jueves, 12 de abril de 2018

Pisando charcos agradables



Este año parece que eso de “Abril, aguas mil”, un refrán del que parecía que nos habíamos olvidado, se va a cumplir a la perfección. Excepto en el sureste peninsular, parece que el agua aflora por todos lados. Cunetas, torrentes, manantiales, ramblas y lagunas endorreicas llenas. Entre el deshielo y lo que sigue cayendo, parece ser que al menos, durante este año, no nos faltará agua.
Pero ya saben que nunca llueve a gusto de todos y mientras que unos agradecen sobremanera las abundantes precipitaciones, otros están hasta el fandango de cielos encapotados. Mientras que los agricultores del sur peninsular están dando saltos de alegría (¡Esto era un secarral!), los hosteleros de la cornisa cantábrica están a pique del llanto...


Yo no sé muy bien en qué grupo incluirme, más que nada porque los del sur empezamos a echar de menos el calorcete primaveral, ese al que nos habíamos acostumbrado durante los últimos años. No crean que no estoy contento con este regalo de los hados que tan bien riega nuestros campos, pero no estaría nada mal que, entre chaparrón y chaparrón, pudiéramos echarnos una cañita al sol.
Aunque lo nuestro es quejarnos (ya saben..., llueva o haga frío, viento o calor), hay que ser conscientes de que los días grises y desapacibles nos confinan bajo techo y entre cuatro paredes. Si hablamos de personas caseras, el plan es estupendo, pero si se trata de almas callejeras, la cosa se pone turbia, no sólo por la escasez de colecalciferol o Vitamina D3 (ya saben que necesitamos de los rayos del sol para transformar el colesterol en este producto valiosísimo para nuestra absorción intestinal), sino para la buena marcha de nuestra salud anímica y mental.


Es por ello que, teniendo en cuenta que se avecina todavía más agua, a todos los que como yo sienten verdadera pasión por formar parte del mobiliario urbano, les recomiendo que, además de estoicismo, se aprovisionen de buen humor, o en su defecto lugares alternativos (salas de cine, bibliotecas, teatros o universidades populares) en los que ¿quién sabe? Encuentren alguien que les haga compañía, pues la lluvia, a pesar de sus maldades, también puede ser una excelente alcahueta.


Y si no, fíjense en Adèle, la protagonista de Rosa a pintitas, un libro para lectores sensibles y románticos (¡Por fin! ¡Se agradece algo bonito, ñoño y estereotipado!), ideado por Amèlie Callot y Geneviève Godbout (Me enternece ese toque vintage y atemporal de sus ilustraciones) y editado en castellano por Impedimenta. Sus ánimos quedan bajo mínimos cuando rompe a llover. El agua empieza a caer y todos se quedan en casa, y su negocio, “El delantal a pintitas” pierde afluencia. Se siente triste y sola, sin ganas de hacer nada. Adèle odia los días grises. Pero un día, alguien deja olvidadas unas botas de agua al lado del perchero, al día siguiente, un chubasquero, y otro, un paraguas. ¡Quién se los haya dejado olvidados ya no podrá pisar los charcos! Quizá sería buena idea que Adéle aprendiera a pisarlos y sacar algo bueno de todo esto, ¿no?... Y hasta aquí puedo leer, que lo mejor es el final... Je, je, je
Acostúmbrense a saltar sobre los charcos, a llenarse de barro, y encontrarán que la vida es juguetona como las gotas de lluvia que salpican la primavera...


miércoles, 11 de abril de 2018

Antes de soñar...



Llevo unas semanas durmiendo divinamente y estoy la mar de contento. Probablemente se debe a la llegada de la primavera, la temperatura es mucho más agradable y prescindimos de calefacción y mantas (les confieso que no soy partidario de los pestañazos a cuarenta grados). Resumiendo: que aunque hoy me voy a centrar en cuestiones científicas (e inofensivas) sobre el sueño, les advierto de que, cuando el Román duerme, agárrense los machos.


No sé si sabrán que dormir es una cuestión muy humana, no sólo porque es una de esas cosas que se disfrutan a manos llenas (rebozarse para un lado del colchón, rebozarse hacia el otro, y así algunos llegan las dos de la tarde y necesitan una grúa para elevarse), sino porque el resto de los animales descansan en forma de un estado conocido como vigilia, una especie de sueño alerta, similar al que sufren las mujeres tras el parto o aquellas personas con desórdenes en el ciclo del sueño.
El sueño es un proceso fisiológico complejo en el que intervienen una serie de neuronas específicas situadas en el encéfalo y cuya actividad repercute sobre el resto del organismo, es por ello que cuando tenemos una mala noche (o varias), el organismo se ve afectado en mayor o menor medida.


Aunque en el sueño se pueden definir multitud de etapas, la mayoría se reúnen en dos fases, la fase no REM y la fase REM (Si, como el grupo de música pop de los años 90, que tomaron su nombre de aquí, un acrónimo de “Rapid Eye Movement” o en castellano “movimiento rápido de ojos” ya que los globos oculares se mueven en las órbitas durante el sueño, un signo que pueden apreciar en sus hijos o compañeros de cama si ustedes son insomnes).
En la fase no REM se pueden distinguir varias etapas como la del adormecimiento, en la que los párpados se cierran, se producen sobresaltos y los espasmos mioclónicos (¿No han notado como se les mueve una pierna antes de quedarse fritos...? Pues eso) ya que es una fase inestable, después la del sueño ligero y la del sueño profundo. En todas ellas las ondas cerebrales son lentas y el tono muscular está bajo mínimos. Es una fase de descanso total en la que el organismo se repone de la actividad diaria.


En el otro ala del sueño encontramos la fase REM. También se le conoce como sueño paradójico, ya que, aunque no lo creamos, el cerebro se encuentra casi igual de activo que cuando está despierto. Es una fase de gran actividad donde las ondas cerebrales son rápidas y la actividad muscular es notable (de ahí los tirones nocturnos, las contracciones en los músculos faciales y las mandíbulas apretadas). En esta fase se producen las imágenes más o menos vívidas que conocemos como sueños, producciones arbitrarias, nunca desconocidas, y generalmente ilógicas que emergen de ese estado de excitación cerebral en cuya formación intervienen el hipocampo o el sistema límbico, regiones del encéfalo relacionadas con la creatividad. No olviden que un adulto tiene entre cuatro y siete sueños por noche de los cuales siempre se recuerda el último siempre y cuando despierten en un momento determinado (unos cinco-diez minutos después de tenerlo, aproximadamente). Todos los humanos soñamos excepto aquellos que roncan (el cerebro no hace dos cosas a la vez). Alrededor del 90% de los humanos soñamos en color y los ciegos de nacimiento también sueñan pero de otra forma (para que lo entiendan sería como leer una novela y un álbum sin palabras).


