viernes, 27 de octubre de 2017

De cuentos y sueños


Si les soy sincero, entre mis recuerdos no albergo ninguno en el que mis padres me leyeran o contasen cuentos (me refiero a populares o de hadas, chinos aparte, que esos y los chascarrillos les gustan mucho). No sé si se debe a que la memoria me empieza a fallar o a que esto nunca sucedió, pero lo cierto es que mis primeros recuerdos sobre el hecho literario tienen que ver conmigo mismo. Le tendré que preguntar a mis viejos, no sea que mienta y entonces me toque aguantar reprimendas. Mientras tanto les dejo con los cuentos de Gloria Fuertes, unos que se pierden en los sueños para idear otros nuevos (¡Como debe ser!)

Mañana te contaré un cuento
de un viejecito
que tenía un huerto,
y allí un arbolito;
el arbolito
tenía un nido,
la pájara
se había ido,
y un huevecito dejó;
el huevito solito llora...
-¿Quieres que te lo cuente ahora?
Lo siento...

Mañana te contaré el cuento
del viejecito
dueño del huerto,
y allí un arbolito.

¡Si te has quedado dormido!
Pues ya no te cuento el cuento
del viejo dueño del huerto,
ni el cuento de la pastora
que se comió la loba,
ni el cuento del dragón verde,
ni el de la vaca que muerde,
ni el cuento de la princesa
dentro del “balleno” presa.
No, por haberte dormido,
ya no te cuento los cuentos
que soñando he aprendido.

Gloria Fuertes.
Te contaré un cuento.
En: El hada acaramelada.
Ilustraciones de Rocío Martínez.
2017. Madrid: Nórdica Libros.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Viajar, ¿para qué?


Viajar, viajar... ¿Qué tendrá viajar de bueno? A ver, que alguien me lo explique, por favor. ¿Lo de viajar será como lo de adelgazar o más bien como el comer?
Como en el sexo, el viajar tiene muchas variantes y dependiendo de la que nos toque tendremos diferentes opiniones... Los hay que se pasan el día viajando, como los como los maestros (entre los que me cuento), los conductores y los comerciales o los maestros, para los que lo de ponerse al volante es más una rutina que un vicio insano. Carretera para arriba, carretera para bajo, y el camino se va borrando.


También están los que nunca se mueven de su ciudad, de su casa, de su barrio. Un microcosmos más cerrado que les sacia todas sus necesidades sin aviones ni autocares. Aunque es una opción igualmente respetable, he de decir que no es de mi agrado. ¡Las jaulas! ¡Qué aburrimiento...¡ ¡Qué latazo..!
Por último tenemos a los del placer, los de los viajes culturales, los de las vacaciones pagadas. Estos si que se lo montan como Dios manda. Ofertas de última hora, pensión completa y a todo trapo. Si quieren algo de frío, Andorra y Praga. Si quieren más calorcito, la Costa Blanca, las Bahamas o el Adriático. El caso es disfrutar, que la vida son dos días y hay que cambiar de aires... ¡Eso es! ¡Cambiar de aires! Para viajar no hay que recorrer grandes distancias, tampoco pasarse doce horas en un barco, ni hacer escala en Frankfurt. Sobra con andar un poco, mudarse o dar una vuelta de 365º. Probablemente lo que era ya no es, y lo que estaba ya no queda. Conocer otras gentes, aunque provengan de la calle de enfrente, el portal de al lado. Otros contextos, otros humanos. Viajar es perderse, da igual dónde, pero sentirse perdido. Quizá en una clase de física cuántica, o porqué no en un equipo de balonmano, en mitad del parque, o con un libro en las manos...


Y en esas estaba yo, con Saltamontes va de viaje, un libro de Arnold Lobel recientemente rescatado de los anaqueles por Kalandraka, cuando, sin comerlo ni beberlo, me acaban de comunicar que dentro de unos días, me veré de nuevo dentro de un autobús rodeado de adolescentes. Espero que, al menos, el viaje sea tan trepidante y entretenido como el del ortóptero de Lobel, tan curioso como salado.  



lunes, 23 de octubre de 2017

Perder la infancia y encontrarla


Si alguna vez tienen ocasión de visitar mi hogar, descubrirán con asombro que, a pesar del orden que se nos presupone a maestros y científicos, soy un desastre. Papeles por todos lados, montones de libros, trastos de todo tipo, etc. La cosa no tiene remedio ni aunque contrate un escuadrón de limpieza.
El caso es que, entre ese caos imperante, un servidor lo tiene todo muy ordenado (¡Ja!), y si tiene que dar con alguna cosa importante, recuerda ipso facto donde la ha dejado. La crítica viene cuando de repente no encuentro algo y empiezo a preguntarle a mi señora madre (esa sí que es prusiana), “¿Mama, has visto...?” Y empieza a darme la tabarra: “Ni que yo viviera en tu casa...” “Si todo estuviera en su sitio...” “Demasiado tienes en esas cuatro paredes...”


