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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cambiar de hogar...


Entre pitos y flautas, llevo más de un tercio de mi vida fuera de casa. Soy un profesional de la maleta, capaz de empaquetar todos los enseres en cinco minutos y no olvidar ningún elemento imprescindible para sobrevivir… Pormenores de la labor educativa, esa que te lleva por autovías, carreteras nacionales, comarcales y algún camino de cabras para diseminar por tierras agrestes lo poco que sé de la vida.
Fundar un nuevo hogar, aunque supone un camino bastante empinado, la mayor parte de las veces suele tener cierta recompensa, sobre todo cuando el ambiente acompaña y te mece con suavidad al ritmo de unos sones que suenan a bienvenida. Cuando lo que te rodea no te sonríe tanto como debiera, hay sitios que, a pesar del correr de los años, no van más allá de lugares de paso.


A pesar de tener experiencias de todo tipo, diré que, aunque en un principio las grandes ciudades puedan parecer más impersonales y menos acogedoras, son preferibles a los pueblos pequeños y otros cortijos aislados en los que a priori te reciben con los brazos abiertos pero luego están deseando echarte a patadas (dicotomía urbe-villorrio, como diría mi amiga La Ascen…). Lo cosmopolita ofrece un amplio abanico de posibilidades, sobre todo gente variopinta entre la que poder encontrar buenos amigos, que, al fin y al cabo, son los pilares sobre los que se van disponiendo el resto de ladrillos que construyen las paredes de una nueva casa…, y lo demás, va rodado…
Hay gente que prefiere novios, parejas y demás animales de compañía, aunque los años me han hecho considerar seriamente esta opción y prefiero una buena jarana rodeado de mucho personal, que ir en busca y captura de un suculento bocado que, a la postre, puede traer demasiados efectos colaterales. Así que me inclino por echar mano de más conocidos y evitar roces sexuales, que uno no está para muchos trotes, se queda trastornado y sigue más solo que la una.


Seguro que tienen muchas historias cercanas sobre exiliados, expatriados, viajantes, aventureros, desterrados, olvidados y parados de larga duración, que se han ido lejos para, golpe tras golpe, tropezón tras tropezón, van creando un lugar donde vivir, un sitio agradable lleno de calor donde el tiempo sea feliz y llevadero. La misma historia que nos cuenta Marta Altés (la gran triunfadora de la ilustración patria) en Mi nueva casa (editorial Blackie Little Books). Ella también conoce de primera mano lo que es vivir fuera de casa (la diáspora es lo que tiene…) y nos lo sabe transmitir a través de este libro ilustrado, una obra que está llena de hermosos detalles (no exentos de gracia) y que les recomiendo regalar a todos aquellos que por circunstancias laborales o personales se ven obligados a fundar nuevos hogares en otros lugares.

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