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jueves, 10 de diciembre de 2020

Helado y libro


Todavía no entiendo la extraña razón que me lleva a degustar un helado en pleno invierno. Ya puedo estar jodido de frío y con los pies como chuzos que es pasar por el escaparate de una buena heladería y sentir un deseo irresistible de probar sus delicias de limón, chocolate belga, turrón o yogur. Lo más curioso de todo es que te puedes hinchar a helado y tener las anginas intactas, y al respirar la mínima bocanada de aire frío pillar una amigdalitis de caballo. ¡Qué extraña es la naturaleza humana! 
Quizá en muchos sitios no entiendan eso de tener las heladerías abiertas en pleno diciembre, pero cada vez son más las que se animan a dispensar este dulce tan veraniego a estas alturas del año pero quizá el crear en la gente necesidades invernales hasta ahora desconocidas puede resultar incluso rentable. 


Y no piensen que estoy loco, pues un servidor, acostumbrado a probar todo tipo de combinaciones inesperadas (que la palabra exótica ya está demodé), piensa en el placer de combinar una buena ración de helado de vainilla con el Apfelstrudel, cerezas calientes sobre una copa de helado de trufa o una bola del de málaga virgen sobre el capuccino de media tarde, y se me hace la boca agua. Atrévanse con el helado durante estos días en los que el viento y el frío arrecian y constatarán que no me equivoco. 


Para seguir hablando de sorbetes, mantecados y helados de crema (existen diferencias importantes) les traigo La tierra donde crecen los helados un libro de Anthony Burgess y Fulvio Testa publicado estos días por Niño Editor. Seguramente muchos recordarán este librito por otro nombre, ya que en su día estuvo editado por Altea (colección Benjamín) como El país de los helados (1979). Lo mejor de todo es que a pesar de una ligera modificación en el título y una edición más cuidada (formato mayor y cuadrado, tapas duras y mejor distribución de texto e ilustraciones), el contenido es el mismo. 
La historia cuenta las peripecias de tres amigos que, a bordo de un dirigible, se aventuran en una tierra cubierta de helado en sus más variadas formas y sabores. Sorbetes que parecen árboles, barquillos gigantescos, montañas de pistacho y un volcán de crema batida, son algunos de los paisajes que podemos contemplar en unas ilustraciones que inundan la imaginación de un universo fantástico que, como en muchas otras narraciones infantiles se refiere a los dulces. 


Sorpresas agradables y no tanto se suceden en las páginas de este libro que ahonda en los deseos y la sed de aventura infantiles y que, como en todos los buenos libros, trae sorpresas a un lector que, además de acompañante, se deja sorprender por un final que además de clarificar, también esconde cierto misterio. 
Ya saben lo que toca hoy de postre: helado y libro.

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