Lo último fueron unas gafas de sol, las únicas graduadas que he tenido en toda mi vida. No sé si definirlas como un capricho o una necesidad, pero el caso es que me gasté una pasta en ellas. Quince días me duraron. El 1 de julio las estrené y el 15 de julio desaparecieron. A pesar de mover Roma con Santiago aquí sigo, cegado por el sol. Así que juré ante el Mediterráneo que con un par de lupas me sobra.
Es inevitable pillar un disgusto cuando uno pierde alguna cosa. Una sensación de intranquilidad te remueve y el nerviosismo se apodera de ti. Sin ir más lejos el otro día mi padre perdió una morcilla (como lo oyen, de camino a la parrilla) y ya, extasiados con la extravagancia, organizamos una redada y no paramos hasta que dimos con ella entre la maleza un par de horas después (descojónense que es de traca).


Hay gente que pierde la cabeza, la virginidad y hasta elefantes (aquí el tamaño poco importa), pero lo más normal del mundo es perder un imperdible (paradójico), la cartera (putada al canto) las llaves (Moraleja: Háganse cerrajeros), o un anillo (imperdonable). Todas ellas cosas muy necesarias que acaban apareciendo detrás del sillón o debajo de algún armatoste del tamaño de Andorra.
Y hablando de objetos perdidos acabo de acordarme de Botoncito, un álbum de Yoko Ogawa y Chiadi Okada (editorial Juventud) que nos cuenta las andanzas de un botón extraviado. Un libro tierno y sin pretensiones que a través de la personificación de varios objetos que abundan en hogares con niños pequeños y además de hacernos partícipes de las vidas imaginadas que se esconde en rincones y recovecos, nos alienta a dar con las cosas que otrora perdimos pero que nos recuerdan un pasado dulce y juguetón: la infancia.


viernes, 20 de octubre de 2017

El viento que sopla


Parece ser que el tiempo se va animando y las temperaturas dejan de arreciar para dar paso al frescor otoñal. Aunque a estas alturas deberíamos estar luciendo abrigo (¡El negocio de la ropa de invierno es una ruina!), sudando bajo el edredón o gastando calefacción, parece ser que manticas, chaquetas y camisetas van para largo. Eso sí, de lluvia, poco o ni un gotazo. En todo caso fresco y viento. Por supuesto, menos deseados...

El viento soplón,
que no pierde el tiempo
y corre que vuela,
que lo barre todo,
todo lo revuelve
y todo lo enreda,
ni llamó a la puerta:
entró en mi oficina
en un arrebato
de polvo y gravilla.
Venía corriendo;
traía noticias
y el pelo revuelto,
pues con tantas prisas
había perdido
en alguna parte,
junto a su sombrero,
los buenos modales.
[…]

Irene Verdú Muñoz.
El viento soplón.
En: Un caso para el detective Saltaflores.
Ilustraciones de Beatriz del Álamo Ayuso.
Ganador del IX Premio de Poesía El Príncipe Preguntón.
2017. Granada: Publicaciones de la Diputación de Granada.


miércoles, 18 de octubre de 2017

La censura en la Literatura Infantil y Juvenil. Unos apuntes.


Corren tiempos difíciles en los que las ideologías y los ismos se abren paso. Prejuicios, demagogias e intereses flotan en el aire, por lo que ha llegado la hora de hablar de un tema que, a pesar de estar estrechamente relacionado con la política y la sociedad, nos atañe a todos, más todavía a los que sugerimos lecturas y literatura. Es el momento de hablar de censura.
Aunque se figura un tema bastante escabroso en el que es difícil ser imparcial y ortodoxo, aquí les traigo una serie de apuntes sobre ciertos aspectos relacionados con esta, que bien pueden abrir nuevas ventanas desde donde mirar la realidad o simplemente exponer desde mi punto de vista puntos tratados por otros, quedando abiertos todos ellos a sus comentarios y aportaciones.


Ha sido uno de los libros más censurado alrededor del mundo por ser una obra perturbadora que incita al desequilibrio mental y las tendencias homicidas.

Todos somos censores

Antes de meterme en harina con un tema que suscita interés y polémica, he querido abrir esta caja de Pandora parafraseando las palabras de Perry Nodelman en su artículo homónimo que les recomiendo a manos llenas y que pueden leer aquí.
De acuerdo con Nodelman, la censura en los libros para niños no es llevada a cabo de manera exclusiva por agentes gubernamentales que adornan su brazo con la cruz gamada o la hoz y el martillo, no. Censores somos todos (o podemos serlos, dejemos la duda en el aire). Sólo basta ser humano, tener una educación determinada, unas preferencias o pertenecer a un grupo social concreto, y por tanto, desechar otras ideas por el mero hecho de ser diferentes.
Por ello y a pesar de la libertad que todos nos presuponemos, debemos interiorizar que cualquiera, desde la bibliotecaria de su barrio, pasando por el librero, el maestro de sus hijos, ustedes o yo mismo, somos censores. Censuramos a nuestra madre para que no vaya cascando las miserias familiares, censuramos a nuestros hijos a la hora de elegir libros infantiles, censuramos al vecino cuando apunta alguna inconveniencia, o al locutor de radio de turno por no poner entera la canción que nos gusta.
Pero, ¿por qué censuramos? Por el mero hecho de ser humanos y adscribirnos a unas normas, estereotipos y razón social, nos pasamos el día con la censura a cuestas sin darnos cuenta. Son las diferencias en cuanto a ideas y estereotipos las que condicionan la censura. Lo que James Moffett define como “agnosis”, el deseo de no saber, esa cualidad del adulto que se hace más patente cuando de él depende el hecho de seleccionar libros para los niños  y que deben mostrar la realidad que más le conviene. Si a ello añadimos que la literatura infantil es un territorio frágil, indefenso ante el control de los adultos, la cosa es mucho más llamativa y afianza más el concepto de que la infancia es una etapa a rebosar de oprimidos, en este caso niños, menospreciados por razones de edad (y otras muchas cosas).


