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lunes, 20 de octubre de 2008

La clase obrera


¿Quién me mandará adelantar los temas que voy a tratar en este lugar? Todo me pasa por esta lengua mía, vivaz y madrugadora… Así que nada, como lo prometido es deuda, hoy trataré la prosa de Steinbeck, que no es poco...
Todo empezó el otro día, corriendo. Salí a trotar con un amigo aficionado a la maratón (ese sí que corre y no yo). Este amigo mío, pureta en ciernes y proletario -aunque él se empeñe en lo contrario-, me pidió consejo sobre lectura; estaba algo decepcionado con los libros leídos últimamente y necesitaba dar un giro a sus inclinaciones literarias (bien comerciales, por cierto).
Odio que me pidan consejo, más que nada porque uno no sabe si acertará con la sugerencia..., esto de la lectura es un acto íntimo e inmiscuirse en el pudor de otros no es muy aconsejable: te puede salir el tiro por la culata.


Aprovechando que esa misma tarde había acudido a la biblioteca a husmear un poco, y que mis ojos se habían topado con la “STE” de la CDU, pensé que cualquier obra de John Steinbeck podía ser del agrado de mi amigo. Como La perla es un libro que se aleja algo del universo obrero (que no de la miseria) que impregna gran parte de la obra del autor, y que Las uvas de la ira es una lectura mucho más “adulta” y el susodicho podría desistir fácilmente, me decidí por De ratones y hombres, una novela no muy extensa, realista, de tintes dramáticos, algo entrañable y bastante dura.


Siempre he pensado que la prosa de Steinbeck en De ratones y hombres es una buena manera de enlazar con la literatura de calidad, sobre todo cuando se trata de lectores juveniles, algo que se puede deber a varias razones.
En primer lugar tiene un gran trasfondo social y nos hace vislumbrar las injusticias y desgracias sin mucho aderezo, algo que siempre conecta con el yo adolescente, uno que se siente en desventaja. 
Por otro lado, Steinbeck nos cuenta la historia de Lennie y George, dos jornaleros errantes por la California de la Gran Depresión americana, una suerte de parias que, como los jóvenes de cualquier época, se encuentran desamparados ante un mundo que no les presta las mínima atención. Los dos protagonistas están muy bien construidos y representan arquetipos de esa dualidad extrema que todos exhibimos en ciertas ocasiones, favoreciendo que el lector pueda identificarse perfectamente con cualquiera de ellos.
Por último hay que subrayar un lenguaje bastante popular en el que abundan tacos y expresiones malsonantes que en más de una ocasión le han valido la censura (ya saben, el puritanismo) pero que conectan especialmente bien con este tipo de público. 


Es así como el adolescente, uno que desarrolla el pensamiento crítico y comienza a tomar consciencia de ese mundo del que forma parte (Nota: según muchos psicólogos porque a un servidor, esta cuestión le resbala. Todos estamos aquí hasta que se demuestre lo contrario) es capaz de detectar voces próximas a la suya mientras el atajo de desgraciados que construyen la historia le interpelan.  
Y no es para menos pues la humanidad de Candy, Curley, su esposa y el resto de personajes, infieren en el lector la necesidad de meditar en las motivaciones de los hombre, sus miedos, anhelos y frustraciones. 
Si ello unimos las connotaciones políticas, la rebeldía o no ante el sistema, la visión de los desfavorecidos, el simbolismo animales-hombres, un paisaje asfixiante aunque liberador o la dualidad capitalismo-socialismo, este librito podría dar para horas de debate.


Todas estas capas y muchas más, son las que ha sabido desarrollar de manera exquisita Rébecca Dautremer en el trabajo que recoge la edición ilustrada de la obra del genio norteamericano. Un trabajo muy personal que ha sido publicado por Edelvives en su deliciosa colección Contempla y que amplifica notablemente la lectura de este libro.
Y es que la Dautremer aporta mucho a esta narración gracias a sus estudiadas composiciones, los planos cinematográficos, los guiños publicitarios, las referencias a la cartelería -sigo viendo a Tolouse Lautrec en muchos de sus trabajos-, las reproducciones de fotografías antiguas, o el uso de la iconografía popular, en este caso la estadounidense (aparecen desde Mickey Mouse hasta Hollywood).




No obstante, también hay lugar para nuevos recursos que van desde la ilustración seriada más propia de la novela gráfica (de hecho esta edición podría tomarse como tal), hasta el surrealismo (me encanta la escena de Lennie sentado en una alubia gigante, dice muchísimo), pasando por el realismo paisajístico, la multiplicidad de técnicas usadas (plumilla, ceras...), el cómic, o prestar atención a los detalles en cada escenario donde se desarrolla la acción. 



Sin duda, lo que más me entusiasman son las ilustraciones que acompañan a escenas donde el protagonismo de Lennie es patente. Infantiles, caóticas, monstruosas, provocadores, crueles, abruptas... No sabría muy bien como describirlas, pero el caso es que me fascinan y me turban.


En definitiva, un trabajo excepcional que agranda y enriquece más todavía este librito que suele ser lectura obligatoria en las aulas estadounidenses para que los jóvenes vayan internándose en la literatura adulta y de paso, en la vida, una en la que es necesario rayar un horizonte propio, sin concesiones.


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