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lunes, 8 de abril de 2024

Filosofía de vida


Si la higiene, el deporte, el sueño o la lectura son importantes en esta época que nos ha tocado vivir, también lo es la filosofía con la que nos tomemos los días. A pesar de lo que muchos odian esta asignatura de la educación secundaria, parece ser que no es para tomársela a guasa (la tónica general en este país de pandereta).
Es cierto que los comentarios de texto sobre el mito de la caverna de Platón o el superhombre de Nietzsche son todo un despropósito (sobre todo cuando lo que te va es Bad Bunny o Karol G). Y si hablamos de Kant o Hume, más de uno preferirá recoger ajos, que al menos te pones moreno. Sin embargo, eso de pensar es más útil de lo que creemos.


Pensando se puede llegar muy lejos. Podemos sopesar las consecuencias de nuestras acciones, podemos ayudar a los demás e incluso ahorrarnos un pico en la cesta de la compra. Acudir como participante a los concursos televisivos, urdir una estrategia para llevarnos de calle a quien nos gusta o ganar el partido final de la liga. Si pensamos, y además lo hacemos bien, la vida nos puede sonreír.
No todo es tan bonito en la difícil tarea de darle al coco, pues a veces se sufre más de la cuenta con tanto darle a la manivela. Lo negativo se apodera de nuestra mente y no damos pie con bola. Frustraciones, miedos, complejos, traumas, momentos difíciles… Todo eso y mucho más nos obliga a pensar en la dirección equivocada. A veces los tontos viven mejor. Dejarse llevar también es muy buena opción.
Lo mejor de todo es que, decidas lo que decidas, tus pensamientos, si sabes como llevarlos, siempre te hacen caso. Lo mejor es entrenarlos y utilizarlos positivamente. Y cuando se pongan tontos y no atiendan a razones, sentarlos en el banquillo el rato que creamos oportuno y dedicar nuestro tiempo a tareas que no requieran demasiada concentración ni albedrío neuronal.


Y hablando de pensamientos, acaban de llegar a nuestro país Filonimal, una colección muy filosófica que ningún monstruo se debe perder. El cuervo de Epicteto y El puercoespín de Schopenhauer son las dos primeras historias de esta serie protagonizada por animales que filosofan sin cesar. Escritos por Alice Brière-Haquet e ilustrados por Olivier Philipponneau y Csil, respectivamente, estos dos libritos (me encanta esa correlación entre su tamaño y la profundidad) aterrizan en las estanterías gracias a la editorial Yekibud.
En el primer título nos cuenta la historia de un puercoespín, bueno, de muchos. De cómo se buscan, se encuentran, se acercan y, finalmente, de cómo se evitan. Se parecen a las personas, que quieren vivir juntos, pero no revueltos. Cada uno tenemos nuestro espacio, intentamos no molestar al vecino y vivir en paz, pero a veces eso es inevitable… ¿Terminarán los puercoespines viviendo en sociedad?


El segundo libro un cuervo grazna y todo el mundo empieza a hacer conjeturas sobre lo que augura. ¿Querrá anunciarnos algo bueno o algún desastre? ¿Será un enviado de los dioses? ¿Seremos más o menos felices? A saber… Por ello es mejor enfrentarse a los días con la mejor de las sonrisas, que al fin y al cabo eso es el estoicismo.
Aptos para todos los públicos, les aseguro que no les van a decepcionar estas pequeñas y hondas fábulas, que, lejos de la pedagogía, intentar interpelarnos. Para mí han supuesto un hallazgo, no solo en lo que se refiere a la materialidad del libro (vean el troquel de la portada, el tipo de papel o el uso de las tintas), sino a ese ser que vive en mí y que se debate a diario con sus propias circunstancias y pensamientos. Espero que para ustedes supongan, si no lo mismo, algo parecido.

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