Fue censurado en los Emiratos Árabes por incitar a la brujería. En Tejas (EE.UU.) y Toronto (Canadá) hubo quien fue a los tribunales para que se eliminara de sus páginas la batalla contra los Muggles.

El individuo y la sociedad. La censura individual y la censura colectiva

Aunque todos somos censores según lo dicho, debemos hablar de la censura desde dos perspectivas, las que se refieren a las dos realidades de nuestra condición, la personal y la social. Generalmente el ser humano tiende a comportarse de manera diferente cuando está solo y cuando se encuentra acompañado. Las relaciones que el hombre establece con sus iguales pueden modificar las ideas y conductas que este tenga cuando se encuentra sólo, incluidas las preferencias sobre la literatura infantil.
No me pregunten sobre las bases antropológicas que llevan a esta situación pues las desconozco. Lo único que he apuntado durante mis numerosas charlas y encuentros sobre libros para niños es que las personas modifican sus preferencias en torno a los libros dependiendo de las opiniones vertidas por los demás, de los prejuicios que surjan en el momento y los estereotipos de moda en el instante. Esa socialización de la ideas a la que apelaba Foucault se hace más palpable cuando hablamos de censura.
Es por esto que me atrevo a definir dos grupos de censura, aquella que realiza el individuo por sí mismo, con sus preconcepiones y su experiencia, cuando se encuentra solo ante un libro, y aquella que lleva a cabo el mismo individuo cuando se halla en un grupo de personas.


En 1931 fue censurado en Hunan, China, porque en esta obra  los animales hablaban, algo inadmisible ya que ponía a los animales al mismo nivel del hombre.

La censura gubernamental e institucional: el poder traducido

Desde España solemos mirar la censura hacia cierta dirección ya que todavía hacen mella en nuestra sociedad los cuarenta años de dictadura franquista, algo que también ha sucedido en países como Italia, Alemania o Chile en los que las dictaduras de derechas han ejercido una opresión ideológica más que palpable. Pero, ¿es la censura exclusiva de los gobiernos conservadores? El NO debe ser rotundo pues existen casos de territorios gobernados por regímenes comunistas en los que la censura literaria es el pan de cada día, algo que se puede constatar en lugares como China, Rusia, Corea del Norte, Cuba o Venezuela.
Seguramente también estén pensando que la censura es patrimonio de los totalitarismos, pero un servidor sigue negándolo ya que existen democracias de dilatada trayectoria como los Estados Unidos, Francia o Inglaterra en las que también hay ejemplos de censura literaria. Más bien podríamos aclarar que en los totalitarismos (unas veces despóticos, otras no tanto) la visibilidad de estos instrumentos censores ha sido mayor y ha alcanzado identidad como daño colateral a unas acciones mucho más deleznables y como instrumento propagandístico que ha rodeado la relación entre oprimidos y opresores.
Resumiendo, la censura gubernamental o institucional es un medio de poder que se pone en práctica en mayor o menor medida dependiendo del interés de quien ostenta dicha hegemonía, proceda esta de siglas diferentes, religiones varopintas o sindicatos de cualquier índole. Si desean definiciones más académicas les remito a este artículo de Raquel Merino Álvarez o a este otro de Roberto Martínez Mateo.


Este libro fue censurado en Dakota del Norte (EE.UU.) por contener "imágenes perturbadoras". Asimismo muchos sectores polemizaron porque incitaba a los niños a la desobediencia y violencia. Incluso se llegó de decir que alguno de sus poemas "glorifican a Satanás, el suicidio, el canibalismo o la pura pereza"

Cada época, cada sociedad, tiene sus propios tabúes, llámense erotismo, sexismo, nacionalismo, progresismo, o maltrato animal. Unos demonios que el poder y sus medios utilizan a su antojo para contentar a sus partidarios, menospreciar a sus detractores y capar ideológicamente a todos (no sea que la líen). Es así como la censura se balancea sobre un finísimo hilo que, unas veces nos deja caer a un lado y otras, al otro; algo que el hecho histórico constata de manera fehaciente.
Como hay poco espacio y no tengo tiempo para enumerar todos los libros infantiles que han sido censurados en diferentes países y sociedades a lo largo del tiempo, les invito a echar un vistazo a las imágenes que acompañan estos apuntes (todos ellos han sido censurados en diferentes lugares del planeta) y a tres títulos que recogen innumerables ejemplos de libros infantiles que se han visto afectados por las censuras gubernamentales e institucionales: Prohibido leer. La censura en la literatura infantil yjuvenil contemporánea (edición de Pedro C. Cerrillo y César Ortiz Torremocha, 2016, Ediciones UCLM), Literaturas y Poder. La censuras en la LIJ (Angel Luis Luján y César Sánchez Ortiz, 2016, Ediciones UCLM), Niños, niggers, Muggles. Sobre literatura infantil y censura de Elisa Corona Aguilar (2012, Deléatur).


