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martes, 7 de diciembre de 2021

De ser o no ser


El verbo ser es muy categórico. Irrumpe tan fuerte en el discurso que lo cambia todo. Algo que me hace pensar que Platón y Aristóteles tenían más razón que un santo hablando de ideas, sombras, sustancias y entidades. Dejándonos de existencialismo (que no estamos para ostias a estas horas), sumerjámonos en significado y significante, esa dualidad imperfecta del lenguaje que a muchos nos encanta porque vacía o llena las palabras según nos convenga en cada caso.
Ustedes dirán “Qué profundo se ha levantado este en mitad del puente…” Y yo les respondo que son cosas que me sorprenden de buena mañana, mientras hecho un vistazo a la mundana actualidad… Son la ultraderecha… Son unos irresponsables… Es un negacionista… Cuando te das cuenta de que vives en un mundo donde la batalla ideológica es la base de cualquier poder, el ser hay que ponerlo en entredicho.


Porque entre el ser y el no ser hay muy poca distancia (física y metafísica, me refiero), un pasito de nada que le da un vuelco a todo. Y así pasa, que comenzamos a lanzarnos la pelota de un lado al otro y concluimos con que nada y todo, son. ¡Uy, qué lío! Creo que empiezo a preferir el verbo parecer, que al fin y al cabo no engaña a nadie con esto de la categorización.
Mientras tanto, las gentes de bien, esas que no le dan tantas vueltas al zompo, se dedican a comprar fruta, cuidar a sus hijos, hacer la comida, pasar la fregona y arreglar el motor del coche. Menesteres que les acerquen a la realidad, esa que se palpa, y les alejen de un ruido cada vez más insufrible.
Porque no es lo mismo zamparse una naranja o beberse un whisky que verlo en una foto o en la televisión. Ya nos lo decía Magritte. “Esto no es una pipa”. Negaba con palabras lo que se podía ver en el lienzo y nos cuestionaba la realidad, su representación y el lenguaje. No era una pipa porque no podía fumarse, que había cierta separación entre una pipa real y su imagen y las palabras eran un mero engaño.


Esta es la base de la que parten Eleonora Arroyo y Ariel Cortese en 22 maneras de no ser, un álbum muy juguetón editado este otoño por Tres Tigres Tristes y que, aparte de rendir tributo a la obra del genio francés, establece un juego muy interesante con los lectores presentando en cada doble página dos elementos y cuestionando su naturaleza.
Sandías y caballos, corazones y palomas, setas y tenedores. Relacionados (he ahí un aspecto lúdico añadido) o no, todos ellos configuran una suerte de objetos, acciones o símbolos que buscan mirarse en cada espectador para, de un modo u otro, poner en entredicho las ideas y configurar un nuevo entorno donde coexistan diferentes perspectivas que pueden ser igualmente válidas.


Esto no es un cuento. Tampoco es un imaginario. Es otra cosa a la que quizá le pongan nombre cuando la tengan en las manos y la valoren por ustedes mismos. Es lo que debería pasar en este mundo surrealista, en el que muchas veces es preciso cambiar el título del cuadro por “Esto no es fascismo” “Esto no es una vacuna” o “Esto no es constitucional”, y aclararnos las ideas, esa que a veces se confunden con recuerdos, imágenes y palabras.

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