manipularlos con las manos limpias. A todos nos gustan más los libros sin manchas que los sucios y pegajosos. Muchas manchas grasas de las cubiertas se deben a huellas digitales que al principio no se ven, pero que poco a poco se van oxidando y aparecen tarde o temprano. La segunda sería tratar de no comer ni beber al tiempo que se usan. Estas dos medidas tan básicas reducen por sí solas los daños significativamente. 


Las encuadernaciones son mucho más frágiles de lo que presupone, especialmente en los puntos de unión de las tapas con el cuerpo del libro. Los libros están diseñados para reposar entre las manos de los lectores o en el regazo, así sufren poco estrés. Muy pocos pueden abrirse por completo aunque nos empeñemos. El abrirlos sobre superficies planas, especialmente aquellos con el lomo hueco, afecta a esa parte en su punto más débil, la zona de unión entre las tapas y el lomo que hace de bisagra, el cajo. La tensión se concentra aquí y la va debilitando. Esto, a la larga, compromete la estructura, tensa la costura (si la hubiese), merma la resistencia de los adhesivos y hace que se partan por la zona de los cajos. Una vez que estas juntas se rompen, las cubiertas y el lomo pueden romperse, la costura puede partirse, el bloque de texto se puede dividir y las páginas comenzarán a caerse. Por lo tanto es importante evitar ángulos de apertura excesivos. Aunque sean de tapa blanda y su abertura sea físicamente posible, por favor no los doblen sobre sí mismos. Una cosa muy simple que ayuda a que esto no suceda es no dejar los libros abiertos boca abajo ni colocar objetos encima.
Estos daños que he contado son patentes especialmente en las encuadernaciones rústicas donde las tapas y el cuerpo del libro están unidas entre sí únicamente mediante adhesivo. En el caso además de que no hubiese costura y fueran páginas sueltas adheridas, es mucho más probable que las páginas se aflojen y se desprendan.
Otro consejo es evitar las cintas adhesivas tipo “celo” para “arreglar” posibles desgarros o cortes. Son un desastre en potencia. Al envejecer, el adhesivo se oxida y amarillea, penetra entre las fibras del papel y deja una mancha prácticamente indeleble. Por otro lado, el soporte acaba por desprenderse y al final pierden su función. Por favor, no usar cintas adhesivas salvo que sean de calidad “archivo”. 
Como marcadores de lectura, es preferible usar un trozo de papel en vez de marcapáginas metálicos o clips metálicos, y procurar no dejar gomas dentro o sujetando varios volúmenes. Se degradan con el calor y la humedad, pueden oxidarse en el caso de que sean metálicas, y producir daños físicos.


R.B.: Cuéntame alguna anécdota simpática sobre el proceso de restauración de algún libro infantil.
M.M.: No me ocurrió exactamente a un proceso, pero sí en la lectura de mi proyecto fin de grado en el que me echaron una mano los libros infantiles. Tu puedes hablar muy seriamente sobre criterios y metodologías de la restauración de libros, pero cuando los ejemplos son el Ratón Mickey en la Corte del Rey Arturo, Tip y Top de Kubasta o Simbad el marino, y te rodean físicamente, el rigor se mantiene pero te cambia la mirada. Esto fue lo que paso literalmente. Me los llevé a la presentación y los desplegué en la mesa donde exponía. El tribunal estaba mucho más relajado y hasta sonreían un poco. Estos libros tienen algo que nos devuelve esa parte juguetona y curiosa que todos tenemos de pequeños.