El sueño se puede ver alterado por trastornos fisiológicos, psicológicos o comportamentales. Es por ello que embarazadas, personas con gran actividad intelectual y en fase de crecimiento suelen tener más sueño. Sin embargo el insomnio puede aparecer por otras causas entre las que se cuentan el estrés, el desorden horario, el ejercicio intenso (¿quién dijo que muy cansado se dormía mejor?) la ansiedad, las conductas adictivas, la anorexia o la depresión (Si alguno lo padece, ¡acuda a su unidad de sueño más cercana!.)



Y hablando de sueños hemos llegado a uno de esos álbumes hermosos que tanto me gusta recomendar. Duermevela (no podía tener un nombre mejor) es un libro de Juan Muñoz-Tébar y Ramón Paris (editorial Ekaré) que se zambulle en el universo que antecede al descanso nocturno. Es así como mientras el texto nos acuna suavemente, pasamos las páginas y contemplamos cómo el candil de Elisa se va abriendo camino entre la espesura, no sólo del bosque tropical, sino de la oscuridad que se ciñe sobre los hombres, para encontrarse con un cielo tachonado de estrellas que, a modo de reflejo, la regresa de nuevo a la selva, a sus habitantes. Y así, Estebaldo y ella, caerán rendidos ante Morfeo en el mundo de Duermevela. Y nosotros, con ellos...



martes, 10 de abril de 2018

Olvidando las torrijas a base de fruta



Estoy más que harto de la gente que quiere abandonar el sobrepeso y se agencia toda una serie de vanas excusas... Que si su metabolismo ha cambiado durante los últimos años, que si no tienen tiempo de ir al gimnasio, que si el estrés les ha llevado a estados de ansiedad incorregibles, etc. El cabreo viene porque un servidor no sabe qué creerse, sobre todo cuando vamos a comer por ahí y los ves hinchándose a bebidas azucaradas, bollería procesada y un sinfín de alimentos hipercalóricos, aunque luego, en su hogar, expíen la culpa con queso bajo en sal, leche desnatada sin lactosa y embutidos de pavo.
Sí, amigos, abres los frigoríficos de medio país y, aunque están atestados de toda la gama de productos procesados, escasean potajes, lentejas, fruta y otros mojes. Así concluyo diciendo que no es un problema hormonal o de obesidad (que los hay y muy severos), sino simplemente dietético.


Desde que el mundo de los alimentos industriales llegó a nuestras vidas, los problemas de sobrepeso y otras enfermedades relacionadas con la ingesta de carbohidratos, como la diabetes mellitus, se han incrementado en las sociedades occidentales. No es que el aquí biólogo vaya a decir que estos productos sean venenosos como pregonan muchos gurús apocalípticos, sino que en muchos casos incorporan multitud de sacarosa, aceites saturados y espesantes (almidones de cereales y polisacáridos de algas), un exceso que, acompañado de un defecto proteico, vitamínico y de fibra alimentaria, propicia la acumulación de reservas energéticas en el organismo y nos lleva a pensar que pueblos y ciudades son en realidad granjas de engorde de no-sé-qué raza extraterrestre.


El secreto (no como la dieta del Alfon) parte de una preferencia sobre los productos naturales, ejercicio (no sólo el spinning o las pesas, que parece que las salas de musculación son el súmum del deporte) y hacerse de comer. Dejarse a un lado el filete de añojo y la lechuga y convertir la cocina en un santuario. Que si un guisao bien desgrasado, con sus patatas y sus alcachofas, unas lentejas (viudas, como las de mi madre), unos gazpachos con collejas (y hay que cogerlas), una simple tortilla de patatas (sin plástico que la recubra y con aceite de oliva, of course), ensalada diaria, lácteos nocturnos, un huevo frito por la mañana, agua (que hace la vista clara), vino o cerveza... Y fruta, fruta, mucha fruta. La que gusten. Pera, plátano, manzana, granada, melón, sandía o fresa. También albaricoques, melocotones o paraguayos, mangos, ciruelas o uvas. Y por supuesto, naranja valenciana.


Y con el jugo de la naranja (¿Sabían que si beben el zumo sin pulpa se ralentiza la digestión de la fructosa?), nuestro hesperidio (nombre científico que recibe este fruto) favorito, llegamos a un libro delicioso que, aunque venga de otras latitudes más frías, se impregna de nuestro sol mediterráneo y llena los bosques de abetos con el olor del azahar. Con sólo una naranja, El huevo del sol de Elsa Beskow (editorial ING), una de las damas de la ilustración y LIJ sueca, nos narra un cuento ya clásico (fue publicado por primera vez en 1932 y todavía sigue vigente... imaginen lo mucho que cala en los pequeños lectores...) que entre hadas, duendes y animales de los bosques boreales, del amor que los pueblos nórdicos profesan a nuestra tierra, sus frutos y el sol que nos baña. Una declaración de intenciones que toma forma gracias a un descuido y una visión infantil que se desborda en cada una de las bellas imágenes que configuran un álbum obligado en cualquier biblioteca.


lunes, 9 de abril de 2018

Libros para abrir, cerrar, mirar y remirar


Pese a que muchos exhiben una reticencia manifiesta (y justificada a veces) sobre ciertas redes sociales en las que prima la cultura audiovisual, léanse YouTube o Instagram, un servidor quiere romper una lanza por estas plataformas que tanto nos han ayudado a la hora de recomendar ciertos libros, sobre todo aquellos que debido a su misma concepción, necesitamos verlos en acción para comprender totalmente su contenido.



Esto es algo de lo que me di cuenta la primera vez que me topé con los Cuentos infinitos de Ediciones Tralarí, unos objetos que, debido a su naturaleza, necesitan ser vistos para calar entre los mediadores de lectura y promuevan su utilización en los diferentes ámbitos donde desarrollen sus actividades. Algo similar sucedería con los libros móviles o pop-up y la llamada literatura infantil digital, ya que si no observamos su funcionamiento, las diferentes capas de interacción (no sólo cognitiva, sino también manipulativa), nos pueden parecer producciones ilegibles o carentes de sentido (sin fuste, como diríamos por estos lares).
Lo afirmo con rotundidad, más todavía desde que una amiga me comentó que había comprado para la biblioteca en la que trabaja El libro que hace clap de Madalena Matoso (editorial Fulgencio Pimentel) por considerarlo una virguería gráfica. Yo, que hilo fino, le dije con chiste “¿Pero sabes cómo funciona?” Ella un tanto perpleja me confesó que no sabía a qué me refería. Me saqué el móvil de la manga, abrí el Instagram de los monstruos y le mostré el vídeo con el que di vida a este título unos meses atrás. Ella, boquiabierta, exclamó una primera y larga vocal y añadió “¡Ya decía yooo...!”