Este libro fue acusado de "minar la autoridad paterna" o "incitar a los niños a huir de casa y vengarse de los adultos", mensajes frecuentes en las obras de Dahl.

El espectáculo de la censura: medios de comunicación y redes sociales

Cuando hablamos de medios de comunicación y redes sociales seguro que nos vienen a la cabeza todo tipo de opiniones. Medios de poder, altavoces y micrófonos intervenidos, amarillismo, modas, demagogia y un largo etcétera de cuestiones poco deseables son las que despiertan la prensa escrita, la digital, la televisión o la radio. Todas manipulan la información y la traducen a su antojo. La 1, la CNN, Al Jazeera o TV3, da igual que estén de un lado o de otro: muy pocas veces ostentan independencia (a no ser que sean minoritarias... y ni aún así...).
Lo más inesperado viene cuando tenemos que hablar de redes sociales, unas que se suponen plurales y populares, también se adscriben a movimientos y partidismos, por ejemplo léanse Twitter o Linkedin, una de corte progresista y otra más conservadora, en las que sus usuarios vomitan todo tipo de ideas e improperios incendiarios.
Por otro lado todos estos medios de masas tienen papeles fundamentales en la censura que pueden reunirse en dos claras tendencias, o bien promueven la censura, o bien aúpan lo censurado. Todo ello con salvedades y grises, claro está.
Sobre los mecanismos censores me limitaré a remitirles a los paripés propagandísticos de las diversas facciones que intervienen en cualquier conflicto político y que incluso han provocado en ocasiones la modificación de la intención de voto de unos y otros.. No hay más que decir.


Este libro de Dahl fue censurado en Colorado (EE.UU.) por presentar una "pobre filosofía de vida". Asimismo los entrañables Oompaloompas fuero percibidos como una ofensa hacia los afroamericanos.

Sobre lo de la promoción, hay más chicha que embutir... Desde los comienzos de la literatura infantil ha existido la censura, y curiosamente y muy a pesar de los adultos censores, la popularidad de estas obras ha crecido entre los niños, su éxito ha subido como la espuma y se han vendido millones de ejemplares de obras como las de Roald Dahl.
Por todos es sabido (incluidos medios de comunicación y gurús de las redes sociales) que en este mundo capitalista donde el escándalo vende, estar en el candelero da una mayor visibilidad a las obras literarias, es decir, conlleva una publicidad la mayoría de las veces gratuita que tiene sus consecuencias en la adquisición del producto por parte del consumidor, más todavía cuando los padres y maestros (opresores en este caso) están implicados en ello.
Campañas de prestigio basadas en la censura (esto es de traca) y ejercida desde ciertos sectores de la opinión pública se han convertido en una herramienta de doble filo para el consumo literario, y son comparables con las maniobras publicitarias de sagas como Crepúsculo o Los juegos del hambre. ¡No todo tenía que ser negativo en esto de la censura!
“Censura y polémica, victimismo y negocio” ¿Quién se atreve a escribir este libro? 


Esta obra fue censurada en dos ocasiones en Estados Unidos en las décadas de los años 30 y 60. En los 30 se relacionó con la brujería y el esoterismo y en la de los 60 por constituir una metáfora del comunismo.

Nuevas formas de censura colectiva. El buenismo, las minorías y lo políticamente correcto.

Siguiendo con el hilo del epígrafe anterior continuo con la tormenta que desató hace dos veranos el libro 75 consejos para sobrevivir en el colegio de María Frisa. Yo estaba haciendo de las mías por las playas españolas y preferí mantenerme un poco al margen (¡Tampoco voy a estar en todos los fregaos!) aunque seguí con detenimiento todos los comentarios que se vertían sobre la innecesaria polémica. Unos hablaban de autopromoción, otros de literatura ofensiva, y algún otro de victimismo. Eso sí, en el fondo, todos se referían a lo mismo: censura.
Lo que más me llamó la atención de esta polémica fue que era bastante paradójico que un libro que pretendía ser humorístico (N.B.: Lo siento por todos aquellos que blandieron la espada subversiva de la LIJ o que citaron a Barrie o Sendak para justificar este libro. Me pareció un exceso), se tornara incómodo.
Algo por el estilo sucede con Twain y Huckleberry Finn, con esa parte de la comunidad afroamericana que ha censurado este libro por considerar que Jim recibe por parte de Huck un trato ofensivo y vejatorio (la palabra con connotaciones despectivas “nigger” se lee una y otra vez en esta obra), y que no deja de ser un personaje elaborado a base de los clichés racistas de la época. Me parece extremista y descabellado que lo realmente interesante de un libro tan excepcional sean las formas y no que Huck deje a un lado sus prejuicios de blanco supremacista y reconozca a Jim como un verdadero amigo, un compañero de viaje a pesar del color de su piel.