R.B.: ¿Crees que se nota más interés hacia la restauración del libro infantil en la actualidad o que sigue siendo un problema al que no se le presta atención?
M.M.: No creo que sea un problema concreto del libro infantil, sino de conocer y valorar el patrimonio bibliográfico en general. Soy optimista y parece que poco a poco vamos tomando conciencia de su importancia, aunque me gustaría que fuese mucho más rápido.
R.B.: Si no me equivoco te has formado en España, Inglaterra, Italia, Estados Unidos  y Francia. ¿La percepción es la misma fuera de nuestras fronteras?
M.M.: No puedo dar una visión global de la situación porque mi experiencia es limitada, pero por lo que he podido observar, en cada país la sensibilidad hacia la conservación y la restauración es diferente. Tiene que ver con la cultura propia de la nación y la forma en que los ciudadanos valoran su patrimonio. Quizás donde más he apreciado esas diferencias es entre el mundo anglosajón y el mediterráneo. Francia en este aspecto, funciona de otro modo.
En el mundo anglosajón hay una fuerte tradición de mantener el patrimonio, un sentimiento profundamente enraizado en la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos, aunque es un país muy joven en ese sentido, tratan de salvaguardar lo que han ido atesorando en estos años. Te llama la atención lo que valoran y como lo hacen. Cuando trabajaba en un estudio privado en San Francisco, llegó un cliente que quería restaurar (no arreglar…) una camisa hawaiana que perteneció a su padre. Este la había adquirido cuando estaba destinado en las islas como soldado durante la Segunda Guerra Mundial. En este caso era una prenda de ropa pero podía haber sido perfectamente un libro de su padre cuando era pequeño.
Eso es típico del mundo de habla inglesa: no son sólo las instituciones las que se encargan de forma global de la salvaguarda del patrimonio común, sino que a nivel privado también hay empresas e incluso particulares que se acercan de modo habitual a los talleres de restauración. En Reino Unido y USA no es únicamente el valor monetario del objeto, la parte sentimental es muy importante para ellos.
Al año siguiente estuve en Florencia en el Archivio di Stato. Allí conservan entre otras cosas, toda la colección documental que estaba en los Ufizzi perteneciente a los Medici y que se vio afectada por el desbordamiento del Arno en 1966. Aún hoy siguen limpiando barro de las obras que resultaron dañadas. Tienen tanto, que para ellos es absolutamente habitual trabajar con documentos del siglo XIV o XII, algo impensable en otros lugares del mundo. Aunque he visto cómo valoran ese acervo y lo cuidan profundamente, poseen tantos siglos de patrimonio que mantener y preservar, que es necesario priorizar porque desgraciadamente los recursos son limitados.
En Francia es otra cosa… Están profundamente orgullosos de su patrimonio y del mundo editorial. La bibliofilia y todo lo que está asociado a ella son muy potentes. La literatura infantil y juvenil es una parte de ese todo y está valorada como cualquier otro componente del mismo. Es uno de los pocos lugares donde he visto talleres de restauración de libros especializados en volúmenes infantiles.   
En España lo vivimos de otra forma, un poco al modo italiano, quizás con muchas ganas y buscando recursos.


R.B.: ¿El libro infantil es también una rara avis dentro del mundo de la restauración? ¿Por qué?
M.M.: Es una rara avis porque al final, lo que se restaura o se quiere preservar es aquella parte de los objetos o la cultura que se considera importante en algún sentido. Por ello la divulgación y el conocimiento de la riqueza que contiene la LIJ es un punto básico para asegurar su buena preservación. Todo aquello que ayude a ponerlo en valor contribuye a reforzar su mantenimiento. En realidad, los restauradores no “vemos esa temática” si no se traduce en alguna particularidad específica tangible, ya que al enfrentarnos a un trabajo, nos centramos en la parte matérica y simplemente tratamos de asegurar su continuidad en el tiempo. Además, la profesión de restaurador-conservador de libros como tal es una especialidad muy joven -poco más de medio siglo- y aunque hay magníficos profesionales en nuestro país, aún es muy minoritaria.
R.B.: Y para terminar, tres cosicas de monstruos... Tu juego favorito, tu comida preferida y el libro que te ha llenado hasta rebosar.
M.M.: La muñeca (rayuela) y el rescate. Guisantes con jamón, boquerones en vinagre, queso manchego curado y pan. Me encanta el pan. Libros hay muchos quizás el último fue la serie de Harry Conejo Angstrom por la que conocí a Updike. Los encontré en casa de mis padres por casualidad, me hizo gracia el título. Una cosa muy tonta la verdad. Me encantaron y no podía parar de leerlos. Así me di cuenta de quién era John Updike y el esplendoroso y lúcido retrato que hizo de la sociedad americana. Ese señor escribe como los ángeles. De pequeña tenía muchos libros y muchos favoritos. Tres de ellos: Las brujas de Roald Dalh, Momo y Jim Botón y Lucas el maquinista de Michael Ende.




María Matesanz Benito (Madrid) estudió la licenciatura en Ciencias Biológicas por la UCM, pero como aquello le supo a poco se puso a estudiar un Máster en Restauración y Conservación del Patrimonio en Europa y Grado Conservación y Restauración, especialidad en Documento Gráfico por la ESCRBC de Madrid. Ha sido becaria FormArte en el IPCE y ha realizado estancias en diversos estudios privados e instituciones de restauración y conservación en Florencia, San Francisco y Londres. Conjuntamente ha cursado prácticas formativas en la Biblioteca Nacional de España y la Biblioteca Marqués de Valdecillas. Además, podemos añadir un Máster en Comunicación Digital y Multimedia y otro en Paisajismo y Jardinería, ambos por la UPM, y el grado de Técnico Superior de Artes Plásticas y Diseño de Gráfica Publicitaria por Arte 10 Madrid. Ha trabajado durante años como consultora ambiental en la empresa privada, realizando además variadas colaboraciones como docente, diseñadora gráfica y paisajista freelance.


viernes, 10 de enero de 2020

¡Que empiece el 2020!



