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miércoles, 25 de febrero de 2026

Joyas recuperadas


Los monstruos de habla española estamos de enhorabuena porque por fin se recuperan en nuestra lengua Las aventuras de Archibaldo el koala, la conocida serie de álbumes infantiles de Paul Cox. Muchos años después de que la editorial mallorquina José J. de Olañeta, las publicara por primera vez en nuestra lengua, Libros del Zorro Rojo acaba de publicar el primer volumen (esperemos que sigan con los siguientes).


Titulado El enigma eucalipto, este primer episodio de la serie, además de presentarnos a todos y cada uno de los 25 koalas y los 25 tejones que protagonizan estas aventuras un tanto corales en una isla en mitad del Pacífico, nos cuenta el primer caso de este detective. Los campos de eucaliptos que rodean la ciudad están siendo diezmados y la supervivencia de sus habitantes está en peligro. Quizá sea el clima, los cuidados o las plagas. Los koalas intentan en vano salvar las plantaciones. Pero Archibaldo, ese héroe que siempre está liado aclarando los extraños sucesos que acontecen, se esconde en mitad de la noche y descubre que los responsables de sus preocupaciones son ¡sus vecinos los tejones! ¿Conseguirán los koalas frenar sus tropelías? ¿Regresará la paz a la isla?


Como en muchos otros títulos que he traído a este cuaderno de bitácora, Paul Cox disfruta con su humor absurdo y un surrealismo manifiesto. Chicles con sabor a eucalipto y guerras a sartenazos nos hacen reír, pero también nos obligan a replantearnos situaciones de la vida cotidiana que siempre tienen su reflejo en la LIJ de calidad.


En lo que a formato se refiere, también toca hablar de las dimensiones de unos libros que pretenden ser un homenaje al Babar de Brunhoff. El tono tostado del papel, la composición de dobles páginas que combinan elementos del cómic y el álbum ilustrado, las tintas limitadas o una tipografía caligráfica nos retrotraen a las series narrativas del siglo pasado (¿Ven a Sapo y Sepo de Lobel o el Crictor de Tomi Ungerer?). Por eso es tan importante no pasar por alto ningún componente del objeto-libro, incluyendo esa doble página desplegable que tanta importancia tiene en este episodio.


Da gusto perderse en los detalles que el autor incluye en cada ilustración. Leer el menú del restaurante, contar uno a uno los habitantes de la isla, disfrutar con la caracterización de los personajes (eso de los oficios vuelve loco a cualquier chiquillo), explorar la cartografía del lugar, aprender a contar hasta el número 50, conocer el rubicesto (J. K. Rowling no ha sido la única que ha inventado un deporte) o contemplar códices antiguos, son algunas de las propuestas de este libro desbordante.


Por último y sin ánimo de conflictos, me encantaría conocer el/los motivo/s que han llevado a Julia Osuna, la traductora de gran parte de las obras que se están recuperando de este autor francés, a tomar ciertas decisiones, empezando por el título del libro y terminando por el nombre original de la isla donde sucede la acción, lo que más me ha chirriado. Tanto la primera edición española, como el resto de ediciones que conozco (inglés, alemán o italiano), mantienen Rastepap como denominación de la isla, mientras que en esta se puede leer Kokotetetonga. Primero, porque en la traducción ya hay bastantes elementos sobre los que aplicar la elocuencia y la cosecha propia por necesidad, véanse los nombres de los personajes (un trabajo impecable, ya que ha hecho justicia a los primigenios, no como sucedía en la edición anterior). Segundo, porque no comprendo esa desmesurada intervención sobre un nombre propio tan importante que, por muy sonoro y simpático que les resulte a los lectores, rompe el marco de lectura en una obra que consta de varios volúmenes que pretenden una continuidad temporal. ¿Licencia semántica? ¿Ganas de trascender? ¿Caprichos aleatorios? ¿Divertimento inocente? ¿Torpeza editorial? Enigmas de la LIJ.

lunes, 16 de febrero de 2026

¿Genuinos?


