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martes, 7 de abril de 2026

Libros quiméricos


Hace un porrón de años leí la Teoría de la literatura infantil de Juan Cervera y me adentré en el concepto mismo de “literatura infantil”. Según este autor tan venerado en la llamada didáctica de la lengua, además de hacer referencia a todas aquellas obras que se producen para la infancia, distinguía tres vertientes.
La primera aludía a la literatura escrita para la infancia, es decir, todas aquellas obras que se realizan expresamente para el público infantil, la categoría a la que pertenecen gran parte de las obras que hoy en día podemos encontrar en las secciones dedicadas a este tipo de lectores en librerías y bibliotecas y que constituyen ejemplos sustanciales del canon. Por ponerles un ejemplo, les diría Peter Pan y Wendy, una novela que nació gracias a los regalos dramatizados que los hermanos Llewelyn Davies recibieron de su padre adoptivo, James M. Barrie.
La segunda es lo que Juan Cervera llamó, la “literatura ganada o robada”, un término que ya definió Marc Soriano y que agrupaba a todos esos títulos que en un principio no fueron pensados para críos y adolescentes, pero que poco a poco, gracias a su temática, la ambientación, el género o cuestiones discursivas fueron adoptadas por los chiquillos como propias (esa apropiación (in)debida que hoy en día está de moda. Si quieren conocer algunos de estos libros lles invito a visitar este otro post.


En tercer lugar, Cervera definió la “literatura instrumentalizada”, un tipo de literatura infantil cuyo propósito queda subordinado a los intereses del adulto, es decir, obras de carácter didáctico y/o pedagógico que intentan inculcar mensajes que se apartan de lo literario y dirigen el discurso de manera unidireccional. Algo que pueden encontrar en todos aquellos libros de valores y emocionarios sobre los que tanto seguimos debatiendo los que nos dedicamos a este mundo tan complejo.
Algo más tarde, descubrí que en esta tipología podíamos incluir una cuarta categoría, la de los libros producidos por la infancia, un tipo de literatura que, desafortunadamente, no abunda en las estanterías.
Estaba yo pensando en todo esto, cuando de pronto me vino a la cabeza que los mejores libros infantiles que conozco reúnen características de estas cuatro categorías. La mayor parte de ellos se dirigen a los chiquillos, parecen haber sido escritos por un niño (quizá ese adulto que nunca creció), gustan tanto a adultos como a chiquillos (hay mucho de literatura “crossover” en ellos) y generalmente, familias, docentes o bibliotecarios, pueden encontrar algún mensaje con el que satisfacer sus intenciones dogmáticas, aunque los pequeños lectores vean otro completamente diferente. Piensen en Los tres bandidos, Pequeño azul y pequeño amarillo, Las estaciones o Donde viven los monstruos.


Y así llego a ¿Alguna vez has oído cantar a un caballo?, un álbum de Pauline Barzilaï publicado por Libros del Zorro Rojo que podría incorporarse a esta categoría quimérica. ¿Habéis oído alguna vez una casa correr? ¿Una rana cantar como un flautín? ¿O visto unos zapatos besarse? Quizá nunca los hayas visto porque estas cosas suceden cuando nadie observa. Quizá no las veamos porque son invisibles a los ojos de quien no cree que puedan suceder.


Menos mal que su protagonista nos guía en este catálogo de momentos fantásticos en los que la imaginación se hace patente desde las miradas infantiles. Lo imposible se hace posible gracias a onomatopeyas irreconocibles, formas grotescas que recuerdan a los pintores vanguardistas y un contraste de líneas y colores que se perciben desde un universo tan cotidiano como onírico.


Objetos y animales bailan en un concierto surrealista pero reconocible en el que resuenan ecos complejos. Dobles páginas en las que habitan niños y mayores que ven reflejos propios, carcajadas y alguna que otra caricia de este mundo incierto.

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