Dice mi amigo el Alfon que somos unos yonquis de la fiesta. Que cada vez que termina una época de mucho lío y diversión, pasamos el mono unos cuantos días. Dormimos fatal, nos empiezan a doler las articulaciones, sale a la luz algún achaque, aparecen orzuelos, calenturas y otras miserias. Vamos, que es preferible sentirnos vivos a estar hechos un asco...
Hay que reconocer que no estamos como a los quince años (canas, arrugas… ya saben), pero seguimos desbordando vitalidad y muchas ganas de dar el callo. No les negaré que debemos retomar los buenos hábitos (mucha agua, dieta sana, algo de deporte), pero nunca dejar que nos lleve el tiempo a su antojo, que cuando no te das cuenta se te va la vida, ¿y luego qué? Pues eso, que se acaba lo bueno. Reír, charlar, querer, jugar y respirar. Vivamos pues. Que luego todo queda en nada. Y cuando todo termine, que nos pille sin miedo, bailando.



No tengas miedo de la muerte

no hace ruido
no huele
no tengas miedo de su escarcha
no sentirás dolor
no habrá nadie
no estarás ahí
no tengas un cajón para el frío
será sólo un segundo

no tengas miedo de la muerte
lindura
somos gusanos dejando hilos de seda
sobre el agua.

Luis Eduardo García.
Te explico esto a tus quince años.
En: Una extraña seta en el jardín.
Ilustraciones de Adolfo Serra.
2018. México: Fondo de Cultura Económica.



viernes, 29 de noviembre de 2019

Las vacas de mi infancia



No sé si alguna vez les he contado que mi abuelo era vaquero. No como los de las películas del oeste americano, que lo suyo eran las vacas lecheras. Recuerdo vagamente las cuadras donde las ordeñaba, cómo entraba la luz tenue del otoño por las ventanas. Por aquel entonces ya le quedaban muy pocas. Yo pasaba entre sus traseros con algo de cautela, pues nunca he sido muy amigo de las coces ni de las ventosidades.
Aunque las cosas han cambiado, hay que guardar la memoria a buen recaudo…

Talán, talán, telén, telén.
Último aviso “vacas al tren”.

Llega el otoño y se cae la hoja,
la lluvia a rayas todo lo moja.
El campo vuelve a ponerse verde.
Tal vez su hija no lo recuerde.

La vaca flaca aunque es octubre,
ya no despacha ni media ubre.

No le apetece ni la verdura
y apenas se hace la pedicura.

Todas las noches toma somníferos,
es la más triste de los mamíferos.

Para animarla, su cuidador
le ha regalado un ordeñador.

[…]

Raúl Vacas.
La vaca flaca.
Ilustraciones de Gómez.
2019. Salamanca: La guarida Ediciones.



jueves, 7 de noviembre de 2019

Libros infantiles, ¿de izquierdas o de derechas?



Estamos en plena campaña electoral (y lo que nos queda, pues no sé yo cómo se dará la cosa...) y aunque en alguna ocasión ya he hablado de la relación que la política tiene con los libros infantiles (sobre todo de aquellos en los que constituye un hecho argumental), nunca he expuesto mis ideas sobre cómo la política modela la LIJ o por qué los libros son un vehículo para construir discursos afines a determinadas facciones. Aunque es un tema recurrente entre intelectuales y gentes de la esfera cultural, nunca antes me había cuestionado de manera tan inquisitiva esto. 
Señoras, señores, ha llegado el momento de preguntarse “Los libros infantiles ¿son de izquierdas o de derechas?”, de hablar de las intenciones políticas que habitan en el ecosistema de los libros para niños, y de apuntar las claves y detalles de esta relación