En este mundo que vivimos lo más importante de todo es saber quiénes somos. Y no me refiero al nombre completo o el número de identificación fiscal (si me apuras, más importante que el de pasaporte), sino a ser conscientes de nuestra existencia, cómo la abordamos y cuáles son nuestras prioridades.
Es por ello que lo que más se castiga hoy en día en los medios de comunicación y las redes sociales, es la falta de entidad. Cuando alguien o algo se parece demasiado a otra cosa, la gran mayoría lo rechaza. La gente no quiere burdas copias de aquellas zapatillas, el partido político de turno, la canción que suena a todas horas o el libro que ha ganado ese galardón.


Y no me refiero a la originalidad, un rasgo muy difícil de alcanzar teniendo en cuenta que ya ha llovido desde que los griegos y los romanos inventaran nuestra cultura (N.B.: Hace poco visité Pompeya y les puedo asegurar que lo único que les faltaba eran los microchips), sino a lo genuino. Apunto a lo legítimo, a eso que nos define. Qué características nos diferencian de los demás y qué aportamos a este momento.


Cuando algo es demasiado manido, repetitivo, casposo y homogéneo, todo el mundo se lanza a desecharlo. Vivimos en una sociedad consumista que aboga por esa especie de sorpresa constante que le da un vuelco a la perspectiva. Golpes de efecto que, si además se acompañan de carisma y frescura, revolucionan la visión general de cualquier campo.
Probablemente en unas semanas, unos meses o unos años, nos olvidemos de lo vibrante que nos resultó, pero mientras tanto, nos anima el cotarro sobremanera toparnos con esos matices que lo convierten en hallazgo y serendipia, para más tarde ponerle nombre.


Precisamente de esto es lo que nos habla Foxy & Meg encuentran un pero-pero, el álbum de André Letria y Ricardo Henriques publicado hace unos días por La Topera editorial y que forma parte de una serie de gran éxito en el país vecino y que se desbordó allá por el año 2010 en forma de serie de animación con 26 episodios animados de tan solo tres minutos.


En la historia que nos ocupa, el zorrito y la gallina (no es difícil saber quién es quién) se encuentran con algo en mitad de un paseo. Es grande, de color grisáceo y con una forma más o menos ovalada. ¿Qué será? La miran, la rodean, la observan. Piden opiniones más o menos expertas. A un médico, a un grupo de turistas encaprichados con el arte. En grupo o en solitario, hasta que de repente, un cocinero clarividente toma las riendas del asunto. Pero…


Con un lenguaje gráfico muy económico y letra mayúscula, los autores dan vida a una comedia de situación con estructura de sketch que busca, no solo la interacción con sus lectores, sino poner en valor su capacidad inventiva y desbordar la imaginación. Con un pequeño juego de palabras un tanto repetitivo, los autores lusos nos acercan a esa incredulidad e inocencia infantiles gracias a la perspectiva de lo desconocido y las adivinanzas visuales que siempre ensalzan el humor.

viernes, 13 de febrero de 2026

¡Bienvenido sea el carnaval!


Mañana comienzan las carnestolendas y a mí, que me gusta mucho un disfraz, me apetece recomendarles dos libros para adultos (¡Que los monstruos leemos de todo!) en el mismo post. En primer lugar, quiero animarles a leer uno por el que siento predilección. Se trata de El Carnaval: análisis histórico-cultural, un estudio muy concienzudo de Julio Caro Baroja (vamos, una verdadera tesis doctoral que le ocupó más de treinta años investigando) sobre los orígenes de una festividad que se relaciona con ritos ancestrales y que ha ido amoldándose con el paso de los siglos a otras realidades, sobre todo religiosas, como la abstinencia pre-pasional.