Sucede lo mismo con aquellos libros como el de hoy, que si no lo abres, si no lo manipulas y te detienes en los detalles, seguramente pasará desapercibido entre la ingente cantidad de álbumes que se apilan en las secciones de novedades de las librerías. Como ya sucedió con ¡De aquí no pasa nadie! otro titulo ilustrado de Bernardo Carvalho que editara Takatuka hace un año y que muchos consideramos como redondo, La pelota amarilla (esta vez con Daniel Fehr a los textos y con la misma editorial de cabecera) juega de nuevo con el límite entre las páginas derecha e izquierda de cada doble página, un espacio normalmente carente de sentido (incluso muchos lo abominan por dividir preciosas ilustraciones), para darle un vis diferente a un partido de tenis en el que la pelota es el hilo conductor de un álbum donde el espacio real del objeto libro resulta ser el protagonista indiscutible por desbordar sus fronteras en nuestra imaginación.



Si a ello añadimos que la acción incluye toda una serie de propuestas de búsqueda, deportivas y/o sinsentido (hay escenas que me resultan canallas y muy graciosas), este libro publicado por primera vez por Planeta Tangerina (les recomiendo 100% su colección "Round Corners" o "Esquinas redondeadas"), da mucho de sí entre pequeños lectores y no tan pequeños. Así que, ya saben, los libros hay que voltearlos, abrirlos, marearlos, y también, leerlos.


viernes, 6 de abril de 2018

Deslenguado



Esta pascua ha dado para todo... Elefantes en mitad de la autovía y animalistas clamando el fin de todo los circos con animales (menos del suyo, claro), suegra y nuera sacándose los ojos (¡como si fuera novedad!), políticos esgrimiendo honestidad en defensa de la titulitis patria (me descojono... si yo hablara de la casta universitariaaa)... Menos mal que se acerca el fin de semana y podremos darle un descanso a la sin hueso, que entre la Massiel y un servidor no vamos a dejar títere con cabeza. Viejos o jóvenes, ¿qué más da? Me encantan los deslenguados. Todo sea porque algunos les dé un paro cardíaco a base de palabras, el mejor de los venenos contra la estupidez humana.

La lengua vive en la boca
como una almeja en su concha.

Si algo cae entre sus labios,
lo pule y lo saborea

como si fuera una idea
nacida de siete sabios.

Aunque sea una basura
que le ha herido el paladar,

la envuelve y no se apresura,
pues la paciencia es su cura
y su modo de sanar.

La entibia entre su saliva
-porque una idea está viva-;

le da tiempo, le da oriente
y un reflejo del poniente
con su tenue quemadura.

Pero no nos deja verla
hasta que está bien madura:
así de hermosa es su perla.

La lengua vive en la boca
como la almeja en su concha.

Esto es lo que ha hecho la lengua
tras los labios cerrados:

Una luna que no mengua
en la noche de la boca...

Tras los labios apretados,
una luna eterna, loca...

¿Por qué dicen que es de sabios
tener cerrados los labios?

¡Que los abra! ¡Que los abra!
Que le dé luz a su perla
para verla.

Que los abra
y dé luz a su palabra...

Francisco Segovia.
La lengua vive en la boca.
En: Hago de voz un cuerpo.
Selección de María Baranda.
Ilustraciones de Gabriel Pacheco.
2007. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.



miércoles, 4 de abril de 2018

Un tratado sobre gatos sin gatos



Aprovechando la re-edición en castellano de Mi gato, el más bestia del mundo (o Mi gatito es el más bestia, como lo conocíamos antes por aquí) por parte de la editorial argentina Calibroscopio, creo que es un buen momento para elaborar un pequeño análisis de este libro del genio francés del álbum llamado Gilles Bachelet.


Sin duda este es el mejor libro sobre gatos que conozco, sobre todo porque un servidor siente verdadera animadversión por estos felinos y casualmente en él, no está protagonizado por ningún gato, sino por un elefante. Empezamos bien porque desde el momento cero (véase la portada) el autor utiliza la disyunción como una estrategia narrativa en la que el lector-espectador lee y observa cosas diferentes a lo largo de sus páginas, lo que aúpa lo paródico-irónico de este libro, que despertando el humor, afianza esta doble lectura.


Si además de estos tenemos en cuenta lo que aconteció cuando un amigo mío, gran amante de los gatos, le echó una ojeada a este libro por primera vez y me lo definió como un verdadero tratado sobre el comportamiento gatuno ya que en él se recogen gran cantidad de situaciones cotidianas que pueden observarse en los gatos doméstico, la cosa es para tirar fuegos artificiales.


Apuntar también al hecho de que este título podría encuadrarse (por hacer un símil con el mundo del espectáculo) en la comedia de situación ya que está vertebrado sobre “sketches”, una figura muy utilizada por este autor en otros títulos como Los cuentos entre bambalinas, y que en esta ocasión toma como unidad espacio-temporal la página sencilla como en La esposa del Conejo Blanco o El caballero impetuoso.


Ahondando un poco más en las escenas de este libro, encontramos toda una suerte de referencias, de detalles, que enriquecen la lectura gráfica de forma pasmosa. De entre todas ellas, sin menospreciar las restantes y para que se sumerjan desde su propia perspectiva en este álbum sensacional, sólo destripo tres...


En primer lugar me encanta la escena en la que aparece el esqueleto del elefante con un prominente gazapo: la fila de huesos que vertebra la trompa del elefante. El autor se concede el lujo de jugar con la naturaleza, incorporar a su antojo lo fantástico, dar vida a lo irreal y dialogar con el pequeño lector sobre lo imposible. (NOTA: Bachelet nos hubiera hecho un favor a los de ciencias incluyendo la osamenta de otros apéndices, por ejemplo los sexuales, pero eso quizá hubiese sido muy bizarro aunque bastante pedagógico, se lo digo yo que más de una vez le tengo que explicar a los adolescentes lo que es el báculo o hueso peneano).



Enlazando con este esqueleto imaginado y continuando con la escena de la página siguiente, vemos como Bachelet, por si el lector no se ha dado cuenta del gazapo, se lo explica utilizando el contenido de una carta ficticia que envía al responsable del Museo de Ciencias Naturales en la que apunta a que, respetando su criterio, no puede modificar la anterior ilustración ya que para ello necesitaría radiografíar al animal, un prueba muy costosa. Si a todo ello vemos las pisadas del “gato” sobre el escritorio y una ilustración donde el protagonista sigue haciendo de las suyas tenemos múltiples niveles narrativos en la misma escena (¡Y olé!).