Alta cultura, cultura de masas y subcultura LIJ

Los políticos hablan en sus mítines de sanidad, de educación, de las pensiones y, sobre todo, del “mundo de la cultura”. De cómo, cuándo y cuánto se van a preocupar por ella, porque oigan, es una cosa muy necesaria e importante (¿Me río…?). Cuando los escucho, siempre me rondan las mismas preguntas… ¿A qué cultura se referirán? ¿A la suya, a la mía, a la del vecino?... Es por ello que cabe hacerse unas preguntas iniciales: ¿A qué llamamos cultura? ¿Hay una cultura o varias? ¿Es la LIJ una cultura?
Según los académicos podemos definir dos tipos de cultura, la alta cultura y la cultura de masas o popular. La primera diferenciación la hizo Matthew Arnold, que acuñó ambos términos diciendo que la “alta cultura” trataba de conocer la mejor parte de lo que se ha hecho y pensado en el mundo, en contra de la “cultura popular”, una fuerza a favor del bien político o moral.
Con el paso del tiempo y gracias a intelectuales como Benjamin, Adorno, Gramsci, Bordieu o Boorstin, estas definiciones tan amplias fueron puestas en tela de juicio. Se empezaron a considerar otros aspectos como la estética, la distinción social, la reproducción industrial o la instrumentalización política y social, de tal manera que la alta cultura comenzó a diluirse mientras se enriquecía por la cultura popular.
Como bien señala el historiador Peter Burke, cada vez es más difícil separar una de otra pues esa supuesta alta cultura no puede prescindir de la televisión, de las redes sociales u otros medios de comunicación populares. Es decir, ambas están muy interconectadas, algo que nos hace pensar, en palabras del propio Burke, que todos (…) vivimos en una cultura común, pero participamos de varias culturas a la vez. Es lo que ha pasado a llamarse cultura colectiva, una cultura que a su vez se compone de diferentes parcelas que dirigen sus esfuerzos hacia disciplinas concretas, las llamadas subculturas, como la de la Literatura Infantil, esa que nos ocupa a los monstruos.
Aunque todo esto tiene una lectura positiva por muchos sociólogos que abogan por un lenguaje común y global que facilita las relaciones y necesidades, yo prefiero prestar atención a los males sociales, esos que apuntan a las apropiaciones culturales desde la impostura, pues bien es sabido por todos que la globalización ha favorecido enormemente, tanto la manipulación de los discursos (los medios de comunicación son instrumentos de poder), como ha ayudado a los intereses económicos (o de otra índole) de ciertos lobbies.



Arte, cultura y poder, una comunión histórica

Aunque existen casos en los que “arte” es sinónimo de “independencia”, no es algo generalizado. El arte y la creación necesitan tiempo, y si tenemos en cuenta que los artistas no viven del aire, es lógico que hayan establecido relaciones necesarias con el poder para sobrevivir.
Son muchos los que ejemplos de las relaciones que el poder y el mundo de la cultura han establecido a lo largo de la historia, unas interacciones que se han desarrollado desde dos perspectivas diferenciadas.
Por un lado tenemos las establecidas desde el punto de vista económico ya que, desde los albores de la humanidad hasta nuestros días, los poderosos han patrocinado el ejercicio de artistas e intelectuales. Por todos es sabido cómo durante la Edad Media o el Renacimiento, señores feudales, reyes, clero o burguesía han ayudado a literatos, poetas, pintores y escultores (la función de estos era muy útil entre un pueblo analfabeto al que instruir con lenguajes gráficos desde tronos y púlpitos) que recibían ese mecenazgo con agrado para con su obra y su supervivencia (N.B.: Mención aparte podrían recibir las artes escénicas, ya que músicos y actores eran más independientes y vivían a expensas del pueblo y sus espectáculos).
Por otro lado tenemos que hablar de la hegemonía intelectual que ciertos grupos de poder han ejercido sobre la cultura. Entre estos destacan las instituciones religiosas pues, tanto musulmanes, como judíos y cristianos, han gestionado y administrado la alta cultura durante muchos siglos. Un poder cultural que, aunque puede parecer testimonial, no lo es, pues es el que ha establecido las bases intelectuales de occidente, estipulando qué obras merecen reconocimiento, atención y/o visibilidad, y han ejercido la censura en base a unos intereses dogmáticos.
Esto cambia durante la Edad Moderna, en la que empieza a gestarse una diferenciación social que produce clases emergentes (las clases medias) que quieren tener acceso a la cultura desde la segunda línea de fuego y chocan con ese poder sobre la cultura. Así mismo los artistas se diversifican más, comienza a asentarse la industria cultural y con ella todo un entramado laboral que facilita la vida de esos actores culturales, sobre todo de los artistas y sus intermediarios. 
Es así como la sociedad se internaliza en el mundo de la cultura y observamos como esa política económica e intelectual empieza a gestarse desde un prisma más complejo que termina con Jacobinos y Girondinos, las dos facciones que trascienden en el tiempo y a las que el mundo de la cultura no puede permanecer ajeno, pues desde entonces también baila al son de diferentes canciones dependiendo del entorno territorial que tratemos.