Como ya dije en este otro post, la dictadura de la piel fina ha cambiado la percepción que tenemos del mundo. Lo políticamente correcto nos aboca a un ejercicio censor que tiene que ver con lo preestablecido más que con nosotros mismos. Todo ello nos conduce a unas de esas paradojas modernas sobre las censuras. La doble moral, los dobles raseros, lo desvirtuada que se siente la sociedad con el ser y el parecer y que nos lleva a una perdida de sentido crítico por culpa de la imposición política, de los discursos morales erróneos.
No somos censores por nuestros propios prejuicios, sino que los somos porque otros se empeñan en censurar aquello que podría ser censurado y de paso lapidar a un tercero que probablemente se ha censurado a sí mismo como producto de otros prejuicios e intentaba ser crítico en primera instancia... Nota: Si no se lían con este trabalenguas, les animo a leer los juegos de palabras que con más razón que un santo Perry Nodelman apuntó en este otro artículo que tiene mucho que decir sobre censura y objetividad.


Fue censurado en muchos países por considerar que trataba temas de corrupción política, los sentimientos anti-belicistas y poner sobre la mesa el debate de la colonización. Por esta razón muchos lo camuflaron como libro de viajes.

Libreros, bibliotecarios, influencers... ¿literatura infantil realmente libre?

A veces me pregunto si el papel de blogueros, booktubers, bookstagramers, libreros, bibliotecarios y otros monstruos es esencial para que lo diverso se mantenga en la LIJ. No he tratado pocas veces este asunto en post como este o este otro, pero dejando a un lado las cuitas de los enteraos en libros infantiles, sí me atrevo a añadir que, a juzgar por las recomendaciones de final de año tan socorridas a la hora de recomendar libros, no parece que la cosa sea muy plural ya que existen muchas coincidencias entre unos criterios y otros.
La cosa cambia cuando los seguimos, nos siguen con más detenimiento y observamos que muchos de ellos, de nosotros, saltamos con algún título sobre el que nadie se había percatado. Es ahí cuando la censura colectiva se hace menos evidente y me atrevo a pensar que muchos son, somos necesarios, sobre todo porque diluimos el llamado sesgo y abrimos más puertas que las que cerramos. Seguramente yo esté harto de libros sobre emociones, compendios comportamentales y obras edulcoras, mientras que otra colega se pirre por este tipo de títulos. Todos están presentes y el público puede ojearlos y decidir, según su propio criterio, cuáles censura y cuáles no.


Libro censurado hoy en día en Estados Unidos por hacer alusiones a familias con progenitores homosexuales, el matrimonio igualitario y la adopción por parte de estas parejas.

Un lugar aparte merecen los enfrentamientos o guerras personales sobre el criterio de este booktuber o esta bloguera, sobre este o aquel libro. Es tal la fuerza que tienen algunos influencers que son capaces de denostar y degradar un libro que en principio parecía honesto a las cotas literarias más bajas. Como ejemplos me gustaría citar El monstruo de los colores de Anna Llenas y Por cuatro esquinitas de nada de Jerôme Ruillier. Aunque en principio son dos libros que nacían de una idea honesta, sin mucha pretensión, y con cierto fundamento artístico -que es lo que se les presupone a los álbumes-, la desvinculación de estos libros de la esfera literaria por parte de educadores y padres para llevarlas a un terreno más didáctico y pedagógico, ha supuesto un encasillamiento de los mismos dentro de los llamados “libros de valores”, unos que muchos especialistas y críticos aborrecen por desmarcarse de sus criterios y cánones. Se establece así un prejuicio que impide ver la obra de una manera global para pasar a ser censurado por quienes deberían ser abiertos y plurales.


Los puntos sobre las íes o la censura escolar

Aunque clásicamente la escuela ha sido la institución más criticada por ejercer la censura en lo que a la literatura infantil se refiere, algo que se desprende en obras como el Aprender a leer de Bruno Bettelheim y Karen Zelan, o el Como una novela de Pennac, tan aplaudidas desde los ámbitos más liberales del fomento lector, creo que es una acusación bastante extrema por dos causas principales.



Hasta 200 libros infantiles fueron retirados en 2019 de una biblioteca escolar de Cataluña por ser considerados "tóxicos" y "reproducir patrones sexistas". Entre ellos estaban cuentos tradicionales como La Cenicienta o Caperucita roja.

En primer lugar la escuela es una institución dependiente del estado, es decir, una extensión del poder y que por tanto sigue las directrices que desde los diferentes gobiernos se dispensan. A pesar de que a los docentes se nos presupone una libertad de cátedra, existen numerosas formas de control gubernamental, administrativo y jurídico, como leyes, decretos y órdenes que nos dicen qué tenemos que enseñar y qué deben saber nuestros alumnos. Seguramente a todos ustedes se les ocurrirán ejemplos de doctrina, bulos históricos y contenidos modificados o simplemente borrados de muchos libros, un intervencionismo que huele cuando nos ponemos a indagar en libros de texto o acudimos a las aulas de nuestras escuelas, institutos o universidades.


