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martes, 10 de diciembre de 2019

¡Mama, yo quiero un tractor!



Cuando empecé en esto de los libros para niños a principios del milenio, visitaba multitud de centros de profesores. Iba de un lado para otro hablando de las bondades de la lectura, sugería títulos, compartía experiencias y enseñaba actividades sencillas. Docentes, animadores de lectura, narradores orales, madres y padres nos sentábamos alrededor de los libros y conversábamos. Fue una época muy bonita de la que germinó esta casa de monstruos que ustedes pueden disfrutar estos días.
Oía de todo. Anécdotas inverosímiles y chascarrillos de lo más variopinto. Recuerdo unas jornadas sobre la lectura en un centro de profesores de un pueblecito de la Sierra de Alcaraz y Segura, a las que acudieron dos maestros, una chica jovencita y un cuasi-sexagenario, que desempeñaban sus trabajo en un colegio rural agrupado (CRA, para los del gremio) que contaba con una decena de niños.


En cierto momento de la tarde hablábamos del contexto de la lectoescritura, una cuestión en absoluto baladí para desarrollar el gusto por la lectura. La pareja se arrancó. Ellos se dedicaban al público agreste, sus alumnos no estaban muy familiarizados con la vida urbana que a estas alturas de la vida exhibían la mayoría de los infantes. Lo suyo era el mundo animal, la pesca y la caza, la recogida de la aceituna, el tiempo de las setas, las verduras silvestres y la huerta de temporada. Estaban embebidos en un ecosistema muy particular al que los libros de texto estaban ajenos, y se las veían negras para que hacer atractivas las primeras lecturas de estos chavales.
Sabían muy bien a lo que se referían. Estaban muy implicados en que las criaturas aprendieran. Habían echado mano de las famosas maletas que se utilizaron en las Misiones Pedagógicas y otras muchas estrategias que merecieron nuestro aplauso, pero sin lugar a dudas lo que más nos llamó la atención es que ellos habían desarrollado todo un sistema de alfabetización basado en catálogos de maquinaria agrícola e instrumentos de caza y pesca. Tractores, cosechadoras, rifles y cañas de pescar eran las primeras cartillas de lectura de sus alumnos que, apasionados por todos estos artilugios, buceaban por vez primera en el universo de las palabras. El resto de participantes empezamos riéndonos, pero poco a poco nos dimos cuenta de que habían sido muy certeros en la elección: nada como una pasión para desatar otra.


Y con esta anécdota me voy al álbum de hoy, uno que me ha encantado, no sólo porque después de aquello he constatado lo que es trabajar durante años como maestro rural (¡Lo que aprendí yo de rehalas y venados!), sino por ser un título necesario a la hora de abrirnos los ojos acerca de los sentimientos encontrados en la dicotomía campo y ciudad a la que tanto acudo en mis post. Y es que Tractor viene conmigo un álbum de Finn-Ole Heinrich, Dita Zipfel y Halina Kirschner que ha sido editado en español por TakaTuka, es un canto al pensamiento rural que seguramente muchos de nosotros no entienda, pero que sí apoya a otros muchos que necesitan lecturas más campestres y agrícolas.
Algunos lo llamarían un “slow-book” por eso de apostar en los modos de vida tranquilos y sosegados del mundo rural. Otros hablarán de él en tono de alegoría y denuncia social (¿Por qué vivimos empeñados en denigrar las maneras campestres?). Y yo veo en él la mirada de un niño que se empeña en vivir junto a su mejor amigo a pesar de todo.



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