El poder y la cultura en la España (más o menos) actual

Llama la atención que, tanto los representantes del sector cultural estadounidense, como los del francés o el inglés, comulguen más con las políticas de “izquierdas”, mientras que en otros ámbitos, como China o Venezuela, sucede al contrario. En cada país, las tendencias del ámbito cultural vienen marcadas por una serie de acontecimientos. Así que toca preguntarse ¿Cuáles habrán moldeado las de España?
En España hay que tener en cuenta tres hechos históricos que han cincelado las relaciones entre poder y cultura durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI.
Primero de todo tenemos la proclamación de la República, un hecho que ayuda a la creación de instituciones y movimientos culturales, tanto artísticos, como científicos, el asentamiento de nuevas políticas pedagógicas que tienen que ver con la democratización de la cultura y el acceso a la educación, y la creación de grupos culturales en los que se ensalzan los nuevos movimientos culturales provenientes de Europa.
En segundo lugar y tras la Guerra Civil, se asienta la dilatada dictadura franquista que castiga todo lo que huele a la República, incluidas las instituciones y sus actores, todos estos artistas que desde las cárceles, el exilio o los cementerios, ponen de manifiesto unas políticas anticulturales yermas y baldías, entre las que sobresalen puntual y tímidamente propuestas pobres y sesgadas donde el clero retoma cierto protagonismo.
Tras cuarenta años de régimen totalitario surge la democracia y con ella se intenta retomar ese espíritu que primó durante los años previos a la Guerra Civil. Aunque durante los primeros años ochenta el germen de estos movimientos se centró en el espíritu transgresor de la posmodernidad y las vanguardias, desde entonces hasta este mismo momento el mundo de la cultura sufre un claro viraje hacia la izquierda cimentado en el rechazo al régimen político anterior y sostenido por un entramado clientelar en el que no priman los intereses creativos sino un discurso más o menos complaciente para con el público que la consume.


La institucionalización de la cultura.

Desde muchos escenarios y púlpitos se vocifera que el ciudadano debe tener un fácil acceso a la cultura, que el Estado debe invertir en ello, y que ampliar su campo de acción entre el público real y potencial debe ser una prioridad, pero lo cierto es que, a pesar de décadas (la democracia empezó hace ya) invirtiendo en Cultura, se denota un cierto declive y carácter residual. De esta manera, cabe hacernos otra pregunta: ¿Se invierte correctamente en materia cultural? 
Rotundamente, NO. Nadie me hará cambiar la respuesta, pues la mayor parte de los planes culturales que se realizan en este país son más parecidas a campañas electorales que a propuestas para potenciar la lectura, las artes escénicas o la educación artística. 
Todavía no he visto ni un solo plan de lectura que prescinda de campañas publicitarias. ¿A quién benefician estas? Puede ser que a los gobiernos de turno, a los actores y personalidades que aparecen en ellas, a las empresas que las producen (afines a una u otra facción) y a las que las difunden (¿Saben ustedes las cantidades millonarias que paga el Estado a periódicos, cadenas de radio y televisión y plataformas de internet para anunciar sus "productos"? ¿Saben ustedes que hemos tenido gobiernos que han doblado dicha publicidad para ganarse el favor de los medios?), pero nunca son campañas que redundan sobre el público (si con todos esos millones se comprasen libros, al menos se llenarían al bibliotecas escolares). Es una pena que la tajada NUNCA se la lleve el ciudadano.
Otra cuestión son las compras de la administración, véase el caso particular de los fondos para bibliotecas públicas. En este país las bibliotecas y los centros educativos son los que consumen la mayor parte de la producción literaria de LIJ. Es por ello que cuando se producen recortes para tal efecto, muchas editoriales y librerías ven mermadas sus ventas y se encaran con el político de turno. Una vez más "el gasto en cultura" vuelve a ser un arma arrojadiza.
Para no extenderme más sobre este punto (y tengo más ejemplos en la manga), quiero hablar de las ayudas a la edición, una situación muy paradójica en este país, pues son muchos los editores que hablan de favoritismos para con otros colegas. Siempre las obtienen los mismos, mientras que otros ni las huelen. Por no hablar de aquellas que tratan las lenguas co-oficiales del estado, unas que siempre recaen en editoriales de clara tendencia nacionalista (a esto sí lo llamo yo "el dardo de la palabra").
¿Por qué necesitamos una cultura subvencionada por el estado cuando en otros países del entorno cercano el consumo de cultura es individual? Siempre he pensado que cualquier tipo de empresa que sobreviva gracias a sus relaciones con el poder está sujeta inevitablemente a un éxito caduco (es como el pintor que vive a costa de familiares y amigos: llegará un día en el que no le compre ni el Tato y se morirá de hambre). Soy de los que abogan por la inversión cultural, pero una inversión cultural que redunde en el currito de a pie, no para enriquecer temporalmente a sectores que son afines y colaboran con el poder de turno. He dicho.