Por último elijo la escena en la que se observan todas las obras que el artista ha pintado tomando como modelo a su querido gato. Aunque es un claro tributo a muchos de los artistas que Bachelet admira, también constituye una sala de museo en la que el espectador puede identificar numerosas obras del arte universal y conocerlas desde otra perspectiva (NOTA: Este es un recurso muy utilizado por muchísimos ilustradores y cuyo ejemplo más conocido es Willy el soñador de Anthony Browne). Si quieren saber cuáles son estas obras, o son aficionados al arte, juegan a identificarlas y no lo consiguen, sólo tienen que acercarse al Instagram de los monstruos y disfrutar de estos paralelismos/coincidencias entre ilustración y arte mayúsculo.
Y sin más, les dejo hasta otra, en la que prometo no hablar de gatos.



lunes, 2 de abril de 2018

Siete razones para que los adultos lean libros infantiles / 7 Reasons Why Adults Read Children's Books




No pocas veces me pregunto porqué leo libros infantiles, qué razones me llevan a ser un monstruo..., pero siempre dejo que el aire meza unas respuestas que pueden parecer inverosímiles, estúpidas o insustanciales... ¡Peeero! en este lunes de pascua he decidido darles forma para celebrar el Día del Libro Infantil y Juvenil con ustedes. ¡Compártanlas o añadan las suyas, que todas valen!
Why do I read Children's Books? What are the reasons to be a wild reader...? I always let the answers in the air because some of them could seem unlikely, stupid or unsubstantial, but today I have decided to share them to celebrate the International Children's Book Day!


La primera razón por la que me gustan los libros infantiles es porque nunca he tenido muchos. Sí, como lo oyen, nunca fui un niño que tuviera libros en exceso, más que nada porque, como bien he dicho en otras ocasiones, mis padres adolecían de la ¿manía, vicio o afición? de amontonarlos sobre las estanterías y prefirieron que sus hijos respiraran oxígeno en vez de polvo. Eso sí, nos paseaban de biblioteca en biblioteca para que nos acostumbráramos a ellos. Y como parece ser que eso de no tener una biblioteca infantil personal me tiene traumatizado, lo estoy supliendo con creces.
The first reason I like Children's Books is because I have never had many of them. My parents had a terrible vice or hobby? to pile books on the shelves, so finally they preferred that their children breathe oxygen instead of dust. Of course, we visited a lot of libraries (another great vice!) but it seems that I am traumatized for not having my own library. Don't worry! Today I am supplying that lack of children's books with a huge personal library.



La segunda es la curiosidad. Yo leí a muchos de mis, todavía, autores infantiles favoritos durante la infancia. Richard Scarry, Arnold Lobel, Solotareff, Luis de Horna, Ulises Wensell, Asun Balzola, Quentin Blake, Satoshi Kitamura o los Provensen en el álbum, Ende, Dahl, Barrie, Lagërloff o Defoe en la narrativa, o Uderzo y Goscinny, Derib y Job, Herge, o Letùrgie y Fauche en el cómic. Pero cuanto más autores conozco, más crece en mí esa sensación de que me muchos se quedaron en el olvido. Hay tantas cosas por descubrir en el universo de la LIJ que todavía hoy sigo abriéndome paso en la espesura de este bosque apasionante.
The second is curiosity. I read many of my still favourite authors during childhood. Richard Scarry, Arnold Lobel, Gregorie Solotareff, Luis de Horna, Ulises Wensell, Asun Balzola, Quentin Blake, Satoshi Kitamura or the Provensen (picture books), Ende, Dahl, Barrie, Lagërloff or Defoe (novels) or Uderzo and Goscinny, Derib and Job, Hergé, Letùrgie and Fauche (comic). But the more authors I know, the more I need to know. There are many things to discover in the universe of Children's Lit and I am trying to make the most of it nowadays.


La tercera razón tiene que ver con lo formativo. Todos los adultos que convivimos con niños y jóvenes, nos vemos inmersos, por ósmosis, compromiso u obligación, en el mundo de la literatura infantil y juvenil. Tenemos que saber sus preferencias, ofrecer sugerencias y alternativas de lectura, abrir nuevos caminos y bifurcarlos, unas tareas que desde el desconocimiento son harto difíciles. Padres, docentes, bibliotecarios, narradores o mediadores somos personas adultas que por nuestra dedicación vamos ampliando un mundo que conocimos hace años, porque nosotros también fuimos niños. Es por ello que, cuando empezamos a tirar del hilo, cuanto más nos sumergimos en ese océano de los libros infantiles, alimentamos ese monstruo que todavía mora en nosotros pero desde una perspectiva cooperativa y solidaria hacia otros recién llegados.
The third reason is related with the formative way. Adults who live or work with children and young people, have to dive (by osmosis, commitment or obligation) into Children's Literature world. We have to know their preferences, offer reading suggestions and alternatives, open new paths for them. Parents, teachers, librarians, narrators or reading mediators are adults who, due to our dedication, need to expand a world that we have known for years, because we were also children. That is why we feed those wild readers that still live in us but from a cooperative and solidary perspective towards other newcomers.


La cuarta razón de mi afición por la literatura infantil, más concretamente por el álbum, deriva de otra de mis aficiones, el dibujo y la pintura. Siempre he dibujado, tengo buena mano según muchos, y hago mis cosillas sin bombos ni fuegos de artificio. También he visitado muchas de las grandes pinacotecas europeas, entre las que destaco, sin duda alguna, el Museo del Prado, mi balneario particular durante muchos de los domingos universitarios (Seguramente soy de los que más visitas guiadas de extranjis ha hecho, ¡pido perdón a todos los guías!). Mi admiración por la belleza, la composición, los detalles, los repetidos motivos, las gamas cromáticas y la historia de las grandes obras de arte son otras razones que me traen una y otra vez a la literatura infantil, ya que los mundos del álbum y el arte pictórico tienen muchas cosas en común y comparten multitud de sinergias, donde la imagen lo dice todo desde un lenguaje no verbal.
The fourth reason why I like picture books, derives from drawing and painting, another of my hobbies. I have always drawn and painted. I love fine arts. I have also visited many of the great European art galleries, among which I highlight the Museo del Prado, my private spa during many Sundays as an university student. I admire beauty, composition, details, repeated motifs, chromatism and history of the great works of Art. These are other reasons that bring me every now and again to picture books, because these two worlds have many things in common and share a principle: the image as a non-verbal language.


