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lunes, 23 de noviembre de 2015

De hijos que superan las trabas


Esto de la docencia, como cualquier otra profesión en la que tratas con mucha gente al cabo del día, véanse camareros, médicos, recepcionistas o peluqueros, capacita a uno para dar un perfil sociológico y psicológico del pueblo llano. En el caso de los maestros, al ser expertos en chiquillos, desarrollamos la virtud (o el vicio) de saber como son los padres a tenor de sus hijos. Ríanse pero yo a veces tiemblo cuando los alumnos me hacen saber que sus padres me van a visitar, sobre todo si el adolescente en cuestión tiene algún problemilla de salud y me toca hacerles una cura de tremendismo. Al día siguiente llegan los progenitores, los saludo cortésmente, y me explican su problema ente una mezcla de conmiseración, una pizca de pena, dramatismo y lógica preocupación (los menos acuden a la falsa tranquilidad; incomprensible sujetar tanto las emociones...). Después del desahogo me toca a mí. Les digo que lo comprendo todo, que acudan a la calma y que tengo en cuenta el problema de su vástago, no obstante les animo a que abran el puño y dejen que su hijo/a aprenda a convivir con sus problemas, que coja la ayuda prestada pero que no abuse de ella, que tropiece, que se levante y que se esfuerce, en dos palabras, que viva. Pese a la cara de satisfacción, nos despedimos cordial y amistosamente, y se van con su desazón a casa porque, claro está, un hijo es un hijo.


Lo mejor de todo viene cuando el alumno en cuestión se deja sus prejuicios a un lado, saca el guerrero que todos llevamos dentro, se pone al quite y aprueba todo con unas notas más que aceptables dándonos una lección de superación personal a todos los que formamos parte del día a día y todo queda en agua de borrajas.


Esa es la historia que Nono Granero (me encanta la simbiosis entre humor y realismo que alcanza este hombre) y la editorial Milrazones en su sello infantil, Milratones, nos traen este otoño (¡por fin han llegado las castañas!) con Bolobo. Bolobo es un primate sin brazos con unos padres histéricos, temerosos, superprotectores, resignados y plastas (¡Esos padres también me chiflan! ¿Es que has trabajado conmigo, Nono?), que se dedican a contar lo “dura” y “difícil” que es la vida de su hijo hasta que Bolobo y el tiempo, traen otra perspectiva a sus cabezas... Resumiendo, que cuando alguno de estos familiares acuda a verme, voy a hacer hueco entre la montonera de libros y papeles de mi mesa, acercaré una silla mullida, le pondré este libro ante sus ojos y le diré: lea.


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