  

Autores o el yugo del compromiso

Se supone que los autores hablan de muchas cosas en sus libros. Del tiempo, de los juguetes, o de la tía Juana.  Pero a nadie se le ocurre hablar de las peleas en un tono agradable (con lo que me divierten…) y tampoco nadie habla del cambio climático desde una perspectiva positiva (Yo tampoco quiero dejar una tierra yerma a los que vengan después pero, ¿sabían que muchas especies de plantas que tenían mermada su distribución empiezan a retomar nuevas áreas? ¿Sabían que nosotros estamos aquí gracias a un cambio climático que sucedió hace millones de años?). Soy de los que piensan que hay otros puntos de vista que, aunque ponen de relevo algo que no nos interesa como especie (la guerra o la extinción), también merecen visibilidad. 
Por eso me resulta llamativo que durante los últimos tiempos, todos los argumentos de los libros para niños se intentan relacionar con los discursos empobrecidos que la política nos lanza desde sus púlpitos radiofónicos y televisivos. La mayoría de lo que leo en los libros para niños tiene que ver con los discursos más visibles y generalistas que cunden en los medios de comunicación progresistas, con el llamado buenismo. ¿Por qué?
Entre las razones cabe destacar ese arma de doble filo llamada “compromiso”. El compromiso de una obra, llámese cuadro, coreografía o álbum ilustrado, tiene dos vertientes, el compromiso para con el propio autor y la sociedad, y el compromiso artístico, uno que puede o no entender al anterior. Cuando ambas visiones actúan de manera sinérgica, complementaria, pero no sincrónica, el discurso no es forzado. Sin embargo, cuando el compromiso social está por encima del artístico, la obra deriva hacia lo propagandístico. Es un discurso terco, repetitivo, forzado y dogmático, y hace que la idea expresada pierda belleza estética, tanto intelectual, como humana. 
El artista debe rendir cuentas de su arte, sea este revolucionario o no, pero lo que ha de tener muy claro es que cuando presta su arte al servicio de la política, dejará el plano de lo intelectual para poner sus creaciones al servicio de un conjunto de ideas que, aunque lo pueden definir como humano, lo comprometen como artista y no lo erigirán como tal. Puede que así reciba muchos vítores y muchos “me gusta” en las redes sociales (algo que a día de hoy se puede traducir en cuantiosos beneficios por coincidir en compromiso político con el consumidor), pero eso ya no es arte, eso es otra cosa.
Si a todo ello unimos la autocensura, todo esto se convierte en algo preocupante para el discurso artístico, ¿no creen?
  


El mundo de la LIJ vota a...

Sigo a montones de editores, de libreros, de escritores y de ilustradores, y puedo afirmar que en un 80% de los casos son afines a políticas de izquierda o de centro-izquierda. Muchos de ellos lo pregonan a los cuatro vientos, se enorgullecen de votar y apoyar a este u otro partido (como ejemplo, citar el gran apoyo que el colectivo de los ilustradores españoles prestó a la candidatura de Manuela Carmena en los comicios municipales de 2015), e incluso reciben el feed-back de sus colegas de profesión, también de izquierdas. Es una evidencia que el mundo de la Literatura Infantil vota ese tipo de políticas mientras que una minoría nunca vuelca sus opiniones al respecto, bien por pertenecer a otras facciones, bien por creerse en inferioridad de apoyos.
En principio, se podría pensar que quizá este tipo de tendencia tenga más en cuenta a la infancia, pero no (si empiezo a poner ejemplos, no termino). También se podría pensar que este tipo de políticas realizan una mejor gestión cultural (en este país nadie ha modificado la ley de propiedad intelectual a favor de los autores, así que tampoco). Pero lo cierto es que tiene que ver con ese modelo de superioridad moral progre cuasi tipificado en el marco de los agentes culturales. Los actores de la LIJ deben estar ligados sí o sí con las políticas de izquierdas y el que no, ¡leña al mono que es de goma! (esto me recuerda al “Hostia Lucía” que fue trending topic en Twitter).
Sinceramente, no creo que esta polarización política, ni mucho menos tan patente (me resulta de lo más aburrida y poco enriquecedora), aporte mucho a los libros para niños, aunque los que los leemos sepamos de primera mano que son el producto literario más fácilmente maleable por las connotaciones pedagógicas y didácticas que se les presuponen, algo de lo que hablo a continuación.