Sin embargo, lejos de todas esas connotaciones cristianas que facciones y partidos políticos le dan a esta celebración, esta obra ensalza la desmedida, la inversión de papeles, la sátira, el simbolismo del exceso a través de la gula, la carnalidad y el despojo de las convenciones sociales que, tomando como excusa esa lucha entre Don Carnal y Doña Cuaresma, llevamos a cabo en numerosos lugares de Europa, sobre todo el sur del continente. Crímenes, fechorías, encuentros prohibidos…, el carnaval es así. Y si no, que se lo digan a Shylock, el mercader de Venecia...

LAUNCELOT.- Y han conspirado juntos…; no quiero deciros que veréis una mascarada, pero si la veis no fue entonces baldío el que mi nariz sangrara el último lunes de Pascua, a las seis de la mañana, que caía este año el mismo día que el Miércoles de Ceniza de hace cuatro años por la tarde.
SHYLOCK.- ¡Cómo! ¿Hay máscaras? Escúchame bien, Jessica. Cierra con cerrojo mis puertas, y cuando escuches el tambor o el silbido ridículo del pífano de cuello encorvado, no te encarames a las ventanas, ni alargues tu cabeza sobre la vía pública para embobarte ante los payasos cristianos de pintados semblantes, sino, al contrario, tapa los oídos de mi casa, quiero decir mis ventanas; no dejes entrar en mi severa morada los ruidos inútiles de la disipación. Por el báculo de Jacob juro que no tengo ninguna gana de festejar hoy; sin embargo, iré. Andad delante, bribón; decid que voy a llegar.

William Shakespeare.
El mercader de Venecia.
Acto II Escena 5.
1967. Madrid: Austral.

jueves, 12 de febrero de 2026

El disfraz innecesario


Desde que no andamos como nuestra madre nos trajo al mundo, el atuendo siempre ha sido una forma de significarse. Para ricos y pobres, para hombres y mujeres, para niños y mayores. La ropa es una forma de identificarse. He ahí la razón por la que todavía hoy hay una cantidad inimaginable de marcas de ropa con las que unos y otros buscan significarse.
Colectivos, géneros, tribus urbanas, poder adquisitivo… Si lo piensan bien podríamos hacer una radiografía de cada uno de nosotros simplemente analizando el tipo de ropa que vestimos. Materias primas, manufactura, visibilidad de la marca, colores, diseño… Todo habla sobre quiénes somos, pues el ser humano, desde tiempos inmemoriales busca diferenciarse de sus iguales de un modo u otro.


No obstante y en muchos casos, el aspecto suele ser poco concluyente. Más todavía en un mundo en el que todo quisqui juega a parecer en vez de ser, la estrategia estrella en redes sociales y medios de comunicación insustanciales que solo busca el aplauso. Y es que esa transgresión que muchos entendían como forma de vida, se convierte en pretensión en este universo de la impostura.
Menos mal que todavía nos queda el carnaval, esa fiesta que empieza hoy (¡Jueves Lardero, señores!); la mejor excusa para la desobediencia, dar rienda suelta a lo incorrecto y dejarnos de pamplinas. No pocos se enfundarán en cuatro trapos y se lanzarán a las calles, las verbenas y los bares transformados en el personaje que deseen para cometer todo tipo de paripés y atrocidades. Ya saben que disfrazarse es una cuestión de actitud. Dejarse llevar por la inspiración y entrar en el papel es mucho más interesante que emperifollarse sin fuste.


Y si no, que se lo digan a la protagonista de Feliz cumpleaños, el último libro de Heena Baek publicado por Kókinos, su editorial de cabecera en nuestro país.
La cebra está hecha un desastre. Toda su vida está llena de oscuridad y tonos grisáceos que la atormentan, un verdadero drama teniendo en cuenta que se acerca su cumpleaños. Menos mal que su tía quiere que se ponga las pilas y le envía un regalo muy especial: un armario que le ofrece un outfit diferente para cada día. Al principio la protagonista no está muy convencida que sean los más acertados, pero después, se deja llevar y comienza a disfrutar de ese universo textil tan variopinto que le ofrece ese mueble tan especial. Parece otra, se siente especial y muy disfrutona hasta que, de repente, el mismo día de su cumpleaños, su magia deja de funcionar. ¿Qué pasará?


