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miércoles, 27 de febrero de 2008

Bibliotecas y osos


Esto de ser aconfesional (como esta supuesta España) me ha traído penas y alegrías, como toda circunstancia… Por empeño paternal e ideologías ahorrativas, no he sufrido el supuesto estigma del bautismo, por lo que me siento inclinado hacia la libertad religiosa. Aunque es una jodienda eso de no disfrutar de fastuosidades, ni sentirse el protagonista de un teatro edulcorado a ritmo clerical -aunque si lo pienso fríamente, lo que más me jodió fue que me diese igual-, todo tiene sus compensaciones, y el cursar durante la Educación General Básica la asignatura de Ética en detrimento de la de Religión Católica me acercó al mundo de la biblioteca, en este caso la biblioteca escolar.
Mi hermana y yo acudíamos a un colegio público muy pequeñito, en el que sólo había una clase por curso (aclaro: cuando iba a tercero, no había ni “A”, ni “B”, iba a tercero y punto), era un colegio antiguo, hecho de ladrillo, cemento y algunos parches de adobe. Desde que hice patente mi condición de hereje, me desterraron a la biblioteca del centro durante las clases de religión. Un servidor agradecía aquella propuesta sin rechistar, ya que la mayoría de las veces, me tocaba escuchar sermones interminables sobre la magnificencia de Nuestro Señor y su obra misericordiosa para con nosotros, innobles mortales.
Me encantaba aquella biblioteca con ese olor a viejo y carcoma, tan minúscula que en sus cuatro metros de ancho por tres de largo no cabía más que una alta mesa rodeada de sillas giratorias de laboratorio. Las estanterías eran de madera y estaban repletas de todo tipo de antiguallas editoriales, pero aun así, lo recuerdo como un rincón entrañable. Tenía mucho encanto, tanto encanto que hoy pienso que, si algo diferencia a los estudiantes del ayer de los del tiempo presente, no son ni los libros, ni la ropa, ni las monedas, es el encanto.
Una de las cosas que más me extrañó y alegró cuando comencé en esto de la Literatura Infantil y Juvenil hace unos años, fue descubrir que uno de los libros que leí entre aquellos muros y con el que disfruté enormemente, era considerado todo un clásico en el género. ¡Y yo sin saberlo!


El otro día me acerqué a recoger un libro y vi, apostillado en la balda, ese libro, Un oso llamado Paddington, de Michael Bond, y sin poder evitar su magnetismo, utilicé el carné de socio y lo tomé prestado. Y créame, he vuelto a saborear ese aroma a polvo y papel, la fragancia de esa luz tenue… y también he visto mi pequeño dedo recorriendo las líneas de una página que me contaba la historia de un oso sentado en aquella estación…

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