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jueves, 4 de junio de 2020

La métrica del viento



El día amaneció con viento. Primero fue brisa. Con el paso de la mañana, comenzó a animarse. A estas horas ya anda bastante agitado, y más que revuelto, un tanto grisáceo. Sin rozar el vendaval, presagia chaparrones, que dentro de lo que cabe, nos amenizarán la tarde.
No concibo una vida sin viento. En invierno, en primavera, en verano o en otoño. En la meseta siempre corre el aire. Ya sé que es una lata. Recoger las hojas que arremolina en la terraza, desenredar el cabello, tener cuidado con gorros y sombreros nos dificulta el día a día, pero también nos ayuda a sobrellevar las noches de verano, nos provee de energía y barre el polen y otras partículas en suspensión atmosférica.


También es cierto que el viento nos puede llevar al suicidio, que nos altera el sueño o que incluso nos pone eufóricos –es lo que se llama en psiquiatría personas meteorosensibles-, pero un servidor prefiere centrarse en los aspectos más poéticos del aire en movimiento. Cuando te acompaña surcando el Egeo, cuando arranca las gafas de uno de tus alumnos en mitad de los Lagos de Covadonga y te ves obligado a organizar una batida para localizarlas, o simplemente cuando te eriza la piel después de tus besos.


Y así, aventando palabras, llegamos a un álbum que había ido reservando para un día como hoy en el que los bufidos anuncian el verano, pues como bien nos dice su autora, la finlandesa Hanna Konola, hay viento para todo el año. En enero ayuda a deslizarse sobre el hielo, en marzo presagian una nueva estación, en mayo dan vuelo a las hojas y las flores, y en pleno agosto llenan las velas del catamarán.
Un año con el viento (Hércules de Ediciones) dedica una doble página a cómo se presenta ese meteoro durante cada mes del año y que forma tiene de interactuar con lo que nos rodea, principalmente desde una perspectiva naturalista y siempre dirigida al primer lector que contempla las escenas que pasan ante él a modo de almanaque.
Quizá lo más difícil era darle forma a algo invisible, un reto que esta ilustradora consigue gracias a una apuesta gráfica muy cuidada donde el contraste entre una gama de colores formada por el amarillo, el malva, el violeta y los tonos tostados, y las formas planas son las generatrices de los vaivenes y giros inesperados con los que vira el viento, ese que suscita amor y odio a partes iguales.


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