Libro censurado en muchos lugares de Estados Unidos hoy día por presentar a una niña transgénero, lo que incitaría a conductas impropias e impuras.

En segundo lugar también hay que hablar de las presiones sociales que la Escuela sufre por parte de otras instituciones o grupos sociales, entre las que cabe apuntar a las asociaciones de familiares de alumnos (en nuestro país conocidas como AMPAS) y a progenitores que, a título individual, denuncian las selecciones literarias que muchos maestros realizan para sus alumnos. 
Desde Roald Dahl hasta el Donde viven los monstruos que da título a este espacio, han sido señalados como obras que incitan a comportamientos poco deseables, a la rebelión y subversión de los niños y Dios-sabe-qué más cosas deleznables. Les conmino a que visiten el lugar que la ALA (American Librarian Association) llamó Frequently Challenged Books y construyó hace mucho tiempo para hacer visibles aquellos libros “prohibidos” o “peligrosos” y llamar así la atención sobre la censura que pervive en muchas instituciones, sobre todo las educativas.



Fue censurado en los Estados Unidos desde la década de los años 70 hasta bien entrado el siglo XXI por grupos feministas y educadores por presentar situaciones poco deseables, como niños sentados en la taza del water, adultos alcohólicos o fumadores.

Este tira y afloja que gobiernos y progenitores ejercen sobre la Escuela fomenta una censura institucional derivada del miedo, ese que coarta muchas veces a los docentes en la realización de actividades que puedan derivar en temas escabrosos y pongan en duda su profesionalidad como enseñantes. 
No obstante y para que no me tachen de corporativismo he de reconocer que en la Escuela al igual que en cualquier otra institución existe la opción personal de censurar aquello que no se atiene a la corrección esperada (N.B.: Estoy harto de que censuren mis pantalones cortos en verano mientras mis compañeras lucen piernas gracias a hermosos vestidos. Todo ello amenizado con cuarenta grados centígrados)


Este libro sigue encabezando la lista de libros censurables en Estados Unidos por su lenguaje ofensivo, racista y obsceno.

Editores, autores y autocensura

¿Por qué muchos autores de literatura juvenil edulcoran sus obras para hacerlas más comerciales? ¿Por qué existe cierta ausencia de personajes malvados en los cuentos infantiles actuales? ¿Por qué se ha desterrado al mal y los villanos de las historias dirigidas a los niños? ¿Por qué los cuentos populares no son aptos para las nuevas generaciones de niños pero sí para todas las anteriores? Sencillamente porque la compra-venta del producto cultural será más difícil a tenor de la censura.
Ciñéndome al estricto proceso creativo y de edición (dejo a un lado las modas, las tendencias, las denominaciones que buscan encasillar lecturas, las clasificaciones por edades que dirigen la industria editorial o las traducciones como mecanismo censor), hablaré del fino tul con el que se viste la autocensura. Bordado de palabras como “objetividad”, “criticismo”, “provocación”, “lirismo”, “compromiso”, “privilegio”, “humor”, “juego” o “poesía”... ¿Relativas? ¿Absolutas? ¿Necesarias? Todo depende del equilibrio que los creadores impriman a la obra y del prisma con el que se miren, algo que, a mi juicio depende del receptor final, el lector, que no necesita arengas ni disculpas, sino un poco de honestidad. ¿Libre, libertino o libertario? Es simplemente un extraño columpio sobre el que descansa la retórica. ¡Que más da!


Censurado en EE.UU. por contener un lenguaje ofensivo y vulgar, así como por poner en entredicho el llamado sueño americano.

Mientras que en nuestro país la censura gubernamental deja un poco de lado la literatura infantil, la industria editorial es la encargada de poner freno a diferentes publicaciones que pueden “tentar” a niños y jóvenes, que pueden “ofender” a padres y profesores, y que pueden “poner en peligro” el orden social.
No son pocos los autores que han denunciado el trato censor que muchas editoriales dan a sus creaciones, más si cabe cuando entran en juego aquellos grupos editoriales en los que la Iglesia (católica en nuestro caso, protestante en otros) y otras religiones meten mano. Todo empieza con palabras como “aborto”, “cocaína”, “puta”, “felación” o “cabrón”. Aunque son palabras que abundan en los pasillos de cualquier colegio o instituto, están mal vistas en la Literatura, no sólo por malsonantes, sino porque pesan. La disección de una sola palabra puede tener cientos de connotaciones, y si está inmersa en un contexto más amplio, miles.
A pesar de que muchos autores necesiten comer, hay que darse cuenta de que si se autocensuran, estarán provocando el fallecimiento prematuro de su arte y, sobre todo, que se desencadene la autocensura de otros, los mismos que leen sus libros con la esperanza de hallar algo de libertad, de pensamiento crítico y poder identificar sus experiencias personales con las de alguien más. Algo que poco tiene que ver con el arte incendiario y venenoso que usan muchos para abrirse hueco entre los lectores, porque esa realidad que a menudo se confunde con lo subversivo nada tiene que ver con Cortázar ni con el excelso capítulo 68 de Rayuela.