Como en muchos otros de sus libros, Heena Baek utiliza esa magia a la que nos tiene acostumbrados con un sentido un tanto aleccionador, pero siempre brillante. Y es que cambiar la perspectiva de una persona que sufre una depresión, sea por las causas que sean, siempre es un bonito mensaje. Y si, además, se hace uso de un escenario onírico, mejor que mejor.
Por otro lado, Baek afianza la incorporación en sus obras del objeto fantástico como elemento expiatorio, una forma de vía de escape de esa realidad tan insustancial que nos azora en la sociedad actual. Como sucede en los cuentos tradicionales, caramelos, panes o en este caso, armarios, son los encargados de dar esa vuelta de tuerca necesaria a unos (anti)héroes que, lacerados por sus circunstancias, intentan recobrar su espacio en el relato de una forma autónoma.


En lo que a recursos narrativos se refiere, además de sus ya clásicos dioramas y esculturas, la autora coreana utiliza esta vez una serie rítmica que establece un marco de lectura repetitivo que, al quebrarse, crea una sensación de extrañamiento (o decepción, para gustos los colores), que resuelve con un final (pseudo)optimista que siempre se agradece.

martes, 10 de febrero de 2026

¡Entre reyes anda el juego!


El conejo travieso ha sacado los pies del tiesto en su país adoptivo y, en vez de divertirse con el fútbol americano, se ha contagiado de la llamada batalla cultural. Y no es que haga mal, pues esto de defender a tu público potencial siempre ayuda a vender discos y seguir en el candelero (Que a estas alturas de la vida capitalista casi todo es muy lícito. Hasta Zara sacó tajada…), sino que me resulta cuanto ni menos chocante que se sigan politizando eventos que deberían pertenecer a la esfera deportiva/festiva.
Y no es que Donald Trump sea santo de mi devoción (otro día le daré para que vaya a la peluquería, que falta le hace), pero considero que, a estas alturas de la vida, los ciudadanos (traduzco: espectadores) deberían saber cómo discriminar el contenido real de los aderezos del relato, cosa que no sucede a pesar de haber erradicado (o eso dicen) el analfabetismo de Occidente.


Déjenme decirles que ayer, medios de comunicación de masas y redes sociales se pasaron el día diseccionando, enriqueciendo y analizando los movimientos, eslóganes, artistas invitados, decorados, el vestuario y el cuerpo de baile que Bad Bunny y sus patrocinadores (¿Quiénes serán?) desplegaron en su actuación del medio tiempo de la Super Bowl. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que es un escaparate sin parangón.
Lo vi claro. Aunque no sé si las referencias a las que unos comentaristas y otros hacían alusión eran reales (hay gente con demasiada inventiva y papel celofán), quedó claro que la intencionalidad de todo esto era echarle leña al fuego desde uno y otro frente, pues por todos es sabido que sin huestes no hay guerra que valga. Y lo peor de todo es que, a pesar de las que todos llevamos perdidas, entremos al trapo.



Por si sirve de algo, hoy les traigo Reyes, un libro que nos habla de todo eso gracias la elocuencia y el saber hacer de Rocío Alejandro (la también autora de La huerta de Simón) y Fondo de Cultura Económica.
Este álbum sin palabras (yo creo que, incluso sin la del título, hubiéramos entendido todo a la perfección) nos cuenta la historia de dos reyes. El del reino azul era feliz dándole forma a sus dominios, pero un día vio a lo lejos al rey verde que también estaba haciendo lo propio. Como los poderosos suelen tener un ego muy grande, el rey azul quería que su reino fuese mejor que el verde. Para ello creó edificios cada vez más grandes. Cuando el rey verde se percató de esto, entró en el juego y comenzó a elevar la altura de sus construcciones también. ¡Los dos querían que su reino sobresaliese respecto del otro! La disputa continuó hasta que uno de ellos se dio cuenta de que el problema era el otro y entonces…


