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lunes, 23 de septiembre de 2013

No al cambio de hora


Retornan los madrugones de prisas y trompicones, de vaivenes insustanciales y desayunos supersónicos (no hablo de duchas ni de otras rutinas higiénicas porque el calentador del agua sigue jodido, y yo, sin gusto))… ¡Con lo bien que, enredados en las sábanas, vivimos el estío!... Una pena que todo pase y el otoño, las lluvias, los cielos cenicientos y, sobre todo, el cambio de hora, se cuelen por las rendijas del tiempo…
 Se dice, se comenta, que el gobierno planea terminar de golpe y porrazo con el odiado cambio horario, ese que mina el sistema límbico, altera los biorritmos, y nos convierte en androides somnolientos. Y yo asevero que “¡Dios quiera!”, porque en España, un país de luz y día, nunca han cuajado esas necesidades germanas de ocultar el sol antes de tiempo y trastocar el engranaje epifisario.


Me declaro a favor de un horario invernal compartido con Portugal y Reino Unido. Le declaro la guerra a la mente anochecida centroeuropea, a las efímeras tardes de invierno, a la oscuridad cavernícola. ¡Ojalá y se atrevan los mandatarios a plantar cara al autoritarismo temporal europeo! ¡El mismo que se escuda en el ahorro energético para seguir malográndonos! Sería un paso de gigante que, aunque no diluye la deuda pendiente (nos queda Merkel, Siemens® y Volkswagen® para rato…), da buena cuenta de nuestro descontento y nos otorga un efímero triunfo ante las imposiciones reinantes, esas que a modo de intereses, reformas fiscales y fondos de cohesión nos dejan la chepa como un acordeón.
Se agradecería un pequeño acto de rebeldía (aunque sólo fuera relativo a las manecillas del reloj) y de paso, disfrutar más tiempo de los paseos vespertinos y las terrazas de los bares (el único negocio que, por lo visto, medio funciona… ¡Bienvenida “burbuja hostelera”!), al paso que unificamos criterios con nuestros vecinos lusos y aupamos nuestro carácter mediterráneo. 
Ante algo tan subjetivo como el uso del reloj, sólo podemos decir que, por soñar, que no quede... Mientras unos necesitan más de la cuenta, otros se dedican a derrocharlo sin medida, unos exprimen los minutos y otros ven pasar las horas como sinuosas bandadas de tordos. Es por ello que hoy, haciendo referencia a esa relatividad temporal, les invito a leer, Tic-Tac una propuesta de Grégoire Rizac y Jörg (editorial Takatuka), que desvela desencuentros familiares en torno al tiempo y su desmedida.

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