Este es uno de los libros más cuestionado en Estados Unidos hoy día por incitar al satanismo y la violencia y poseer un lenguaje ofensivo.

Luke, soy tu padre.” Familia y censura

En los tiempos que corren donde el superpaternalismo, la hiperalfabetización o el sobreproteccionismo son algunos de los pilares que sostienen la educación familiar, la censura es un arma más que fehaciente para construir hijos adecuados, intentos de niños modélicos. Chavales de proporciones aúreas que con estereotipos y prejuicios muy marcados se enfrentan a las miserias del mundo, a personajes infumables, a jetas y pillos, arribistas y trepas, mafiosos, asesinos, violentos y malhechores. También a encrucijadas inimaginables, diferencias lingüísticas, sociales, de raza, sexo o religión, es decir, al cúmulo de circunstancias que forma cualquier vida.
Por todo esto, cuando una madre, un padre o un hermano censura, está capando una elección que, al fin y al cabo, es en lo que consiste la supervivencia. Sin embargo, la tónica general es la de establecer pautas y comportamientos afines a los progenitores de tal manera que inculcar prevalezca sobre educar, es decir, la censura como herramienta de instrucción familiar.
Lo que nos quedaría por dilucidar es si la censura es positiva o negativa en dicho proceso. ¿Obligar a leer es censura? ¿Por qué es bueno leer? ¿El hecho de que tu leas te capacita para saber que va a ser bueno para mí? ¿Leer obras que tu detestes me hace peor persona? Generalmente, cuando un hijo disiente del modus operandi de sus progenitores y toma un camino diferente suele tener problemas en el seno familiar ya que, en cierto modo, reta a la autoridad familiar. Si a ello añadimos sentimientos y emociones, el enfrentamiento está servido. Y la censura se eleva a N.


Fue censurado en Argentina durante la dictadura militar de Videla por alentar a los niños a una "ilimitada fantasía".

Yo, censor

Cuando cojo un libro entre las manos y leo ciertas palabras, empiezo a retorcerme en el sillón y, aunque no suelo abandonar la lectura (“Soy fuerte, soy valiente. Soy fuerte, soy valiente”), me da por pensar que otros se recitarán lo mismo mientras me leen a mi, censor de tres al cuarto.
Aunque ustedes piensen que soy hombre de pocos filtros y menos pelos en la lengua, les confieso que yo también me censuro, y no pocas veces. Todo empezó cuando en una ocasión una mujer muy sabia (de más, diría yo) me dijo que la gente no estaba preparada para oír lo que tenía que decir. Me quedé callado y seguí dándole vueltas al jabón (es otra de mis aficiones, para enjuagarme de vez en cuando el cerebro, no sea que se llene de mugre). Y aquí sigo, pensando más de lo que escribo (¿Para qué? ¿Para que me censuren una vez más? Basta).
Y mientras estoy en esas del victimismo, veo pasar a un chico de unos veinte años, largo y seco como un ajo. Viste un top gastado, roquis azules, plataformas rosas y, como capa, nuestra bandera rojigualda. Los gitanillos de mi barrio se arrancan por el gran Peret. Una lo llama para que haga como que baila. Cuánta guasa... Me sonrío. Casi una carcajada. Y convengo conmigo mismo que lo mejor que podemos hacer contra la censura es tomarnos la vida con cierta ligereza. Y que si no lo hacemos, no hay de qué preocuparse: de hedonistas y bizarros está el mundo lleno.  


Toda la obra de Sendak es controvertida, prueba de ello es que las imágenes que abren y cierran estos apuntes pertenecen a dos obras censuradas en Estados Unidos. La cocina de noche fue censurada por presentar aun niño totalmente desnudo, mientras que Donde viven los monstruos fue tachado de promover la incorrección política e incitar a la brujería y la invocación de sucesos sobrenaturales.

martes, 17 de octubre de 2017

Libritos del pasado que regresan al presente


Los libros tienen una magia especial, no sólo para aquellos a los que nos gusta leer, sino para todos los mortales en general. Desde su concepción de objeto y dejando a un lado la parte más técnica (si quieren saber más de todo esto les recomiendo ESTE POST sobre el libro-álbum como objeto) para centrarnos en la mas emocional, tiene el libro la capacidad de retrotraernos al pasado, de hacernos mirar hacia el futuro, de recordarnos amigos ya olvidados, amores de juventud, viajes y otros muchos nudos vitales. Como muestra, el botón de hoy...


Andaba yo hurgando entre las estanterías de cierta librería madrileña (los monstruos tenemos mucho que ver con tejones y mapaches) cuando de repente me topé con dos libritos, de esos que te caben en la mano, de los que un niño puede pasar las páginas y no parecer torpe y desmanotado. Con su tapa dura, su sobrecubierta, ilustrados. Bonitos, bonitos, oiga. Al principio no los reconocí, pero empecé a darle al coco y me fueron resultando familiares. “Si yo juraría que este anda por alguno de mis estantes... Pero, ¿se titulaba así?”... ¿Y este otro? Me da en la nariz que lo leí en mis primeros años de escuela...” Fui a casa y continué hurgando y, efectivamente, allí estaban, vivitos y coleando.