La quinta es la animadversión hacia el mundo adulto. Sólo tienen que leerme para saber que abomino de casi todos los inventos del ecosistema adulto. De la política y sus embustes, de los ismos, de las convenciones sociales, de la codicia y la envidia, del utilitarismo, de los prejuicios y etiquetas, de la hipocresía y la demagogia, de unos venenos que yo, en calidad de adulto, también fomento. Por todo esto leo libros infantiles, para expiar una especie de culpa que, por un instante, olvido en pro de un sentimiento profundo. Y en ese lugar, un remanso de obviedad, de libertad, de subversión, puedo rebelarme ante el día a día, ante una supervivencia que entiende más de estrategias que de deseos.
The fifth is I dislike the adult world. I abhor all adult world inventions. Politics, its lies, isms, social conventions, greed and jealousy, utilitarianism, prejudices and labels, hypocrisy and demagogy, all these poisons that I, as an adult, also promotion. I read Kids Lit because of that, to atone for a kind of guilt that, for a instant, I forget in favor of a deep feeling. And in that haven of obviousness, freedom or subversion, I can rebel against these days when I survive with strategies instead of desires.


El sexto de mis motivos es el regreso a Nunca Jamás, a la infancia perdida. El mundo nos anima y aboca a la inocencia y la sinceridad infantil una y otra vez, pero no deja de ser una mera declaración de intenciones ya que nunca decimos “Sigue aquí, quédate y no crezcas”. Los ignoramos, empujamos a los niños y jóvenes a ese voraz universo de la realidad, a que abandonen la fantasía casi por completo. Veo como mis alumnos crecen y se transforman en personas mayores, se contaminan y van perdiendo ese brillo en los ojos que, aunque necesario, es ligeramente triste. Por ello debemos leer LIJ, para volver a la infancia, recordar momentos felices, visitar nuestra patria compartida: la fantasía.
The sixth of my reasons is returning to Neverland, the lost childhood. We usually aim to feed us with the childhood innocence and sincerity, but we never say "Stay here, stay and do not grow up". We ignore children and young people, we push them into our universe of reality and we try they finally abandon the fantastic world. I see how my students grow, how they become contaminated, how they lose the brightness in their eyes. Of course it's necessary but slightly sad. That's the reason why we must read Kids' Lit, to return to childhood, remember happy moments, visit our shared homeland: Fantasy.


La última de mis razones es la pasión. Cuando algo te gusta intensamente lo haces por inercia. Me paso el día entre libros, librerías, bibliotecas, revistas especializadas, artículos académicos, blogs y otros emplazamientos donde los libros infantiles son los protagonistas. Cavilo en la piscina sobre mis álbumes favoritos, elijo los libros de los que hablaré mientras paseo, anoto en el calendario las citas importantes sobre libros, apunto ideas curiosas sobre las que profundizar, charlo con mis alumnos de lo que les gusta. Leo y releo. Y no me canso. Lo veo natural. Los libros para críos y no tan críos han pasado a formar parte de mi vida, de mis amigos y mi familia (a los que doy mucho la lata, la verdad). Creo que, sencillamente, soy un lector de LIJ innato.
Sí, soy adulto y leo libros infantiles.
The last of my reasons is passion. When you love something, you do it by inertia. I spend all day among books, bookstores, libraries, magazines, academic articles, blogs and other places where Children's Books live. I think about my favorite picture books when I swim, I choose the books that I would like to talk about while I walk, I sign important dates about books on the calendar, I point out curious ideas related with picture books, I chat with my students about what books they like. I read and re-read. And I do not get tired. I see it natural. Children's Books have become part of my life, my friends and my family. I think that I am an innate Kids' Lit reader.
Yes, I am an adult and I read Children's Books.


jueves, 29 de marzo de 2018

¿Pasión o folclore?



Hoy empezamos con la pasión. Aunque algunos dicen que es la de Cristo, yo me atrevo a afirmar que también es la de las corbatas y los trajes de chaqueta, de las mantillas y las peinetas, la de las torrijas y los buñuelos. De las cañas al mediodía, del vino blanco, también del tinto, el bacalao rebozao y cuatro croquetas. La del potaje, los garbanzos, los costaleros y las cornetas. Es la pasión, que se note manque pierda...


Y así, todos enfervorizados. La primera, la cuatro y la sexta. La una con el Cristo de los gitanos, la otra con la Macarena, y la de más allá con la Cristo de los legionarios. Que si el fervor de la ministra, que bien canta el himno, que cómo se nota. Y mientras tanto, un chorro de apóstatas y republicanos también se apuntan a la fiesta ataviados de capuz, túnica y escapulario, que a pesar de anticlericales, no faltan al guateque como anónimos mercenarios. No se fíen de las apariencias, ni de las que se estilan en las capillas, ni de las de los centros okupados, que la fe va con todos, Dios mediante.


Si a todo ello le añadimos lo muchos que se despachan algunos en las redes sociales con todo tipo de consignas y vendavales (¿desde donde dice usted que soplan esos aires...?), la polémica está servida. ¡¿Qué más dan saetas, procesiones o banderas a media asta si lo que nos gusta es el folclore, los dimes y diretes, la España de las mil facetas?!


Así que, para cerrar esta semana pasional (y breve, ya saben que disfruto de mis vacaciones) no podía dejar pasar La entrada de Cristo en Bruselas, un libro de Andrea Antinori (Libros del Zorro Rojo) que, tomando como excusa la obra homónima de James Ensor (1889), uno de los precursores del expresionismo, se interna en un desfile disparatado de personajes que dan la bienvenida al redentor a esta ciudad. Una procesión en toda regla que, de forma surrealista, estrambótica, crítica y muy colorida, acerca al lector a las celebraciones culturales que en torno a la vida y pasión del Cristo se llevan a cabo en media Europa durante estos días.


James Ensor

Haciendo alusión a la entrada de Cristo en Jerusalén que el pintor belga descontextualizó temporal (pleno siglo XIX) y espacialmente (Ensor prefirió alejarse de Oriente próximo), Antinori explora toda una suerte de personajes (incluidos la muerte y "El hijo del hombre" de Magritte) que, de forma peculiar, deciden hacer el más disparatado recibimiento al mayor icono del cristianismo, lo que desemboca en una mordaz sátira en la que parodia y sinsentido son las claves para poner en tela de juicio la importancia de la religión en nuestras vidas.
Es por ello que después de echarle un ojo a este honesto álbum les animo a responder la siguiente pregunta: ¿Acaso religión es sinónimo de postureo? Piénsenlo en estos días de pasión, sea esta del origen que sea.



