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jueves, 9 de octubre de 2008

Otoñales



Adoro el otoño. Siempre y cuando llegue, claro está, porque hay años que esta estación transicional ni la catamos. Me gusta alejarme del bochorno estival, de las terrazas atestadas de clientela, de los turistas, de la sequedad ambiental. Será porque soy un hombre de intermedios, por mucho que algunos me tachen de extremista. Y es que el viento fresco, las cortinas de lluvia, los tenues rayos de sol y las tardes breves, barren el paso del tiempo, limpian los minutos pasados y preparan al mundo para lo nuevo, lo venidero. Eso son las hojas caídas, alfombras por las que camina el tiempo. Y para honrarlas, dos poemas de Antonio García Teijeiro, extraídos de su Volando por las palabras:

Mi árbol tenía
sus ramas de oro.
Un viento envidioso
robó mi tesoro.
Hoy no tiene ramas.
Hoy no tiene sueños
mi árbol callado,
mi árbol pequeño.

Antonio García Teijeiro

Ayer el viento decía,
alegre, palabras de agua.
¡Que frescor en sus decires
y que altos sobre los mares
los sones de su garganta!
Antonio García Teijeiro

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