El primero de ellos era Juanito Diminuto, un libro de Wilhelm Busch (sí, sí, el autor de Max y Moritz) que, aunque editado en 2014 por la editorial madrileña Reino de Cordelia que tantísimos buenos trabajos nos está trayendo durante los últimos años, para mí se titulaba Chiquito ya la edición con la que cuento es la de la Biblioteca Infantil de RTVE / Marpol (luego, leyendo el prólogo de la nueva edición, constate que los editores de Reino de Cordelia, también conservaban un ejemplar), una colección que recogía algunos de los libros mencionados en los contenidos del programa “Un globo, dos globos, tres globos” que se emitía en los ochenta en los canales de la televisión pública y que fue traducida por María Puncel con dicho título. Es un libro hermoso, con los grabados originales del artista que narran las peripecias (rimadas) de un niño diminuto que vienen a inspirarse en las de la Pulgarcita de Andersen. Una delicia, vamos.



Placa conmemorativa sita en el número 8 de la Calle Arenal de Madrid.

El segundo era Ratón Pérez por el padre Luís Coloma e ilustrado por la mano de George Howard Vyse, una historia que ha sido reeditada por la catalana Biblok en su colección Neverland. Esta narración que data de 1911 es una de las más olvidadas del ideario literario infantil español, ya que poco ha trascendido desde entonces a pesar de ser un ejemplo histórico de este tipo de literatura en nuestro país. Este cuento nació como un encargo que la corte española realizó al citado jesuita andaluz -autor también de otros cuentos para niños como Ajajú o Periquillo sin miedo- para agradar al por entonces príncipe Alfonsito o Buby (que era como la Reina Doña María Cristina llamaba al que más tarde sería el rey Alfonso XIII) cuando con ocho años se le cayó un diente. Si tienen curiosidad, les recomiendo echar mano de esta edición y disfrutar de las aventuras de este personaje que tanto calado tiene en la tradición oral iberoamericana.



lunes, 16 de octubre de 2017

La manzana, ese fruto mágico


Lo de octubre y las manzanas es una gran historia de amor que comienza con el “Apfelstrudel”. Sin duda es uno de mis postres invernales favoritos. No sé que tiene este típico pastel alemán que me vuelve loco, esa mezcla de hojaldre, manzana asada con un toque de canela y crema de vainilla caliente me derrite las papilas gustativas. Una delicia de la que, si quieren, puedo enviarles la receta ¡facilísima y más que agradecida si organizan alguna cena familiar o con amigos). Lo cierto es que si me pusieran estas tres cosas por separado, creo que rehusaría las tres, pero esta combinación tiene un atractivo especial para mi paladar.


Sin duda, la manzana es una de las frutas más comunes en la Europa de las estaciones (limítense al norte cuando se refieran a nuestras latitudes hispánicas). Con un invierno riguroso y un verano templado, la crianza de este arbolito (género Malus, para “freaks” y botánicos) se hace extensiva. Si a ello añadimos que es muy duradera, este pomo adquiere mucha importancia en nuestras mesas. Además de formar parte de la dieta como integrante de macedonias, asados, ensaladas, es la materia prima para elaborar compotas, aguardientes y sidras (¡Qué rica la del Cortijo de la Mata!). Su dulzor y acidez la hacen buena compañera de otros productos gastronómico y, si recuerdan ese dicho inglés (“One apple a day keeps the doctor away”), la manzana es mejor que buena compañera.


Todo ello nos lleva a que los manzanos y sus frutos tengan mucho protagonismo en nuestra cultura. Por culpa de una manzana dorada que la diosa Eris destinó a la más bella, comenzó la guerra de Troya. Recuerden que el Árbol del Bien y del Mal bíblico se suele representar en la iconografía como un manzano, y que Eva, tentada por la serpiente, instó a Adán a comer de su fruto, y así es como, tras atragantarse con dicho bocado se le dio su nómbre a la glotis masculina en recuerdo de su destierro y eterno pecado. Los manzanos aparecen en muchísimos cuentos, sobre todo en aquellos de la tradición centroeuropea, es por ello que Blancanieves fue envenenada con una manzana por su odiosa madrastra en vez de con una naranja. También adquiere relevancia en otros cuentos recopilados por los Hermanos Grimm como El pozo mágico y La doncella sin manos.


Y así llegamos al libro de hoy, Los tres manzanos de Gerhard Oberländer (Niño Editor), otra historia donde los manzanos tienen mucho que decir... Aunque es de esos álbumes de rígida apariencia (portada negra sobre la que descansan tres manzanas de diferente color) entraña una parábola muy hermosa en la que el tiempo y el azar son dos avatares que van modelando la vida. Aunque el autor se decanta por tres manzanos como protagonistas, bien podrían haber sido tres animales o tres personas. La cuestión es que ambos caminan juntos, los días pasan y cada uno adopta un papel en el huerto que habitan para que, finalmente, sea el rasero del tiempo que, como la mano de un verdugo, no tiembla a la hora de impartir justicia.


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