viernes, 23 de marzo de 2018

Hablando de LIJ con... Pep Bruno



Ilustración de Adolfo Serra

Román Belmonte (R.B.): Mis monstruos están muy contentos de tenerte aquí, más que nada porque es la primera vez que nos visita un narrador oral. Me creo en el deber de preguntarte, ¿qué te llevo a esta profesión tan sacrificada?
Pep Bruno (P.B.): Cuando uno conversa con colegas de oficio se da cuenta de que cada uno, cada una, llegó por un camino propio a la profesión. Contar cuentos es algo que todo el mundo puede (y debería) hacer, pero vivir de ello es algo más complicado: uno tiene la sospecha de que son los cuentos quienes deciden en qué garganta se acomodan para ser contados.
En mi caso hubo varios motivos que se juntaron y acabaron empujándome a la escena y la palabra dicha, pero fundamentalmente dos: el gusto por las historias (por leerlas, por escribirlas, por escucharlas, por contarlas) y vivir en Guadalajara, una ciudad de cuento donde la narración oral es muy reconocida y disfruta de gran predicamento.
En cuanto a si es una profesión “tan sacrificada”, sí, es verdad que tenemos que viajar mucho, es verdad que andas todo el día buscando nuevos cuentos para contar, es verdad que eres tu propio administrativo, secretario, gestor, es verdad que cada día con un público nuevo es como si tuvieras que volver a pasar un examen final… pero también es verdad que este es un oficio con muchas gratificaciones que compensan (desde mi punto de vista, con creces) los momentos más duros.
R.B.: Con tantos países, festivales, bibliotecas y centros de enseñanza a tus espaldas, ¿qué consejos darías a los recientemente iniciados en este arte de la transmisión oral?
P.B.: Hay muchas elementos que entran en juego a la hora de contar cuentos para un público, pero quizás haya uno que resulte fundamental: la honestidad. Contar desde la verdad que uno es, articular la historia desde la propia voz, ser consciente de dónde se está. Ser honesto a la hora de contar historias es tener mucho camino recorrido ya de partida.


R.B.: Su/s antología/s de cuentos favorita/s es/son...
P.B.: Hay muchas, claro, te cito algunas, las que primero me vienen a la cabeza ahora: los Cuentos al amor de la lumbre, selección y revisión de Antonio Rodríguez Almodóvar, en Anaya; El círculo de los mentirosos, selección de Jean Claude Carrière, en Lumen; Los cuentos de Ahigal, recogidos por José María Domínguez, en Palabras del Candil; los Cuentos populares albaneses, seleccionados y traducidos por Ramón Sánchez Lizarralde, en Miraguano; los Cuentos de la madre Muerte, seleccionados por Ana Cristina Herreros, en Siruela (bueno, en realidad la colección completa de Cuentos Populares de Siruela es una joya); Cuentos de los hermanos Grimm para toda las edades, adaptados por Philip Pullman, en B de Block; de verdad que podría seguir un rato largo. Y estos son sólo los cuentos de tradición oral. Si entramos en las colecciones de cuentos de autor también tengo para un rato largo.
R.B.: ¿Tienes algún cuento favorito o uno que cuentes mucho? ¿Por qué?
P.B.: Más que un cuento favorito tengo muchos cuentos favoritos y, sobre todo, tengo algunos cuentos favoritos ahora. Es decir, hay temporadas que parece que sólo quisieras contar unos cuentos y dejar descansar otros. Ahora mismo ando muy feliz con una selección de cuentos del Decamerón que cuento en “Viejos cuentos de nuevo” y algunos cuentos populares que he empezado a contar a niños y niñas de primaria como “Los tres pelos del Diablo”. Pero insisto, es como una relación amorosa, ahora estamos muy felices juntos pero puede que la llama de la pasión se agote y que luego, más adelante, vuelva a brillar intensamente. Aun así sí es verdad que tengo algunos cuentos con los que, más que una relación pasional, tengo una convivencia apacible como de matrimonio de años, cuentos que bien puedo haber contado más de mil quinientas veces; entre estos hay alguno que me acompaña desde el primer día que conté.



R.B.: Tradicionalmente, las historias, los cuentos, han sido transmitidos por personas cualesquiera que sólo utilizaban la palabra para que el mensaje llegara a los demás, ¿no crees que en ocasiones muchos narradores orales abusan de la teatralidad?
P.B.: En estos casi 25 años de oficio, en festivales de aquí y de allá, en escenarios como el Maratón de los Cuentos de Guadalajara… he visto y escuchado a muchos colegas de oficio, narradores y narradoras que contaban de maneras muy diversas: con mucha teatralidad y sin nada de ella; ceñidos al texto o volando con él; utilizando vestuario, objetos, libros, música… o nada de todo esto; contando solos o en grupo; poniendo voces muy diversas o utilizando un único registro… Es decir, hay mucha variedad y, con el paso de los años, aunque tengo bastante claro qué tipo de cuentista y qué estilo de contar me enamora más, también valoro a quien es capaz de engañarme desde su propia propuesta, de hacerme disfrutar de una historia incluso cuando la cuenta de la manera más opuesta a como lo haría yo. Porque en realidad se trata de eso: de quedar atrapado en la historia, de que me crea lo que escucho, de que, utilice los recursos que utilice, todo sea a favor de la historia (y no hay elementos artificiosos o forzados que me hagan salir de la historia).
R.B.: En este lugar de monstruos es inevitable hablar de didactismo... ¿Prefieres que los cuentos enseñen o entretengan?
P.B.: Los cuentos tienen, entre otros muchos valores (o funciones, o razones de ser), el de educar deleitando. El cuento siempre tiene una idea del mundo, siempre presenta una escala de valores, y al mismo tiempo siempre tiene una historia que te atrapa, te encandila, te entretiene. El equilibro entre estos dos aspectos es fundamental: si se cargan las tintas en uno de ellos podemos pasar del cuento a la perorata o del cuento al chiste.
En cuanto al entretenimiento te diré que, desde mi punto de vista, lo importante es que el cuento sea una buena historia, que te atrape desde el principio, que te enamoren sus personajes, que su ritmo no te deje escapar, que resulte coherente y verosímil, que esté bien resuelta… y todo esto ya lleva implícita su manera de ver el mundo, de pensarlo, de pensarnos.
Y en cuanto al didactismo yo lo resumiría de una manera muy sencilla: me gustan los cuentos que me generan preguntas mucho más que los que me dan respuestas.


