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lunes, 21 de abril de 2014

Cantantes, multinacionales y consumo


Aprovechando este lunes de pascua (nos europeizamos cada vez más…) y habiendo echado un ojo a las tendencias musicales del momento durante los días de asueto pasados con la intención de renovar la banda sonora del automóvil, les confieso que si tuviera que elegir entre Lady Gaga, Katie Perry, Kesha, Rihanna o Miley Cyrus, sin lugar a dudas me quedo con la que otrora se hacía llamar Hannah Montana.
Lo de esta chica no tiene nombre (y no precisamente porque se haya montado sobre una bola de demolición como vino al mundo)… Por mucho que le pese a la cincuentona de Madonna (la que también merece reconocimiento como madre de todas estas “material girls”), hay que reconocer que es el mejor producto que, hoy por hoy, ha parido la industria discográfica, más todavía si tenemos en cuenta que, de sus veintiún años, lleva doce en la cresta de la ola.
Dejando a un lado las provocaciones y desventuras de esta chica, debemos considerar en el día de hoy quiénes son los que realmente tienen el mérito del éxito de estos artistas. Probablemente todo un equipo de especialistas, gente con currículum envidiable, genios del marketing y mentes pensantes, financieros, productores y representantes, son quienes urden en la sombra el milimetrado recorrido de unos productos de consumo que se erigen como los iconos del siglo XXI a golpe de redes sociales, entrevistas transgresoras y un estilismo entre violento y provocativo.
No se equivoquen, el negocio musical, como cualquier otra parcela empresarial (léanse el mundo del cine, el de la gastronomía, el televisivo o el mundo editorial, ese que tantas líneas ocupa en este lugar), está en manos de personas muy competentes bien instruidos y con un gran bagaje en sus respectivos ámbitos que, tomando decisiones arriesgadas y bien fundamentadas, manejan los hilos de sus creaciones como si de rentables polichinelas se tratasen, algo que no depende de la calidad de sus manufacturas, sino de una serie de factores causales que, modelados por el azar y la objetividad, tienen como fin el éxito y el consiguiente enriquecimiento.


Esperemos que sobre el protagonista de La canción del oso, una obra maestra de Benjamín Chaud (editorial Edelvives), recaiga la vista de algún cazatalentos que, aunque no haga de él la nueva estrella de la música pop, sepa hacer de este libro un imprescindible en cualquier biblioteca infantil.


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