Llámalo libro infantil cuando quieres decir propaganda

El problema viene cuando los agentes de la LIJ quieren imponer un discurso moral que, en vez de anclarse en la lógica, el pensamiento o la filosofía, se liga a una serie de clichés y fogonazos que mamporreros de cada lado del muro reparten a través de los medios de comunicación de masas, piedras angulares de un pensamiento corrompido por estereotipos y mentiras asumidas.
¿Por qué abundan los libros con perspectiva de género? ¿Por qué los libros sobre identidad sexual? ¿Por qué los libros sobre el fascismo? Porque interesa. Interesa a los políticos, a los padres, a los editores, a los autores, a mí. Interesa porque la política engulle todo, lo embebe y contamina. Para crear “ciudadanos libres” dicen unos, para que “no se repitan los errores del pasado” aducen otros, para “hacer un mundo mejor” exclaman los más poéticos. Pero todos buscan aliados en su propia lucha, una que hoy por hoy, no es de ningún niño.
No abogo por la asepsia en el universo de las letras infantiles (me gusta leer álbumes sobre la muerte como Una casa para el abuelo, cuentos llenos de desamor o historias bélicas como Los hermanos Karamazov), pero sí deberíamos aferrarnos a desterrar el dogma y la propaganda de estos (y de otros) artefactos literarios que están sujetos a estrategias intervencionistas. 
Ya tenemos bastante con la poca visibilidad que los libros para niños tienen dentro de los circuitos culturales convencionales, dentro de los medios de comunicación o de la sociedad en general. Prefiero las ideas a todos estos discursos dirigidos, prefiero el humor a esas cantinelas odiosas que solo buscan crear futuros votantes.


Paradojas, asociaciones de ideas o el discurso de lo erróneo

El entramado de la LIJ bebe de multitud de factores sociológicos y psicológicos en los que la naturaleza incongruente del ser humano asoma la cabeza. Se sumerge en la paradójica naturaleza humana sin orden ni concierto. La misma que me sorprende cuando leo a algunos autores que edulcoran a base de comunismo sus tretas fascistas, o cuando escucho lagrimear a alguien con La lista de Schlinder y ver como se caga sobre la bandera de Israel al día siguiente. Por un lado es hermoso, pero por otro lado esto implica toda una suerte de coincidencias con las que nos enfrentamos a la hora de luchar en pro de un discurso libre.
Por ejemplo, una de las paradojas que más se suceden en el mundo de la LIJ es esa asociación de ideas que desemboca en que una “editorial independiente” es de izquierdas, mientras que un “gigante editorial” tiene que ver con la derecha (¿Por qué siempre se habla de política cuando tenemos que hablar de economía?). Déjense de rollos, lo que buscan estas preconcepciones es un punto común entre el comprador y el producto, estereotipos erróneos que simplemente persiguen que el lector se encuentre con un producto o una librería afín, y no tiene nada que ver con empresas que, aunque tienen estrategias de mercado diferentes, se embeben en un mismo sistema (el capitalismo, no hay otro). 
También se habla de la "comerciabilidad" de un producto (¡Ay, qué comercial es este libro! ¡Mira este otro! ¡Se nota quién lo ha editado!), pero ¿alguna vez se han parado a pensar en que muchas grandes editoriales extranjeras son las que venden los derechos de autor a las independientes de aquí y viceversa?
A un lado dejo la intencionalidad de los productos pues parece ser que sólo las editoriales independientes nos van a elevar al paraíso mientras que con los grandes grupos editoriales vamos a arder en el infierno. Ni unos son tan buenos ni otros son tan malos...
Otro ejemplo que se me ocurre es el tema eclesiástico, pues muchas editoriales que nacieron al amparo de congregaciones religiosas (los grupos editoriales más grandes que también se relacionan con el mundo del libro de texto), se ven hoy tachadas de impartir dogma, mientras otras de carácter progresista se encargan de dogmatizar al lector con temas que parecen sacados del mismísimo catecismo.  
¿Y esto lo sabe el mercado? Podríamos decir que sí, que el Mercado (así, elevándolo a la categoría mayúscula) lo sabe todo. Es más, le interesa. Pregúntense: si los álbumes ilustrados de autor, los del circuito independiente, son tan buenos, ¿por qué siguen funcionando los "álbumes comerciales"? Algunos responderán que por la mercadotecnia agresiva, por el desconocimiento del público o por el precio, entre otras causas (y no les quito su parte de razón), pero he de decir que esta realidad se debe, principalmente, a que cada producto tiene su segmento de público.



