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miércoles, 27 de noviembre de 2019

Perder el alma



Cada día que pasa aumentan las probabilidades de chocarte con un alma perdida.
Algo sobrenatural está sucediendo pues antes no era tan frecuente toparte de golpe y porrazo con un espíritu errante. Sí, sí, no se hagan los extrañados, pues estos entes (por llamarlos de alguna forma) que deambulan en los vagones del tren, bajo el sol de noviembre o que se deslizan por los toboganes del parque, están multiplicándose a un vértigo de pasmo.
Fíjense bien, porque seguro que tienen uno cerca, casi al lado. No se diría que son informes, pues se aprecian bien sus rasgos. Unos dan la impresión de ser jóvenes mientras que otros parecen ser octogenarios. También hay diferencias de estatura. gruesos y delgados. Van como pueden. A pie, corriendo o al volante. Visten como tú y como yo (no se crean que Inditex© les da de lado…). Pero todos comparten algo: su mirada apagada, como las hojas que el otoño va amontonando.


El otro día hablé con una. Fue una sensación extraña... Las palabras eran quedas, aquejaban una inusitada calma, como cuando uno se deja llevar a la deriva, sin importarle nada, abandonadas… Me atravesó cierto miedo. Sentí frío. Un rumor inquieto: ¿Y si yo mismo hubiera perdido la mía? ¿Acaso estaba exento de no padecer ese extravío, de olvidar mis propios días?


Hoy me encuentro ante El alma perdida, un álbum de Olga Tokarczuk, la escritora polaca que recibió el premio Nobel en 2018, y Joanna Concejo, una de esas ilustradoras que exudan belleza en cada imagen, editado bellamente por la editorial Thule (¡Gracias por esa tisana plena de calma!). Aunque el libro recibió una mención especial en la categoría de ficción del premio Bologna Ragazzi en su edición del 2018, yo soy de los que prefiere opinar por mí mismo y aquí me tienen, concediendo mi propio galardón.
Les mentiría si les dijese que el libro no me atrapó desde el primer momento, pues es uno de esos álbumes en los que las imágenes donde priman el grafito y el lápiz de color, se desbordan por lo evocador. Una sensación que continua conforme lo abrimos y empezamos a leer… Trata sobre la historia de un hombre que  de tanto quehacer, de tanto ir y venir, se olvida de sí mismo y su  alma opta por marcharse. ¿Volverá?


Es así como Tokarczuck regresa al movimiento, esa idea generatriz de toda su obra (lean Los errantes para comparar) y que en parte también se relaciona con el desarraigo, una búsqueda constante de la verdad, en este caso monopolizada por ese yo individual que se ha convertido en el imposible de las sociedades modernas. Pone a viajar a ese alma olvidada, a ver la belleza de un mundo tan real como añorado, mientras su dueño permanece estático en una silla.


La espera es extraña para los dos. Alma y hombre necesitan encontrarse aunque se encuentran a gusto en su soledad. Un mensaje que Joanna Concejo presenta en cada doble página con eficaz dualidad. Mientras que las páginas izquierdas se parecen a fotografías antiguas, esas que guardamos en la vieja caja de zapatos (según me cuenta su autora están basadas en fotografías tomadas por su marido y ella misma), desdibujadas por el tiempo y que dan buena cuenta de nuestros años de niñez y juventud, etapas henchidas de libertad (Dense cuenta que ocupan todo el espacio), las de la derecha se centran en una mesa, un par de sillas y esa figura que mira hacia la ventana, un símbolo de anhelo y esperanza en ese universo donde el vacío lo acompaña.


También hay que llamar la atención en las dos ilustraciones que están impresas en papel vegetal y que se insertan en dos momentos clave de la narración, cuando se inicia la espera y como antesala al encuentro. Es así como una vez más una propuesta editorial relaciona este tipo de recurso con el paso del tiempo, ese que desdibuja la vida (¿A modo de ensoñación o a modo de telón?).
Por último, no deben pasar desapercibidas las plantas, esas que el hombre cultiva en pequeñas macetas y que poco a poco se apoderan de las escenas hasta llenarlas de un color tremendamente luminoso. Capuchinas (Tropaelum majus), costillas de Adán (Monstera deliciosa) o filodendros (Philodendron monstera), todo un exuberante ecosistema vegetal que, desorbitado, celebra lo inevitable…



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