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lunes, 10 de noviembre de 2014

Sobre espejismos y realidades catalanas


Ya se han terminado los días de consultas populares (con mucho civismo a la europea y más folclore a la española), pero ahora seguiremos enredando más la madeja con el juego de dimes y diretes que se ha instalado en las altas esferas de la política, a tenor de la independencia catalana. Así que, cómo no, hoy toca análisis de lo acontecido, aunque lluevan las críticas sobre mi persona (no es la primera vez...).
Lo de ayer fue de risa, no sólo porque votaban los mayores de dieciséis años (¿Desde cuándo se tiene derecho al voto antes de la mayoría de edad? ¿También les venderán cava esta navidad?) y los residentes, fueran estos alemanes o argelinos, en Cataluña, sino porque Mas ya no sabía qué decir en la tele y Rajoy se pasó la jornada escondido en su ratonera de la Moncloa siguiendo la última hora de la pantomima.
La gente como un servidor (que los hay) estamos hartos de tanta cortina de humo, no sólo porque oculta otros -por no decir montones de- problemas más serios que nos acechan en la actualidad y durante los años venideros, sino por el trasfondo del asunto… Debajo de todo esto en vez de agresiones verbales, radicalización, opresores y oprimidos (cada uno cuenta la película como la ve…), y otras muchas razones que se han esgrimido desde la dictadura de Videla, pasando por el chavismo o el holocausto judío, está la mayor de todas, conocida vulgarmente como “la pela”. Son los billetes y no otros motivos, quienes enardecen a políticos y sus posibles seguidores (me encantaría saber si han votado y qué, los presentadores de “El tiempo” en La 1, Risto Mejide, Jordi Evolé, Gerard Piqué o Jorge Javier Vázquez).
A pesar de que algunos pretendan enriquecerse y controlar el cotarro (¡pájaros manejantes!), siempre he creído que los nacionalismos paletos traen miseria e ignorancia. Cerrarse al mundo por creencias y doctrinas no es bueno ni para la mente, ni para el bolsillo, algo que muchos empresarios catalanes (N.B.: ¡Cuántas buenas y rentables empresas ha dado Cataluña a nuestra economía!) saben y se instalan en “territorios españoles fronterizos”, además de inculcar a sus hijos el castellano (un mercado de 500 millones de hispanohablantes y una lengua que el gobierno catalán intenta desterrar de la escuela pública) en colegios privados de Barcelona, Valencia o Madrid.
Y yo me pregunto: ¿Qué será lo próximo? ¿Nacionalizar empresas españolas en Cataluña? ¿Perseguir y condenar a trabajos forzados a los que están en contra de la escisión de este territorio? Me suena a chompa y tercermundismo… El tiempo nos lo dirá, pero creo que sería más útil para todos estar en un mismo barco y remar en una sola dirección, porque, si mal no recuerdo, es el estado español el que paga los sueldos de todos los funcionarios a cuenta de emitir deuda pública, algo que obvian los medios informativos de ciertos territorios donde el independentismo es el pan de cada día.
Para todo ello y sin ánimo de ofender, debemos recordar el mensaje que Mark Twain nos hace llegar a través de su Fábula del gato, el espejo y el cuadro, un relato acompañado por las ilustraciones de Carla Olivé y publicada por la editorial Gadir. Todos vemos lo que queremos ver, algo que no depende de la realidad, sino del reflejo que esta nos devuelve a instancias de nuestra misma imaginación.


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