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martes, 29 de septiembre de 2009

Cegados por los libros


Todos tenemos claro que venerar los libros puede ser un hábito contraproducente para la salud. Más todavía, si al desquiciamiento de Don Quijote o Madame Bovary añadimos la condición de personas poco recomendables (N.B.: no conozco a ningún lector inofensivo…), por lo que afirmo que los libros tienen graves efectos secundarios tras buenos atracones intelectuales –u ociosos-.
De uvas a peras, a pesar de lo muy chiflados que estemos por los libros, no viene mal eso de bajar de las nubes y del mundo literario, e ingresar en la existencia más real de la carne, el hueso y la hipoteca, porque bien es sabido que quien abandona estos lares por otros más gustosos –léanse Telecinco, Kriptón o Namec-, sufre horrores en su regreso al asfalto. Es lo que tienen los vicios, sean novelas o meta-anfetamina en cristal, y los viciosos: que evaden a uno del aburrido deambular.
Hay que vivir con los libros, no de ellos (de esta afirmación quedan exentos libreros, bibliotecarios y otros seres nacidos tras la aparición del papiro), no sea que, como el señor Mendel, Mendel el de los libros (Stefan Zweig, editorial Acantilado) necesitemos una guerra para pegarnos un batacazo de ensimismamiento editorial y suframos lo que no está escrito por no estar al loro de los acontecimientos diarios.
Aunque pensándolo detenidamente, en la historia de Mendel, los libros se vengaron doblemente. Se vengaron de él por su exceso, se vengaron de él por defecto… Y finalizo advirtiendo una vez más que no hay mayor castigo que la ignorancia, en este caso la ignorancia de quienes lo castigaron.

1 comentario:

  1. No dejaré yo morir este espacio. No es que tenga mucho que decir, pero sí diré que me gusta lo que vas escribiendo.

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