Ilustración de Cecilia Moreno

R.B.: Si no me equivoco, en tu repertorio cuentas con sesiones para un público adulto y otras para otro más infantil. ¿Por qué esta diferenciación? ¿Acaso la narración oral no era para todos los públicos en sus inicios?
P.B.: Los cuentos son para todas las edades, de eso no hay duda, pero al separar repertorios para públicos más homogéneos tienes posibilidad de mejorar la selección de cuentos y la propuesta narrativa. De esta manera puedo elegir cuentos cercanos a los centros de interés y a la capacidad de escucha del público. Un ejemplo muy sencillo: un niño de 2 años puede escuchar entre 15 y 30 minutos y un adulto puede escuchar una hora y media sin problema, eso ya te permite que puedas contar cuentos largos (de una hora, por ejemplo) si el público es joven o adulto, pero podría ser un desastre si contara un cuento de una hora a un público de dos años. Esto es un caso extremo, pero, por ejemplo, yo diferencio entre los cuentos que cuento para 2º de ESO y los que cuento para 3º de ESO, o los que cuento para 3 años y los que cuento para 4. Con los años he ido aprendiendo y conociendo a los distintos públicos y eso me permite afinar en el repertorio elegido para contar.
Esto no significa que yo vaya buscando cuentos para tal o cual edad: yo busco buenos cuentos para contar y luego, una vez preparados, los cuento al público al que, creo, puede interesar más. A veces tengo cuentos que cuento a todas las edades, a veces sólo a un tramo, a veces sólo a uno o dos años… voy probando, voy afinando, voy aprendiendo.
También es un error generalizar: los centros de interés no vienen sólo determinados por la edad, o a veces en una una misma edad hay una horquilla muy amplia de centros de interés (por ejemplo, pueden variar mucho y ser muy distintos entre un niño y una niña de 13 años), igual que hay centros de interés propios de cada chaval. Todo esto te orienta y te ayuda para ir contando y ajustando cuentos y público.
Y todo lo dicho no excluye que haya funciones familiares (o funciones con públicos de edades muy diversas) con cuentos muy variados que interesan a todo el público (adulto e infantil), funciones en las que también cuentas con textos que manejan distintos planos de interpretación y en los que puede ocurrir que en un momento se rían los niños, en otro momento los adultos, en otro momento todos.


R.B.: En muchas ocasiones y desde diferentes plataformas se ha hablado de la censura sobre a Literatura Infantil y Juvenil, es por ello que me creo en el deber de preguntarte, ¿crees que es más difícil la censura en la parcela de la narración oral al ser un medio más inmediato o hay otros mecanismos para evitar la escucha aparte de tapar las orejas de los oyentes?
P.B.: A veces pienso que uno de los motivos por los que la narración oral sigue siendo una propuesta artística no muy difundida, no muy conocida, es porque no tenemos guion. Me explico. Tú programas un monólogo teatral y sabes qué va a contar ese actor, esa actriz, pero tú llevas a un narrador y él te puede decir qué cuentos contará (y muchas veces sólo más o menos) pero no qué dirá: porque el narrador elabora el discurso en el momento, y ese cuento no se sostiene en un monólogo, se sostiene en un diálogo continuo con el público en el que el contexto juega también un papel muy importante, así, puede ocurrir que una noticia que acabe de conocerse de pronto aparezca en el espectáculo, igual que cualquier cosa que ocurra durante la función (un móvil que suena, una puerta que se abre inesperadamente, alguien que se ríe escandalosamente…) también puede ser incorporada. Y esta incertidumbre, en muchos casos, no gusta a quienes programan o a quienes mandan.
Por lo tanto sí, es más difícil censurar a un narrador, a una narradora, especialmente una vez que está contando frente al público, aunque sí puede haber una censura posterior (conozco casos de narradores vetados que no han vuelto a contar a algún lugar).
De todas maneras hay dos cosas importantes que se deben señalar aquí: por un lado la gente va a escuchar historias, no arengas, por lo tanto puede haber algunas referencias al contexto, a lo que sucede (y nos sucede) en el día a día, pero la gente quiere historias, buenas historias, que sucedan en espacios de ficción, que les hagan pasar un buen rato y que les nutran, y no pegotes (didácticos, críticos, soflamáticos…) metidos con calzador aquí y allá entorpeciendo una buena historia.
Y la segunda cosa es que habría que diferenciar en cuanto a una censura vertical, aplicada desde arriba, de la que actualmente se dan pocos casos (al menos, que yo sepa, en nuestro oficio), y una censura horizontal, cada vez más presente en nuestra sociedad, que incluso llega a convertirse en una propia autocensura (a la hora de elegir cuentos, de contarlos, etc.). En ambos casos creo que una de las funciones del profesional de la narración oral es la de tener una mirada reflexiva, la de ser voz crítica, y por lo tanto la de ser en (y promover) espacios de absoluta libertad.



R.B.: ¿Alguna vez has sentido la censura en tus propias carnes? ¿Nos podrías contar alguna anécdota censora?
P.B.: No, al menos que yo recuerde ahora. Lo más parecido fue una queja que una persona registró en un ayuntamiento tras haberme escuchado contar. Desde el ayuntamiento me pidieron que contestara a la queja y que argumentara mi respuesta. Una vez entregado mi escrito se desestimó la queja. Con posterioridad he vuelto a trabajar en varias ocasiones en ese municipio.
R.B.: Cambiando de tercio, nos toca hablar de libros y lectura... ¿Se puede realmente transcribir la tradición oral? ¿Le hacen justicia los libros a los cuentos?
P.B.: Es un tema apasionante. La transcripción literal puede resultar un completo desastre: textos feos de leer que, además, apenas son una parte de lo contado (pues faltan referencias a elementos como la prosodia, los gestos, el contexto, la respiración del público…), por lo tanto suele ser conveniente trabajar un poco con ellos, pero también es fácil que ocurra que en el proceso de reescritura estos cuentos recogidos del ámbito de la oralidad puedan perder mucho de su valor.
Son lenguajes distintos el oral y el escrito, y para pasar de uno a otro hemos de hacer una especie de traducción (en un sentido o en otro). Los buenos “traductores” consiguen que haya cuentos literarios que se disfrutan contados (y escuchados) y cuentos orales que se disfrutan leídos. Y para eso, como para todo en esta vida, hay que saber. Para mí un ejemplo clarísimo es la colección de Los cuentos de Ahigal, una verdadera joya en la que los textos orales mantienen mucha de su frescura a pesar de haber sido pasados al lenguaje escrito.


