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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Apuntes sobre la muerte en los álbumes ilustrados y un libro


La muerte en los álbumes ilustrados es un tema más que trepidante, que ha dado para un sinfín de estudios académicos y divulgativos sobre esta parcela controvertida de la LIJ, más todavía si tenemos en cuenta las sinergias que presenta un género tan apasionante como el del álbum que tanto, bueno y malo, está dando al panorama de los libros para niños durante los últimos años.
La muerte, ese hecho icontestable que pertenece a la dualidad humana y que mueve nuestra naturaleza, toma distintas formas en los álbumes ilustrados, así como variadas interpretaciones.


Sobre las representaciones que la muerte toma en los álbumes ilustrados podríamos empezar y no parar, no sólo porque sería un ejercicio muy descriptivo, sino porque generalmente se adscriben a la esfera de la fantasía propia o ajena de cada autor. Hay quienes que la representan en forma de monstruo irascible, otros a modo de ente sutil y delicado, y los demás prefieren hacer referencia a las formas más clásicas en las que capa y guadaña son el santo y seña de la hora postrera. Todas válidas y todas asimilables por el lector si están bien inmersas en el contexto narrativo.


Lo que sí me resulta mucho más llamativo e interesante es el significado, el sentido que tiene la aparición de la muerte dentro de la literatura para niños y jóvenes, un discurso que se suele relacionar con las diferentes religiones que pululan por el mundo. Me explico... Si se dejan seducir por las historias donde este hecho está presente, podremos observar que la muerte tiene múltiples facetas. Liberadoras, trágicas, esperanzadoras o normativas. Todas ellas dependen de manera explícita o implícita, en mayor o menor medida, del sentido que católicos, judíos, musulmanes, protestantes o budistas hayan querido imprimirle. Esto no quiere decir que los diferentes autores expresen en su respectivo universo sus propias creencias, sino que la muerte, como todos los aspectos globalizados de la vida, empieza a cobrar la misma naturaleza polifacética que otras parcelas sociales, algo que se puede observar en la evolución de las historias para niños desde hace cien años a esta parte. Mientras que en inicio estas obras sobre nuestra condición efímera se cargaban de hondo pesar y maneras trágicas en las que primaban el miedo y la apuesta por lo vital, conforme han ido pasando los años adquieren un cariz mucho más normalizado y racional donde el lector se abre a un amplio abanico de posibilidades, comprensibles o no.


Asimismo también sería interesante poder captar la impresión que las ilustraciones tienen sobre la interpretación de bastantes obras clásicas -cuentos sobre todo- que tienen como protagonista a la muerte. Sin ir muy lejos podríamos establecer la comparativa entre las ilustraciones de El gigante egoísta de Oscar Wilde, una historia en la que el protagonista fallece y que ha sido ilustrado por excelentes artistas como Lisbeth Zwerger, Wladimir Woglialo, Alexis Deacon, P. J. Lynch, Ritva Voutila o Charles Robinson. Mientras que unos beben de cierto tenebrismo y dramatismo, otros imprimen luz y colorido a la misma escena. Es decir, la retina capta una impresión diferente gracias a la pareja blanco-negro que se asocia sin remedio a celestial-infernal.
Si a ello unimos que dependiendo del estilo de la ilustración se pueden establecer juegos de impresiones en los pequeños lectores, la cosa se complica todavía más ya que, no es lo mismo contemplar una muerte como la de Pequeña parka (Squilloni & Faber, 2009, A buen paso) que la de Inés Azul de Pablo Albo y Pablo Auladell (2010, Thule). El trazo rápido, el carácter de historieta, lo figurativo de las imágenes, el volumen o la composición de la página pueden ayudar a que el discurso se fabrique desde un prisma diferente al esperado y el humor o la gravedad inunden las ideas.


Es así como llegamos a otra muerte, la de Soy la muerte, escrita por Elisabeth Helland Larsen e ilustrada por Marine Schneider (2017, Barbara Fiore Editora y que forma tándem con Soy la vida, libro de las mismas autoras), una muerte azulada que monta en bicicleta, que camina por un mundo real y onírico, que juega con nosotros en escenarios claros y desempañados, sutiles y a veces silenciosos en los que el lector puede realizar más de un ejercicio introspectivo que puede desbordar sobradamente las páginas gracias a lo poético.
A un lado dejo el debate que provoca la conveniencia o no de este tipo de libros entre los más jóvenes de la casa. Seguramente unos adultos piensen que es favorable y otros piensen que los libros infantiles deben preocuparse por otros menesteres, no sea que algunos se obsesionen con ciertos temas para mayores.


Lo único que sé es que, en lo que atañe a la muerte, hay que ser un poco monstruos. No sea que te veas como la Paca, una amiga que roza la cincuentena... Desde que murió su anciana madre, está desubicada, abandonada, olvidada, laberíntica digamos. Nadie entiende su triste camino. Nadie comprende su pesar, ese de la soledad. Que si ha de sobreponerse y dejar de llorar. Leyes de vida dicen por aquí, enmadrada, dicen por allá. Pero lo que le ocurre a la dulce Paqui es que está perdida, nada más.

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