El consumidor en busca de identificación

¿Y cómo recibe la sociedad estos mensajes? ¿Cómo se identifica con ellos? Está claro que cada uno tenemos nuestros gustos y preferencias, que como consumidores preferimos decantarnos por lo que nos resulta agradable al paladar en vez de por aquello que nos repele. El ciudadano, el público, el lector, tiene muy claras sus preferencias y rara vez se sale del camino preestablecido, más todavía en un mundo en el que el individualismo nos despoja de referencias humanas tangibles. El que compra, no arriesga y consume lo que cree que de antemano le gustará -ideológicamente hablando-. Como todos, está imbuido en un orden social que lo moldea y le ofrece pocas alternativas.
También hay que hablar de las preconcepciones políticas que pueden embeber las decisiones del público (he hablado de alguna en el apartado de las paradojas), unos prejuicios desde donde parten numerosos lectores que eligen un libro a través de la llamada perspectiva ¿literaria?, algo que como ya he dicho en otras ocasiones, tiene una perspectiva poco libertaria.
Y dentro del aspecto social de la LIJ y sus connotaciones políticas no hay que dejarse por el camino la miga de pan más estimulante y en la que mucho tienen que ver el autor y el lector, el individuo y la sociedad: la censura.


Lo políticamente correcto o el universo inerte

No quiero decir que lo políticamente correcto no sea lícito (hay tantos que pasean a su perro en los coches oficiales de este país, que está de más oponerse a la libertad de expresión), pero sí pone en tela de juicio la capacidad de un autor, de un editor, para despojarse de los convencionalismos ("Ay, Román, qué cosas tienes... Una maestra maltratando a un pupilastre… ¡Como te descuides, te fusilan!" me decía una lectora), algo de lo que un servidor, como espectador, se da cuenta (¡Impostores!).
Me harta el buenismo. Es aburridísimo. Más todavía cuando hablamos de libros para niños, unos libros que siempre deben buscar lo subversivo, lo incendiario y lo salvaje, nunca lo prescriptivo e insustancial. Hay formas de llegar al lector sin necesidad de parecer una hermanita de la caridad, dejando a un lado ese compromiso que ya huele a mierda y roza lo obsceno.
De hecho, no hace falta tanta tuerca, pues hay multitud de discursos literarios que tienen doble filo y se prestan a la libre interpretación. Esa capacidad para desdoblarse es la que muchas veces me hace pensar que existen artistas realmente libres que, dejando a un lado dogmas o aleccionamientos, se sienten libres para expresar un mensaje fuera de lo que son las facciones del poder, sentirse humanos para debatirse en ese oleaje, en ese vaivén que es la vida y que se perfila sobre multitud de detalles y debacles interiores. Es la mejor parte, esa en la que mamporreros de uno y otro lado no pueden hacer nada contra obras como Este no es mi bombín de Jon Klassen (Thank you, Mr Klassen!).


Los niños no votan. Libertad en un mundo electoral

No voy a decir que sea fácil no caer en las redes de aquellos libros infantiles que quedan supeditados a demagogias y apologías, sobre todo si optamos por la reivindicación, el activismo y la denuncia social (yo mismo lo hago y entono el "mea culpa"), pero como he dicho al final del epígrafe anterior, también existen otros muchos productos culturales que se alejan de estas intenciones y se prestan a un discurso menos sesgado y con una esfera interpretativa mayor.
Es el caso de obras como Donde viven los monstruos, El pato y la muerte o Si quieres ver una ballena, unos libros en los que destacan lo poético y lo humano, donde la política y la censura no pueden actuar aunque quieran. También podemos hablar de aquellos autores que, aunque son bastante tajantes a la hora de abordar un tema político -se me ocurre citar La isla de Greder-, dejan resquicios, ventanas abiertas para otras interpretaciones que también suman en lo literario y ahondan en lo humano.
Esos son los libros que te dejan disfrutar de la experiencia estética que supone la lectura de ficción, los que te preguntan pero no te responden, interpelan tu yo propio y permiten que te enriquezcas. Los adultos nos empeñamos en empercudir cualquier ámbito, incluso el que no nos pertenece como es el caso de la LIJ. “No nos vengan con milongas, nosotros no votamos”, claman los niños, pues la Literatura Infantil no sólo necesita ser un reflejo del mundo, sino un reducto de independencia y libertad intelectual.



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