Con un lenguaje gráfico sencillo y minimalista, la ilustradora argentina se interna en esta alegoría sobre las cuitas de poder y los conflictos bélicos. Utilizando la contraposición cromática (un recurso muy utilizado en este tipo de temáticas), la técnica de los sellos y tampones, la doble página como escenario discursivo y una bellísima metáfora final, consigue un discurso redondo.
Mucho movimiento, composiciones más que elegantes y detalles mínimos, este álbum de pequeñas dimensiones (¡Hasta en eso han acertado!) hace disfrutar a lectores de todas las edades e, incluso, desbordarse en actividades igual de sencillas que pueden incluir pataletas infantiles destructivas (Cuando lo leí por primera vez me recordó a esos juguetes de paralelepípedos de madera). Por todo esto y mucho más, ya está incluido en este post sobre álbumes y poder, este monográfico de la guerra en la Literatura Infantil y esta selección de álbumes silentes. ¡Disfrútenlo y haya paz!

miércoles, 4 de febrero de 2026

Volar o no volar, he ahí el dilema


Seguridad ciudadana. O así llaman a esa nueva dictadura que se instauró en nuestro país desde la pandemia y que se ha agudizado desde el trágico suceso de la DANA de Valencia. Así, nuestros gobernantes, en aras del buenismo imperante, velan tanto por nuestra integridad, que han desarrollado nuevas formas de control echando mano del miedo (o eso dicen ellos) imperante. Nada nuevo bajo el sol.
Sin ir más lejos, les hablaré de mi ciudad, una sobre la que se ceba el viento cada dos por tres. Es lo que tiene vivir en la meseta, que las montañas no funcionan a modo de parapeto y el aire corre a su antojo desde tiempos inmemoriales. Así estamos por estos lares: más que volanderos.


Cuando esto sucedía antaño, la gente se quedaba en su casa. Si tenía que salir a la calle por cualquier circunstancia, se mantenía alejada de zonas arboladas y algún que otro edificio viejo para evitar desgracias. Sin embargo, hoy en día, nuestros queridos ayuntamientos se ha inventado un plan de emergencias (si tiene nombre pseudolatino, mucho mejor) para cubrir el expediente y, de paso, encerrarnos a golpe de aburrimiento en nuestros hogares.
Que hace viento, cierra las bibliotecas, las filmotecas, los centros culturales, las piscinas cubiertas y los pabellones deportivos para que no haya corriente. Que llueve, también. Que nieva, ídem. Todo es por nuestro bien. Somos tan inútiles que necesitamos de su buen hacer. Y si esto no funciona, talan todos los parques y nos dejan sin una puta sombra con la que combatir los rigores veraniegos. Eso sí: el dinero, para sufragar sus vicios, pero el mantenimiento de las infraestructuras y los servicios, ni olerlo ¿Para qué echar mano del sentido común si pueden hacer lo que les plazca?


En fin, el caso es no dejarnos decidir. Sufrirlo o disfrutarlo, he aquí el dilema. Los chiquillos lo tienen claro. ¡Dejar su cuerpo a merced de los vendavales o hacerle frente a sus versiones más huracanadas! Resumiendo, que Volando, de Ana Marqués y Natascha Rosenberg (editorial Tutifruti) me viene al pelo para dar rienda suelta a mis recuerdos de infancia y ensalzar las bondades del viento.


Porque precisamente esa es la esencia que impregna este álbum tan divertido en el que una niña se ve amenazada por la fuerza del meteoro mientras espera el autobús y decide aferrarse a un árbol para evitar salir volando. Como el viento sigue bufando imparable, muchos otros empiezan a agarrarse a ella. La primera es una hormiga. A esta le sigue un conejo en calzoncillos. Después un avestruz, un león e incluso un viejo cocodrilo. Al final, el autobús llega y descubren de donde viene esa corriente aérea tan potente…


Con vis de cuento acumulativo, este libro bien simpático en el que la caracterización de los personajes y el golpe de efecto final son el punto fuerte, ensalza el humor blanco como mensaje narrativo de primera magnitud.