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martes, 19 de febrero de 2019

(In)satisfechos laboralmente



Me hace mucha gracia que el personal se pase el día renegando de su profesión. Que si los alumnos insufribles, los clientes impertinentes, los políticos lameculos, los pacientes quejicosos o las guardias infinitas. Nada les viene bien. Odian lo que hacen.
Seguramente es algo que tiene que ver con la actitud, con cómo encaramos los quehaceres diarios. Pues hay muchos (a veces demasiados) que un día comienzan a despotricar y no salen de ese bucle sin salida, una forma poco acertada de hallar la felicidad pues algo de conformismo (no todo, evidentemente) tiene la vida.


También creo que todo esto tiene mucho que ver con las expectativas que nos hacemos, (nos hacen) durante la juventud. Ayudados por la soberbia de la adolescencia (¿Quién no ha sido un poco engreído en sus años de estudiante?), pensamos que el mundo laboral va a ser una fiesta, que la fama nos llamará a la puerta, que reconocerán nuestros logros y viviremos holgadamente. La cosa cambia cuando arribamos a la cola del paro (tabla rasa donde las haya) y nos percatamos de que no es un camino de rosas, que nadie se hace rico currando y que solo unos pocos alcanzan la gloria profesional trabajando como negros (no digo yo que se les regale nada), gracias a una idea brillante (la clarividencia y el azar cuentan mucho), o con estrategias menos respetables (aunque me repugnen son igualmente válidas).


Yo vivo contento con mi profesión. Tiene un lado bueno y otro lado menos deseable, pero en resumen podríamos decir que me satisface. Dejando a un lado la corrección de exámenes y ejercicios (lo que más me aburre del mundo) y alguna trifulca que otra, me ayuda a ver con otros ojos (los de mis alumnos), me rejuvenece y me mantiene alerta. También me permite hacer otras cosas, como mantener este espacio (soy consciente de mi tiempo libre y lo utilizo para cultivar otras inquietudes). Lo cierto es que no me veo haciendo otra cosa.
Los hay que hubieran querido ser astronautas, médicos, escritores, payasos o sacerdotes. Exploradores, animadoras o domadores. También  científicos, pasteleros o arquitectos. Hay tantos sueños incumplidos como estrellas extinguiéndose en el firmamento, pero antes de arrepentirse les recomiendo intentar disfrutar de lo que hacen.


Y con tanto trajín profesional hoy me detengo en un libro que había pasado por alto. Y es que Los vecinos el álbum de la israelita Einat Tsarfati que este otoño publicó en castellano la editorial Tramuntana, nos habla de muchas cosas.
En primer lugar su protagonista (pelirroja, por cierto y que ha pasado a engrosar este monográfico) me recuerda a todos estos insatisfechos pues piensa que la vida de todos sus vecinos es más interesante que la de su familia. En segundo lugar en este libro se hace un derroche de imaginación, pues las páginas se desbordan de universos imposibles que suceden en cada planta del edificio. Vampiros, ladrones, artistas de circo son los secundarios que habitan un edificio tan real como fantástico.


También hay que llamar la atención sobre la estructura de un libro que se articula en pares de páginas dobles, en las que el primer par recrea el rellano de cada escalera con una puerta sugerente que invita a la protagonista (y de paso al lector) a crear su propia idea sobre los vecinos. Al pasar la página, como si de un juego de perspectiva se tratase (me recuerda a El otro lado de Banyai), observamos la vivienda imaginada/real. Igualmente he de apuntar a todos los detalles que llenan estas estancias. Guiños al arte, a la fauna salvaje, a las situaciones familiares, al humor, incluso a lo imposible enriquecen una historia que para más inri, termina de manera redonda pues la familia de esta niña un tanto voyeur no es tan convencional...
No se la pierdan y sigan trabajando con una sonrisa.

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