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viernes, 19 de abril de 2024

Un mundo lleno de sonidos


Ahora que mi madre no puede hablar, paso muchas tardes a su lado en el parque. Como no soy hombre que guste del monólogo, a veces me quedo en silencio y disfruto del sol, miro a la gente pasar o veo cómo los críos trepan a los árboles. Los viernes todo está muy quieto y, aparte de los árboles, no hay mucho con lo que entretener la vista. Hay que dedicarse a otros estímulos, por ejemplo los sonoros.
El trino de los pájaros, los piñones que caen al suelo por culpa de una ardilla hambrienta, el silbido del viento entre las hojas de las moreras o la insistencia del tráfico rodado. De repente, una ambulancia. La campana de la iglesia y el borboteo de una fuente. El zumbido de aquella abeja libando de flor en flor y los ladridos de los perros que habitan las terrazas del barrio.


Son tantos los sonidos que se nos escapan a diario, que, cuando prestamos atención y los vamos descubriendo poco a poco, una sensación de extrañeza nos recorre el cuerpo y hemos de admitir que, a pesar de estar en un lugar y un momento determinado, no lo parecemos.


Fíjense en todas esas personas que viven pegadas a unos auriculares. Aparatosos o imperceptibles, mucha gente hace uso diario de ellos. Para hacer deporte, en el camino hacia el instituto, o durante la monotonía laboral. La música, los programas radiofónicos o los podcasts, además de convertirse en una forma de entretenimiento y/o aprendizaje, son una distracción de la realidad, una fórmula para aislarnos de nuestro entorno.
No debemos olvidar que el ser humano, como buen mamífero, tiene un sentido del oído muy desarrollado y que compartir los sonidos que nos rodean, también es una forma de comunicarnos, pues recibimos señales que podemos traducir de manera colectiva. Por eso mismo, aunque mi madre y yo no podamos charlar, conversamos mientras escuchamos.


Y poniendo la oreja, llego hasta Araña toca el piano, un libro de Benjamin Gottwald que acaba de editar Libros del Zorro Rojo. Si bien es cierto que el título es muy llamativo, no tiene mucho que ver con el contenido, pues este álbum ilustrado no está protagonizado por ningún arácnido, sino por un sinfín de situaciones que llenan sus más de 160 páginas que despiertan el oído del lector sin utilizar ni palabra ni sonido que se le parezca.


El galope de un caballo, un beso, un elefante rodando sobre las vasijas de un museo, un trueno, la roca que se precipita desde lo alto de la montaña, el mordisco a una manzana, el eco de una pelota de ping-pong, el estruendo de un globo pinchado, el rugido de un león o el rumor de un susurro.


Aparentemente aisladas, la mayoría de las imágenes que recoge cada doble página, se encuentran conectadas por similitudes sonoras o sutiles referencias espaciales o temporales que disparan nuestra memoria y nos hace evocar cada uno de los sonidos que hemos ido escuchando con el paso de los años. Un experimento inusual que ha hecho que este muestrario de sonidos, reciba numerosos premios, incluida una mención especial del Bologna Ragazzi.


Disparatados, surrealistas, cotidianos, delicados o estrepitosos. Todo tipo de sonidos y ruidos caben en un libro aparentemente silente (N.B.: Esto abriría una nueva paradoja dentro de este tipo de álbumes) donde el poder de las imágenes se hace patente en ese constructo discursivo tan complejo que nos gusta a los lectores de las literaturas gráficas.
Lo dicho: escuchen al mundo y compartirán el momento.

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