Ilustración de Alberto Gamón

R.B.: Aparte de constituir una patria compartida de la imaginación, ¿qué tiene la narración oral que no tiene la lectura y viceversa?
P.B.: Quizás la diferencia fundamental es que la lectura suele ser un acto solitario (salvo algunas excepciones) y la narración oral siempre tiene que ser un acto compartido. Por lo tanto en la narración oral siempre hay otro, otra, siempre hay alguien que te mira y que está contigo viajando a lomos de esa historia que cuentas.
R.B.: En la última década las editoriales del gremio apostaron por el trabajo de los narradores orales a la hora de la producción escrita, ¿a qué crees que se debió esta sinergia entre cuentacuentos y libros infantiles?
P.B.: A mí me gusta pensar que, en general, los cuentistas conocemos bien el cuento y es para nosotros algo habitual contar historias con estructuras (orales) que llevan funcionan siglos. Por lo tanto, a la hora de escribir historias, manejamos (de manera natural) unos recursos que nos facilitan mucho la tarea. Por esta misma razón también ocurre que muchos de los cuentos que escribimos resultan sencillos de contar o de leer en voz alta (en mi caso hay ejemplos muy evidentes, como La cabra boba o La noche de los cambios), y eso siempre resulta atractivo para editoriales que quieren llegar a profesorado, bibliotecarias, familias… con ganas de leer y contar historias.
Por otro lado hay compañeros que dicen que escriben los cuentos que no encuentran para contar (y que les apetecería contar), y si los textos resultan de interés para una editorial ¿qué más da que el autor sea cuentista o no?, si es un buen cuento, adelante, se publica.


R.B.: Pisa algún charco, hombre: ¿Qué opinas del negocio de la LIJ?
P.B.: El libro (ya sea LIJ o no) se mueve entre dos ámbitos muy diferenciados, el de la cultura y el del mercado. Lo deseable sería que hubiera un equilibrio entre esos dos territorios, porque que los libros sean un “producto” rentable para el mercado permite que se escriban y publiquen nuevos títulos, y eso, evidentemente, es bueno para la cultura. Pero esto no ha de hacernos olvidar que el objetivo ha de ser contar con buenos libros, y para eso es fundamental que las editoriales estén dirigidas por editores (con criterios de cultura), no por comerciales (con criterios de mercado). Es decir, creo que lo que nos tiene que preocupar, fundamentalmente, es que se publiquen libros de calidad, libros nutricios, libros que nos permitan cultivar el pensamiento crítico y la reflexión, libros que nos golpeen, libros que no nos dejen indiferentes, libros escritos dando por hecho que somos lectores y lectoras inteligentes. Y eso, ya sea en el ámbito de la LIJ, ya sea en otros ámbitos de la edición, no siempre ocurre.
R.B.: Parece ser que últimamente los medios orales como la radio están de capa caída y el público prefiere medios donde la comunicación se complemente con lenguajes visuales. Es hora de preguntarle ¿El romanticismo de la narración oral o lo integral de la era digital?
P.B.: Pues no sé qué decirte: no sólo pienso que la radio goza de muy buena salud, sino que creo que está habiendo un auge del podcast y de los audiolibros, por ponerte un par de ejemplos orales. Igual que pienso que esto va a más. Y eso no quita que no sea verdad que hay también mucha pantalla y medios audiovisuales.
De todas maneras tu pregunta creo que va por otros derroteros: me hablas de una narración oral (oralidad primaria) y lo integral en la era digital (audios, podcast, vídeos… es decir, una oralidad secundaria, descontextualizada). Personalmente creo que el progreso no debe significar dejar atrás las cosas buenas que tenemos, y se me ocurren pocas cosas mejores que contar y escuchar cuentos. Yo abogo por la convivencia. Eso sí: del cuento contado se puede abusar (y pasar horas contando y escuchando), del tema de pantallas, ojo, todo esto se está estudiando en la actualidad pero, desde luego, es pura sensatez que haya un control paterno y una limitación de tiempos de uso en la infancia.


Ilustración de Rocío Martínez

R.B.: ¿Qué próximos proyectos le rondan?
P.B.: Del ámbito de la narración, ademas de preparar nuevos cuentos y espectáculos, y además de contar y viajar con mi mochila de cuentos (por España y otros países), en la actualidad estoy enredado en un par de proyectos apasionantes de formación: tengo dos alumnos venidos de Chile, dos narradores que consiguieron una ayuda del Ministerio de Cultura de Chile para pasar cuatro meses formándose conmigo en un proyecto de mentorado. Al mismo tiempo y con mis compañeros de AEDA ultimamos los detalles para la Escuela de verano (la quinta edición ya). Ando también en un par de proyectos, que todavía no puedo contar, relacionados con la formación y la universidad.
Del ámbito de la escritura: ayer terminé de revisar “Los días pequeños”, una especie de novela-mosaico que cuenta con ilustraciones de Daniel Piqueras Fisk y que publicará Narval en mayo. Si todo va bien este año verán la luz otros tres libros más.
Y del ámbito de la lectura: estoy deseando que lleguen los días de vacaciones de Semana Santa para poder leer unos cuantos libros maravillosos que me están esperando en la mesilla de noche.
R.B.: Para decirle adiós ha llegado el momento de jugar, comer y leer... ¿Cuáles son sus juegos, sus platos y sus libros favoritos?
P.B.: Me gusta jugar con el lenguaje (juegos de palabras, dobles sentidos, palabras encadenadas…) aunque también disfruto mucho jugando al ajedrez; también me gustan mucho los juegos de mesa y los tradicionales de calle (entre ellos mi favorito, sin lugar a dudas, el “balón prisionero”, o “matado” que decíamos de niños).
De comidas, mis favoritas el arroz (en cualquiera de sus variedades y posibilidades) y una buena tortilla de patatas con cebolla (como las que hacemos en casa, pocas).
Ufff, libros, ¡hay muchos que me gustan mucho! Te voy a citar sólo alguno.
De mis lecturas de niño recuerdo con mucho cariño El zoo de Pitus, de Sebastiá Sorribas. Y de mis lecturas de joven y adulto intenté hacer un resumen y me quedó ESTA BIO/BIBLIOGRAFÍA.




Pep Bruno (Barcelona, 1971), licenciado en Filología Hispánica (Universidad de Alcalá de Henares) y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (Universidad Complutense de Madrid), y diplomado en Trabajo Social (Universidad Pontificia de Comillas), empezó a contar cuentos de forma profesional en 1994. Cuentos para bebés, público infantil, juvenil y adulto forman un repertorio que ha viajado por toda España y por países como México, Perú, Chile, Argentina, Marruecos, Túnez, Portugal, Grecia o Bélgica. Ha participado en la organización del Maratón de Cuentos de Guadalajara entre 1994-2006 y ha sido miembro del Seminario de Literatura Infantil y Juvenil de esta misma ciudad en la que reside desde hace muchos años. Imparte cursos, talleres literarios, de creación y de animación a la lectura, así como es autor de numerosos artículos especializados. Desde el 2015 tiene un espacio dedicado a bibliotecas, libros y cuentos en la Radio Castilla-La Mancha. Para conocer más sobre su trabajo sólo tienen que visitar su página web o su blog Por los caminos de la tierra oral

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