La tontería que hay en España no tiene parangón. Fíjense en las graduaciones. Preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad. No hay etapa educativa que no merezca una función de circo en el que los estudiantes se exhiban públicamente a instancia de la escuela, la familia y ellos mismos. Actos que se han convertido en una necesidad para que se luzca hasta la Intemerata utilizando como excusa unos logros académicos que dejan mucho que desear (Informe Pisa dixit).
Entonces ¿a qué viene tanta celebración? He aquí algunas razones… Porque una mitad son hijos únicos y la otra mitad son hijos abandonados. Para que sus padres no visiten tanto al psiquiatra. Para creer en esa ficción llamada educación. Porque es mejor invertir en egocentrismo y falsas expectativas que en tiempo de calidad. Para darle sentido a la figura del profesor una vez cada equis años. O porque los equipos directivos necesitan una pizca de triunfalismo con el que arropar sus labores.
Sí, quizá sea un mal de este tiempo en el que festejar se ha convertido en el santo y seña de las sociedades occidentales. Acciones inútiles y pueriles que dan buena cuenta de la estulticia que campa en la mayor parte de los hogares y que tanto nos lastran como comunidad.
Mientras tanto, otros, en vez de aplaudir, participamos de la diversión gratuita y nos mantenemos a la espera de una revelación mariana que traiga una pizca de cordura y ponga fin a tanta disidencia crítica. A veces, viene bien hacer caso omiso de las normas, prescindir de las convenciones y pasarlo bien. Como ejemplo, aquí tienen a Nico y Tito…
Fiesta grande,
fiesta alegre,
animada,
colorida,
con disfraces.
Y para los escolares,
libre entrada;
para los preescolares,
de eso nada.
Cuando en estas
se presentan
-¿no lo ves?-
en la puerta
Nico y Tito:
tiene el uno cuatro añitos;
pero, ¿el otro?, ¡es que ni tres!
Dice el uno: “Se lo pido…”.
Y el portero: “Nada, majos,
solo cuando hayáis crecido:
no se admiten pequeñajos”.
Nico y Tito ya se han ido
y al portero de la maza
llega un hombre distinguido
de larguísima barbaza.
“Vengo al baile. Oiga, ¿por donde
paso?: no se entiende nada…”
Y el portero le responde:
“Por aquí, señor, la entrada”.
Todo es fiesta y frenesí,
danza y salta todo el mundo;
pero el más fuera de sí,
el rarísimo barbudo.
Gira y gira en torno a él
un tropel alborotado,
se le acerca hasta un bedel,
ofreciéndole un helado.
Y la música se para,
y de golpe se oye un grito:
“¡Eh, mirad, mirad qué raro!:
¡tiene dos pares de manos!”.
Lentamente,
a poquito,
se declara
que son, claro,
¡cómo no!,
los hermanos
Nico y Tito.
Se acabó.
Daniil Jarms.
Un barbudo muy raro.
En: El circo Printiriprán.
Ilustraciones de Lluís Gay.
Versiones y traducción de José Mateo Puig y Xènia Dyakonova.
2026. Barcelona: Vacamú.



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