Si hay algo que tenemos claro todos los docentes, es que los estudiantes de hoy en día son mucho más flojos que los de antaño. Y no hace falta remontarse al siglo pasado, una década nos basta. Así que toca hacerse la pregunta de rigor: ¿Qué está pasando?
Según los sociólogos es el llamado efecto Flynn inverso, que es el fenómeno científico que explica la caída de la inteligencia humana en los últimos años. Este concepto contrasta con el efecto Flynn original, que demostró cómo el coeficiente intelectual había subido de manera constante durante todo el siglo XX. Esto se debe principalmente a tres causas.
La primera se refiere a los cambios en los actuales sistemas educativos que han abandonado ese énfasis en el pensamiento analítico profundo y el razonamiento lógico tradicional en las aulas. En segundo lugar tenemos el uso indiscriminado de pantallas en la vida diaria de niños y adolescentes. Esa hiperconectividad y el consumo de contenidos fragmentados (recuerden Instagram y Tiktok) afectan la concentración y la memoria. Por último tenemos un estilo de vida que ha mermado notablemente las horas de sueño en casi todos los grupos de edad.
Si bien es cierto que todas ellas tienen mucho que decir al respecto, poco se habla del libro, ese objeto que tantos siglos ha acompañado al desarrollo de nuestra inteligencia y al que en breve celebraremos. Y es que bajo esa mirada que he ido desarrollando durante más de veinte años dando clase en la escuela pública, puedo afirmar que la lectura tiene mucho que decir en el desarrollo cognitivo de mis alumnos.
El que nunca ha visitado un aula no lo sabe, pero yo les digo que se sorprenderían de la cantidad de palabras que los chavales de hoy día desconocen. Su vocabulario es limitadísimo, algo que se relaciona directamente con una menor comprensión de los textos académicos. Y es que no podemos basar el aprendizaje en el lenguaje comunicativo. Oralidad, hipertextos o cibertextos son corpus lingüísticos pobres (N.B.: Les recuerdo que un quinceañero medio utiliza entre ¡250 y 300 palabras! en su vida diaria) que lastran el camino formativo de cualquiera.
Y no me vengan a defender a Google, Wikipedia, diccionarios y tesauros. El lenguaje es la herramienta que más ha permitido avanzar al ser humano. Aprender los signos que lo constituye, entender las normas que lo articulan y relacionarlas entre sí, nos permite acercarnos a esos mensajes que compartimos. Las palabras son códigos, pero también vínculos que nos enlazan a través del tiempo y el conocimiento, permítanme que les diga, no se hizo de un día para otro.
Por todo esto y como antesala al mal llamado Día del Libro (me parecería más apropiado Día de la Lectura), les traigo El cofre lleno de palabras, un álbum de Rebecca Gugger y Simon Röthlisberger publicado hace unas semanas por la editorial Juventud que nos acerca la historia de Óscar, un chavalín que gusta de cavar hoyos y que un día encuentra un enorme cofre de madera. ¿Qué habrá en su interior? Quizá un gran tesoro. Pero no, en ese cofre hay montones de palabras que no sirven para nada. De repente, Óscar empieza a jugar con todos esos adjetivos que van tomando forma. Erizos fosforescentes, escarabajos monstruosos o árboles melenudos. Todo es posible con las palabras. El problema viene cuando se gastan… ¿Conseguirá Óscar llenar el cofre de nuevo? ¿Cómo lo hará?
Con sencillez y una pizca de magia, los autores suizos consiguen darle vida a una pequeña parábola sobre el poder transformador del lenguaje que se dirige a todas las edades (no pierdan de vista las opiniones de los adultos que aparecen en este libro. ¡La mayoría se merecen un buen tirón de orejas!). Me gusta que la línea narrativa se construya desde lo sorprendente, lo fantástico y lo creativo, tres de los pilares que siempre funcionan con los pequeños lectores. Del mismo modo que se adentra en actitudes muy interesantes como la perseverancia y la curiosidad.
Un libro hermoso que, con ilustraciones muy agradables y recursos tipográficos muy dinámicos, establece conexiones entre el mundo visual y textual que ahondan en lo metafórico. Un buen ejemplo de cómo un libro puede, sin abusar del didactismo, dar pie a una buena lectura en voz alta y alguna que otra actividad grupal donde aparquemos las manualidades y nos podamos divertir a base de vocablos, que es de lo que se trata.





No hay comentarios:
Publicar un comentario